CAPÍTULO 23
Y tal y como había jurado, Sloan permaneció en el dormitorio, sin salir, durante dos semanas más.
Dos semanas en las que Morag no había abierto los ojos, pero al menos no había presentado fiebre que pudiera debilitarla aún más.
Dos semanas en las que no había tenido contacto con sus compañeros ni estaba seguro de cómo estaban las cosas en el clan.
Lo poco que sabía se lo contaba Rowan cuando subía a ver cómo estaba Morag y acababan hablando de lo poco que habían descubierto hasta entonces.
Lo que sí tenían claro era que el laird Ross estaba comenzando a ponerse nervioso.
Le había enviado una misiva a Rowan, preguntándole por qué aún no se había casado su hija con Alasdair, ya que esta le había contado lo que había pasado y los motivos de la demora con la boda.
El guerrero sabía que no podía dejarlo para más tiempo y si Morag no despertaba en los próximos días, Alasdair y Lottie se casarían para formalizar la alianza entre ambos clanes.
El día acababa de comenzar para todos, pero para Sloan era un día más que se había unido al anterior. Durante esas dos semanas, apenas había descansado, algo que se reflejaba en su demacrado rostro. Su barba y su pelo habían crecido y había adelgazado ligeramente al no comer como antes.
Ese encierro mientras cuidaba de Morag estaba a punto de hacerle perder la razón, pero al menos le había servido para parar físicamente y así poder escuchar su interior por primera vez en su vida.
Durante esos días había pensado en lo que había sido su existencia hasta entonces, en lo que había vivido y le faltaba por vivir, pero, sobre todo, en lo que se había perdido por la culpa que pesaba como una losa sobre su espalda.
Cuando le contó a Morag lo que pasó con Craig sintió que se quitaba parte de ese peso, pero aún podía sentir gran parte de él.
Cada vez que sus hermanos o su madre le hablaban sentía que tenía que agachar la cabeza por vergüenza o por temor después de haber provocado la muerte de Craig.
Había sido un rayo, sí, pero si él no lo hubiera instado a salir en medio de la tormenta, seguiría vivo.
A pesar de que intentaba no tener presente ese sentimiento, Sloan tenía la impresión de que sus hermanos pensaban en Craig cuando lo miraban.
Y no podía quitárselo de la cabeza. Se decía que era mentira, que ellos jamás lo habían culpado de nada, pero su mente tenía vida propia y se lo repetía una y otra vez, como cada día de su vida, provocando que durante esas dos semanas su culpa aumentara.
Sloan suspiró y miró por la ventana desde la cama. Hacía tiempo que el día había llegado a su fin y probablemente su familia ya habría cenado. Se preguntó si lo habrían echado de menos o estaban mejor sin él y su rostro serio. El guerrero se llevó las manos al rostro y respiró hondo.
Se dijo que todos esos pensamientos habían tomado fuerza al no salir de allí y no tener contacto con nadie, pero no podía evitarlos.
Se sentía realmente mal y tenía la impresión de que necesitaba escuchar de sus labios que él no era culpable, pero nunca se había atrevido a dejar su orgullo a un lado y mostrarse débil, ni siquiera ante ellos.
—¿Cuándo vas a despertar, Morag? —preguntó.
Durante esos días, la joven había tomado un color diferente al pálido cenizoso que tenía desde que había llegado.
Por fin sus mejillas tenían cierto color rosáceo y sus pecas brillaban ligeramente más.
Sin embargo, su rostro seguía demacrado y más delgado por la falta de alimento.
Sloan, con la ayuda de Gillian, le había dado caldo poco a poco, pero siempre acababan desistiendo cuando Morag comenzaba a toser.
Sus heridas habían mejorado tanto que algunas de ellas, las más superficiales, habían cerrado por completo, mientras que aún mostraba moratones por los golpes recibidos.
Gillian le había asegurado que la herida de lo que parecía haber sido un flechazo se estaba cerrando y que estaba casi curada, pero le seguía preocupando.
Por otro lado, su costado parecía haber mejorado también, mostrándose más natural.
No obstante, lo que más le preocupaba a todo el mundo era que aún no había despertado. Y eso lo estaba consumiendo.
Sloan estaba a punto de lanzar un rugido de auténtica frustración cuando escuchó unos suaves nudillos en la puerta, llamando para poder entrar.
El guerrero le dio paso y se sorprendió al ver que se trataba de su madre.
Amelia entró con una suave sonrisa en los labios, pero él no se la devolvió.
Nunca lo había hecho. Jamás le había sonreído y acababa de darse cuenta de ello.
Sloan tragó saliva y miró hacia adelante, a Morag, rompiendo la conexión con la mirada de su madre.
—Hoy no me he pasado por aquí para no molestar, hijo. ¿Cómo está?
El guerrero suspiró.
—Sigue sin despertar. Al menos no ha tenido fiebre y ha recuperado el color. Ya no parece un muerto.
Amelia sonrió y se sentó en el otro lado de la cama.
—Estoy segura de que despertará en cuestión de días. No pierdas la fe.
Sloan levantó la mirada hacia ella, y no supo qué responder.
Siempre que se cruzaba con ella tenía el mismo sentimiento.
Sabía que lo disimulaba bien porque su madre nunca le había dicho nada, pero no podía arrancárselo.
Junto a ella se sentía como un niño desvalido, necesitado de un simple abrazo y de unas buenas palabras que lograran calmar su dolor.
Desde el momento en el que Craig cayó frente a sus ojos, Sloan se dejó caer al pozo y nunca quiso salir de él, ni siquiera con ella.
Y aún se sentía como ese niño que necesitaba ese consuelo.
Tragó saliva y desvió la mirada de nuevo, incapaz de sostenérsela.
—Las cosas en el clan parecen haber vuelto a la normalidad. Ni siquiera hay ataques en la frontera…
—Tal vez están preparando algo más grande —susurró Sloan con voz ronca—. Tendríamos que ir directamente a por los Urqhart y los MacGillivray. Entre ellos está el culpable.
—Pero también hay un inocente.
—Uno más que tendría que morir para matar al culpable.
Amelia esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—Ese inocente tiene la misma culpa que Morag, hijo mío. Tiene el mismo derecho a la vida que ella.
—Y, aun así, casi me la han arrebatado —dijo entre dientes.
Su madre grabó para sí aquellas palabras que, estaba segura, Sloan no se había dado cuenta de que las había pronunciado.
Con ellas dijo más de lo que nunca se habría atrevido a decir.
Lo había observado cada vez que entraba en el dormitorio y veía cómo se desmejoraba con el paso de los días.
De reojo, miró hacia una de las pequeñas mesas y vio la bandeja intacta; una bandeja que ella misma había preparado para que su hijo comiera algo y no se dejara consumir entre esas cuatro paredes.
Pero, de nuevo, estaba totalmente entera.
Amelia suspiró y lo miró de nuevo a él.
—¿Tú cómo estás, hijo?
Sloan rechinó los dientes.
—Bien, madre. Como siempre.
El guerrero respondió sin mirarla, como siempre. No era capaz de sostenerle la mirada más que unos segundos y la propia Amelia sabía que había perdido a su hijo hacía años y nunca lo recuperaría.
—No estás bien, Sloan. Lo sé. Llevas días sin salir de aquí, no comes, apenas duermes… Vas a enfermar tú también.
—No es la primera vez que hago algo así y estoy bien.
— ¿Por qué me mientes, Sloan? Soy tu madre. Te conozco muy bien.
El guerrero apretó los puños contra su kilt.
—La única persona que me conoce un poco está tumbada en esta cama y no ha despertado todavía.
Amelia suspiró.
—Y a pesar de conocerme, se quedó a mi lado a luchar.
Su madre lo miró largamente.
—¿Has hablado con ella sobre Craig? —preguntó, sorprendida.
Sloan se levantó de la cama, incómodo por el hecho de que le hablara de su hermano gemelo. Acudió junto a la ventana y cerró los ojos mientras apoyaba las manos en la jamba de esta, dándole la espalda a su madre.
— ¿Qué más da eso? —refunfuñó.
—A mí no me da igual, Sloan. De hecho, es una de las cosas que más deseo en esta vida, que logres hablar de él de una vez por todas.
—Está muerto y enterrado. De nada vale mencionarlo a cada instante.
Sloan sintió un nudo en la garganta, el mismo que siempre sentía cuando su madre o alguno de sus hermanos le nombraba a Craig.
No se sentía cómodo. Era como si entrara en terreno enemigo y no supiera qué hacer para salir airoso de ahí.
A pesar de todas las vueltas que le había dado a ese tema durante esos días, seguía sin sentirse preparado, y no supo reaccionar bien.
—Está muerto, eso es cierto —dijo su madre—. Lo está para todos.
La respiración de Sloan se aceleró al escuchar que su madre se levantaba de la cama y se acercaba a él lentamente.
Las emociones se arremolinaban a su alrededor y no era capaz de serenarse.
Nunca lo había conseguido con ese tema y no sabía si lo lograría.
El nudo de su garganta se hizo más grande, estrechando la zona de paso del aire y provocándole un intenso dolor.
—Craig está muerto, pero tú no lo has enterrado aún, Sloan. Tú moriste con él aquel día.
El guerrero sintió cómo su labio inferior temblaba y frunció el ceño.
—Todos lo enterramos aquí un día lluvioso, pero tú decidiste meterte con él en ese agujero, y no has salido de ahí a pesar de que tú sigues respirando.
No quiero imaginar el dolor que sientes en tu pecho, Sloan.
Ese dolor que debe de estar podrido después de tantos años y que ha ido amargándote la vida hasta llegar a no mostrar ni un solo sentimiento.
Debe de ser la peor condena que se le puede imponer a una persona.