CAPÍTULO 21 #3
Morag volvió a cerrar los ojos para comprobar si así funcionaba, llamó a su madre con la mente, pero no volvió a ocurrir lo mismo.
No obstante, una imagen que no era la de su madre apareció en el centro de su cabeza.
Una imagen que sabía que no volvería a ver jamás, pero que estaba allí, tan firme como siempre.
Sloan parecía mirarla de la misma forma que lo hacía siempre, con esa mezcla de odio y deseo que lo caracterizaba.
Y lloró al ser consciente de que su matrimonio acabaría muchos meses antes de lo que pensaban.
—¡No te rindas! —volvió a escuchar.
Morag abrió los ojos de nuevo y miró hacia la luna. ¿Estaba intentando su madre comunicarse con ella desde el más allá? La joven frunció el ceño y, como si quisieran decirle algo más, volvió a escuchar:
—Hazlo por él —aquella voz pareció ser un eco que retumbó entre los árboles, llegando hasta ella como algo lejano—. No te rindas…
—No me puedo mover, madre —respondió como si alguien pudiera escucharla—. No puedo volver.
Y como si de alguna extraña magia se tratara, el caballo que la había acompañado hasta allí apareció de entre los árboles, trotando con suavidad.
Se acercó lentamente a ella y, para su sorpresa, se agachó a su lado para ayudarla a montarlo.
Morag abrió los ojos desmesuradamente. ¿Qué clase de brujería era aquella?
Hasta ese momento no se había acordado del caballo ni de nada más que no fuera el dolor que sentía, pero verlo llegar y agacharse a su lado era una de las cosas más extrañas que le habían sucedido en su vida.
Morag dudó, pero el caballo se mantuvo quieto junto a ella, esperando a que se moviera y subiera a su lomo. Lentamente, la joven comenzó a mover su cuerpo. Gimió cuando un poderoso dolor atravesó cada zona, pero aguantó como pudo, apretó los dientes y consiguió ponerse de lado con mucho esfuerzo.
—No te rindas, Morag —se dijo a sí misma.
Respirando de forma acelerada, la joven se tomó un segundo antes de volver a moverse.
Logró impulsarse hacia adelante y se subió a lomos del caballo.
Dejó que su cuerpo reposara sobre el animal, pues no podía mantenerse erguida, pues se caería en cuestión de segundos.
Como pudo, aferró las riendas del mismo y dejó que este iniciara la marcha.
No sabía hacia dónde la llevaría, pero estaba tan dolorida y cansada que no le importaba.
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Un nuevo día estaba dando comienzo mientras Sloan permanecía parado en la muralla después de pasar toda la noche al raso vigilando en la oscuridad. A pesar de que nunca se había mostrado cansado, los largos pensamientos que había tenido durante la noche lo habían dejado completamente extenuado.
No había dejado de pensar en la conversación que había mantenido con Rowan.
No sabía en qué momento se había atrevido a hacerle aquella pregunta, pero necesitaba saber cuándo se dio cuenta de que estaba enamorado de Gillian para saber si todo lo que sentía por Morag era algo más que comprensión, admiración y cariño.
Lo que esta había despertado en él era tan extraño, tan salvaje y tan grande que no sabía ponerle nombre, y temía que, efectivamente, fuera amor.
Su hermano se lo había confirmado. Aunque él no hubiera dicho nada de lo que sentía, sí grabó en su mente sus palabras, y se dio cuenta de que él mismo sintió la presencia de Morag en aquella primera reunión como algo salvaje, como si la joven lo hubiera golpeado desde su silla tan solo con una mirada.
Se dijo que había sido la primera mujer que se había atrevido a retarlo, a insultarlo y a exaltarlo, como si no lo temiera.
Todas las que había conocido hasta entonces habían huido de él tras acercarse durante unos minutos, pero Morag se había quedado y, al contrario de lo que pensaba, lo había retado a luchar.
Todo lo que la joven había hecho, sin pretenderlo, lo había sacado de ese pozo en el que estaba sumido desde hacía años.
Y lo más sorprendente era que se había abierto a ella para contarle lo sucedido con su hermano Craig, algo que no había hecho jamás con su propia familia.
Ella lo había escuchado con atención y logró sentir su apoyo.
Sloan suspiró y cerró los ojos un instante mientras estiraba el cuerpo. Sabía que su relación con Morag era imposible, así que se dijo que debía sacarla de su mente para siempre. Disfrutaría de su compañía en los meses venideros, pero la olvidaría después para siempre.
—Noche dura, ¿eh?
La voz de Alasdair lo sorprendió y abrió los ojos al tiempo que hacía crujir su cuello para estirarse. Sloan asintió y le dio una palmada en la espalda.
—Dura y aburrida. Aunque al menos no ha pasado nada.
—Sí, mejor aburrida que no pasada por sangre y fuego.
Alasdair suspiró y miró al horizonte con gesto triste.
—¿Estás bien?
Alasdair se encogió de hombros.
—Todo lo bien que se puede estar sabiendo que te vas a casar en pocos días.
—Es duro. Cierto. Así que no soy el mejor para darte consejos y que puedas llevarlo mejor.
Alasdair sonrió y lo miró de reojo.
—No hay consejo posible que me arranque lo que siento. Y luego está tu hermana…
Sloan torció la cabeza y miró al cielo.
—Está insoportable, sí.
—No lo decía por eso —murmuró Alasdair fijando su mirada en el frente al ver que se acercaba un caballo.
Sloan bajó la mirada hacia él y lo observó.
—¿A qué te referías?
—Nada, cosas mías.
Alasdair señaló con la cabeza hacia el frente.
—Creo que me falla la vista, pero ¿se acerca un caballo sin jinete?
Sloan lo siguió con la mirada y entornó los ojos.
A su alrededor, todos los guerreros se pusieron en alerta al pensar que se trataba de una estratagema para atacar el castillo.
Sin embargo, en la distancia, Sloan sintió que reconocía ese caballo.
Entornó un poco más los ojos para ajustar su vista y su corazón se paralizó al reconocerlo. Pero no se acercaba sin jinete.
—Dios santo… —murmuró, incapaz de moverse.
—¿Qué pasa? —preguntó Alasdair entrecerrando también sus ojos.
—¡Es Morag! —vociferó—. ¡Abrid el portón!
Sloan corrió hacia las escaleras para bajarlas de dos en dos. Su corazón latía demasiado deprisa al ver que el caballo de Morag se acercaba al castillo con ella tumbada sobre él. No la había visto bien, pero ella jamás cabalgaría de esa forma a no ser que hubiera sido atacada y no pudiera moverse.
—¡Avisad a Gillian! —vociferó desesperado.
—Iré yo —dijo Alasdair.
En el momento en el que Sloan llegó junto al portón, el caballo ya lo estaba atravesando.
El guerrero se lanzó hacia las riendas de este y lo paró.
Horrorizado, Sloan miró el cuerpo de Morag, que reposaba sobre el lomo del animal, incapaz de moverse.
Vio su ropa rota y llena de sangre y no se sentía capaz de levantarle la cabeza para evitar ver su rostro grisáceo y muerto.
—Sloan… —susurró Kester, que acababa de aparecer a su lado—. ¿Te ayudo?
El guerrero lo miró como si fuera la primera vez en su vida que lo veía, y acabó asintiendo.
Por primera vez desde que Craig murió se sentía paralizado.
Ya había sufrido la pérdida de su gemelo y, desde entonces, no había querido encariñarse con nadie por temor a perderlo.
Ahora que lo había hecho con Morag, aparecía en el castillo en condiciones extremas.
Los dos hermanos, con sumo cuidado, apartaron el pelo de la joven, que caía sobre su rostro. La palidez de su piel le indicó que estaba muy débil, pero al menos le quedaba un aliento de vida.
—Pero ¿qué le han hecho? —susurró Kester.
Sloan tragó saliva. Sus manos temblaron cuando las levantó para tocar la fría mejilla de la joven, que gimió al sentirlo.
—Morag…
La vio intentando abrir los ojos, pero era tanto el dolor y el cansancio que sentía que no podía hacerlo.
—Ayúdame a bajarla.
Kester asintió y, entre ambos, lograron bajar el cuerpo de Morag, depositándolo en el suelo. La joven no dejó de gemir ni un solo instante, y apenas abrió los ojos.
—Ya estás a salvo, Morag —susurró Sloan agachando la cabeza para acercarla a ella.
La sostenía entre sus brazos, incapaz de saber cómo tocarla para evitar hacerle más daño. No sabía cómo tenía el cuerpo bajo la ropa, pero lo que quedaba al descubierto era tan aterrador que no estaba seguro de querer saber qué había debajo de la tela.
La vio parpadear lentamente, como si ese simple movimiento fuera una dura tarea para ella. Sloan llevó su mano libre al rostro de la joven.
—¿Dónde está Gillian? —vociferó antes de volver a mirarla.
Sloan no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Sentía muy débil el cuerpo de Morag entre sus brazos. La vida se le escapaba a cada respiración y él no estaba preparado para perderla.
—¿Quién te ha hecho esto?
—Él —dijo con dificultad—, siempre ha sido él…
Sloan frunció el ceño y se asustó al ver que la joven cerraba los ojos y tardaba en abrirlos.
—¡Morag! —vociferó—. No sé quién es él.
Sloan elevó la cabeza hacia Kester, que estaba paralizado, y cuando este vio las lágrimas en los ojos de su hermano, siempre frío y distante, supo que había que hacer lo que fuera para salvarla.
—Voy a pedirle a Arran que me ayude a hacer una cama con unas sábanas. Tenemos que subirla a vuestro dormitorio.
Sloan asintió y lo vio marchar. Cuando se quedó solo, agachó aún más la cabeza y depositó un beso en la frente magullada de la joven.
—No me dejes, Morag.
—La he… escuchado.
Sloan se separó de ella y la miró a los ojos. Estos parecían observarlo, pero realmente estaban perdidos en medio de su dolor.
—A mi… madre. Me ha… hablado.
El guerrero negó con la cabeza.
—No, me niego a que te vayas con ella. ¡Lucha, joder!
Sloan respiró hondo, intentando no perder la poca calma que tenía.
—¿Quién es él? ¿Quién te ha hecho esto?
Morag lo miró y una lágrima escapó de sus ojos.
—No os fieis… de…
Los ojos de la joven se cerraron un instante, pero Sloan la aferró con fuerza de la pechera de su camisa ensangrentada.