Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Veo que tu laird tiene el suficiente temor hacia nosotros que ha preferido quedarse en el castillo mientras vosotros le hacéis el trabajo sucio…

Uriel sonrió de lado.

—Nos ha pedido que llevemos a la muchacha, pero teniendo en cuenta que el hermano de Rowan Chattan también se encuentra aquí, estará encantado de verte.

Sloan rechinó los dientes. Estaban completamente rodeados y la posibilidad de escapar era prácticamente nula. Una decena de enemigos los rodeaban y si acababan en el castillo Gunn, serían ajusticiados.

—No cantes victoria aún, Gunn. Primero, tendréis que atraparnos.

—Uriel, ¿no puedes fingir que no nos habéis visto? No os hemos hecho nada. No llevamos nada vuestro en nuestras alforjas ni hemos matado a nadie.

—¡Habéis espiado a nuestro laird!

Morag suspiró.

—No es del todo cierto. Uriel, por favor, me has caído demasiado bien como para hacerte daño.

El aludido arqueó una ceja al mismo tiempo que Sloan, que la miró de forma extraña.

—Déjame decirte, querido Uriel, que la mujer con la que estás hablando es mi esposa, así que espero que no vuelvas a intentar coquetear con ella.

La voz enfadada de Sloan sorprendió al guerrero Gunn, que lo miró de arriba abajo.

—De haber sabido que era una espía nunca me habría acercado a ella.

—¿Así que lo que más te molesta es el espionaje en lugar de saber que está casada? —preguntó Sloan.

Morag miró a los guerreros alternativamente. Esa situación le parecía tan extraña que no estaba segura de saber cómo tomársela. Sin embargo, cuando puso su mirada sobre Sloan descubrió lo que este pretendía. Por ello, intentó seguirle el juego.

—Es verdad, Uriel. Me duele bastante saber que ya no me deseas.

El aludido miró a sus compañeros, que estaban tan sorprendidos como él.

—Debéis de haber perdido el juicio no solo para presentaros aquí, en tierras enemigas, sino también para decir semejantes tonterías.

Morag dio un paso hacia él, llevándose la mano al pecho.

—No digas eso. Te juro por Dios que habría acudido a las caballerizas para entregarme a ti.

Sloan arqueó una ceja y bajó ligeramente la espada.

— ¿Estás hablando en serio? Eres mi maldita esposa, Morag.

La joven lo miró y se encogió de hombros.

—Me obligaron a casarme contigo, Chattan. Ni te quiero ni te deseo, pero a Uriel, sí.

Sloan se acercó a ella y, con la mano libre, la agarró de la pechera de la camisa.

—Eres mía, Morag MacBean.

—Yo soy una mujer libre.

El guerrero señaló a su alrededor, cuyos rostros estaban estupefactos.

—No veo que tengas libertad ahora mismo.

Morag sonrió de lado.

—Eso tiene fácil solución —murmuró la joven.

Con un movimiento rápido, Morag desenvainó una de sus dagas y la lanzó, clavándola directamente en el cuello de uno de los guerreros.

Por su parte, Sloan, al mismo tiempo, la imitó y derribó a otros dos guerreros.

Estos estaban tan metidos en su extraña discusión que tardaron varios segundos en darse cuenta del engaño.

Por ello, Sloan y Morag aprovecharon esa oportunidad para lanzar otras dos dagas más.

Sin embargo, los guerreros desmontaron de sus caballos y desenvainaron sus espadas.

Sin perder ni un instante, corrieron hacia ellos con las espadas en alto.

Sloan y Morag unieron sus espaldas para proteger esa zona, pero rápidamente los obligaron a apartarse el uno del otro.

Lograron herir a varios guerreros Gunn, pero estos pudieron recuperarse para seguir luchando.

En cuestión de unos minutos, la diferencia entre un grupo y otro fue más que evidente y Sloan y Morag se vieron atrapados por los Gunn.

Les arrebataron las espadas y las dagas que les quedaban.

Les ataron las manos y los obligaron a caminar para regresar al castillo y enfrentarse al laird.

—Podríais dejarnos el caballo de algún muerto —dijo Sloan, ganándose que tiraran con fuerza del otro extremo de la cuerda y trastabillara, a punto de caer.

Morag lo miró mientras eran llevados por un estrecho sendero que ascendía poco a poco para retomar el camino anterior.

—Estás completamente loco, Sloan Chattan —susurró la joven cuando recuperó el aliento.

—Eso es lo mismo que me gusta de ti —respondió el guerrero mirándola de soslayo.

Morag se quedó boquiabierta, incapaz de responder a esas palabras. ¿Acababa de confesarle Sloan que ella le gustaba o la habían golpeado tan fuerte que había escuchado mal?

—¿Qué has dicho? —le preguntó después de tropezarse con una rama.

Sloan la miró con una ceja enarcada.

—Que eso es lo que me gusta de ti —repitió.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque vamos a morir.

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A pesar de que no les había dado tiempo a recorrer mucha distancia para alejarse del castillo Gunn, el camino de regreso se les hizo eterno a ambos.

Dos de los guerreros del clan llevaban el otro extremo de las cuerdas que ataban sus manos y a veces tiraban de ellas para hacerlos trastabillar y caer y arrastrarlos por el suelo.

Ninguno de ellos habló durante el camino, pues estaban metidos en sus pensamientos, pero Morag no podía quitarse de la cabeza las palabras que le había dicho Sloan.

Lo que había comenzado como una guerra entre ellos había pasado a convertirse en algo más salvaje, más profundo, más…

Morag sacudió la cabeza. Ni siquiera quería pensar en esa palabra.

Era algo tan peligroso que quería expulsarlo de su vida.

Sin embargo, sabía que a esa vida le quedaban apenas unos minutos.

Cuando el castillo del laird Gunn volvió a abrirse paso entre la bruma después del bosque, Sloan y Morag se miraron entre ellos.

El cadalso los esperaba tras las puertas de esa fortaleza en la que habían logrado introducirse para espirarlos y así averiguar si los Gunn eran los culpables de llevar a todos los clanes a la guerra.

Y ahora que habían descubierto que eran inocentes, serían los culpables de su propia muerte por haberse colado en sus tierras sin su permiso.

Sloan arqueó una ceja, pues esa situación le resultaba casi irónica.

Sin embargo, no iba a permitir que lo vieran dudar ni un solo segundo.

Había vivido muchos más años que su gemelo, así que se sentía afortunado por ello.

Pero se sentía terriblemente mal por llevar la guerra a las puertas de su hermano Rowan.

En el momento en el que atravesaron las puertas, la mirada de Sloan se dirigió directamente al puesto de los comerciantes.

El mercado había seguido su propio ritmo y apartó la mirada cuando Zach levantó sus ojos y lo descubrió atado de manos y casi siendo arrastrado por los guerreros del clan Gunn.

Se sentía mal por haberlos engañado, pero había sido por una buena causa para todos.

A pesar de que ambos pensaban que los iban a ajusticiar en medio del patio sin darles un solo instante para defenderse, fueron llevados hacia el castillo. Ninguno les dio explicaciones de lo que iban a hacer con ellos, por lo que Sloan y Morag callaron a la espera de escuchar un veredicto.

Fueron conducidos por un pasillo que ya habían recorrido anteriormente y se miraron entre ellos al descubrir que eran llevados al despacho de Luke Gunn.

Los guerreros que portaban sus cuerdas pararon frente a la puerta de este y llamaron con insistencia.

Entraron cuando recibieron la orden desde el otro lado.

La voz de Luke Gunn provocó que torcieran la cabeza, contrariados, pero apenas les dio tiempo a pensar en nada más, ya que fueron empujados al interior del despacho sin miramientos.

Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa para ellos, como si no tuvieran tiempo para asimilar lo que estaba pasando.

Ni siquiera habían tenido un momento para curar sus heridas o respirar hondo para recuperarse de los golpes sufridos mientras caían por el desnivel.

La vida los había puesto en un aprieto del que sabían que no podrían salir.

Y tan solo les quedaba esperar el final.

—Vaya, vaya… así que había una sorpresa más…

Sloan cuadró los hombros al ver que la mirada del laird Gunn se dirigía directamente hacia él. Frunció el ceño y dibujó en su rostro la expresión más severa y salvaje que había mostrado nunca.

—Tenía la esperanza de que, en algún momento de vuestro matrimonio, acabarais matándoos, pero veo que la cosa ha ido a peor: os habéis hecho amigos y habéis venido a hacerme una visita a mi castillo.

Morag lo atravesó con la mirada cuando el laird se quedó parado frente a ella.

—Pero hay un problema: y es que a mí no me gustan las personas que se presentan en mi casa sin avisar.

—Para la próxima vez, enviaremos una misiva —dijo Sloan para llamar la atención sobre él y apartarlo de Morag.

Luke sonrió y volvió a aproximarse a él.

—Vaya, desconocía que fueras tan gracioso, Chattan. Creía que eran esos gemelos del demonio.

Sloan sonrió bajo la barba, aunque en sus ojos no se reflejó el sentimiento de esa sonrisa.

—Cuando ayer vi por primera vez a esta mujer, supe que la conocía de algo. Su rostro me parecía familiar, pero no logré adivinarlo. Cuando esta mañana estaba desayunando en la soledad del salón, recordé las últimas reuniones de los clanes y su rostro cobró vida.

El laird Gunn comenzó a caminar alrededor de ambos, que no perdían ojo a cada uno de sus movimientos.

—Por un momento, pensé que me había equivocado, pero después me dije que eras tú, muchacha. Y, claro está, no me equivocaba.

Morag suspiró.

—Si quieres escuchar un consejo por mi parte, deberías mejorar la seguridad de este castillo. Se puede entrar con mucha facilidad. O tal vez deberías cambiar de guerreros. Los que tienes son unos inútiles…