CAPÍTULO 13 #3
Lo hizo con suavidad, sin prisas, apenas rozando sus labios.
Para su sorpresa, Morag no se apartó, sino que la descubrió devolviéndole el beso con la misma suavidad.
Fuera de allí, el golpeteo de la lluvia chocaba contra el maltrecho tejado de la casa.
Sin embargo, ninguno recordaba ya el motivo que los había llevado a esa cabaña abandonada.
Sus mentes se encontraban imbuidas en aquella atmósfera que el propio guerrero había formado con su relato y el dolor de su alma.
Sloan sujetó con firmeza la nuca de la joven y la atrajo más hacia sí al tiempo que profundizó poco a poco el beso. La obligó a abrir más la boca para penetrarla con la lengua y sintió un escalofrío cuando Morag dejó escapar un gemido de placer al sentir la lengua del guerrero dentro de su boca.
Sin saber realmente si iba a ser rechazado por ella, Sloan acercó su cuerpo al de la joven y la tumbó suavemente en el suelo de la cabaña.
Ninguno fue consciente del polvo de este, pues estaban tan metidos en su nube de placer que jamás la habrían visto.
Una de las manos de Morag ascendió por el pecho de Sloan hasta sus hombros, donde se aferró con fuerza, tirando de su camisa, como si tuviera miedo de que ese embrujo desapareciera de golpe, dejándola desnuda.
No quería que Sloan se apartara. Por primera vez desde que lo conocía, quería sentirlo cerca, apretado contra ella, no lejos.
Parecía que las barreras que siempre habían existido entre ellos se hubieran quedado fuera de la cabaña y en el interior únicamente se encontraban un hombre y una mujer dispuestos a ceder por primera vez en mucho tiempo.
La lluvia comenzó a filtrarse ligeramente por el tejado de la cabaña, golpeando el suelo con una insistencia que parecía casi hipnótica.
El viento también silbaba entre algunas grietas de las paredes y el viejo tejado.
De repente, en la cabaña el aire se volvió denso, cargado de una tensión que nada tenía que ver con la que ellos habían sentido a lo largo del poco tiempo que llevaban casados.
Era algo muy diferente y a pesar de que existía la posibilidad de que todo pudiera estallar de nuevo, ninguno era consciente de ello.
El sonido de un trueno llenó la estancia y, por primera vez en su vida, Sloan no tembló ante la idea de que el rayo pudiera llegar a él como llegó con Craig.
En ese momento, no existía el dolor para él, tan solo un pujante deseo que era incapaz de controlar.
Y casi sonrió por lo irónico de la situación.
Siempre había sido capaz de controlar absolutamente todo, pero en ese instante, lo veía imposible.
Morag abrió la boca para recibirlo una vez más, provocando que su deseo por ella aumentara.
Le resultaba irónico que la hubiera odiado durante semanas y, de repente, la deseara con tanto ímpetu que era incapaz de controlar.
Quería desnudarla, acariciarla, darle placer, devorarla…
Lo deseaba todo de ella, y le sorprendió que Morag no lo hubiera rechazado de forma instantánea.
Sloan apoyó un codo en el suelo mientras seguía besándola.
Con la mano libre, acariciaba la cintura de Morag, que se aferraba a sus hombros con firmeza y fuerza, tirando de él para acercarlo aún más.
El guerrero no pudo evitar clavar suavemente los dedos en su cintura.
No fue un gesto suave, fue un choque de realidad, una liberación de todo lo acumulado desde que la conocía: las discusiones, las miradas sostenidas, la rabia, los retos, la cercanía inevitable a la que se habían visto abocados con las órdenes de Rowan para que se conocieran más…
Todo eso acababa de explotar, provocando que de su cuerpo escapara un poderoso deseo que lo llevó a un punto en el que iba a perder por completo la cordura.
Mientras la tormenta rugía fuera de aquellos viejos muros, dentro de allí el mundo se reducía a ese contacto entre ellos. Incluso los caballos parecieron entender lo que estaba ocurriendo y no se movieron ni produjeron sonido alguno.
El beso se volvió más profundo, más urgente, como si ambos quisieran borrar la línea que siempre los había separado.
Sus respiraciones se mezclaron, entrecortadas, mientras la distancia entre ellos desaparecía por completo cuando Sloan la cubrió con su cuerpo, aún vestido.
Sin embargo, sus manos no tardaron en buscar los pliegues de la ropa de Morag, que gimió cuando las manos calientes de Sloan se toparon con la piel desnuda de su cintura.
No pudo evitar arquear la espalda, buscando ese contacto, ese mismo calor que la hacía elevarse hacia un inmenso placer que jamás había experimentado.
Sentía en su interior un poderoso deseo que no podía reprimir.
Era la primera vez en su vida que le ocurría algo así y sentía que estaba a punto de perder el norte por ello.
—No quiero que pienses que hago esto para aprovecharme de ti… —murmuró Sloan apartándose de ella.
Morag estuvo a punto de lanzar un quejido al ver que se alejaba de ella.
La joven abrió los ojos al escucharlo hablar y clavó su mirada en él.
Vio el deseo reflejado en aquella mirada como el acero, reluciendo gracias al fuego que había frente a ellos y sintió algo tan profundo y verdaderamente salvaje que no pudo pensar con claridad.
Aferrándolo con fuerza de su camisa, lo atrajo más hacia ella y le espetó:
—Cállate y bésame.
Sloan sonrió y obedeció sin rechistar. Volvió a descender la cabeza hacia ella y comenzó a desnudarla aún más, tirando su camisa a un lado y dejando libres sus pechos.
Rápidamente, para hacerla sentir a gusto, el guerrero se quitó su propia camisa y la dejó junto a la de la joven, mostrando la amplitud de su pecho.
Jamás en toda su vida había tenido la necesidad de sentirse deseado por una mujer, pero ahora que veía el deseo en los ojos de Morag se sintió pleno, a gusto consigo mismo, sin vergüenza alguna que pudiera incomodarlo.
Al contrario, se sintió poderoso, y también pudo notar el mismo sentimiento en Morag, que arañó su pecho antes de que volviera a besarla.
Ambos habían dejado de sentir el frío que les había provocado la lluvia y el viento de fuera para pasar a ser arrasados por un fuego incontrolable.
Morag siempre había sentido miedo de que un hombre la tocara, la besara y la desnudara, pero Sloan había conseguido que lo deseara hasta el punto de que su cuerpo comenzó a temblar.
Lo necesitaba más y más a cada instante que pasaba entre sus brazos.
Y cuando el guerrero desanudó el cortón de su pantalón y comenzó a bajarlo lentamente, no sintió miedo.
Al contrario, lo que su cuerpo experimentó fue una necesidad de quitarse toda la ropa y dejar que el fuego de su cuerpo pudiera escapar de ella.
Sloan tiró los pantalones a un lado y él mismo se quitó el kilt, quedándose también completamente desnudo.
Sin perder ni un instante, una de sus manos recorrió el cuerpo desnudo de Morag, sintiendo bajo la palma de su mano las cicatrices que le recordaron la dureza vivida años atrás y que estuvo a punto de arrebatarle la posibilidad de conocerla.
Se detuvo en cada una de ellas, acariciándolas, aceptándolas con cariño, pues le recordaron que entre sus brazos no tenía a una mujer cualquiera, sino a una auténtica guerrera que, minutos antes, se había ganado su lealtad al mostrarle compasión por las experiencias de su vida.
Sloan mordió levemente sus labios, incapaz de contenerse por más tiempo.
Sin embargo, no quería asustarla. Descendió hacia su cuello y lo devoró con ansia mientras su mano descendía hasta el epicentro del calor que manaba de Morag.
La joven arqueó la espalda y gimió cuando sus juguetones dedos la acariciaron.
Las manos de esta lo apretaron contra sí, clavando sus uñas en sus hombros, haciéndolo sonreír.
Mordisqueó la base de su cuello y siguió acariciando su entrepierna.
Sintió entre sus dedos el jugo que escapaba de su cuerpo y estuvo a punto de derramarse cuando Morag se entregó por completo a él en su primer orgasmo.
Su esposa lo atrajo hacia ella y gritó su nombre mientras su cuerpo amenazaba con colapsar debido al placer que sentía.
Sloan gruñó cuando las uñas de Morag atravesaron ligeramente su piel, pero le causaron más placer que dolor.
Cuando los temblores de la joven acabaron, la cubrió con su cuerpo.
Sabía que él mismo ya goteaba por el placer que le produjo ver cómo Morag se entregaba completamente a él.
Tras ese movimiento, se separó ligeramente de ella y la miró a los ojos. Sonrió al ver la nube de placer que se reflejaba en los ojos de Morag, que intentaba sostenerle la mirada con el mismo arrojo de siempre.
—¿Estás segura de esto? —le preguntó.
La joven asintió y levantó la cadera para demostrarle que no sentía miedo de él por todo lo que había pasado en su niñez.
Y poco a poco, sin dejar de mirarla a los ojos, Sloan comenzó a penetrarla.
Su cuerpo estaba totalmente contraído para evitar hacerle daño o asustarla.
Y cuando sintió que estaba totalmente dentro de Morag, dejó escapar un gemido de placer.
El guerrero cerró los ojos un instante para respirar hondo y volver a controlar su cuerpo.
Cuando los abrió de nuevo, Morag lo acariciaba lentamente.
La respiración de Sloan era acelerada y notó que por su espalda caían algunas gotas de sudor.
El guerrero descendió hasta la joven de nuevo y la besó, comenzando a moverse lentamente, arrancándole gemidos que él mismo bebía de su boca.
La acarició lentamente, disfrutando de la suavidad de su piel en cada recodo de su cuerpo.
Atrapó uno de sus pechos y pellizcó la cumbre de estos mientras la penetraba cada vez con más fuerza.
Los gemidos de ambos llenaron el espacio de la cabaña mientras los caballos eran los únicos espectadores de su unión, de la caída de sus barreras y del nacimiento de algo que ninguno podría controlar a partir de ese instante.
La cabeza de Morag cayó hacia atrás con un gemido cuando Sloan alcanzó el orgasmo y se derramó en su interior. Esta podía sentir los latidos del guerrero, pujando dentro de ella al tiempo que la propia Morag volvía a gritar por el placer que sentía.
Poco a poco, los cuerpos de ambos comenzaron a calmarse y, cuando Sloan creyó recuperar los movimientos de su cuerpo, salió de su interior y se tumbó a su lado, no sin antes agarrar el kilt para arroparlos a ambos.
Atrajo a Morag hacia él, dejando que la cabeza de esta descansara sobre su pecho, y la abrazó.
Por primera vez en su vida, Sloan sentía que el peso de su espalda, el mismo que lo asfixiaba, había desaparecido, dejándolo respirar más profundamente y provocando que su mente estuviera más ligera.
No sabía si era por las palabras de Morag o por haber puesto él mismo en palabras lo que había sucedido con Craig, pero Sloan tenía la impresión de que había un rayo de esperanza en su vida.
—Puede que mañana nos arrepintamos de esto… —murmuró Morag, sacándolo de sus pensamientos.
Sloan sonrió y acarició la espalda de la joven bajo el manto del kilt.
—O puede que no. Mientras tanto, podemos regodearnos en el placer que hemos sentido.
Morag levantó la cabeza y lo miró con la diversión reflejada en sus ojos.
—¿Quién ha dicho que yo he sentido placer?
Sloan le devolvió la sonrisa.
—Tú con tus gemidos.
La joven pellizcó su pecho y volvió a dejar caer la cabeza sobre él.
Por primera vez en su vida se sentía plena, feliz, con la sensación de que no debía estar en alerta, ya que no había peligro.
Junto a Sloan nunca lo había sentido, pero ahora tenía la impresión de que simplemente su vida era perfecta.
Se sorprendió a sí misma poniendo los ojos en blanco. Nunca se habría imaginado que llegaría a algo así con Sloan, pero la atmósfera que se había creado a su alrededor después de conocer la historia del guerrero había provocado que perdiera el oremus. Sin embargo, no se arrepentía de nada.
Morag respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente. Quería serenarse y, poco a poco, un poderoso sentimiento de cansancio la golpeó de lleno, provocando que sus ojos comenzaran a cerrarse y se quedara completamente dormida.
Sloan tardó un poco más en dejarse llevar por el sueño.
Era tan fuerte lo que había sentido esa misma noche que tardaría años en olvidarlo.
Su familia siempre le había insistido en que era algo bueno hablar de Craig, pero se había mantenido callado, sin encontrar nunca el momento perfecto para expresar lo que sentía a día de hoy y lo que sintió años atrás al verlo caer fulminado por el rayo.
Sabía que su madre jamás lo había culpado, pero él siempre había sentido vergüenza al mirarla a la cara, pues sentía que por su culpa había perdido un hijo.
Sin embargo, en ese instante, tenía la impresión de que todo era diferente.
Sloan bajó la mirada hacia Morag y sonrió de lado.
Era incapaz de creer que lo hubiera escuchado atentamente y después lo hubiera dejado besarla.
Sin lugar a dudas, la esposa que le había tocado tener era un pozo de sorpresas.
Pero lo que despertó en él esa noche era algo irreconocible para él.
No podía ponerle un nombre exacto, pues no lo había sentido antes, pero le pareció agradable, aunque igualmente peligroso.