CAPÍTULO 27 #2
No obstante, ese gesto se borró de inmediato de su rostro al ver que un caballo se acercaba a ellos a galope y sobre él estaba nada más y nada menos que Morag.
Al instante, supo que había pasado algo, pues el rostro de la joven intentaba aparentar calma cuando en realidad escondía una expresión de dolor.
—¿Qué pasa? —preguntó antes de que la joven desmontara del caballo y se doblara sobre sí misma por el dolor.
Su rostro se encontraba totalmente pálido y parecía estar a punto de desmayarse y, aun así, la joven levantó la mirada hacia todos y respondió:
—Creo que el castillo va a ser atacado.
Sloan frunció el ceño y miró por encima de su hombro a Rowan, que se acercaba para escucharla bien.
—¿Cómo dices? —preguntó Sloan—. ¿Quién va a hacerlo?
—No es momento para explicaciones. Debemos volver. Si no atacan el castillo, puede que lo hagan ahora a nosotros…
Sloan abrió la boca para responder, pero un fuerte sonido acalló a todos. Los guerreros levantaron la mirada hacia el lugar de donde había procedido el sonido y vieron que una fuerte nube de humo comenzaba a elevarse entre los muros del castillo.
—Dios santos, ¡Kester! —vociferó Arran, desesperado.
Sloan se quedó petrificado con la mirada puesta en Morag, cuya mano no pudo evitar tocar para sentir que aún había vida a su alrededor.
Ahora entendía el dolor fortuito y extraño de Arran.
Era el mismo dolor que él había sufrido en el momento en el que Craig había muerto.
Un nudo se instaló en su garganta y comenzó a temblar.
Ojalá se equivocara, pero todo indicaba que la muerte volvía a rondar a la familia.
Morag tomó su rostro entre sus manos.
—¿Estás bien? Te has quedado pálido.
A su alrededor, todos comenzaron a montar sobre sus caballos.
—Creo que Kester… Déjalo. Volvamos… ¿Te sientes bien para cabalgar de vuelta?
Morag asintió, aunque su rostro le aseguró lo contrario.
—Da igual cómo me sienta yo. Debemos regresar.
Sloan asintió. No era momento para ponerse a hablar ni para darse explicaciones. Debían regresar al castillo y ver qué estaba pasando para que el humo hubiera llenado por completo el cielo alrededor de la fortaleza.
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Cora entró como un huracán en la habitación de su madre justo en el momento en el que el portón caía no muy lejos de allí. El ruido que provocó fue tan inmenso y atronador que, a pesar de que estaba preparada para todo, Cora no pudo evitar temblar.
—¡Madre! —vociferó dirigiendo su mirada hacia la chimenea.
Amelia se sobresaltó, pero no solo por las formas con las que su hija había entrado en su dormitorio, sino por el estruendo que había hecho el portón al caer.
—¡Nos atacan los Ross!
Amelia frunció el ceño.
—¿Los Ross? Pero si Lottie se acaba de casar con Alasdair.
—Pero son ellos, madre. He escuchado a Lottie hablando con Faith en las cocinas sobre un ataque.
Amelia se dirigió con gesto preocupado hacia la ventana y miró a través de ella.
—Dios mío —susurró horrorizada.
Cora se acercó a ella y observó también el patio. El portón acababa de caer y ambas vieron a Kester, herido, en medio del patio.
—No… —murmuró Cora llevándose las manos a la boca al ver que un mercenario se lanzaba contra él y le clavaba la espada en el vientre—. ¡No!
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. Su cuerpo comenzó a temblar y no podía apartar la mirada de Kester, cuya vida acababa de ser segada.
—Cora, vienen a por ti —dijo Amelia, pero la joven no la escuchaba.
Su madre la sacudió con fuerza.
—¡Mírame! —vociferó—. Si los mercenarios te atrapan, será el fin de nuestro clan porque tus hermanos irán a por ti y perecerán como acaba de hacer Kester.
—Ha muerto por mi culpa…
—¡No es tu culpa, Cora! Mírame —exigió.
Cuando los ojos de la joven estuvieron sobre su madre, esta respiró hondo.
—¿Tienes la seguridad de que son los Ross?
—La propia Lottie me lo ha confirmado y se ha quitado la vida para que no la usemos contra su padre.
Amelia mostró preocupación y acabó asintiendo.
—Está bien. A partir de ahora, Cora, debes ser fuerte. Tu padre te preparó bien para este momento, pero mientras esos mercenarios estén dentro del castillo no pueden saber que estás aquí.
—¡Pero no puedo salir mientras otros luchan por mí!
—Esta vez tendrás que esconderte.
Cora se alejó de su madre y la miró con rabia.
—No voy a esconderme.
—Entonces, la muerte de tu padre y la de Kester habrá sido en vano. Tienes que aguantar.
Amelia la agarró de la ropa y la empujó hacia una esquina del dormitorio, justo al lado de la chimenea. La mujer apretó una de las piedras y se abrió una puerta escondida. Cora abrió mucho los ojos y su boca estuvo a punto de caer al suelo.
—¿Hay un pasadizo en tu dormitorio, madre?
Pero Amelia no le respondió. Se giró hacia ella y escuchó las botas de los mercenarios pululando por el piso inferior. Los guerreros que habían sobrevivido y habían subido a la torre bajaban ahora y luchaban contra ellos, ganándole unos pocos minutos.
—Escúchame bien, Cora. Métete ahí y no salgas. Oigas lo que oigas, no te atrevas a salir o vendré del más allá para darte una buena azotaina y perseguirte allá donde vayas.
Cora frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Cabemos las dos, madre.
—Yo no puedo ir contigo. Mi deber es quedarme aquí y seguir el mismo camino de Kester.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. Aquello era una despedida no solo para su hermano, sino también para ella.
—No te dejes vencer jamás, Cora. Eres fuerte. Lucha, respira, sigue luchando y, cuando parezca que todo se vuelve oscuro, recuerda la luz que eres. Que nadie apague tu luz, Cora. Y recuerda, el gato mayor estará siempre ahí para ayudarte.
—Pero ¿quién es, madre?
Amelia sonrió y se puso nerviosa.
—Tú ya lo sabes. Solo tienes que abrir los ojos.
Cora negó con la cabeza, pero su madre la empujó hacia la oscuridad del pasadizo. Este era estrecho y apenas medía un par de metros, pero lo suficiente como para esconderla. Su madre le dirigió una última mirada antes de cerrar.
—No salgas de ahí, escuches lo que escuches.
Cora no tuvo tiempo para asentir o negar, ya que su madre cerró la puerta, dejándola encerrada.
Al instante, Cora se dio cuenta de que había un pequeño agujero cerca del suelo, por lo que se puso de rodillas y vio a su madre caminar hasta el centro de la habitación.
En cuestión de segundos, la puerta del dormitorio se abrió de golpe, dando paso a un mercenario.
Cora comenzó a temblar, pero su madre parecía estar realmente tranquila.
—¿Dónde está tu hija? —preguntó.
Amelia sonrió.
—Mi hija no se encuentra en el castillo. La hemos mandado a un convento.
—¡Eso es mentira! —vociferó el mercenario, propinándole una bofetada.
Cora tuvo que taparse la boca con la mano para evitar gritar o insultarlo. Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no abrir aquella puerta escondida y lanzarse contra él, pues no quería enfurecer a su madre.
— ¿Para qué la quieres?
—Eso no es asunto tuyo.
—Tampoco lo es para ti el paradero de mi hija.
Cora vio que el mercenario levantaba la espada y apuntaba con ella a Amelia.
—Dime dónde está.
—Jamás.
Al ver la determinación en sus ojos, el mercenario bajó ligeramente la espada, tan solo para clavarla en el pecho de Amelia.
El ruido que escapó de la garganta de la mujer sofocó la exclamación horrorizada que salió de Cora.
La joven dejó de mirar a través del agujero y se echó hacia atrás, dejándose caer contra la pared contraria con los ojos muy abiertos.
Jamás en su corta existencia había sentido tanta culpabilidad por tantas muertes a sus espaldas.
Sentía que todos morían por su culpa y lo que más deseaba era salir de allí para entregarse y que todo terminara de una vez, al menos así el resto de su familia viviría.
Sin embargo, su cuerpo no respondió a sus ruegos y solo lloraba con una mano sobre su boca.
Desde allí podía escuchar el ruido que hacía el mercenario en el dormitorio de su madre, pero Cora no podía moverse para mirar a través del pequeño agujero.
—¡Tenemos que irnos! —escuchó que le decía un mercenario a otro—. Vienen los demás.
—Maldita sea. No hemos encontrado a esa zorra.
—Y la hija del laird ha muerto…
Los escuchó rugir de rabia y, rápidamente, abandonaron el dormitorio.
Poco a poco, los sonidos que escuchaba desde allí se fueron haciendo más lejanos, hasta que el castillo quedó en completo silencio.
No obstante, Cora siguió sentada en el suelo de ese espacio tan reducido, incapaz de salir de nuevo a la realidad y con el alma tan rota que sería imposible reconstruir.