CAPÍTULO 21 #2
—Puedes atravesarme con tu espada si lo que hablemos sale de estas cuatro paredes —le aseguró.
Sloan dudó y respiró hondo.
—¿En qué momento te diste cuenta de que… sentías algo por Gillian?
Había esperado una burla, un gesto divertido, una ceja arqueada…
lo que fuera. Pero lo que Sloan se encontró en su hermano fue ese mismo gesto serio de siempre.
Pero a pesar de esa frialdad que aparentaba, Rowan estaba estupefacto por dentro.
Era la primera vez que Sloan se abría a él para hacerle una pregunta tan íntima como esa, y el pecho se le llenó de orgullo al ver que por fin su hermano mostraba un sentimiento aparte del dolor y la amargura que lo caracterizaba.
—Me has preguntado con sinceridad y mi respuesta será igual de sincera.
Me di cuenta de que la amaba desde el primer instante en que la vi y ella cruzó su mirada conmigo.
Sentí como si miles de cuchillos se me clavaran en el cuerpo, como si infinidad de guerreros se lanzaran contra mí y me golpearan o como si todas las piedras de este castillo se derrumbaran sobre mí.
Fue algo fuerte que caló tan hondo en mí que sabía que no podría quitármela de la cabeza.
La observaba, tenía la necesidad de saber dónde estaba, qué hacía o sus gestos mientras dormía.
Era algo tan fuerte e imperioso que no me dejaba dormir.
Darme cuenta de que amaba a Gillian fue lo más complicado que he hecho en toda mi vida porque no quería reconocerlo, no quería amarla.
Pero sabía que ese amor era el complemento que mi alma deseaba para sentirse plena.
Rowan lo miró a los ojos.
—Amarla es igual de doloroso que odiarla. Si la aborrecía, después me sentía mal por ello e igualmente atraído por ella. Y si la amaba, me dolía pensar que alguien pueda hacerle daño. Es una mezcla intensa, pero compensa todo lo demás.
Sloan tragó saliva y siguió retorciéndose los dedos.
— ¿Y si no es amor?
—Si pienso en que alguien pueda arrebatármela sé que caería con ella.
Su hermano asintió de forma imperceptible. Rowan intentó seguir, pero Sloan lo cortó:
—Que te pregunte esto no quiere decir que esté enamorado de Morag.
—Yo no he insinuado eso.
—Solo te lo digo por si lo piensas en algún momento.
—Tranquilo. Y puedes estar seguro de que esta conversación no saldrá jamás de aquí.
Sloan asintió.
—Gracias.
Rowan bajó la mirada de nuevo hacia los papeles, dejando que Sloan meditara sobre sus palabras.
Este se quedó completamente serio, incapaz de seguir el trabajo que estaba haciendo.
Por ello, se dijo que ya pensaría en Morag cuando estuviera solo, pues no podía quitársela de la cabeza desde que se había marchado.
Sloan suspiró y se obligó a dirigir sus pensamientos hacia otro lugar.
— ¿Te puedo hacer otra pregunta?
Esta vez sí, Rowan arqueó una ceja y lo miró con un gesto sorprendido.
—Dime.
— ¿El hermano de Gillian le ha enviado alguna misiva desde que tomó el cargo en el clan Comyn?
Rowan se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Por curiosidad.
—Sigues dudando de todo el mundo…
Sloan asintió.
—Pues la verdad es que no, y eso también me ha hecho dudar a mí, aunque no se lo voy a decir a Gillian. Debería haber enviado alguna misiva tras la toma de posesión, tras el entierro de Elijah o tan solo para preguntarle a su hermana cómo se encontraba después del ataque, pero no ha dicho nada.
—Y si tenemos en cuenta que lo mataron después de iniciar el camino para decirnos el culpable es porque alguien de su clan lo sabía y envió a los mercenarios…
Rowan asintió y chasqueó la lengua.
—Pero si piensas en su edad, era muy pequeño para iniciar la guerra él solo.
—¿Y quién dice que es el que inició todo? Seguramente, lo han convencido para ponerlo de su lado.
—Sin embargo, no estamos seguro de eso. No puedo contarle a Gillian estas suposiciones sin saber la verdad.
Sloan se encogió de hombros.
—Déjalo pasar. El tiempo lo pondrá en su lugar.
Cuando descubramos la verdad, Caleb Comyn irá a ayudar a quien le esté pagando porque le debe la jefatura del clan.
Con Gillian aquí y su hermano mayor muerto en la guerra, el sucesor de Elijah sería él.
Está claro que ha traicionado a su propio padre para conseguir hacerse con el clan.
Rowan suspiró y asintió.
—No le digas nada a Gillian. Intentaré hacerlo yo con tacto.
Sloan asintió y se levantó de la silla.
—Tengo que irme. Esta noche me toca guardia en la muralla.
—De acuerdo. Ten cuidado.
—Siempre.
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Era noche cerrada, lo sabía porque a pesar de que apenas podía abrir los ojos lograba ver los rayos de luna filtrándose entre las copas de los árboles.
Estaba viva. Milagrosamente viva. Lo sabía porque su cuerpo se quejaba cada vez que elevaba su pecho para respirar.
Le dolía absolutamente todo. No había ni un solo centímetro de su cuerpo que no la atormentara a cada instante.
No sabía qué clase de ángel o tal vez demonio la cuidaba para haber sobrevivido, por segunda vez, a una paliza de esas características, pero estaba segura de que solo la habían dejado vivir unas horas más tan solo para sentir cómo moría en medio de ese bosque.
No estaba en sus tierras, pero estaba muy lejos del castillo Chattan como para llegar a él en ese estado.
Así que abrió los ojos como pudo y miró el cielo mientras una lágrima caía por su mejilla hasta perderse entre los mechones de su pelo.
Había sobrevivido a peleas, a violaciones, a ser descubierta en tierras enemigas, a una vida extremadamente difícil…
para morir totalmente sola, sin compañía.
Y eso le parecía realmente triste, pues le recordó que había estado sola desde que tenía diez años, que todas las personas con las que se había cruzado no habían sido más que adornos para una vida difícil, pero siempre había estado sola. Y eso no pudo aguantarlo.
Numerosas lágrimas escaparon de sus ojos mientras miraba con tristeza a la luna.
Intentó mover las piernas, pero gimió de dolor.
Apenas podía recomponerse para intentar levantarse, o al menos situarse en una postura más cómoda.
Tenía costillas rotas. Lo sabía porque las sentía clavarse en su carne, recordándole una y otra vez los golpes de los mercenarios.
Aún podía escuchar sus gritos, insultos y sus risas en aquel silencioso bosque mientras la atacaban.
A pesar de que Morag había intentado defenderse con la espada, logrando hacer algún corte profundo a algunos mercenarios y haber matado a dos de ellos, la joven no pudo luchar contra todos los demás.
Y estos se lanzaron contra ella como perros sarnosos.
La habían pateado por todos lados. Ella intentó protegerse la cabeza en todo momento, pero el resto de su cuerpo quedó expuesto a sus golpes, hasta que la oscuridad se cernió sobre ella.
Estaba segura de que la habían dejado pensando que iba a morir antes de despertar.
Pero no había sido así, no obstante, seguramente lo haría por el frío de la noche y por no poder moverse debido a los golpes.
Era una zona poco transitada, por lo que no podía pedir ayuda a alguien que pudiera pasar por allí al día siguiente, si es que llegaba a ver de nuevo el alba.
Sentía que la poca fuerza que le quedaba se le escapaba de entre las manos.
Todo le daba vueltas y sentía que estaba a punto de vomitar, pero su fuerza interior salió una vez más para seguir adelante.
La joven sonrió amargamente, ya que eso solo haría que viviera un par de horas más, pero su destino estaba sellado.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó el aullido de un lobo no muy lejos de allí, así que tal vez los animales salvajes harían el trabajo que los mercenarios habían dejado a medias.
Y Morag no pudo evitar sentir un nudo en su garganta. ¿Cómo era posible que ese desgraciado hubiera disimulado tan bien? La había reconocido. A pesar del paso del tiempo y de los cambios en su cuerpo y rostro, la había reconocido al verla y, aun así, calló y esperó a servir su venganza en frío.
Morag no pudo evitar golpearse mentalmente. Tendría que haber sacado su espada y matarlo allí mismo cuando lo vio por primera vez, pero sabía que metería en un problema a Jacob, y sentía tanta lealtad hacia él que no podía hacerle eso.
Una nueva lágrima recorrió su rostro, mojándolo, haciéndole daño en sus heridas abiertas, y cerró los ojos un instante.
—Venid pronto a por mí, madre —susurró con voz ronca por el dolor—. No soporto más la vida.
Repitió una y otra vez esa frase en su mente, clamando al cielo y al espíritu de sus familiares para que fueran a recogerla y la llevaran lejos de allí.
Y a medida que la repetía, sentía que la vida por fin escapaba de su cuerpo, que podría regresar junto a los suyos para dejar de estar sola de una vez por todas.
Pero ocurrió algo que no esperaba. En medio de aquella niebla mental en la que se estaba sumiendo para dejar la vida, escuchó una voz que no había vuelto a escuchar desde los diez años:
—¡No te rindas!
Morag se sobresaltó y abrió los ojos de golpe. Aquella niebla que parecía haberla envuelto para llevársela de allí se disipó en un instante. La joven movió la cabeza como pudo, ignorando el dolor de su cuello.
—¿Madre? ¿Eres tú?
Estaba segura. Lo había escuchado a la perfección. Había sido la voz de su madre, y solo quería volver a verla.