CAPÍTULO 25
A pesar de que habían atrasado la boda infinidad de veces, para Alasdair le seguía pareciendo demasiado precipitada. El día de su unión con la hija del laird Ross ya había llegado y ahora sí que no tenía escapatoria.
Había incluso llegado a rezar para que ocurriera algo en el clan que les confirmara quién era la persona culpable de aquella guerra para así evitar la boda. Pero no habían descubierto absolutamente nada.
Alasdair se vistió a conciencia con manos temblorosas mientras la imagen de una mujer asolaba su mente una y otra vez, y no era precisamente el rostro de Lottie el que no dejaba de ver.
Aquellos ojos verdes, su intensidad, su rebeldía, su fuerte carácter, su increíble belleza, su pelo rojo…
habían hecho las delicias de Alasdair durante años.
Pero jamás imaginó que tendría que obligarse a olvidarla para siempre, pues sabía que jamás le iba a perdonar que se casara con otra mujer.
El guerrero suspiró. Un año y un día. Eso era lo que el laird Ross había pedido. Y a pesar de que otros muchos años se le habían pasado demasiado rápido, sabía que el que tenía por delante sería aún más largo.
Por primera vez en su vida, se preguntó si tal vez debía abandonar el castillo y marcharse a su palacete durante esos meses en los que estaría casado.
Sin embargo, sabía que no podría estar a solas con Lottie, ni quería darle hijos, ni meterla en su lecho…
No quería nada de ella, tan solo la alianza de los Ross.
Por lo tanto, no tendría más trabajo que el de soportarla. Y ese año sería aún más largo.
Con paso firme, Alasdair se encaminó hacia la puerta.
Se dijo que no podía estar por más tiempo allí encerrado, y cuanto antes se casara, antes acabaría ese tormento.
Descendió por las escaleras con rapidez, pero cuando llegó abajo estuvo a punto de llevarse por delante a Cora, que comenzaba a subir la escalinata.
Ambos se miraron durante unos segundos sin saber qué decir, incluso preguntándose si realmente debían decir algo.
Cora tragó saliva y lo rodeó, pero Alasdair la agarró del brazo. Al instante, sintió el escalofrío que provocó en la joven, que levantó la mirada hacia él.
—¿No vas a venir?
Cora frunció el ceño.
—¿A dónde?
Alasdair apretó la mandíbula.
—A mi boda.
—¿Es una broma?
—Nunca bromeo.
—Y yo nunca voy a bodas que no tienen que ver conmigo.
Alasdair la soltó y la miró con el ceño fruncido.
—En parte, sí tiene que ver contigo.
Cora lo miró, sin comprender.
—¿A qué te refieres?
—A que si tengo la obligación de casarme es porque hay que hacer alianzas que nos aporten información sobre la persona que quiere matarte. Sí, tiene que ver contigo.
Cora sintió que su alma caía a sus pies ante aquellas palabras. La joven necesitó apoyarse contra la pared para gestionarlas.
—¿Me estás culpando de verte obligado a casarte?
Yo no he pedido nada nadie, ni bodas ni compromisos, ni que me sigas a todas partes…
De hecho, si de mí dependiera, te juro por mi vida que sería yo y no vosotros quien saldría del castillo para buscar a ese desgraciado.
Pero no… seguís pensando que soy una maldita niña que necesita ser protegida en lugar de ver que he crecido y me he convertido en una guerrera.
Es una pena que mi padre muriera aquel día en batalla.
Era el único que me veía como lo que soy: una mujer capaz de defenderse a sí misma y a su clan.
Cora respiró fuerte.
—¿Quieres que acuda a tu boda? ¡Por supuesto! —exclamó bajando los escalones que había subido—. Vamos, estoy impaciente de ver cómo te casas con esa mujer por mi maldita culpa. Es una pena que yo no pudiera escoger con quién te casabas. Habría elegido a una más fea.
Y en lugar de seguir el camino hacia su dormitorio donde había planeado esconderse durante la boda de Alasdair para evitar romperse en mil pedazos, se dirigió directamente al salón donde se llevaría a cabo la ceremonia de unión de manos.
El propio guerrero había pedido a Gillian que no hiciera algo similar a la boda de Sloan con Morag, por lo que habían preparado algo más minimalista en el salón principal, donde después celebrarían un pequeño festín.
Lanzando un suspiro entre rabioso y triste, Alasdair siguió la estela de furia que fue dejando Cora por el pasillo.
Siguió sus pasos, clavando su mirada en la espalda de la joven, cuyos pasos resonaban con fuerza a su alrededor.
Odió más que nunca a la vida, al destino y a los Ross por ponerlo en la tesitura de casarse con una mujer a la que no solo no amaba, sino que no conocía y, para colmo, pertenecía a un clan enemigo.
Sus pasos acabaron en la puerta del salón, donde entró y donde lo esperaba toda la familia Chattan, su familia, incluida Morag, que lo observaba con una expresión extraña en la cara. Alasdair frunció el ceño al ver sus ojos inquisitivos sobre él y la joven apartó la mirada.
En el frente, Lottie lo miraba con una expresión nerviosa en el rostro. La vio sonreír con timidez y él se acercó a ella. El momento más temido había llegado, y cuando cerraron la puerta a su espalda, supo que no habría escapatoria.
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Después de una mañana en la que había visto la boda de Alasdair y habían comido y festejado en el gran salón, Morag intentaba ocultar, como fuera, una expresión de auténtico dolor y cansancio.
A pesar de la negativa de Sloan ante su salida del dormitorio para unirse con los demás en el salón, Morag se había empeñado en acudir a la ceremonia.
Amelia también había puesto el grito en el cielo al verla levantada después de semanas en cama y habiendo llegado al castillo prácticamente muerta. Pero Morag les dijo que ella nunca se había quedado en cama a descansar o reponerse, así que iba a levantarse como fuera.
Por ello, comió copiosamente para recuperar sus fuerzas y, aunque se había sentido mejor, con el paso de las horas estaba comenzando a encontrarse cansada y ligeramente mareada.
Sin embargo, su orgullo le impidió marcharse de allí o decirle algo a Sloan, a quien tenía al lado en todo momento y se negaba a separarse de ella.
Durante la noche anterior, cuando el guerrero regresó al dormitorio para descansar, habían vuelto a hablar sobre lo que sentían el uno por el otro.
Y aunque Sloan había insistido en que le contara quién le había hecho eso, le recordó que le pidió un día para ello, y aún no había pasado.
Junto a él se sentía bien, a gusto, plena en la vida, y no quería que aquella sensación se acabara.
Durante la noche, ambos se habían sentido extraños el uno con el otro, ya que, después de todo lo vivido entre ellos, resultaba extraño que un sentimiento como el amor se hubiera abierto paso en sus corazones. Y lo más extraño de todo para ambos fue reconocerlo y aceptarlo.
Morag miró a los novios y después dirigió una mirada hacia Cora.
La joven se encontraba sentada completamente sola en el extremo de una de las mesas, y no pudo evitar sentir pena por ella.
Sus sentimientos eran más que evidentes, al menos para ella, ya que tenía la impresión de que el resto de la familia no era capaz de verlos.
Y, a pesar del dolor que seguramente sentía, la joven había aceptado ayudarla, y en ello se encontraba.
Morag se dejó caer contra el respaldo de la silla.
Aún quedaban muchas horas para que el día llegara a su fin, así que solo tenía que aguantar un poco más.
A pesar de ese cansancio, su mente era un hervidero de pensamientos.
Se preguntó qué harían a partir de ese momento ante la guerra que se planteaba de nuevo en el clan, qué harían si sus pesquisas daban sus frutos y finalmente descubría quién era el culpable, quiénes podrían ser potenciales traidores entre los clanes…
Y lo peor de todo era que su cuerpo no respondía de la misma manera que su mente, al menos por ahora.
Pero Morag quería sus fuerzas ya, no en unos días.
—Estás muy callada…
La voz ronca de Sloan la sacó de su ensimismamiento y levantó de nuevo la mirada. Este parecía realmente preocupado, por lo que esbozó una sonrisa cansada.
— ¿Te encuentras bien?
—Es solo un poco cansancio, pero estoy bien.
Sloan arqueó una ceja.
—Si te sintieras peor, ¿me lo dirías?
Morag dejó escapar una risa.
—Sabes que no.
El guerrero puso los ojos en blanco.
—No me gustaría que, de repente, te caigas desmayada sobre mí.
La joven contuvo una carcajada.
—Tranquilo, me dejaría caer mejor sobre otro guerrero del clan. Tampoco te quiero tanto…
Sloan se acercó a ella y pasó una mano por debajo de la mesa para apretarle el muslo. Acercó su boca al oído de la joven y le susurró:
—Una pena que mi hermano tuviera que perder a uno de sus hombres bajo la punta de mi espada…
Morag sonrió y abrió la boca para responder, pero la mano de Sloan ascendió por su muslo y acabó en su entrepierna, sobresaltándola. Hacía tanto tiempo que no la había tocado que necesitaba sentirlo de nuevo, aunque su cuerpo no se hubiera recuperado del todo.
—Además, ese otro guerrero no sabría tocarte como yo…
La joven lo miró de reojo.
—Tienes un ego insuperable, Sloan Chattan.
Pero si el guerrero pensaba que él era el único juguetón, estaba muy equivocado.
Ella nunca se dejaba vencer tan rápidamente, por lo que alargó ella también una mano hasta los pliegues del kilt de Sloan.
Subió la tela ligeramente y comenzó a tocarlo bajo la mesa.
En el momento en el que los dedos de la joven llegaron hasta su miembro y lo rodeó por completo, Sloan dio un respingo.
—Te van a ver —le advirtió con voz ronca.
—También a ti, pero eso es lo divertido, ¿no?
Sloan la miró con el fuego reflejado en sus ojos. Sin lugar a dudas, su esposa no era una mujer al uso que temiera hacer cualquier cosa. Al contrario, era valiente, decidida y sin miedo a que la descubrieran haciendo algo que solo competía a la intimidad de un matrimonio.