Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El momento de la llegada al clan Chattan fue tan extraño que ninguno supo cómo encajarlo. Después de haberse entregado el uno al otro sin reservas y casi sin miramientos, Sloan y Morag no habían sabido cómo actuar con el otro para evitar que su orgullo los llevara a la vergüenza más extrema.

Habían recorrido el poco camino que les quedaba casi en silencio, aunque hablando demasiado con la mirada.

Sus ojos no dejaban de encontrarse para después mirarse casi con recelo ante los sentimientos que había en su interior.

No querían reconocerlo, pero en el momento de su unión habían aparecido sentimientos que desconocían, que no sabían cómo se llamaban ni cómo debían integrarlos.

Y, aunque ninguno quería reconocerlo, ambos estaban totalmente asustados, pero jamás aceptarían algo así debido a que sus orgullos se lo impedirían. Por ello, los pocos temas de conversación fueron los Gunn y lo que aún les quedaba por delante para descubrir al verdadero culpable de esa guerra.

Y en el instante en el que el castillo Chattan apareció entre la bruma de ese día, tanto Sloan como Morag estuvieron a punto de lanzar un suspiro de alivio, pero no porque entraban en terreno protegido, sino porque tendrían la oportunidad de alejarse unas horas el uno del otro y así volver a poner en orden sus pensamientos.

Arran, que se encontraba en la muralla, les dirigió una sonrisa y una mirada cargada de intenciones, aunque acabó quedándose en silencio tras ver la mirada de advertencia de Sloan. Los dos cruzaron el portón y se dirigieron hacia las caballerizas, donde le entregaron las riendas al mozo de cuadras.

—Te fuiste con un caballo marrón y vuelves con uno negro, cuñada…

Morag se volvió hacia Arran y chasqueó la lengua.

—Me he tenido que despedir del mío demasiado pronto. Y, para colmo, este tiene sangre Gunn.

—¿Lo habéis robado?

Sloan negó con la cabeza.

—Nos lo ha dado el mismísimo laird.

El gesto sorprendido de Arran estuvo a punto de sacarle una sonrisa a Morag. Sin embargo, estaba tan cansada y había vivido tantos sentimientos en tan poco tiempo que prefirió quedarse callada.

—Tenemos que hablar con Rowan —dijo Sloan—. ¿Sabes dónde está?

—Lo encontraréis en su despacho. Os acompaño. No me pierdo esta conversación por nada del mundo…

Los tres entraron en la fortaleza y Morag no pudo evitar lanzar un suspiro de alivio al sentir el calor que manaba de las paredes de este.

El día había ido empeorando a medida que se acercaban a su destino, provocando que una intensa niebla surcara las tierras Chattan y les impidiera ver con claridad el camino.

Esa misma niebla había provocado que sus ropas se mojaran ligeramente y pegaran a su piel, por lo que la joven estaba realmente helada, aunque hasta ese instante no había sido consciente de ello.

En el momento en el que entraron el despacho del laird, ambos se mantuvieron en pie a pesar de que Rowan les indicó que se sentaran.

—¿Por qué siempre preferís quedaros de pie? —preguntó Arran dejándose caer sobre una silla.

Sloan arqueó una ceja y miró a su hermano.

—Porque ahora mismo tenemos el trasero adormecido después de cabalgar desde las tierras Gunn huyendo para evitar ser cazados por ellos.

Rowan frunció el ceño y se levantó de su asiento, rodeó la mesa y se apoyó en ella con la mirada puesta en ellos.

—¿Os han descubierto?

Sloan asintió.

—Sí, pero puedes estar tranquilo. No nos van a declarar la guerra.

Arran silbó, sorprendido, mientras que Rowan los miró sin comprender.

—Si me hicierais un resumen de lo que ha pasado, os lo agradecería…

Sloan miró a Morag, que tomó entonces la palabra.

—Llegamos sin problemas a tierras Gunn, logré penetrar en el castillo con facilidad y pululé libremente por él durante un día. Busqué pruebas en todas las habitaciones, salones, dormitorios… todo, pero no encontré nada hasta que llegué al despacho, donde, por cierto, casi nos descubren…

Sloan no pudo evitar esbozar una sonrisa, que provocó aún más sorpresa en Arran que creía recordar que era la primera vez que lo veía torcer ligeramente los labios para dibujar una.

—Yo pude entrar gracias a unos mercaderes porque justo al día siguiente habría un mercadillo en el patio. A medianoche, entré en el castillo y fui directo al despacho. Allí estaba Morag, pero yo no lo sabía, y estuvo a punto de clavarme la daga.

—Qué raro, con lo que parece que te quiere… —dijo Arran con tono irónico.

Morag lo miró con gesto iracundo, pero tomó la palabra llevando sus ojos después a Rowan.

—Buscamos en su mesa algún papel que lo incriminara, pero encontramos algo mejor.

—Una carta que le escribió al laird Comyn y no llegó a enviar por su muerte —siguió Sloan.

Rowan arqueó una ceja, sorprendido.

—¿Al padre de Gillian?

—¿Conoces a otro? —lo cortó Morag.

Rowan la miró, pero la joven desvió sus ojos hacia el suelo.

—En esa carta, culpaba al laird MacBean porque no se creía que tuviera ese carácter tan sosegado. Al parecer, no éramos los únicos que dudábamos de todo esto.

—Pero mi laird no ha hecho nada —le aseguró Morag—. Eran cavilaciones de Gunn.

— ¿Y en qué momento os regaló ese caballo? —preguntó Arran, provocando que Rowan lo mirara sin comprender.

Sloan suspiró y ladeó la cabeza.

—Bueno, al parecer, Luke Gunn es más listo de lo que pensábamos. Se cruzó con Morag y logró reconocerla.

—Me dijo que mi cara le resultaba familiar, pero no logró adivinar mi identidad hasta que yo ya me había escapado del castillo. Mientras Sloan seguía dentro, dieron la voz de alarma, así que comenzaron a perseguirnos. Al final nos dieron caza y nos llevaron al castillo de nuevo para ajusticiarnos.

—Sí, le explicamos al laird el motivo que nos había llevado allí, y me ha firmado un documento en el que jura ante Dios la inocencia del clan Gunn.

Rowan tomó entre sus manos el papel que Sloan acababa de sacar de su sporran .

—¿Y os dejó marchar así como así después de lo que habíais hecho?

Sloan y Morag se miraron entre sí, hasta que la joven agachó la mirada y el guerrero volvió a mirar a su hermano mayor.

—Quiso la mano de Cora, pero le mentí diciéndole que ya estaba prometida. Para mi sorpresa, se lo creyó. Y después quiso que… Morag se quedara allí con ellos.

—Todo el mundo te quiere en sus filas, ¿eh, MacBean?

Morag miró a Arran y frunció el ceño.

—No era para luchar, querido.

La sonrisa del guerrero se esfumó al instante.

—Lógicamente, me negué al instante —prosiguió Sloan—. Y en ese momento, Luke Gunn dijo que teníamos una hora de ventaja para salir de sus tierras o nos mataría sin miramientos.

Rowan se mantuvo callado unos instantes, meditando toda la información que acababa de recibir.

—Al menos, hemos estrechado el círculo en torno a los culpables. Solo nos quedan dos clanes, los Urqhart y los MacGillivray.

Sloan y Morag asintieron.

—¿Estáis dispuestos a hacer lo mismo en sus castillos?

—No hemos pensado nada aún.

Morag levantó la mirada hacia Rowan, que la sostuvo con el ceño fruncido.

—Yo sí he pensado algo mientras llegábamos al castillo.

Sloan la miró y entornó los ojos.

—Ya sé que me vas a decir que ahora mi laird eres tú y esas cosas, Rowan, pero mi deber es avisar a Jacob de que los Gunn tenían la mira puesta sobre los MacBean y decirle que ellos no tienen nada que ver.

—Puedes enviarle una misiva…

Morag negó con la cabeza.

—No lo entiendes, Rowan. No voy a enviar una carta para que, tal vez, se pierda por el camino o no llegue a su destino y no puedan ponerse sobre aviso. Tengo que ir allí.

Sloan resopló y giró el cuerpo hacia ella.

—¿Has perdido el juicio? No puedes cabalgar hasta allí. Todos los caminos son peligrosos en la frontera.

Morag clavó la mirada en Sloan.

—Esta mañana te importó muy poco que estuviéramos en la frontera para…

La propia joven se sonrojó en ese momento, provocando que la atención de Rowan y Arran cayera sobre ella en ese momento. El propio Sloan sintió que perdía el color del rostro, pero apretó los puños para disimular.

—Mientras vosotros ideáis otro plan, yo puedo cabalgar hasta mis tierras para avisarlos.

Sloan frunció el ceño.

—¿Por qué tú sola? Puedo acompañarte.

—Estoy acostumbrada a recorrer mis tierras en soledad y nunca me han atacado.

En la frontera de los Gunn no hemos tenido problemas ni hemos visto movimientos extraños que indicaran la presencia de mercenarios.

Todo está tranquilo ahora. Además, los Urqhart y los MacGillivray no colindan por completo con mis tierras y conozco atajos.

Sloan negó con la cabeza y caminó alrededor del despacho con la tensión nuevamente reflejada en su espalda.

—¿Por qué no me dejas que te acompañe? Soy tu esposo.

—Y yo siempre he sido una mujer libre que toma sus propias decisiones.

Eres mi esposo, sí, y durante este año te guardaré fidelidad y caminaremos juntos en muchas ocasiones, pero también merezco un espacio para mí.

No estoy acostumbrada a pasar tanto tiempo acompañada, y creo que tú mismo sabes de lo que hablo…

Sloan renegó entre dientes antes de mirar a Rowan.

—Qué él decida.

Morag observó a Rowan y estuvo a punto de gruñir al pensar que el laird Chattan estaría en contra de su viaje a sus tierras. Sin embargo, se sorprendió al ver que asentía.

—Creo que, después de haber demostrado tu competencia en estos menesteres y habernos ayudado a descubrir información sobre los Gunn, mereces un respiro.

Morag asintió, pero Sloan rápidamente se puso a la defensiva.

—Rowan…

—Ella tiene razón. A mi modo de ver las cosas, yo también le pondría protección y, si fuera mi esposa, pondría el grito en el cielo como tú. Pero después de cómo se han dado las circunstancias de vuestro matrimonio, no está de más hacerle este regalo.

Morag lo miró con una sonrisa.

—Tardaré un par de días en volver. ¿Me echarás de menos?

Sloan la miró de reojo y rechinó los dientes.

—Creo que voy a hacer la fiesta más impresionante que jamás se haya visto en este castillo.