CAPÍTULO 26 #2
—Por Dios, muchacha, no habría dudado ni un segundo en arrojártela…
Cora cerró la puerta con un portazo. En su rostro se leía claramente la preocupación y su respiración estaba más que acelerada.
—¿Qué pasa?
—Son ellos, Morag. Son los Ross.
A pesar del dolor de su costado, la joven se levantó del sillón de nuevo y se acercó a ella ligeramente doblada con la mano sobre el costado.
—¿Cómo dices? —preguntó sin poder creérselo.
Cora dejó escapar el aliento contenido y se retorció las manos, visiblemente nerviosa.
—Que tenías razón, Morag. Los culpables de esta maldita guerra son los Ross. He seguido a Lottie hasta las cocinas y he descubierto que Faith, una de las sirvientas, también es culpable. De hecho, hablaba de que son del mismo clan…
Morag rugió de rabia.
—Lo sabía… Alguien como él nunca deja de ser alguien repugnante.
—Tenemos al enemigo metido en casa, Morag. Todos corremos peligro.
La joven se paseó por el dormitorio, aguantando como podía el dolor.
—Ella no sabe que la hemos descubierto. Tal vez tenemos tiempo para contarle a Rowan lo que está pasando.
Cora negó con la cabeza.
—No, no tenemos tiempo, Morag.
La joven frunció el ceño.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Lottie ha dicho que su padre pretendía hacer algo el día de la boda. Y es hoy…
El corazón de Morag se sobresaltó tanto que pensó que se le iba a salir del pecho. El aliento se le entrecortó y no pudo reaccionar con rapidez. Su mente era un hervidero de pensamientos que le impidieron pensar algo en unos instantes. Sin embargo, se obligó a reaccionar y miró a Cora a los ojos.
— ¿Crees que atacarán el castillo?
—O tal vez a los que se han ido a cazar... —respondió Cora.
Morag sintió que el mundo se le caía a los pies. Todos los que habían salido del castillo lo habían hecho con intención de pasar un buen rato y divertirse, mientras que los Ross tal vez estaban esperando el momento propicio para acabar con el laird y toda su familia.
—Dios mío, Sloan… —murmuró con el corazón encogido—.
Está bien. Quédate aquí y enciérrate en tu dormitorio, Cora.
A ser posible, junto a tu madre. Cuéntale todo.
No abráis la puerta a nadie. Yo bajaré a avisar a Kester.
Si os cruzáis con esa desgraciada, fingid que todo está bien.
Yo iré a avisar a los que han salido a cazar.
—No estás en condiciones de montar, Morag.
—Prefiero el dolor del costado al del alma por la muerte de Sloan.
Cora la miró fijamente.
—¿Cómo puedo fingir normalidad ante Lottie si me la cruzo?
Morag sonrió tristemente.
—Yo he fingido más de una vez delante de Ruairidh Ross después de haberme violado incontables veces. Tú puedes hacer lo mismo.
Cora suspiró y la vio dirigirse hacia la puerta, ligeramente doblada.
—Lleva cuidado.
Morag la miró por encima del hombro.
—Siempre.
Sin despedirse, la joven salió del dormitorio y se lanzó contra las escaleras. Miró a un lado y a otro para comprobar que Lottie no se encontraba cerca de allí, por lo que casi voló hacia la salida del castillo al ver que todo estaba despejado.
Morag miró al cielo y vio que se estaba oscureciendo por las nubes cargadas de agua. Una ligera niebla pululaba de un lado a otro del patio y, en ese instante, le pareció tan tétrica que sintió un escalofrío.
Respirando hondo para calmar sus nervios, barrió rápidamente el patio, localizando a Kester a un lado de la muralla junto a una de las sirvientas, Nora.
Morag puso los ojos en blanco y se dirigió directamente a él.
No podía perder el tiempo, así que le silbó desde el centro del patio para llamar su atención.
En el momento en el que el guerrero, levantó la mirada hacia ella, bajó la mano con la que acariciaba la mejilla de la sirvienta. Esta se sonrojó y se apartó a un lado, aunque, en lugar de marcharse a sus quehaceres, se quedó parada.
—¿Me silbas a mí, cuñada? —le preguntó Kester.
—¿Crees que estoy mirando a alguien más? Ven aquí. Ya.
El guerrero puso los ojos en blanco y le dijo algo a la sirvienta que ella no escuchó. Se aproximó a Morag y alzó ambas cejas.
—No pensaba que tenías interés en mantener una conversación conmigo, querida cuñada.
—Y no lo tengo, pero tienes que decirles a todos que estén atentos a los alrededores del castillo. Nos van a atacar.
La sonrisa irónica en el rostro de Kester desapareció al instante.
—¿Cómo dices?
—Que nos van a atacar.
—Sí, eso había creído escuchar. ¿Y quién?
—Los Ross.
Kester lanzó una carcajada.
—Venga ya, Morag. La hija del laird se ha casado con Alasdair. Al pobre no le ha dado tiempo de hacerle nada como para que vengan los Ross a vengarse.
Morag resopló.
—En otra ocasión te contaré una historia sobre los Ross. Informa a los demás del posible ataque. Yo iré a avisar a los que han salido a cazar.
—Pero, ¿te has visto? No puedes caminar recta.
—Da igual… —respondió la joven alejándose hacia las caballerizas.
No podía perder tiempo. No estaba segura de que fuera verdad que iban a atacarlos, pero no estaba dispuesta a dejar que los Ross volvieran a hacerle daño no solo a ella, sino a Sloan y su familia.
Su corazón latía con rapidez cuando montó sobre el caballo sin tan siquiera pararse a ensillar. Se dirigió hacia el portón y esperó a que lo abrieran. Y a medida que se alejaba del castillo, tenía la impresión de que la tranquilidad se había acabado por completo en ese clan.
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Cora se había quedado sola en el dormitorio de Sloan y Morag después de la marcha de esta. Se sentía tan nerviosa e iracunda que no podía pensar con claridad. Aún no podía creer que la esposa de Alasdair hubiera urdido un plan para entrar en el castillo y ayudar a su gente desde dentro.
Desde el primer instante en que la vio sentía algo extraño hacia ella, pero siempre lo había achacado al hecho de que iba a casarse con Alasdair y no a que hubieran sido enemigos hasta, supuestamente, esa declaración de intenciones para hacerles creer que eran inocentes.
Sin lugar a dudas, aquella jugada le había resultado perfecta a los Ross.
Habían entrado en el castillo Chattan sin que los dedos del clan los señalaran.
Habían aprovechado los otros matrimonios concertados para fingir que ellos también querían aliarse con ellos, cuando lo único que deseaban era hacerles daño desde dentro.
Cora se llevó las manos al rostro. ¿Cómo era posible que Lottie no hubiera agredido a nadie desde que estaba en el castillo?
Habían pasado muchos días desde que había llegado y nadie del clan había resultado herido.
De hecho, salvo la brutal paliza de Morag, nadie había atacado sus tierras.
La joven dejó escapar una risa amarga y triste.
Durante días, había dormido con la puerta de su dormitorio cerrada, pero sin cerrojo.
La joven podría haber entrado mientras dormía para matarla y así evitar que pudiera acabar con su clan.
Sin embargo, sabía que sería demasiado fácil y solo acabaría con ella, no con el resto del clan.
Cora dejó caer las manos y pensó en su padre.
Este la había educado para ser una guerrera, por lo que no se sentía capaz de acatar la orden de Morag cuando le dijo que se encerrara en su dormitorio con su madre.
Tenía que hacer algo más por el clan, no esconderse bajo las faldas de su madre.
Por eso, respiró hondo y, con determinación, salió de allí justo en el momento en el que vio que Lottie se metía en su dormitorio.
Rechinó los dientes y la miró con odio. Esta no se había dado cuenta de que la estaba observando.
Por ello, se encaminó hacia el dormitorio de la esposa de Alasdair cuando esta cerró la puerta tras ella.
En el momento en el que estuvo frente a esta, respiró hondo y soltó el aire.
Y, antes de pensárselo más, abrió la puerta sin llamar.
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Lottie había comenzado a quitarse las flores que se había puesto en el cabello para la boda cuando escuchó abrirse la puerta a su espalda. La joven se giró, asustada, y soltó un suspiro de alivio al ver a Cora entrar en el dormitorio. Una sonrisa se dibujó en sus labios y se acercó a ella.
—Vaya, me había asustado al ver que abrían la puerta de ese modo. ¿Ocurre algo?
Cora no podía creer que siguiera fingiendo con esa voz amable y casi infantil que poseía después de lo que había escuchado en las cocinas. Cora se acercó a ella lentamente, sin parpadear y con la mano puesta sobre la empuñadura de la espada.
—Sí —le respondió—, ocurre que nunca me he fiado de ti.
Lottie siguió sonriendo, aunque la miró sin comprender.
—No te entiendo, Cora. Ya sé que nuestros clanes han sido enemigos durante años, pero si me he casado con Alasdair es para haceros entender que somos aliados.
Cora dejó escapar una risa amarga al escucharla.
—¿Aliados? Unos aliados un poco extraños, ¿no crees?
—Mira, Cora. Tengo la impresión de que no te gusto simplemente porque me he casado con Alasdair.
—Eso me da absolutamente igual, Lottie.
—Pues no lo parece, porque parece que sientes cosas por él .
Cora rechinó los dientes.
—Sí, lo odio desde el día en el que pisó este castillo. Y sí, tenéis eso en común porque a ti también te odio desde el día en el que llegaste. Nunca me has gustado y nunca me he fiado de ti. Y hoy lo he confirmado.
Lottie borró ligeramente su sonrisa y fingió preocupación.
—Sigo sin entenderte.
—A ver si esto lo entiendes… Os he escuchado a Faith y a ti en las cocinas. Habéis fingido alianza cuando lo único que pretendíais era engañarnos para entrar en el castillo y atacarnos.
Por fin, la máscara de Lottie cayó a sus pies y Cora pudo verlo con claridad.
La antigua mirada de la joven, amable y risueña, dio paso a una mirada fría, distante y casi maquiavélica.
Eso sorprendió a Cora, que desenvainó la espada para atacarla si se atrevía a acercarse a ella.
El porte de Lottie se volvió más peligroso y contenido, como si estuviera buscando el momento propicio para lanzarse contra ella.
Y, para sorpresa de la joven, la hija del laird Ross sacó una daga de entre sus ropas.
Cora se preparó para atacarla, pero Lottie sonrió de lado y se alejó de ella.
—Vaya, pensaba que tendría tiempo suficiente como para que mi clan os atacara y pudiera huir de aquí, pero ya veo que no. Supongo que he cometido un fallo imposible de perdonar.
—¿Perdonar? Vuestro maldito clan no tiene el perdón de los Chattan ni lo tendrá jamás.
—Quienes no perdonaremos nunca somos nosotros.
Cora frunció el ceño.
—¿A quién?
—A ti. Todo tu maldito clan nos importa muy poco, pero la profecía contaba que tú serías la culpable de nuestra destrucción.
Cora lanzó una risa amarga.
—Vuestra destrucción os la habéis buscado vosotros. Yo jamás he tenido intención de atacaros, por Dios. Si no hubierais iniciado la guerra, yo jamás habría pensado en haceros daño, pero ahora es diferente. Mucha gente ha muerto por vuestra culpa.
—Lo importante no es la que ha muerto, sino la que va a morir… —dijo Lottie lentamente girándose de nuevo hacia ella apretando con fuerza la daga.
Cora resopló.
—Los únicos que vais a morir sois los Ross.
Lottie negó con una sonrisa maquiavélica en el rostro.
—En eso te equivocas, querida Cora. Mi gente está a las puertas de este castillo ahora mismo y piensa arrasar con todo hasta encontrarte.
—Yo no estaría tan segura. Morag ha ido a avisar a los que han ido a cazar. Los Chattan lucharemos por nuestro clan.
Lottie jugueteó con la daga entre sus manos, mostrando una expresión distante y enloquecida.
—No valdrá para nada. Todos los de este castillo vais a morir de una vez por todas y mi padre te llevará a nuestro castillo para matarte lentamente.
—No os tengo miedo.
—Deberías… —siseó Lottie—. Una pena que jamás vayas a poder casarte con tu querido Alasdair… Es mío, pero por poco tiempo.
—No voy a permitir que le hagas nada.
Lottie rio de forma escandalosa.
—No lo decía por eso. No le voy a hacer nada.
Con gesto despreocupado, Lottie llevó la punta de la daga a su muñeca y comenzó a cortar su carne hacia arriba. Al instante, la sangre brotó escandalosamente de la herida y goteó al suelo, provocando que Cora la mirara entre sorprendida y asustada.
—¿Qué haces?
—No voy a dejar que los Chattan me uséis como cebo para conseguir a mi padre. Prefiero morir antes de que me matéis.
Cora dio un paso atrás y bajó su espada. La miró horrorizada mientras la sangre caía de la muñeca de Lottie.
—Has perdido el juicio. Todos los Ross lo habéis perdido.
—Mira a tu espalda, Cora —le dijo con voz cantarina—. Vienen a por ti.
—Todo el mundo sabrá que habéis sido vosotros.
—Nadie va a creerte después de verme muerta. Pensarán que me has matado por celos…
Las piernas de Lottie fallaron y la joven cayó al suelo bajo la atenta mirada de Cora, que estaba estupefacta.
Durante unos segundos, pensó en acercarse a ella y obligarla a frenar la salida de la sangre con algún paño.
Sin embargo, el odio que sentía por ella y por todo su clan debido a todas las muertes que habían provocado hizo que se quedara quieta y tan solo se dedicara a observar cómo moría.
Habría hecho lo que fuera para acabar con ella, para clavarle su espada y vengar, en parte, no solo el daño que habían provocado a otros, sino a ella misma, pues aún era incapaz de quitarse de encima el sentimiento de culpabilidad que había en su pecho.
No podría olvidar todos esos momentos de angustia, de asfixia a los que se había visto abocada por ese sentimiento.
Nunca podría olvidarlos, ni siquiera con la muerte de Lottie.
Con una sonrisa enloquecida, Lottie cayó por completo al suelo. Su cabeza dio de lleno en la piedra y sus ojos se cerraron justo en el momento en el que infinidad de gritos se repartían por el castillo.