CAPÍTULO 21 #4
—¡Morag! ¡Lucha, maldita sea! —gritó desesperado, haciendo retumbar su voz por cada rincón del patio—. Hazlo como sea, pero ¡sigue luchando! ¡No te rindas!
La joven abrió los ojos de nuevo y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Esas últimas eran las mismas palabras que le había dicho su madre y que se las repitiera Sloan le parecía realmente irónico. Lo vio con lágrimas en los ojos, preocupado y desesperado.
—Sigue luchando por tu vida o haré que todo el mundo sepa lo cobarde que fuiste porque preferiste el camino fácil de la muerte a seguir casada conmigo. Lucha, joder.
—Me… reconoció… en la reunión. Él me reconoció.
Sloan frunció el ceño y boqueó varias veces.
—¿El hombre que mató a tus padres y te vendió a un burdel? —preguntó horrorizado—. ¿Por qué demonios no me dices ya quién es?
Morag sonrió de lado, pero las fuerzas le fallaron y cayó en la inconsciencia.
—¡No! ¡Morag!
—¿Qué ha pasado? —preguntó Rowan corriendo hacia él.
Sloan levantó la mirada.
—Le han dado una paliza, Rowan. Hay que salvarla, por favor, hermano, ayúdame.
Rowan puso una mano sobre su hombro y lo apretó con fuerza.
—Vamos a hacer todo lo posible para salvarla. Es fuerte, ya verás como sigue luchando tan solo para llevarle la contraria a la muerte.
Sloan asintió y miró por detrás de Rowan, puesto que ya llegaban Arran y Kester con una camilla improvisada con maderas y una sábana.
—Aguantará hasta el dormitorio —le aseguró Kester.
—Debemos alzarla y colocarla sobre la sábana. Es lo más difícil.
Los cuatro guerreros, con sumo cuidado, agarraron a Morag intentando tocarla lo menos posible. La joven gimió de dolor y su rostro se arrugó ligeramente. La depositaron sobre la camilla que habían improvisado y la levantaron intentando moverla lo menos posible.
Mientras Arran y Kester la portaban, Rowan y Sloan se mantenían a ambos lados de Morag, como si con su sola presencia pudieran protegerla.
El segundo alargó una mano y tomó la de la joven, que gemía ligeramente.
Su rostro pálido casi brillaba en medio de aquel día aciago en el que todo se volvió negro nuevamente para Sloan.
Sin detenerse, llevaron a Morag escaleras arriba para hasta el dormitorio. Allí ya los esperaban Alasdair y Gillian, que había esparcido por el suelo todos los botes que tenía hasta saber cuál de ellos le haría falta.
—¿Qué puede haberle pasado? —preguntó la mujer de Rowan.
Su esposo la miró y se encogió de hombros, aún estupefacto por la mirada desesperada de Sloan. Hacía tantos años que no lo había visto perder el control de la situación que no sabía cómo asimilarlo.
—Ojalá lo supiéramos.
—¿Te ha dicho algo, Sloan? —preguntó Alasdair mientras Arran y Kester depositaban a la joven sobre la cama.
El aludido levantó la mirada hacia ellos.
—Apenas nada...
Gillian lo miró desde el otro lado de la cama al tiempo que examinaba el cuerpo de la joven.
Sabía que había algo más que él no había dicho, pues su tono así lo había indicado, pero ella no sería la que preguntara.
Rowan pareció pensar lo mismo que ella, y quiso respetarlo.
Ahora que Sloan parecía abrirse más a él no quería que volviera a meterse en su cueva y no lo dejara entrar en ella.
Sin embargo, Kester carraspeó antes de preguntar lo que los demás estaban deseando formular.
—¿Y nada más? Cuando me he ido, parecía querer hablarte.
—Hay algo… Me va a matar cuando despierte.
—Si es algo entre vosotros, no hace falta que nos lo cuentes.
Sloan se encogió de hombros y miró hacia la puerta para comprobar que estaba cerrada.
—Lo que os voy a contar no tiene que salir de aquí porque pertenece a la vida de Morag.
Esperó a que todos asintieran.
—Cuando tenía diez años, el laird del clan vecino atacó a sus padres y los asesinó. Después, la tomó como prisionera y la vendió a un burdel.
—¿Con diez años? —preguntó Arran, horrorizado.
Sloan asintió.
—Cuando Morag tenía doce, mató a uno de los hombres de ese laird cuando iba a violarla.
Le dieron después una paliza y la dejaron en tierras MacBean pensando que estaba muerta o que tal vez iba a morir antes de ser encontrada.
Jacob MacBean, junto con su hijo, la encontraron medio muerta y la llevaron al castillo. La cuidaron y logró sobrevivir.
—Eso explica la increíble lealtad de la muchacha al laird MacBean —apostilló Rowan.
Sloan suspiró.
—Me ha dicho que el hombre que la prostituyó la había reconocido en la reunión.
Kester arrugó la frente y desvió la mirada cuando Gillian comenzó a desnudar a Morag.
— ¿Estás diciendo que el desgraciado que mató a sus padres y la vendió a un burdel es uno de los lairds contra los que luchamos en la guerra? ¿Uno de los que ha venido a las reuniones?
Sloan asintió y los demás dejaron escapar exclamaciones de asombro.
—Pero ¿cómo es posible que se vieran y ninguno haya intentado matarse?
—Hasta ahí llega la contención de Morag —respondió Sloan.
Alasdair le dio una palmada en la espalda.
—¿Y quién es ese desgraciado?
—No lo sé. Aún no me lo ha querido decir. Espero que lo haga cuando despierte.
—Necesito tu ayuda, Sloan —los cortó Gillian desde la cama—. Este costado tiene muy mala pinta.
La mirada del guerrero se dirigió hacia ella y se apoyó en la cama. Su corazón se paró al ver el estado del cuerpo de Morag. Necesitó tragar saliva cuando vio que se le secaba la garganta.
Morag tenía todo el costado casi negro y la última costilla ligeramente hundida en la carne, indicando que estaba rota. Numerosos golpes y heridas se repartían por todo el cuerpo de la joven, algunas de ellas aún sangrantes y Sloan se preguntó cómo era posible que aún estuviera viva.
—Morag parece estar hecha de hierro, Sloan —le dijo Gillian en voz baja—. Cualquier otra persona ya habría muerto. Mi padre no tenía tan mala cara cuando falleció.
Sloan la miró y frunció el ceño.
—Ella tiene que vivir, Gillian. Hay que hacer todo lo posible. Ya sobrevivió una vez. Tiene que hacerlo una maldita segunda vez para que me diga quién cojones es el desgraciado que le ha hecho esto.
Gillian levantó la mirada y suspiró. Después asintió con seriedad y miró a los demás.
—Marchaos todos de aquí. Necesito tranquilidad y no cuatro pares de ojos observándome. Sloan, tú quédate para ayudarme a girarla.
Los demás se marcharon de allí y los dejaron solos.
—Te voy a ser sincera, cuñado.
—Ni te atrevas a decirlo, Gillian —Sloan clavó su penetrante mirada en ella.
—Solo quiero que tengas claro que existe esa posibilidad.
—No para ella —sentenció—. Si muere, pienso ensillar mi caballo y arrasar yo solo los clanes en busca de ese desgraciado que le ha hecho esto. Todos morirán suplicando clemencia mientras quemo sus casas y les saco las entrañas lentamente. Ningún laird quedará vivo.
Gillian respiró hondo y le señaló uno de los botes del suelo.
—Tenemos muchas horas de trabajo aquí para hacer que este cuerpo vuelva a recomponerse.
—Las horas que sean necesarias.
—Empezaremos por la herida abierta de su costado. Es la que más sangra y una de las que más me preocupa curar.
-------
Cora se encontraba con su madre en uno de los salones, poniendo flores frescas en los jarrones cuando Alasdair cruzó por el pasillo con gesto serio y ligeramente pálido. Amelia lo vio y rápidamente llamó su atención.
—¡Alasdair! ¿Qué ha pasado para que arméis ese barullo? Hemos escuchado demasiado ruido y gente corriendo. ¿Va todo bien?
Cora siguió dándole la espalda, incapaz de sostenérsela, algo que le ocurría desde que la futura esposa del guerrero había llegado al castillo. Escuchó sus pasos a su espalda y su suspiro triste llamó su atención.
—Morag ha vuelto al castillo.
—¿Ya? Pero si se marchó ayer y no le ha dado tiempo a llegar al castillo MacBean y volver…
—Eso es lo que nos ha hecho correr por el castillo. Ha llegado malherida.
Cora giró la cabeza y lo miró, horrorizada.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó.
—Le han propinado una brutal paliza. No sé si sobrevivirá.
Amelia se llevó las manos a la boca y dejó caer las flores que tenía en las manos, incapaz de creerlo.
Cora se quedó petrificada al escucharla y tuvo que apoyarse en una mesa cercana para asimilar sus palabras.
La última conversación que había mantenido con ella antes de marcharse aún flotaba en su cabeza y no podía olvidar sus palabras. Cora tragó saliva y miró a Alasdair.
—¿Se puede hacer algo?
—Rezar —dijo sin pensar—. Sloan y Gillian se han quedado en la habitación y nos han pedido que los dejemos solos, así que no podemos hacer nada.
—¿Y quién ha podido hacerle eso?
Alasdair recordó las palabras de Sloan y su petición de no contar nada. Por ello, se encogió de hombros.
—Ella lo dirá cuando despierte.
El guerrero se giró para marcharse, pero se dio cuenta de algo y miró directamente a Amelia.
—Después de esto hay algo que me gustaría pedir.
—Claro, dime, hijo.
Cora frunció el ceño.
—No es tu hijo —murmuró.
Alasdair miró a la joven, pero esta desvió sus ojos hacia lo que había estado haciendo antes de su irrupción en el salón.
—Hace tiempo dijimos que mi boda con la muchacha Ross se llevaría a cabo cuando Sloan y Morag regresaran de su misión. Ahora que ella está herida, no me gustaría casarme y que alguien no pueda ir por cuidarla. ¿Se puede posponer unos días más?
Amelia suspiró y se encogió de hombros.
—No lo sé, pero creo que eso se lo deberías preguntar a Rowan.
—Mejor a tu prometida —le dijo Cora con tono irónico—. Supongo que estará deseando ser tu esposa.
Cora lo miró por encima del hombro y Alasdair la atravesó con su mirada azul.
Ambos se dedicaron una mirada cargada de odio, hasta que el guerrero dejó escapar el aire y se marchó de allí con la intención de retrasar aún más lo inevitable con la esperanza de que descubrieran quién era el culpable antes de que tuviera que casarse con Lottie.