CAPÍTULO 26
Cora tuvo que esperar alrededor de media hora para ver abandonar el salón a Lottie.
Durante varios minutos, estuvo a punto de salir de su escondite para comprobar si la nueva esposa de Alasdair seguía en el salón o tal vez había salido por otra puerta que ella misma desconocía, pues no le parecía normal el hecho de que se hubiera quedado sola en el gran salón y siguiera en su interior sin nada que hacer.
Desde su posición, Cora la siguió primero con la mirada para después, con pasos sigilosos y mucha distancia de seguridad, ir tras ella.
Agradeció a la providencia que los pasillos estuvieran vacíos en ese momento, ya que muchos de los guerreros se habían marchado a cazar con los demás, así que el castillo se había quedado demasiado vacío para su gusto.
Cora tenía la impresión de que su hermano Rowan había estado ligeramente pasado de copas para dar esa orden de llevarse a muchos guerreros con ellos y dejar pocos en la fortaleza.
Sin embargo, ella no quiso decirle nada.
A medida que avanzaban, vio cómo Lottie se dirigía, para su sorpresa, a las cocinas, y Cora frunció el ceño.
Se preguntó por qué demonios la nueva esposa de Alasdair se encaminaba hacia ese lugar del castillo en vez de marcharse hacia su dormitorio o la biblioteca para leer un rato antes de que los demás regresaran de la caza o la noche se impusiera al día.
Cora tragó saliva y se llevó una mano al pecho. La ansiedad que siempre sentía en ese lugar se acentuó y amenazó con ahogarla. Sin embargo, respiró hondo y se dijo que debía relajarse o perdería los nervios antes de poder llevarle información a Morag sobre lo que le había pedido.
La joven apretó el paso cuando vio que Lottie finalmente se metía en las cocinas y el pasillo se quedaba completamente solo.
Hizo un gesto de contrariedad cuando vio que habían cerrado la puerta, pero, igualmente, logró escuchar a la perfección lo que estaba pasando dentro gracias a que la puerta no llegaba a plegar del todo.
Por el ruido en el interior, descubrió que solo había dos personas, y las voces que escuchó al instante se lo confirmaron.
La joven le ordenó a su corazón que se calmara, pues el sonido de sus latidos era casi más fuerte que las voces de las cocinas.
Y cuando por fin logró calmarse, escuchó con claridad la conversación:
—Me alegro de tener un momento a solas contigo. Desde que estoy aquí no hemos podido hablar de absolutamente nada.
Aquella era la voz de Lottie, pero lo que le sorprendió fueron sus palabras, ya que, fuera quien fuera la persona que había dentro de la cocina, parecía conocer a la joven Ross, y eso no le gustó a Cora, pues hasta hacía poco eran enemigos.
—Es bastante peligroso poder hablar. A todas horas hay gente en el castillo.
Los ojos de Cora se abrieron desmesuradamente al reconocer esa voz, pues era la voz de Faith, una de las sirvientas de la fortaleza.
La joven frunció el ceño al descubrir la complicidad que parecían tener las mujeres, ya que Lottie jamás había dicho que la conociera.
Incluso durante la comida y la celebración por la boda Faith había ido varias veces al salón y no se habían mirado ni una sola vez, por lo que siguió escuchando.
—Ahora tenemos suerte porque muchos se han marchado a cazar. ¿Qué tienes que contarme sobre esta gente?
—Los Chattan son personas de costumbres. Hacen lo mismo día tras día, aunque últimamente están bastante preocupados por los ataques.
Cora escuchó una suave risa de Lottie que provocó que arrugara el rostro.
—Los muy desgraciados están muy alejados de la verdad. Jamás lo descubrirán.
La pequeña de los hermanos Chattan clavó las uñas en la pared de piedra.
—Pero hay una cosa que me sorprende, Faith. ¿Por qué la Comyn sigue viva? Me sorprendió verla al llegar.
—Su hermano aún no ha encontrado la manera de quitársela de en medio como hizo con su padre cuando estuvieron a punto de descubrirnos.
Cora tuvo que apoyarse por completo contra la pared cuando todo su cuerpo comenzó a temblar al descubrir que el hermano de Gillian era un traidor.
Morag tenía razón cuando le explicó todo y sus sospechas después de despertar, por lo que tenía que ir a contárselo cuanto antes. Sin embargo, siguió escuchando.
—Pero no solo me refiero a eso. ¿Por qué no la has matado tú, Faith?
Desde fuera, Cora la escuchó chasquear la lengua.
—Lo intenté hace tiempo en una de las habitaciones de la zona de las mazmorras. La golpeé en la cabeza y pensaba que la había dejado muerta, pero tuvo suerte.
Lottie gruñó.
—Igual que esa zorra de MacBean. ¿Cómo es posible que haya sobrevivido dos veces a una brutal paliza como la que le han dado? Debería estar muerta. Podría señalarnos.
Faith rio.
—Despertó y no ha dicho nada a nadie.
Lottie suspiró sin saber que fuera de las cocinas Cora se encontraba estupefacta ante todo lo que estaba escuchando.
—De todas formas, no hace falta vigilarla. Mi padre dijo que el día de mi boda con ese desgraciado correría la sangre en este maldito castillo.
—Espero que sea verdad y se lleven a la zorra de Cora. Me alegro de poder sacrificarme por el bien de nuestro clan.
Lottie rio.
—Tranquila. Hoy es el día que tanto llevamos esperando…
Cora no quiso seguir escuchando más de esa conversación. Había descubierto más de lo que pensaba y tenía que correr a contárselo a Morag antes de que, como habían prometido, corriera la sangre por el castillo.
Con gesto demudado en terror y el cuerpo tembloroso, Cora abandonó su puesto y caminó por el pasillo, despacio, intentando hacer el menor ruido posible mientras en su mente no dejaban de repetirse las palabras de Lottie y Faith.
Jamás habría imaginado que los Ross podrían hacer esa jugada perfecta, ese caballo de Troya que Morag le había explicado.
Habían engañado a todos haciéndoles creer que eran inocentes, entregándole a su hija para meterse dentro del castillo y, desde allí, acabar con ellos.
Cora rechinó los dientes. En el momento en el que giró en la primera esquina, miró atrás y, comprobando que nadie la veía, echó a correr tanto como le dieron sus piernas. Necesitaba contarle a Morag lo que estaba pasando y lo que iba a ocurrir.
Recorrió el castillo con el aliento entrecortado, pero no podía perder tiempo.
Por fin habían descubierto a los culpables de todo eso y tenían que ponerle freno al instante.
Cuando Cora llegó al piso superior, se lanzó contra el dormitorio de Morag.
La joven entró sin llamar a la puerta y cerró detrás de ella con un sonoro portazo.
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Morag se había dejado caer sobre uno de los sillones que había frente a la chimenea de su dormitorio.
Después de todo un día de pie o caminando de un lado a otro, sentía que estaba a punto de desfallecer.
Había intentado, por todos los medios, mostrarse fuerte no solo frente a la familia Chattan, sino ante una de las personas responsables de su brutal paliza y responsable de toda esa guerra.
O al menos eso pensaba después de las palabras de los mercenarios.
Había fingido encontrarse bien, casi recuperada, a pesar de que había despertado el día anterior.
Sabía que debía haberse quedado en la cama, descansando y recuperando fuerzas, pero un día, hacía muchos años, se juró que jamás iba a permitir que sus enemigos la vieran débil.
Y eso había hecho, aunque ahora se sintiera a punto de desmayarse.
Aún quedaban unas horas del día y, si de ella dependiera, se metería en la cama para no levantarse en otro par de semanas.
Pero no podía ser así. Debía hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para salir de allí y mentir a Sloan sobre su verdadero estado.
A primera hora del día había rezado para que su esposo no se diera cuenta de que realmente se encontraba débil y ligeramente mareada por la debilidad de esos días sin comer.
Y puesto que Sloan no le había dicho nada, Morag suspiró de alivio.
Pero ahora que el guerrero no estaba en el castillo, podía tomarse unos momentos para descansar y reposar para recuperarse.
Morag bajó la mirada hacia su ropa. A pesar de que había acudido a una boda, no se había dignado a ponerse uno de los vestidos que las sirvientas habían insistido para que se pusiera.
No le gustaban las faldas ni la cantidad de tela que debía vestir.
Ella era una guerrera y no estaba dispuesta a ponerse uno de esos.
De hecho, ni siquiera se había quitado el cinto o las dagas de sus botas.
Desde que la habían atacado, no se sentía segura en ningún lado, y menos con la hija del laird Ross pululando libremente por el castillo.
La joven recordó el momento en el que los mercenarios le habían confirmado que el desgraciado de Ruairidh Ross la había reconocido. Y no pudo evitar sentir de nuevo un escalofrío. ¿Cómo era posible que, a pesar del tiempo transcurrido, hubiera recordado su rostro? Morag no podía creerlo.
La joven suspiró largamente y dejó caer la cabeza contra el cabecero del sillón.
Le dolía el costado, pero aún más el alma.
Desde que había despertado no podía olvidar lo que Ruairidh Ross le había provocado años atrás.
Que la reconociera había despertado en ella multitud de sentimientos, todos negativos, en los que volvía a sentirse sola, desprotegida y violada.
Y aunque sabía que ahora sí podía defenderse, no podía evitar tener miedo.
En ese instante, en el que los pensamientos se arremolinaban en su mente, la puerta de su dormitorio se abrió de golpe, sobresaltando a la joven, que desenvainó una de sus dagas y la levantó para lanzársela a la persona que acababa de irrumpir en el dormitorio sin llamar.
Ese simple movimiento provocó que su costado protestase de dolor, provocando que se doblara sobre sí misma.
Al ver que se trataba de Cora, se relajó.