CAPÍTULO 21
Hacía ya más de medio día que Morag había salido del castillo Chattan rumbo de nuevo a sus tierras.
Durante todas esas horas había tenido tiempo para sí misma, para pensar en su vida actual, en su futuro, incluso en su pasado…
Había logrado obtener de nuevo esa paz mental que había tenido antes de ir por primera vez a las reuniones de los clanes y cruzarse no solo con Sloan, que la había alterado desde el primer momento por lo increíblemente atractivo que lo había visto, sino también al hombre que hizo que su vida cambiara para siempre y jamás se hubiera vuelto a sentir segura.
Y lo más irónico de todo era que esa seguridad la había sentido junto a Sloan a pesar de todo.
Morag respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente.
A pesar de que había querido hacer ese viaje para alejarse de Sloan y del ruido del castillo de los Chattan, sentía que no podía olvidarlo.
Su mente regresaba una y otra vez a su esposo y a todo lo que el guerrero le hacía sentir.
Ni siquiera ella era capaz de entender su relación con él: era curioso ver cómo pasaban de la incomodidad a la burla o al enfado en cuestión de segundos, como una maldita explosión de sentimientos que no podían controlar.
Y sabía que a él también le pasaba. El orgullo de ambos los obligaba a mostrarse de una manera junto al otro, pero cuando dejaban caer ligeramente las murallas que había a su alrededor, los dos podían sentir algo diferente, más salvaje, más auténtico. Y eso la asustaba.
Morag sacudió la cabeza y siguió adelante.
Espoleaba con fuerza al caballo para seguir adelante.
No podía demorarse mucho en regresar, pues la vida de toda la gente de los clanes seguía en peligro mientras los Urqhart o los MacGillivray siguieran sueltos.
Se preguntó una y otra vez cuál de los dos sería el culpable.
En su mente, reconstruyó las imágenes que tenía de ellos de las reuniones que habían tenido y seguía sin cambiar su opinión sobre ellos: eran unos malditos asesinos despiadados.
La joven estuvo a punto de gruñir cuando escuchó el rugido de su estómago.
No había comido nada en todo el día, por lo que su cuerpo reclamaba atención y comida.
No había querido parar antes para comer algo para evitar retrasarse.
Por ello, tiró suavemente de las riendas de su caballo para que fuera disminuyendo la velocidad.
En ese instante, un pequeño bosque se extendía a su alrededor.
Esperó a encontrar un claro en medio de este para parar y comer.
Morag se salió del camino y desmontó justo al lado de unas piedras donde se sentaría minutos después.
La joven estiró sus brazos por encima de su cabeza y desentumeció todo su cuerpo.
Dejó escapar un gemido de placer cuando sintió que su cuerpo se relajaba ligeramente.
Después, bajó los brazos y los movió de un lado a otro para descargarlos de tensión.
La soledad y el silencio que había a su alrededor la sosegó.
Era algo que había estado buscando durante días en los que sentía que se había agobiado con la presencia de personas cerca de ella.
No había podido ni siquiera relajarse por las noches, pues dormía acompañada, así que tenía la impresión de que había salido de su centro.
Morag se permitió unos segundos para respirar hondo el aire frío que traía el viento del norte.
La espesa bruma de la mañana había desaparecido para dar paso a un brillante sol, aunque tenía la impresión de que olía a tierra mojada, por lo que estaba segura de que antes de que la noche llegara, caería una buena tormenta.
En ese instante, no pudo evitar acordarse de Sloan y su miedo a las tormentas.
Se preguntó si después de haberle contado la verdad había hecho desaparecer ese miedo, y se prometió que algún día le preguntaría.
Con paso firme, Morag se acercó de nuevo a su caballo y levantó las manos para sacar comida de la alforja.
Sin embargo, en el momento en el que metía la mano en una de ellas, escuchó algo extraño a su espalda.
La joven se quedó petrificada. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y mantuvo la mirada en el lomo del caballo mientras dejaba que sus oídos intentaran escuchar algo más.
Una parte de ella le decía que había sido algún animal que estuviera de paso, pero en el centro de su pecho sabía que no era un animal, sino que se trataba de algo más peligroso.
Morag bajó las manos y desenvainó la espada al tiempo que se giraba hacia su espalda.
Pero apenas tuvo tiempo para pensar en lo que estaba sucediendo cuando un fuerte pinchazo se sintió justo bajo sus costillas.
De su garganta escapó un gemido de dolor.
La joven bajó su mirada y vio una flecha clavada en su cuerpo.
El dolor se extendió rápidamente por todo su cuerpo, pero no estaba dispuesta a dejarse vencer con facilidad.
La mano que sujetaba su espada tembló, por lo que la aferró con ambas manos.
Se dijo que había soportado peores dolores cuando apenas era una niña, así que para cuando los más de diez mercenarios salieron de entre los árboles, Morag ya estaba preparada para enfrentarlos.
No obstante, jamás habría pensado que se trataban de tantos guerreros.
Durante sus entrenamientos, había luchado con tres hombres, como mucho, no contra diez y con una flecha clavada en el costado.
Morag dio un paso al frente y gimió de dolor cuando su cuerpo protestó.
—¿Quién demonios os envía?
La joven vio sonreír a uno de ellos, pero este no le respondió, sino que se limitó a hacer un gesto con el dedo, amenazándole con cortarle el cuello.
—Eres la guerrera del clan MacBean…
No fue una pregunta, sino una afirmación que hizo otro de los mercenarios. Los ojos de Morag se dirigieron hacia él. Le costaba respirar con aquella flecha clavada en su cuerpo, pero no estaba dispuesta a mostrarse débil ante ellos.
—¿Nos conocemos?
Lo vio sonreír de lado, gesto que oscureció su mirada.
—No, pero hay alguien que sí te conoce y quiere que te demos recuerdos de su parte.
Morag frunció el ceño.
—Ya me los habéis dado. Podéis marcharos…
La risa de la decena de guerreros rompió el silencio a su alrededor, provocando que numerosos escalofríos recorrieran su espalda, instalándose en su nuca.
Morag sabía que ese era el día de su muerte, lo sentía de la misma forma que notaba la flecha clavada en su cuerpo.
Por ello, dobló ligeramente las rodillas y levantó su espada, dispuesta a morir con valentía.
—Hoy volveremos a vernos, madre —susurró elevando una plegaria al cielo para que el cambio fuera lo menos doloroso posible.
—No lo entiendes, zorra. La persona que nos ha enviado quiere que te demos un regalo. Y quiere que terminemos lo que él no logró hacer hace más de diez años.
El corazón de Morag se detuvo en ese preciso instante. Su mano tembló y su espada cayó ligeramente. La sorpresa se reflejó en su rostro mientras que su respiración se aceleró, no solo por el dolor que sentía, sino por el mismo terror que no había logrado sacar de ella a pesar del paso de los años.
La había reconocido. No podía ser… La había reconocido y había tenido la frialdad de tratarla como si no la conociera de nada.
—Sabes a lo que nos referimos, ¿no? Morag MacRae…
La joven tragó saliva.
—¿Ese desgraciado es el mismo que ha provocado toda esta guerra?
Sin embargo, no obtuvo respuesta a esa pregunta.
Al instante, los guerreros se lanzaron contra ella y Morag supo que jamás volvería a ver el suave color acero de los ojos de Sloan, ni se burlaría más de él, no la volverían a besar ni hacer el amor…
Lo poco que había construido durante esas semanas caducaba en ese preciso instante.
Y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios al ver que se acercaban.
El destino era cruel, pero al menos le había permitido conocer el sabor de lo que era amar.
Porque en ese instante en el que estaba a punto de morir sabía que lo que sentía por ese antipático, fiero y salvaje guerrero era auténtico amor.
Y con la fuerza de ese mismo amor, aferró su espada con una mano al tiempo que con la otra se arrancaba la flecha del costado.
Dicen que nuestro destino está escrito y que no podemos escapar de él, aunque queramos. Lo que no nos dicen es que para llegar a él hay que atravesar un campo lleno de espinas, pero que, en ese momento, estaba dispuesta a atravesar para volver con los suyos.
—Padre eterno, acepto la muerte como parte de esta vida —fue lo último que dijo antes de que todos los mercenarios se lanzaran contra ella.
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Sloan se encontraba con Rowan en el despacho de este cuando su cuerpo se sobresaltó visiblemente, como si algo lo hubiera asustado. Su hermano mayor levantó la cabeza, pues había visto claramente el movimiento extraño en su cuerpo y arqueó una ceja.
—¿Te encuentras bien, Sloan?
El aludido tragó saliva ruidosamente y se llevó una mano al pecho para calmarlo. Su corazón se había sobresaltado de repente y no entendía por qué. Para disimular, asintió con la cabeza y carraspeó, incomodo.
—Sí, no es nada.
—¿Seguro? Te has quedado pálido. ¿Necesitas agua?
Sloan volvió a dudar, algo que le extrañó a Rowan, ya que su hermano jamás había mostrado duda en sus ojos. Sin embargo, lo vio asentir una vez más y encogerse de hombros para restarle importancia.
—Sí, tranquilo. ¿Te puedo hacer una pregunta?
Rowan asintió y dejó la pluma sobre la mesa.
En ese instante, Sloan se arrepintió de haber formulado esa cuestión y desvió la mirada. Se retorció los dedos, mostrándose nervioso y se forzó a levantar la cabeza. La mirada acerada de Rowan, como la suya, lo observaba con atención y curiosidad.
—Dime.
—Júrame que lo que voy a preguntarte no saldrá de aquí. Ni siquiera se lo cuentes a Gillian.
Su hermano y laird frunció el ceño y asintió.