Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Alasdair no pudo hablar con su prometida hasta después del mediodía.

Había estado tan metido en sus quehaceres que no había tenido tiempo de buscarla para hablar con ella.

Tenía la impresión de que la joven tampoco deseaba casarse con él, por lo que a medida que avanzaba por el pasillo, rezaba para que ella también deseara posponerla.

Tal y como le habían dicho un par de sirvientas, la encontraron leyendo un libro en uno de los salones más alejados del ruido normal del castillo. La joven sonrió con timidez y se levantó de la silla para recibirlo.

El guerrero dejó la puerta abierta para evitar quedarse a solas con ella. Carraspeó y llevó las manos a la espalda al tiempo que cuadraba los hombros.

—Ya me he enterado de lo que le ha pasado a Morag. Ha debido de ser horrible. ¿Cómo está?

Alasdair se encogió de hombros.

—Por lo que ha dicho Rowan, su esposa está haciendo todo lo posible para salvarla, pero es muy difícil.

Lottie asintió con seriedad y dejó el libro sobre una mesa.

—¿Me buscabas para algo?

Alasdair suspiró.

—Sí, quería hablar contigo sobre la boda.

La joven sonrió brevemente.

—Creo que ninguno de nosotros está preparado para ella, ¿verdad? Queremos posponerla todo el rato.

—¿Cómo sabes que quiero posponerla?

—Porque si no, no vendrías a buscarme para hablar conmigo.

El guerrero se quedó sorprendido y carraspeó, incómodo.

—Lo siento. No tengo nada contra ti, es simplemente…

—Que no quieres casarte… Yo tampoco, así que tranquilo.

—¿Te importa si la posponemos?

Lottie sonrió de nuevo y se encogió de hombros.

—Yo pienso que cuanto antes nos casemos, antes pasará el año que tendremos que aguantarnos. Pero supongo que las cosas en el castillo no son propicias para una boda. Todo el mundo estará preocupado por Morag.

—Sí. Conozco a Sloan desde que éramos niños y no me gustaría que faltara en un día así.

—La pospondremos hasta que se recupere Morag. Pero, si no te importa, tengo que avisar a mi padre de ello. Está esperando noticias mías.

Alasdair asintió.

—Por supuesto. Gracias, Lottie.

La joven se acercó a él y levantó una mano para acariciar su mejilla. Alasdair se quedó sorprendido por ese gesto y no supo qué hacer, pero especialmente al ver que su prometida se ponía de puntillas y lo besaba después de haberle dicho que ella tampoco quería casarse.

—Supongo que hacer algo así, estando prometidos, no es algo malo.

Alasdair abrió mucho los ojos e inconscientemente dio un paso atrás.

Que una mujer lo besara así como así no le gustaba, y sabía que no podía decirle nada.

Era la primera vez que le ocurría algo parecido y no pudo reaccionar a tiempo, hasta que escuchó un jarrón estrellarse contra el suelo a su espalda.

Tanto el guerrero como Lottie dirigieron su mirada hacia el exterior y vieron a una sorprendida Cora que los miraba con los ojos desmesuradamente abiertos.

El jarrón que portaba en sus manos para ponerlo en el salón donde estaban ellos acababa de escurrírsele de las manos y se había roto al chocar contra el suelo.

Las mejillas blancas de Cora se tiñeron de rojo, una mezcla entre vergüenza y rabia que no pudo ocultar con la mirada a pesar de que intentó aparentar calma.

—Lo siento, no quería interrumpir —acabó diciendo cuando recuperó la voz.

Lottie no respondió, sino que se quedó mirándola, mientras que Alasdair no encontró tampoco su voz por ningún lado.

Su corazón latía demasiado deprisa, repiqueteaba tan fuerte en su pecho que estaba seguro de que se le iba a salir en cualquier momento.

Vio a Cora marcharse de allí con la promesa de enviar a alguien para limpiarlo y volvió a dejarlos solos.

—Lo siento. No he debido hacer eso.

La disculpa de Lottie lo atravesó como una daga. Era cierto. No debía haberlo hecho, y menos después de asegurarle que ella tampoco quería casarse con él. Entonces ¿por qué lo había besado?

Alasdair se obligó a encogerse de hombros para restarle importancia.

—No pasa nada. Tengo que marcharme para seguir con mi trabajo.

Lottie asintió y regresó junto a la silla donde había estado sentada.

Alasdair se giró y salió del salón. Pisó los trozos rotos del jarrón y supo exactamente hacia dónde tenía que dirigirse.

Sus pies lo llevaron por los pasillos y en lugar de salir de la fortaleza para seguir con su trabajo, se dirigió hacia las escaleras.

Las subió de tres en tres y después buscó la escalinata que lo llevaría hacia la zona alta de la torre principal.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo al ver ondear la cabellera pelirroja de la joven.

Pero Cora no se giró hacia él. Se mantuvo quieta, mirando el horizonte, cruzada de brazos y rechinando los dientes con rabia.

—¿Y qué haces aquí? Pensaba que te estarías besando con tu prometida.

Alasdair apretó los puños y se acercó a ella. Se quedó justo detrás de su espalda y, durante unos instantes, levantó la mano para tocarla, pero sin atreverse a hacerlo.

—Yo no la he besado. Ha sido ella.

—No te he visto apartarla rápidamente ni he escuchado tu grito para insultarla. Así que no me vengas a dar explicaciones. De todas formas, yo no soy nadie.

—Si la hubiera insultado, su padre estaría aquí en menos de tres días con sus hombres para declararnos la guerra.

—Repito que no tienes que darme explicaciones, Alasdair.

Cora se giró hacia él y lo encaró.

—Yo solo soy una mocosa que no vale nada, ¿verdad? Aún sigo siendo una niña que no tiene ni siquiera derecho a defenderse sola.

—Yo no he dicho eso.

Los ojos de Cora se abrieron desmesuradamente.

—No vuelvas a decir semejante mentira, Alasdair, o te juro por mi vida que acabarás con tu cuello roto tras caer de esta torre…

Cora lo rodeó y se alejó de él, dispuesta a marcharse.

—Vuelve con tu prometida. No quiero que se ponga celosa si te ve pasar más tiempo conmigo que con ella.

El guerrero apretó los puños. Le habría gustado responder a sus palabras y preguntarle hasta cuándo se las iba a repetir. Sin embargo, prefirió quedarse callado y ver cómo la joven se marchaba, dejando una estela de pelo rojo que llevaba años deseando hacer suya.

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Gillian se limpió el sudor de la frente cuando terminó su trabajo.

Había sido un arduo día de trabajo con Morag y, aun así, no estaba segura de que la joven pudiera sobrevivir a sus heridas y golpes.

Le preocupaba especialmente ese costado ligeramente hundido, por lo que había aplicado un ungüento que, esperaba, penetraría en la piel para curar las zonas más profundas del cuerpo.

La esposa del laird miró a Sloan, que se incorporó en la cama para ponerse en pie después de tapar el cuerpo de Morag.

—No vuelvas a intentar decir lo mismo de esta mañana… —le advirtió.

—Es que solo quiero que pienses que existe esa posibilidad…

Sloan le enseñó los dientes de forma peligrosa.

—Ya sobrevivió una vez a una paliza similar. Hará lo mismo ahora.

Gillian suspiró de nuevo y comenzó a guardar los botes en su cesta.

Los dejaría cerca de allí para cambiarle los vendajes y curar sus heridas al día siguiente, pero ya no podía hacer más.

El día estaba a punto de acabar y habían comenzado a curarla desde primera hora de la mañana, por lo que se encontraba exhausta.

—Jamás habría imaginado que te preocuparías por ella —dijo con suavidad, sabiendo que pronunciar aquellas palabras sería como meterse entre las espinas de un rosal.

—Aunque seas la esposa de mi hermano, no somos amigos.

—Bueno, te debo la vida.

—No me debes nada —la cortó rápidamente—. Hice lo que tenía que hacer.

—Igualmente, estoy agradecida.

Sloan apartó la mirada y se cruzó de brazos mientras observaba a Morag.

—Querías que fuéramos amigos, ¿no?

—Tu preocupación va más allá de una amistad.

Los ojos de Sloan la atravesaron de principio a fin.

—No vayas por ese camino, Gillian, o tendrás problemas conmigo.

La joven lo miró y dejó escapar el aire lentamente.

—Volveré mañana para cambiarle las vendas y hacer nuevas curas.

Sloan asintió y la miró mientras se marchaba.

Cuando por fin se quedó solo de nuevo, se llevó las manos a la cara.

Masajeó sus sienes, pero ni siquiera con ese gesto logró calmar los nervios que sentía.

Estaba iracundo, ansioso, con el imperioso deseo de salir de allí y matar a los culpables de aquellos golpes.

No quería ni pensar en lo que habría podido sentir Morag completamente sola cuando aparecieron ante ella para golpearla.

Debió de ser un instante de terror que no quería imaginar.

Sloan se dirigió hacia la ventana y se alejó de ella.

Estaba tan pálida que le daba miedo observarla.

No quería pensar en los próximos días. Serían realmente difíciles y no descansaría hasta que Morag abriera de nuevo los ojos.

La joven le había contado que, cuando era pequeña, tardó más de una semana en despertar.

Y el hecho de pensar que ahora pudiera ocurrir lo mismo lo llenaba de angustia.

Sloan se apoyó contra la jamba de la ventana y observó el final del día.

La oscuridad estaba a punto de cernirse sobre el castillo después de haber pasado uno de los días más largos de su vida.

Ante él había pasado la imagen de una Morag débil, totalmente entregada a la muerte y temblorosa, nada que ver con lo que él había visto hasta entonces.

Y no era capaz de asimilar algo tan difícil.

La quería sana, con su mirada pícara y dura, con sus comentarios lacerantes y pasados de tono, con sus bromas, con su carácter salvaje… Lo quería todo de ella.

En el momento en el que la vio llegar, más cerca de la muerte que de la vida, Sloan sintió que él mismo volvía a romperse en mil pedazos.

Jamás imaginó que un sentimiento como el que Morag despertaba en él pudiera ser tan profundo y violento como ese, pero había podido sentir dolor físico, no solo emocional.