CAPÍTULO 15 #3
El sonido de la puerta al cerrarse sobresaltó a Morag, ya que estaba tan metida en sus pensamientos que había olvidado por completo la presencia de los guerreros del clan Gunn.
En ese instante, dejó escapar un largo suspiro al tiempo que Sloan apartaba su mano de la boca.
Pudo sentir en su espalda que la tensión del guerrero disminuía.
Incluso sus dedos dejaron de apretar su muslo.
Notaba la respiración trabajosa de Sloan a su espalda y cuando intentó ponerse en pie, el guerrero la frenó de golpe.
—Espera unos minutos —susurró contra su oído—. Podrían volver…
Morag ignoró el escalofrío que le produjo la voz de Sloan tan cerca de ella. El aliento de este le había dado de lleno en su cuello, provocándole sensaciones tan extrañas que estuvo a punto de salir bajo la mesa tan solo para alejarse de eso tan fuerte que desconocía.
Ambos escucharon pasos alejándose de allí, al igual que las voces. Por ello, varios minutos después, cuando el silencio regresó de nuevo al castillo, salieron bajo la mesa y se miraron entre ellos.
—Estás pálido.
Sloan arqueó una ceja.
—Han estado a punto de descubrirnos... —gruñó.
Morag sonrió.
—No me digas que no ha sido excitante.
Sloan sonrió de lado.
—Me parece que lo que te ha excitado ha sido tenerme tan cerca…
La sonrisa de Morag desapareció de golpe. Se puso nerviosa de nuevo y carraspeó, incómoda.
—Ni en tus sueños, Chattan.
—En mis sueños no, pero quién me afirma que en tus sueños no te excitas con mi presencia…
Morag puso los ojos en blanco y miró hacia los cajones.
—Dejemos de perder el tiempo y busquemos algo que incrimine a los Gunn. Yo miraré en el segundo cajón. Tú, el tercero.
Sloan asintió sin dejar de mirarla, provocando que se pusiera aún más nerviosa.
Ella hizo todo lo posible para ignorarlo y abrió el cajón, sacándolo de su hueco.
Lo puso sobre la mesa mientras el guerrero hacía lo mismo con el otro.
Ambos rebuscaron entre los diferentes papeles y cartas que había en el interior, hasta que Sloan se quedó paralizado ante una de ellas.
—Maldita sea… —murmuró.
Morag levantó la mirada de la carta que estaba leyendo y lo miró.
—¿Qué pasa?
Sloan dirigió sus ojos hacia ella.
—Hemos venido al lugar equivocado. Los Gunn no tienen nada que ver.
Morag frunció el ceño y se acercó a él para leer el papel.
—Se trata de una carta de Luke Gunn a Elijah Comyn.
—Sí, y no llegó a enviarla porque se enteró de la muerte de Comyn. Mira la fecha…
Morag asintió y echó un vistazo a Sloan, preocupada.
—Le decía que tenía ciertas reticencias hacia uno de los laird, pero no indica cuál de ellos.
Sloan siseó.
—No has leído toda la carta, ¿verdad?
Morag negó con la cabeza.
—¿Por qué?
—Lee la última frase…
Con gesto desconcertado, Morag bajó su mirada por las líneas de la misiva hasta la última, tras la que se quedó petrificada.
—“Jacob MacBean me parece un hombre cuyo carácter es muy extraño. Parece tan en paz consigo mismo que puede ser el culpable de todo esto” —leyó en alto con voz temblorosa—. Pero ¿quién se cree que es este gilipollas? Jacob no tiene nada que ver.
—El dueño de este castillo opina lo contrario. Y si te descubriera aquí, lo confirmaría.
Morag resopló y dejó caer la carta.
—¿Y si lo único que hace con esta misiva es poner el foco en Jacob, pero en realidad es él?
—¿No crees que eso es algo muy escabroso?
Morag arqueó una ceja.
—Todo en esta maldita guerra es turbio, Sloan. No sé quién coño querría llevar a siete clanes a la guerra tan solo para disimular mientras se acerca a una joven que no tiene culpa de nada tan solo porque un idiota ha tenido una visión de ella. Por Dios, todo esto es como un maldito teatro griego.
Morag rajó la carta que quería incriminar a Jacob bajo la atenta mirada de Sloan.
—¿Confías plenamente en tu laird? —le preguntó este.
La joven lo aferró de la camisa y lo atrajo hacia ella.
—Me salvó la vida cuando podría haber dejado que me comieran los cuervos.
Es un hombre de honor. Lo conozco desde hace trece años y nunca ha hecho nada que pudiera romper la paz de nuestro clan.
No vuelvas a preguntar algo así, Sloan, o volveré a desenterrar el hacha de guerra que tú y yo enterramos hace unos días. Y si lo hago, será para matarte.
Sloan le sostuvo la mirada en silencio y acabó resoplando.
—Primero, tendría que dejar que me mataras… Pero no estaba acusando a tu laird. Simplemente, preguntaba si confías en él. Y ahora que tenemos las cosas claras, ¿qué podemos pensar de Gunn?
—¿A parte de que es gilipollas? —El guerrero asintió—. Pues que hemos venido aquí para nada. Es inocente.
—Entonces, nos quedan los Urqhart y los MacGillivray.
—Debemos irnos de aquí cuanto antes.
Sloan la paró cuando la vio colocar el cajón en su sitio y miró hacia la puerta.
—Sí, pero no esta noche. Ya has visto que han escuchado el portazo de antes y puede que estén vigilando todo el castillo.
Mañana habrá un mercado en el patio, por lo que seguramente vendrá la gente de la aldea y entrará y saldrá mucha gente.
Podemos aprovechar un momento de despiste para escapar y no levantaremos sospechas.
—Pero tal vez es mejor hacerlo ahora. Estamos juntos. Mañana las sirvientas me buscarán para darme trabajos. Podemos escalar por la pared de la muralla.
Sloan arqueó una ceja.
—Preferiría no hacer algo que implique rompernos el cuello. Mañana no levantaremos sospechas, por Dios.
—¿Y qué hacemos el resto de la noche?
—¿Dormir? Cuando salgamos de aquí, puede que vean algo raro y debemos regresar a nuestras tierras lo antes posible, así que tenemos que descansar.
Morag bajó los hombros, derrotada.
—Está bien —cedió—. Pero no te acostumbres a que te dé la razón…
Sloan sonrió de lado.
—Ya buscaré la forma de que me des siempre la razón.
—Ni muerta… —murmuró la joven—. Regreso a mi dormitorio. Ten cuidado al salir.
Sloan asintió.
—Siempre lo tengo.
La joven se dirigió hacia la puerta y cuando levantó la mano para tocar el pomo, la voz de Sloan rompió el silencio.
—Ten cuidado en tus sueños. Podría aparecer yo para convertirlos en algo húmedo…