CAPÍTULO 20 #2
La joven lanzó una carcajada y, a pesar del enfado que el guerrero sentía, acabó esbozando una sonrisa tensa.
—Yo tengo una pregunta sobre vosotros dos —los cortó Arran.
Pero Sloan lo miró de forma penetrante antes de decirle:
—Si me vas a poner de mal humor, mejor cállate.
En respuesta, Arran lo miró con una amplia sonrisa. Los observó alternativamente y simplemente levantó las manos en señal de paz, pero en sus ojos se leía claramente lo que estaba pensando.
Con cierta incomodidad, Sloan desvió sus ojos hacia Morag, que agachó la mirada. De repente, el ambiente en el despacho se había cargado demasiado y amenazaba con hacerles olvidar que estaban acompañados.
El guerrero carraspeó y apartó sus ojos de ella. No entendía por qué su relación con Morag se basaba en lanzarse pullas a cada rato y, justo un instante después, parecía cambiar por completo, convirtiéndose en una persona diferente y dejándolo embrujado por su increíble carácter.
Desde que se habían entregado el uno al otro después de atravesar la frontera con los Gunn, Sloan sentía algo extraño en su pecho, una sensación que no había experimentado nunca, pero que ponía a Morag en el centro de ella, como si se hubiera quedado pegada.
Por algún extraño motivo, le costaba aceptar el hecho de ver que ella no quería incluirlo en su plan para ir al castillo MacBean a avisar a Jacob, pero tampoco quería atarla a él.
Y, en ese instante, se dio cuenta de que Morag MacBean había calado demasiado hondo en su corazón, llegando a convertirse en el mayor problema de toda su existencia.
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Un día después, y tras permitirse unas horas para descansar y asearse, Morag tenía todo preparado para volver, momentáneamente, a tierras MacBean.
Cabalgaría sin descanso para llegar cuanto antes y, en cuanto hubiera informado a su laird sobre los avances, regresaría a las tierras Chattan para seguir con las averiguaciones.
Ese día, Morag se vistió a conciencia con su ropa más cómoda y preparó una alforja, la cual estaba colgando en ese instante del caballo que le habían dado los Gunn para escapar de sus tierras.
—Has provocado que la boda de Alasdair se aplace…
La voz de Cora interrumpió sus pensamientos, ya que se encontraba haciendo un mapa mental del recorrido para desviarse hacia atajos poco transitados que harían que su llegada al castillo de su laird se produjera antes de lo esperado por todos.
Morag se giró hacia ella y le dedicó una sonrisa después de bajar las manos y relajar los hombros.
—No sé por qué, pero tengo la sensación de que al novio no le importará esperar unos días más para casarse… Así conocerá mejor a la novia.
Cora sonrió con tristeza y acarició distraídamente el lomo del animal.
—De la misma forma, creo que Alasdair no es el único que se alegra del aplazamiento.
Cora la miró a los ojos y tragó saliva al tiempo que encogía sus hombros.
—Tengo la esperanza de que, cuando se casen, se vayan al palacete que tiene Alasdair, así no tendría que aguantarlos.
Morag se cruzó de brazos y miró a su alrededor para comprobar que estaban solas.
—Mira, creo que eres la única Chattan que me cayó bien desde un primer momento. Y no lo digo porque me prestaras tu ropa. Eres una guerrera como yo, pero tengo la impresión de que, en lugar de volar y ser libre, hay unas cuerdas que te atan a algo.
—Que te estén buscando para matarte no te da libertad.
Morag sonrió.
—Pero tampoco te la quita, Cora —le dijo—. Tú no estás hecha para esperar las migajas de nadie. Tú eres una mujer fuerte que debe forjar su propio camino. Si tu padre te enseñó a luchar no fue para demostrarle a un guerrero lo que vales. Si él nunca ha sabido verlo, es su problema.
Cora tragó saliva ruidosamente.
—No quiero demostrarle nada a Alasdair.
—Esta de aquí, no quiere —le dijo señalándole la cabeza—. Pero este de aquí… es diferente.
Cuando Morag le señaló el corazón, Cora se puso nerviosa y dio un paso atrás, incómoda.
—Tranquila, no me voy a meter en tu vida ni pienso decirle nada a nadie. Tan solo intento ayudarte. Me pareces buena persona, Cora, pero sufres mucho en silencio por absolutamente todo. Y, por cierto, las muertes de todos los clanes no son culpa tuya.
La joven abrió los ojos desmesuradamente, pero no llegó a decir nada, ya que aparecieron de repente Rowan y Sloan, provocando que Cora se diera media vuelta y regresara por donde había venido.
—¿Debo pensar que ibas a marcharte sin decir nada? —preguntó el segundo.
Morag le sonrió.
—Jamás me iría sin despedirme de ti y recordarte que, para tu mala suerte, seguimos casados hasta dentro de muchos meses.
La noche anterior, y a pesar del cansancio, Sloan volvió a hacerla suya.
Mientras ella se bañaba, el guerrero había aparecido en el dormitorio y la provocó de tal manera que salió de la bañera mojando todo a su alrededor para demostrarle que no le tenía miedo.
Sin embargo, sí lo tenía, pero no a él, sino a la sensación tan intensa y salvaje que sentía cuando estaba cerca de él.
A pesar de que durante días había odiado estar en ese castillo, Morag ahora tenía cierto recelo a marcharse, como si eso fuera una despedida para siempre.
Y eso provocaba que su estómago se encogiera de miedo.
¿Por qué ahora tenía ese sentimiento de vacío al despedirse de él por tan solo un día?
Sentía como si se marchara a la guerra y no volviera a verlo jamás.
Le costaba horrores dejarlo atrás y, durante unos segundos, se dijo que debía dejarlo acompañarla.
Sin embargo, nadie sabía que prefería hacer ese viaje sola únicamente para intentar arrancar de su pecho el sentimiento que sentía por él.
Muchos días juntos, una misión que los había obligado a no separarse ni de noche ni de día, la unión de sus cuerpos en uno solo…
Todo eso había provocado que Morag se agobiara como nunca y necesitara ese pequeño espacio de soledad.
Ni siquiera le parecía importante el hecho de avisar a Jacob sobre lo que habían descubierto de los Gunn.
Al contrario, sabía que podía avisarlo por carta, tal y como Sloan había sugerido.
Pero, si enviaban una carta, no podría alejarse de él durante un par de días para olvidarlo.
Su mente había entrado en una especie de bucle del que no podía arrancar de cuajo al guerrero.
Y sabía que eso le traería problemas y lágrimas.
Jamás iba a poner en palabras lo que sentía, y mucho menos le daría nombre a ese sentimiento que le provocaba escalofríos y mareos.
No podía ser. Sloan era la horma de su zapato, pero no podía convertirlo en alguien indispensable para su vida, pues se separarían meses después y, arrancar de tu corazón a alguien después de eso era altamente peligroso.
—Pues espero que se lo recuerdes al hijo del laird…
Morag le sonrió.
—¿A Nathan? ¿Estás celoso?
—No, simplemente, me cae mal.
Morag asintió y miró a Rowan.
—Ten cuidado, muchacha. No te fíes de la tranquilidad que hay ahora en nuestras tierras. Los mercenarios parecen fantasmas. Aparecen y desaparecen con extrema facilidad sin que los veamos.
La joven asintió.
—Tranquilo. Tendré mil ojos a cada instante.
Rowan asintió y los dejó solos, provocando que la incomodidad entre ellos aumentara.
—Dime que esto no va a ser una despedida romántica.
Sloan sonrió de lado.
—Ni en tus sueños haría semejante estupidez. No quiero vomitar.
Morag le dio una palmada en el brazo.
—Entonces, me iré ya. No quiero perder tiempo y que me sorprenda la noche antes de llegar a mi destino o a alguna taberna.
—Espero que no te metas en líos…
Morag montó sobre el caballo.
—Nunca lo he hecho. Y, si lo hago, les diré que mi esposo es Sloan Chattan. Estoy segura de que, con la simple mención de tu nombre, saldrán corriendo en contra…
—Es una pena que Rowan me castigue por el hecho de darte unos azotes.
Morag se mordió el labio inferior.
—Es una pena que mi trasero te guste tanto que jamás tengas el valor de dármelos…
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Cora recorrió el castillo para intentar escapar de la presencia de Lottie. Durante días, había logrado su objetivo, aunque la futura esposa de Alasdair nunca perdía la oportunidad de intentar entablar conversación con ella, como cuando se unían todos en el salón para las comidas.
En ese instante, y después de la extraña conversación con Morag, Cora necesitaba un instante para volver a serenarse. Se había exaltado y había provocado que su pecho amenazara con ahogarla, por lo que no quería cruzarse con nadie hasta que se hubiera recuperado.
Lo único bueno que había sacado de la presencia de Lottie en el castillo era que Alasdair tan solo la acompañaba en algunas horas del día, ya que se veía obligado a pasar tiempo con la hija del laird Ross para conocerla mejor antes de la boda.
Y que Morag hubiera decidido irse, alargando la espera, en parte la había alegrado, aunque nunca lo reconocería.
Cora siguió caminando por los pasillos, alejándose de las zonas más transitadas, hasta que, de repente, estuvo a punto de darse bruces contra la mujer que tenía en sus pensamientos.
La joven alzó ambas cejas, sorprendida y dio un paso atrás cuando el cuerpo de Cora, que era más alta, estuvo a punto de empujarla contra la pared más cercana.
—Lo siento, no quería ponerme en tu camino —le dijo la joven.
Cora tragó saliva y se encogió de hombros, rodeándola para seguir su camino. Sin embargo, la futura esposa de Alasdair parecía tener ganas de hablar.
—A pesar del paso de los días, aún me pierdo por algunas estancias del castillo. Pretendía ir a las cocinas y he acabado en este pasillo.
Cora volvió a girarse hacia ella.
—Pues has estado a punto de meterte en las mazmorras.
—Ya, lo siento.
—No tienes que pedir perdón por despistarte.
—Tal vez te gustaría acompañarme a dar un paseo por el patio…
Cora la miró largamente.
—Vengo de ahí ahora mismo y no me apetece.
— ¿Alasdair no tendría que estar ahora contigo?
La joven apretó los puños. Intentaba marcharse todo el tiempo, pero Lottie parecía querer seguir la conversación.
—Sabe que estoy dentro del castillo y que no tengo intención de salir. No hace falta que me honre con su presencia.
Lottie sonrió con amabilidad.
—Tengo la impresión de que os lleváis mal.
—Me alegra ver que su futura esposa es inteligente.
Cora intentó seguir, pero Lottie le puso una mano en el brazo.
—Yo no tengo nada contra ti, Cora. No quiero que tu mala relación con Alasdair provoque que nosotras nos llevemos mal.
La aludida frunció el ceño y se acercó un poco más a ella.
—No es tu matrimonio con Alasdair lo que provoca que sea fría contigo.
Lottie arqueó una ceja, sorprendida.
—¿Entonces?
—Es el hecho de que eres la hija de un hombre que ha matado a gente de mi clan en una batalla.
—Bueno, los Chattan también habéis matado a gente del clan Ross. Pero creo que hay que olvidar todo eso por el bien y la paz.
Cora dejó escapar una risa amarga.
—¿Hay que olvidar esas muertes? ¿Me estás diciendo que debería olvidar que mataron a mi padre en esa maldita batalla?
—Por lo que sé, fue un Comyn quien lo hizo, no un Ross. Y con Gillian tienes buena relación.
—Eso da igual.
—A mí no me da igual, Cora. Quiero que tengamos buena relación.
Para mí no es cómodo encontrarme con hostilidades.
¿Crees que salté de alegría cuando mi padre regresó de la reunión y me dijo que me iba a casar con un hombre que no conocía y que, para colmo, era mi enemigo?
No fue fácil aceptarlo. De hecho, por eso tardé en venir.
Solo quiero que me entiendas. Sé que con Alasdair no tienes buena relación y no quiero saber el motivo.
Solo deseo que me aceptes como una más de la familia.
Cora dudó un instante y se apartó de ella.
—Tal vez con el tiempo, Lottie.
La joven sonrió y asintió.
—Algo es algo… Me conformo con eso.
Cora vio cómo le sonreía antes de girarse y seguir su camino.
Durante unos segundos, se quedó parada en el sitio.
Su padre siempre le había dicho que, aunque fuera una guerrera, debía ser una persona amable, ya que sería eso lo que sus conocidos recordarían de ella.
Pero con Lottie sentía que no podía. A pesar de que no la conocía, la culpaba de que Alasdair tuviera que casarse con ella.
Y aunque sabía que realmente no era culpable de nada, no podía evitar sentirlo.
Con un suspiro, la joven se giró y siguió su camino.
Después de ese pequeño encuentro, necesitaba estar sola aún más.
Su mente bullía de pensamientos y tenía la impresión de que estaba a punto de perder el control de estos.
Miró a su espalda y todo estaba en silencio, pero, aun así, tuvo la impresión de que unos ojos invisibles la seguían con la mirada.