CAPÍTULO 24
Hacía ya más de una hora que había amanecido, pero para Sloan no era un día más, sino que representaba algo extraño para él.
Tenía la impresión de que el suelo que pisaba ahora era arenoso, no tan firme, y en parte sentía miedo.
Sin embargo, sabía que tenía la seguridad de abrirse con su familia y que podía pedirles una mano para que lo ayudaran.
Aún tenía cierta congoja en el pecho después de haber llorado como nunca en brazos de su madre, como un niño, como ese mismo niño que él tuvo que matar para no sufrir y que hoy había renacido.
Mentalmente, abrazó a ese niño y le pidió caminar juntos de ahora en adelante para formar un gran equipo.
Sin embargo, a ese niño y al adulto le faltaba la voz de Morag, que aún no había despertado.
Por esa parte, Sloan se sentía ligeramente desesperado.
Había perdido la cuenta de los días que se encontraba allí y estaba deseando salir a por los culpables.
En ese momento, vio entrenar a sus compañeros y sonrió.
Pensó en ellos y en todos los momentos compartidos a lo largo de toda su vida.
Habían sido muchos, y a pesar de su seriedad y, a veces, mal humor, siempre habían estado ahí junto a él.
Y eso lo emocionó. Hasta ese momento, no había sido consciente de lo acompañado que había estado a lo largo de toda su vida.
Había pasado de puntillas durante esos años, pero ahora se dijo que debía vivir.
Y, sorprendentemente, en ese instante, el estómago le rugió por primera vez desde que se encontraba encerrado cuidando a Morag.
El guerrero se giró hacia la mesa donde le habían dejado la bandeja a primera hora, pero cuando lo hizo y desvió sus ojos hacia la cama, sintió que el suelo volvía a temblar de nuevo.
Unos ojos lo observaban desde la cama. Aquellos ojos verdes que había echado tanto de menos y había necesitado volver a ver.
Como si de un milagro se tratara, Sloan se quedó quieto, incapaz de creer lo que había pasado.
Ambos se sostuvieron la mirada, hasta que, cansada, Morag esbozó una sonrisa.
—Debería ser yo quien pusiera esa cara por verte en el mismo infierno que yo… Si te has muerto, deberías haberte ido a otro sitio.
La voz de la joven no parecía suya. Sonó demasiado ronca, pero después de tantos días sin beber nada, tenía la boca extremadamente seca.
Sloan, aún estupefacto, se acercó a la cama sin parpadear.
—¿De verdad estás despierta o esto es un sueño?
—¿Sueñas conmigo a menudo? Espero que siempre te venza en todo…
Sloan dejó escapar una risa y se sentó en la cama, junto a ella, incapaz de apartar la mirada.
—Para llevar tanto tiempo sin abrir los ojos, te has despertado de buen humor…
—La vida me ha enseñado que es mejor sonreír que llorar.
—¿Cómo estás?
—Si no me muevo, estoy muy bien. Si intento mover un dedo, me duele todo.
Sloan sonrió.
—Aún no puedo creer que sigas viva. Has tenido mucha suerte, Morag. Llegaste casi muerta.
La joven asintió y respiró hondo, haciendo un gesto de dolor.
—Si te soy sincera, pensaba que iba a morir en medio del bosque, así que es una suerte estar aquí. Y aún te sorprende que sonría por mi buena fortuna.
Morag lo miró de arriba abajo y arqueó una ceja.
—No sé cómo será mi aspecto, pero tú no estás mejor que yo y a ti no te han golpeado hasta casi la muerte…
Sloan se encogió de hombros.
—No pasa nada.
—¿Por qué estás así?
El guerrero tragó saliva y se miró las manos. En cualquier otra ocasión, habría mentido, pero después de la conversación con su madre se juró a sí mismo a expresar sus sentimientos sin temor, así que debía empezar ya a hacerlo.
—No he salido de aquí en todo este tiempo.
Morag frunció el ceño y se incorporó lentamente, no sin gemir y bajo la atenta mirada de Sloan. Cuando su espalda se dejó caer contra el cabecero de la cama, lo miró sorprendida.
—¿Has estado cuidándome?
Sloan asintió.
—¿Por qué?
—Porque era mi deber.
Morag arqueó una ceja y sonrió ligeramente.
—Pensaba que dirías “porque somos amigos”… El deber y tú; tú y el deber.
—Y porque te amo.
La sonrisa de Morag se borró de golpe. Pensaba que aún estaba ligeramente adormecida y no había escuchado bien.
Lo miró con intensidad, intentando comprender qué lo había llevado a decir aquello.
Morag tragó saliva y fue cuando sintió que su corazón se había acelerado al ser consciente de lo que representaban aquellas palabras.
Parpadeó varias veces y descubrió que el rostro de Sloan estaba tan serio como siempre, pero sus ojos parecían tener luz por primera vez desde que lo conocía.
Nunca los había visto brillar así, como si la vida hubiera vuelto a ellos.
Se preguntó qué habría pasado mientras ella estaba convaleciente, pero no quería pensar en eso ahora.
—¿Qué has dicho?
Sloan tragó saliva y carraspeó, ligeramente incómodo.
—Que lo he hecho también porque te amo, no solo por deber.
Morag sintió que estaba a punto de dejarse llevar de nuevo por la oscuridad al sentir que se le iban las pocas fuerzas que tenía.
—¿Por qué dices eso? —preguntó en un hilo de voz.
—Porque es lo que siento. Reconozco que hace semanas disfruté de lo lindo dándote lo tuyo junto al lago y habría deseado mil veces que desaparecieras de mi vida, pero cuando te vi llegar moribunda, sentí que todo mi mundo se desvanecía bajo mis pies, que lo poco que había logrado sentir en mi interior se esfumaría y moriría como lo hizo Craig.
Y tuve miedo, Morag. Miedo de no volver a escuchar tu voz o de no ver tus ojos.
Sentí que iba a perder la razón al tiempo que también te perdía a ti.
Sloan desvió la mirada, incómodo. De no haber tenido la barba, sabía que se habría sonrojado, especialmente, bajo la atenta y sorprendida mirada de Morag, que no apartaba su vista.
—Durante toda mi vida he pensado que mi corazón era como una tierra quemada, sin vida, hasta que llegaste tú.
Como guerrero, había aprendido a soportar cualquier cosa en la vida, excepto la muerte de alguien a quien amas.
Me di cuenta de que sentía culpa por Craig no solo por su muerte, sino porque era mi gemelo y lo amaba.
Pero contigo me pasó lo mismo al verte llegar.
Ya me había acostumbrado a tenerte cerca y, aunque no había admitido lo que sentía, creí que no iba a soportar tu pérdida si morías porque te amo demasiado.
Sloan levantó la mirada y Morag vio el dolor reflejado en ella.
Estaba tan sorprendida que no sabía qué decirle en ese instante.
Despertar de su letargo, sentir que su cuerpo quemaba de dolor y, de repente, encontrarse con aquellas palabras, dichas por un guerrero como Sloan la había dejado sin palabras.
—En ese momento, me di cuenta de que nunca había temido morir en batallas porque pensaba que estaba muerto, pero mi corazón latió más que nunca al ver que la sangre cubría tu ropa, Morag.
Durante años, he negado el amor infinidad de veces pensando que era un sentimiento que hacía débiles a los hombres y los hacía sufrir, pero ahora entiendo que es al contrario. Tú me has dado vida, Morag.
Sloan sonrió con tristeza.
—Con esto no quiero que te sientas obligada a nada.
Tampoco quiero que te quedes en unos meses tan solo por lo que te acabo de decir.
Quiero que seas una mujer libre. Tan solo déjame decirte que durante estos días he pensado que llegaste en el momento en el que todo se estaba rompiendo otra vez, cuando más perdido me sentía y, a pesar de todo, me escuchaste y te quedaste.
Podrías haberte negado ante la idea de Jacob MacBean, pero fuiste valiente al aceptar, y eso me gustó.
Este tiempo me has enseñado quién eres, de qué estás hechas y qué hay en tu interior.
Y no hay nada en el mundo que desee más que estar contigo.
Sloan terminó de forma atropellada. Las palabras parecieron atascársele en la garganta y se levantó incómodo de la cama. Se retorcía las manos con ansiedad y desvió la mirada de la joven, que seguía estupefacta.
—Iré a llamar a Gillian para informarle de que ya estás despierta.
Sloan intentó girarse, pero Morag abrió la boca para frenarlo:
—¿De verdad vas a marcharte sin darme un segundo para responderte?
El guerrero la miró y se quedó completamente quieto.
—Es que no has dicho nada y no quería incomodarte.
Morag sonrió ligeramente y se incorporó un poco más.
A pesar del mareo que sentía después de tantos días acostada, quería recuperarse cuanto antes, y quedarse en la cama no era la mejor opción.
Desde que se había convertido en una guerrera se había autoexigido mucho, y mostrarse débil no era una opción, aunque no tuviera aliento a sacar los pies de entre las sábanas.
—No me has dado tiempo a reaccionar —le dijo con una sonrisa.
—Tampoco tienes la obligación a responderme…
—¿Te vas a callar de una vez para dejarme hablar? —lo cortó arqueando una ceja.
Cuando el guerrero finalmente cerró la boca y la miró con la cabeza ligeramente agachada, Morag estuvo a punto de ampliar su sonrisa. De repente, le recordaba a un niño que acababa de hacer una travesura y esperaba una regañina por parte de su madre.
— ¿Sabes por qué estoy viva aquí en el castillo en lugar de muerta en medio del bosque?
Sloan negó con la cabeza.