Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Después de que Morag hubiera salido del castillo, Kester había regresado junto a Nora al lado de la muralla.

Había avisado a un par de guerreros para que estuvieran atentos por si veían movimientos extraños fuera del castillo, pero no le había dado demasiado crédito a lo que la esposa de Sloan le había dicho.

Lottie Ross acababa de casarse con Alasdair precisamente para aliarse con ellos, tal y como la propia Morag o Gillian habían hecho desde sus respectivos clanes.

¿Por qué los Ross iban a hacer lo mismo tan solo para engañarlos?

Aquella reflexión de Morag le pareció que carecía por completo de juicio.

Se dijo que tal vez la habían golpeado demasiado y no se había recuperado del todo.

Por ello, veía fantasmas donde realmente no había nada.

Kester besó entonces a Nora y sonrió.

—Estás demasiado seria desde hace un rato.

Nora se encogió de hombros.

—Bueno, reconozco que me ha preocupado ver a Morag en ese estado.

Kester puso los ojos en blanco.

—¿De verdad vas a darle crédito a lo que ha dicho?

—¿Por qué no? Desde que llegó al castillo ha demostrado que tiene un juicio muy bueno. Es una estratega perfecta y muy buena guerrera. No creo que se invente cosas así…

Kester suspiró y se apoyó en la muralla mientras elevaba la cabeza hacia el cielo.

Quedaba una hora escasa de luz en el horizonte y el frío se había intensificado ligeramente.

Las nubes que habían comenzado a cubrir sus cabezas hacía una hora ahora comenzaban a dejar caer numerosas gotas de lluvia, pero a él nunca le había importado la lluvia.

—Si eso fuera cierto, alguno de nosotros nos habríamos dado cuenta de las verdaderas intenciones de esa joven. Y estoy seguro de que habrían intentado hacerle algo a Cora.

—¿A tu hermana? —preguntó Nora sin comprender—. ¿Por qué?

Kester se dio cuenta de su error, así que sonrió y se encogió de hombros.

—¿De verdad vamos a aprovechar este momento para hablar de mi hermana o de la muchacha Ross?

—Si te soy sincera, yo tampoco me he fiado de ella desde que llegó. Ha ido muchas veces a las cocinas, pero nunca iba a nada…

Kester sonrió.

—Sí, vamos a provechar estos momentos para hablar de ella… —murmuró—. Será una muchacha extraña. Su padre no parece ser precisamente el más inteligente del país.

Nora abrió la boca para responder, pero Kester se giró hacia ella y la tomó del rostro para besarla de nuevo. Después, apoyando la frente contra la de la sirvienta, le dijo:

—Cuando mi hermano vuelta, habrá acabado mi turno. ¿Vendrás a mi habitación?

Nora sonrió y asintió.

—No deberíamos hacer esto, pero no puedo resistirme…

Kester se encogió de hombros.

—Pero es demasiado bueno y divertido como para acabar ahora…

En ese instante, uno de los guerreros de la muralla lanzó un grito de dolor y cayó desde esa altura de espaldas con una flecha clavada en el pecho. Kester se sobresaltó y lo miró, horrorizado, pues había caído a dos metros de donde ellos se encontraban.

—No me jodas… —murmuró Kester entre dientes.

El guerrero tomó de la mano a Nora, que parecía asustada.

En ese instante, una horda de flechas sobrevoló el cielo del castillo y se clavaron en el centro del patio.

Puesto que estaban protegidos justo bajo la muralla, ninguna de esas flechas les dio de lleno.

Sin embargo, varios guerreros apostados en lo alto sí cayeron de ella, muertos.

—¡Maldita sea! —vociferó Kester—. ¡Cubríos!

El guerrero rezó para que Morag hubiera llegado ya donde estaban los demás y pudieran llegar con ayuda. Desde ahí no veía cuántos eran los atacantes, pero viendo la cantidad de flechas que había arrojadas en el patio supo que, si no llegaban los demás, estaban acabados.

—¡Son muchos, Kester! No podemos contra ellos.

—¡Intentad llegar al castillo! Subiremos a la torre más alta para contraatacar.

Kester comprobó que el portón estaba cerrado, por lo que no podrían entrar desde ahí y miró a Nora mientras los demás intentaban cubrirse y bajar las escaleras de la muralla sin que la lluvia de flechas cayera sobre ellos.

—Tranquila, todo va a salir bien.

La sirvienta negó con la cabeza en el momento en el que los enemigos hicieron retumbar el enorme portón de madera.

—La entrada al castillo está a diez metros. No podremos llegar.

—Te cubriré para que puedas hacerlo.

Los ojos de Nora reflejaron auténtico terror.

—¿Y tú?

—Llegaré también. No te preocupes. Pero, escúchame, pase lo que pase, no dejes de correr.

Nora asintió y abrazó a Kester, que desenvainó su espada al tiempo que miraba hacia el cielo.

El joven arrugó su rostro. Se sintió culpable en ese instante por no haber creído a Morag.

Debía haber enviado a Nora al interior del castillo y haber dado órdenes para que todo el mundo cogiera un arco y defendiera la fortaleza antes de que los enemigos tuvieran una mínima oportunidad.

Con una sonrisa de fingida tranquilidad, Kester miró a Nora y le apretó la mano.

—No me voy a separar de ti en ningún momento.

La sirvienta asintió y ambos miraron al centro del patio. La cantidad de flechas que había clavadas en el mismo era abrumadora, pero lo era aún más el sonido que hacía el ariete clavándose en el portón y el temblor del mismo cada vez que lo hacían chocar contra él.

Kester miró también a sus compañeros. La gran mayoría de ellos habían logrado llegar a la puerta del castillo en medio de la lluvia de flechas.

—¡Subid a la torre! —ordenó Kester.

Sin embargo, otros se habían quedado bajo la muralla, protegiéndose de ellas. Pero no podían estar allí por más tiempo, pues debían llegar al castillo y cerrar la puerta para evitar que pasaran dentro.

En ese instante, Kester dio la orden para abandonar su puesto y correr hacia la fortaleza.

Sin embargo, la suerte no estuvo de su parte y una nueva lluvia de flechas cayó sobre ellos.

El guerrero tiró de la mano de Nora para proteger a la joven, recibiendo él dos flechazos por ella: uno en el costado y otro en una pierna.

El guerrero gruñó y cayó al suelo, llevándose consigo a Nora.

Los demás también cayeron, algunos muertos con sendas flechas en la garganta o en la cabeza.

—Corre hacia el castillo y cierra la puerta —le ordenó mirándola a los ojos.

—Estás herido.

—No importa. Corre y cierta la puerta.

—No puedo dejarte aquí.

Kester le dedicó una sonrisa.

—Ha sido un placer, Nora, pero tienes que seguir adelante. ¡Corre!

La besó una última vez y la empujó hacia el interior del castillo. En ese momento, Kester se giró en el suelo con el aliento cortado y miró a sus compañeros que estaban heridos. Les dedicó la misma sonrisa.

—Quién nos iba a decir que nuestros últimos momentos de vida los compartiríamos en el suelo, como lombrices…

Uno de ellos gruñó de auténtica rabia.

—¿Ni siquiera ante la muerte vas a dejar de sonreír?

—Prefiero llegar al infierno con una sonrisa, así sabrán que los demonios nunca pudieron conmigo…

Kester sonrió aún más, pero comenzó a toser con fuerza.

En ese instante, el portón de la muralla se abrió y cayó a un lado con un poderoso estruendo.

Numerosos enemigos aparecieron y fueron atacados con flechas desde lo alto de la torre por los que sí habían logrado llegar arriba.

Sin embargo, Kester sabía que no era suficiente.

El dolor de su costado lo obligó a gruñir y provocó que su espada se le escurriera de las manos.

Sentía que la oscuridad se cernía sobre él.

Pero no sintió miedo. Al contrario, el guerrero sonrió aún más, clavando su mirada en el mercenario que desenvainaba su espada y caminaba hacia él con intención de matarlo.

—Déjame grabar tu rostro en mi mente para poder perseguirte durante toda la eternidad… —le espetó Kester con sangre en la boca.

El joven intentó arrastrarse ligeramente, pero el dolor se lo impidió.

Durante un instante, dedicó un pensamiento a su familia, pero, especialmente, a Arran, su gemelo, su otra mitad.

Le dijo mentalmente que debía seguir su vida sin él, aunque fuera difícil.

Y antes de que pudiera terminar de hablarle a Arran dentro de su cabeza, el mercenario levantó la espada y la hundió con saña en su vientre.

No podría haber descrito el dolor que sintió antes de que la oscuridad se cerniera por completo sobre él, pero Kester se dijo, en un último pensamiento, que debía ir a la luz, pues solo desde ahí podría ayudar a su familia desde el otro lado.

Y en cuestión de segundos, sus ojos quedaron yermos, sin vida, aún abiertos en un rictus de dolor y culpa por haber fallado.

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Arran sintió que el aliento escapaba de su cuerpo en ese instante. El guerrero necesitó apoyarse contra un árbol cuando un poderoso dolor atravesó su vientre de forma momentánea. Era algo que nunca le había pasado, pero había sido tan doloroso que se tomó unos instantes para seguir caminando.

Junto a él, Sloan lo vio y se acercó rápidamente. Le puso una mano en la espalda y lo miró con preocupación.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?

Arran gimió de dolor, pero rápidamente se incorporó con la mano aún en el vientre.

—Sí, ha sido un simple dolor.

—¿Seguro?

—Sí, es que parecía que me habían atravesado el vientre con una espada…

Sloan frunció el ceño y, sin saber por qué, su corazón se sobresaltó.

—Podemos volver al castillo, si quieres.

Arran negó con la cabeza y esbozó una sonrisa fingida, pues se sentía demasiado extraño, como si su piel no le perteneciera del todo.

—Vamos a seguir. No quiero estropearle la celebración a Alasdair.

Sloan arqueó una ceja y miró en dirección al protagonista del día. Después, torció la cabeza.

—No lo veo demasiado feliz.

Arran le dio una palmada en la espalda.

—No hables de Alasdair porque tú tenías la misma cara cuando te casaste con Morag.

—Cierto… —admitió Sloan con una sonrisa.