CAPÍTULO 23 #2
Amelia vio cómo Sloan apretaba los dedos contra la piedra de la pared.
Lo hacía con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
Pero no solo eso, sino que podía ver con claridad el temblor de su espalda.
Nunca se había atrevido a hablarle tan abiertamente de Craig porque siempre tenía miedo de su reacción.
Sin embargo, ya no podía contenerse por más tiempo.
Veía sufrir a su hijo día tras día y ella no podía hacer nada.
Y ver que estaba a punto de enfermar por no comer le dio alas para hablar abiertamente de él.
Amelia sentía que aquel fatídico día se había quedado coja. No solo porque uno de sus hijos había muerto, sino porque el otro decidió morir también. Y ya no podía soportarlo más.
La madre del guerrero levantó una mano y la apoyó en el hombro de Sloan, que se sobresaltó al sentir su tacto.
El guerrero mantenía su mirada fija sobre la oscuridad del exterior mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que jamás había derramado por Craig y por el destino que él mismo se había impuesto como castigo.
—Sigues vivo, Sloan. Solo tienes que arrancar de tu corazón las piedras que decidiste adherir a él para evitar que pudiéramos llegar a ti.
Sloan negó con la cabeza.
—Déjeme solo, madre.
—¿Por qué? ¿Por qué no podemos hablar de eso? Quiero a mi hijo de vuelta.
—¡Déjeme solo! —exclamó sin girarse hacia ella mientras una lágrima corría por su mejilla, perdiéndose en su barba.
Amelia se detuvo unos instantes mientras observaba su espalda, tensa, como siempre. Jamás lo había visto bajar la guardia ni reír a carcajadas, algo que echaba terriblemente de menos. La madre del guerrero acabó suspirando profundamente y se giró para marcharse.
Desde su posición, Sloan mantenía la peor de todas sus luchas internas.
Era incapaz de pensar con claridad o serenarse.
Quería correr fuera de allí, gritar en medio del bosque sin que nadie lo escuchara, quería herirse a sí mismo, castigarse de nuevo por la muerte de su hermano, pero también por la suya propia.
Habría dado lo que fuera para que Craig siguiera vivo y él descansara en paz de una vez.
¿Por qué tuvo que salir aquel día del castillo?
Sloan escuchó los pasos de su madre. Tenía la impresión de que esta casi arrastraba los pies y que se marchaba de allí derrochando tristeza. Y cuando la escuchó tomar entre sus manos el pomo de la puerta para irse, no pudo aguantar la soledad que le quedaría después de aquello.
— ¡Madre! —exclamó girándose hacia ella.
Amelia soltó el pomo de la puerta y lo miró.
Durante un instante, Sloan se dijo que era un cobarde, que jamás podría pronunciar las palabras que tenía en mente.
Sin embargo, su cuerpo lo ayudó y reaccionó por él.
Sus pies se movieron solos, acercándose a Amelia, que lo miraba con aquellos ojos verdes de los que tanto necesitaba ver el amor y el perdón.
A medida que se acercaba a ella, Sloan sentía que el peso de sus hombros se hacía más fuerte, más grande, pues era lo más difícil que iba a hacer jamás. Redención. Solo podía pensar en esa palabra. De una vez por todas, necesitaba escuchar el perdón, necesitaba hablar, pero no sabía cómo.
Cuando llegó junto a ella, su madre simplemente lo miró. No quiso decir nada que pudiera echarlo para atrás y asustarlo. Se quedó donde estaba y sintió que su alma se rompía al ver las lágrimas derramarse por los ojos de su hijo.
Sloan apretó los puños y se arrodilló delante de su madre.
Jamás lo había hecho ante nadie, pero sentía que ante ella debía hacerlo para suplicar su perdón, para liberarse.
De rodillas, el guerrero la miró. Su alma estaba rota y nadie podía salvarlo, pero ya era hora de dejar atrás los viejos fantasmas para intentar ver la luz.
—Madre, sé que no tengo perdón de Dios por lo que hice aquel día, pero necesito saber si tengo el suyo.
Tiene razón, no solo murió él aquel día.
Yo mismo decidí tirarme de cabeza junto a él porque no era capaz de soportar el dolor que me produjo su muerte y el dolor que os había provocado a padre y a ti.
No podía soportar la vida en ese momento y decidí que lo mejor era morir yo también porque sentía que había fallado a todo el mundo.
Teníamos la familia perfecta y yo rompí todo eso.
Sloan no podía dejar de llorar en ese momento. Por primera vez en su vida no veía a su madre como una enemiga, sino como la mayor de sus aliadas ante su dolor.
—No era capaz de ver el dolor en los ojos de padre y en los suyos, madre, y tuve que revestirme de frialdad para poder sobrevivir.
En ese momento, todo el mundo era enemigo; todos parecían mirarme como culpable; como la persona que había roto la alegría de este castillo y solo deseaba morir yo también.
—Nunca te he culpado de nada, Sloan. Fue algo fortuito. Esa tormenta podría haber matado a cualquiera.
—Pero fui yo quien animó a Craig para salir del castillo.
Fui yo quien se separó de él y fui yo quien sobrevivió.
Siento que yo lo maté, no con mis propias manos, pero sí con mis actos.
Jamás debí haberlo animado a salir de aquí.
De igual forma que nunca voy a olvidar sus ojos; unos ojos llenos de terror ante la muerte.
Se quedó paralizado, madre. Sentí que ya no me miraba desde este mundo, sino que lo hacía desde el otro lado.
Y cuando su cuerpo cayó… No puede imaginar el miedo que sentí al verlo muerto, madre.
He visto morir a muchas personas, he matado con mi espada, pero ninguna de esas muertes se parece a la de él.
Pareció pedirme ayuda desde el más allá, pero yo no pude dársela. No pude salvarlo. Y me morí con él.
Sloan tembló al tiempo que la congoja apenas lo dejaba hablar.
—Decidí enterrarme con él porque el miedo y la culpa eran aún peor que la muerte.
Pensaba que al volverme frío dejaría de sentir miedo y culpa, pero ha ido aumentando con los años.
Y ya no puedo más, madre. No puedo más. Y ahora tengo miedo de que la última vez que los ojos de Morag me miraron sea la última vez que los vea en mi vida.
No quiero que le pase lo mismo que a Craig. Tengo miedo. Mucho miedo, madre.
Sloan se llevó una mano al pecho, intentando calmar el dolor que sentía.
—No quiero que muera. La amo como nunca he amado a nadie, madre.
La amo de tal manera que toda la oscuridad que habita en mi interior parece cobrar vida y luz cuando está cerca.
La muerte se aleja y el fantasma de la culpa se marcha y me abandona.
Por primera vez, me vuelvo a sentir vivo.
Siento de nuevo el viento en la cara después de salir del agujero en el que me vi obligado a meterme por miedo.
Pero el terror vuelve a cada instante cuando sus ojos siguen cerrados.
No quiero que muera. Y no puedo más con este maldito peso.
¿Por qué todos a los que amo tienen que morir?
Amelia parpadeó para apartar las lágrimas de sus ojos. Se agachó y se puso de rodillas frente a él. Levantó sus manos y le sujetó el rostro. Las lágrimas de su hijo rápidamente mojaron su palma, pero no le importó. Lo miró a los ojos con firmeza.
—Ella aún está viva, Sloan. Y estoy segura de que ha sabido ver la luz que tú mismo tienes en tu corazón a pesar de la oscuridad que te has empeñado en guardar.
Sloan sollozó y bajó la mirada.
—No podría soportar que muera, madre.
—No va a morir. Morag va a despertar y podrás mostrarle tu verdadero corazón.
Pero déjame decirte algo, Sloan. Tú no eres culpable de la muerte de Craig.
Su destino era morir en medio de aquella tormenta.
No sabemos si nuestros espíritus deciden cómo y cuándo morir, pero si es así, estoy segura de que solo ayudaste a tu hermano a cumplir su objetivo.
Tú lo ayudaste a morir porque era su destino, Sloan.
Y no hay nada más bonito que ayudar a alguien a cumplir su propósito.
Tal vez Craig debía enseñarnos algo con su muerte y era a estar más unidos que nunca o puede que intentara enseñarnos a que, a pesar de la muerte, siempre queda vida para seguir adelante.
Tú sigues vivo, Sloan. Ya es hora de que te quites ese peso de encima y puedas vivir.
Aún te queda vida por delante. Imagina lo bien que se sentirá él desde el otro lado al ver que por fin te quitas el lastre y vives por ti y por él.
Su vacío nunca lo llenará nadie, pero puedes cubrirlo de rosas y amor en lugar de llenarlo de espinas.
Sloan sollozó y asintió. Y en ese momento, su madre lo estrechó entre sus brazos.
Hacía casi veinte años que no había vuelto a abrazarlo y lloró con él.
Por primera vez volvía a sentir a su hijo junto a ella, no al fantasma en el que se había convertido.
Dejó que exhalara su culpa y su dolor. No podía imaginar todo lo que Sloan había sentido a lo largo de esos años, pero por fin se dejaba ayudar.
Recogió para sí cada lágrima, cada temblor y cada lamento que dejaba escapar de su garganta.
Casi podía sentir el mismo terror que Sloan había experimentado con seis años.
Empatizó con él y se dijo que un niño no debería vivir una experiencia tan traumática , pero, como le había dicho, tal vez formaba parte de un plan divino que el propio Craig decidió y que ninguno podía comprender.
Para ella, perder a un hijo había sido realmente trágico y doloroso, pero no podía compararlo con lo que Sloan debió sentir en ese momento, con lo que vio y con lo que pudo pensar en cuestión de segundos siendo tan solo un niño y completamente solo en medio de la nada.
Amelia habría dado su vida en ese instante para hacer que el dolor de Sloan desapareciera para siempre y pudiera tener una vida llena de luz, en la que sus demonios por fin lo abandonaran.
Sloan se dejó acunar por los brazos de su madre.
En ese momento, no existía el orgullo, sino la sanación de un chiquillo.
Sabía que su niño interior había muerto aquel día para dar paso a un adulto demasiado joven.
Tuvo que olvidar las bromas, las risas, los juegos…
Todo lo que un niño debía hacer para convertirse en alguien demasiado maduro para su edad.
Y ahora ese niño dolido y aterrado pedía paso para curar sus heridas, pues sabía que, si no lo hacía, no podría seguir viviendo.
Amelia depositó un beso en la coronilla de Sloan. Por fin se abría un nuevo camino, un nuevo horizonte para él y ella sabía que su felicidad estaba más cerca que nunca.