Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Morag miró a Sloan en medio de la tormenta que se había desatado a última hora de la tarde.

Durante el reto del día, apenas habían hablado más que un par de ocasiones mientras comían, pero después el guerrero se había sumido en el más absoluto e incómodo silencio, como si cabalgara solo y no la tuviera al lado.

Después de todo lo que habían vivido y Sloan había descubierto de ella, Morag había llegado a pensar en que tal vez su relación pudiera ser más cordial.

Sin embargo, durante ese día había descubierto que tal vez había cordialidad, pero la conversación no era uno de los puntos fuertes de Sloan.

Ambos se encontraban totalmente empapados y el frío había comenzado a penetrar por la ropa de ambos, no obstante, Sloan no parecía estar dispuesto a parar a pesar de que cada vez que se escuchaba un trueno a lo lejos, se sobresaltaba.

Morag había estado a punto de hacerle una pregunta sobre eso, pero había optado por callar en lugar de echar más leña al fuego.

Los relámpagos caían lejos de ellos, pero Morag tenía la impresión de que se dirigían al epicentro de la tormenta. Y teniendo en cuenta que estaba a punto de anochecer, no estaba dispuesta a caer enferma durante esa misión.

—Me estás mirando —no fue una pregunta de Sloan, sino una afirmación.

— ¿Eres consciente de que estamos empapados y que los caminos están totalmente embarrados? Eso sin contar con que casi es de noche y debemos parar.

Sloan la miró de soslayo y suspiró antes de mirar al cielo. En ese momento, un nuevo trueno sonó más cerca que antes y lo vio apretar la mandíbula con fuerza.

—Tardaremos más en llegar a tierras Gunn —sentenció con seriedad.

Morag arqueó una ceja y apartó el flequillo de sus ojos. El pelo se le pegaba al rostro y le molestaba, pero también la ropa. Nunca le había importado mojarse, pero tampoco podían llegar enfermos a tierras enemigas.

—Medio día más, Sloan, pero tú también sabes que no podemos seguir así. Acabaremos exhaustos.

Nada más salir del castillo, ambos habían hecho un plan de acción para llegar a tierras Gunn, por lo que sabían que tardarían un par de días en llegar a su destino. Sin embargo, si paraban durante la noche, los tiempos que habían planeado se iban a echar a perder.

Sloan suspiró. Morag tenía razón, pero le costaba un mundo dársela. Estaban completamente empapados y los caballos estaban cansados. Tenían que parar al menos hasta que dejara de llover con esa intensidad, pero ¿dónde?

—No hemos visto ninguna granja abandonada donde pasar la noche.

Morag puso los ojos en blanco.

—La encontraremos, pero debemos parar.

—Está bien —terminó aceptando—. Pasaremos la noche en un lugar cubierto, pero al amanecer saldremos de nuevo. Y me dará igual si llueve o nieva…

Morag sonrió de lado.

—Tú también estás deseando parar. No te gusta la tormenta.

Sloan la miró con el ceño fruncido, pero rápidamente apartó la mirada y la fijó en el frente.

—Eso no es cierto —mintió.

—Lo que tú digas…

Sumidos en el silencio, más de una hora después, cuando el cielo ya estaba cubierto de oscuridad, encontraron una vieja cabaña abandonada donde poder resguardarse de la lluvia no solo ellos, sino también los caballos.

Desmontaron y entraron en ella. Morag dejó escapar un suspiro de alivio cuando dejó de sentir la lluvia contra su rostro. Tenía el rostro y los músculos entumecidos por el frío, por lo que corrió hacia la chimenea para encenderla con los pocos troncos secos que había en un extremo de la misma.

—Debemos montar guardia durante la noche —dijo Sloan mientras se quitaba el manto que lo cubría—. Aunque sigamos en nuestras tierras, podrían atacarnos.

—Haré la primera guardia.

Lo vio arquear una ceja.

—¿No te fías de mí?

—Se te ve cansada. Te dormirás pronto.

Morag dejó escapar una risa.

—Mira, en mi clan he tenido que hacer guardias en lo alto de la muralla sin apenas haber dormido la noche anterior. Y te aseguro que he aguantado sin problemas.

— ¿Quién me asegura que no te marcharás durante la noche y me dejarás solo?

—¿Acaso tienes miedo?

—¡No! —exclamó el guerrero—. Pero no has dejado de insistir en que podías ir sola a tierras Gunn. No me puedo fiar de ti.

Morag acabó suspirando.

—Te doy mi palabra de honor de que no te dejaré atrás, Sloan. Se supone que ahora somos un equipo y debemos confiar el uno en el otro.

Sloan tragó saliva ruidosamente. Era la segunda vez en su vida que alguien le decía aquellas mismas palabras y la primera vez que lo hicieron efectivamente lo dejaron solo de la peor manera posible. ¿Cómo podría confiar en su palabra?

—¿Qué ocurre? —preguntó Morag.

—Nada…

—Te has quedado pálido de repente.

Sloan carraspeó y se apartó de ella para atar a los caballos en el otro extremo de la cabaña.

—Será por un relámpago.

Morag frunció el ceño y lo siguió con la mirada.

Había tantas cosas que desconocía de Sloan que cada vez sentía más curiosidad.

Ella se había abierto a él, pero el guerrero no parecía tener intención de hacer lo mismo con ella.

Era un hombre realmente enigmático que llamaba su atención desde el primer momento en que lo vio en aquella reunión.

Por ese motivo, no había podido evitar meterse con él, pues tenía la imperiosa necesidad de descubrirlo.

Y eso no le había gustado. Sin embargo, las cosas habían cambiado entre ellos y, durante un pequeño instante, había llegado a creer que él también confiaría en ella.

Morag apartó la mirada y suspiró. Se agachó junto a la chimenea y encendió el fuego.

A su espalda escuchaba el movimiento de Sloan junto a los caballos.

Dedujo que estaba sacando algo de comida para cenar y recuperar fuerzas, pero lo escuchó gruñir por lo bajo cuando un poderoso trueno se escuchó justo sobre sus cabezas.

Morag giró la cabeza hacia él y lo vio apretar los puños y apoyar la cabeza contra su caballo.

La joven frunció el ceño ante ese gesto que parecía dejar a un lado su orgullo y mostrar un Sloan diferente.

Estaba tenso. Casi podía sentirlo desde el otro extremo de la cabaña, pero no podía hacer nada por él.

Y a pesar de que se dijo que no podía meterse, su boca se abrió para formular la pregunta que pendía sobre ella:

—¿Te da miedo la tormenta?

Fue una voz suave, pero lo sobresaltó tanto que Morag vio cómo sus hombros se sacudían. Rápidamente, lo vio cambiar de postura y cuadrar los hombros.

—Qué tontería… —lo escuchó decir.

No obstante, Morag no pudo evitar insistir.

—Estás raro desde que la tormenta…

—¡Déjalo ya! —exclamó cortándola de golpe cuando un nuevo trueno sonó más cerca.

La luz dentro de la cabaña aumentó cuando un relámpago cayó cerca de allí y Morag volvió la cabeza de nuevo hacia el fuego, quedándose completamente callada.

Por su parte, Sloan rechinó los dientes con tanta fuerza que estaba seguro de que iba a rompérselos él mismo.

Apretó los puños contra sí, dándole aún la espalda a la joven, y suspiró al darse cuenta del error que acababa de cometer.

Había vuelto a actuar como siempre cada vez que alguien intentaba abrir el tema de las tormentas.

Era incapaz de hablar de algo así. Siempre se ponía nervioso y actuaba sin pensar.

No quería hablar de ello. Jamás lo había hecho, pero algo en su interior le hizo romperse en mil pedazos en ese instante.

Morag le había contado su historia sin esperar nada a cambio.

Él la había escuchado y se dijo que era algo tan íntimo y tan duro que le debió de costar mucho a la joven poner en palabras su vida.

Y, sin embargo, él sentía que no podía abrirse a nadie, ni siquiera a su familia. ¿Cómo iba a hacerlo con ella?

Sloan se giró y la miró por encima de su hombro. Morag se había quedado en completo silencio, ni siquiera se había atrevido a replicarle como siempre solía hacer. Sino que se había quedado quieta, mirando el fuego y Sloan sabía que le debía una auténtica disculpa.

Suspirando y con manos temblorosas ante la tormenta que había justo encima de ellos, agarró una alforja y se acercó a ella. La joven no lo miró cuando se sentó a su lado y, sin saber por qué, ese simple gesto le dolió terriblemente en lo más profundo de su ser.

Tragó saliva ruidosamente y clavó su mirada en ella, pero Morag fingió que no era consciente de que sus ojos como el acero estaban fijos sobre ella.

—Lo siento. No he debido hablarte así.

La vio encogerse de hombros con la mirada puesta sobre el fuego, y eso le dolió a él aún más.

No sabía por qué, pero no quería que Morag se alejara de él ahora que la había conocido un poco más.

Durante días, había deseado, casi rezado, para que la joven no se atreviera a mirarlo, pero, incluso así, Morag había logrado atravesar la coraza de su alma con su fuerte e impactante carácter.

—Me he metido donde no me han llamado. Ha sido culpa mía.

La respuesta de la joven, sin mirarlo, le hizo apretar los puños. Sloan retiró su mirada unos instantes y suspiró largamente, armándose de valor.

—Arran y Kester no son los únicos gemelos que tuvo mi madre —comenzó diciendo.

En ese instante, Morag sí lo miró, entre sorprendida y sin comprender lo que quería decir. La joven abrazó sus rodillas mientras lo miraba y dejaba que el calor del fuego secara su ropa y penetrara en sus músculos.

Sloan dudó y se miró las manos mientras un nudo en su garganta la impedía seguir hablando. Se movió, nervioso, y retorció sus manos con fuerza, como si quisiera olvidar aquellos recuerdos, pero sin poder conseguirlo.

Morag lo entendió. De la misma forma que a ella le había costado contarle qué había sido de su vida, vio los mismos gestos en Sloan, por lo que sabía que lo que le carcomía la mente era algo verdaderamente doloroso.

—Mi madre tuvo otros dos gemelos después de tener a Rowan.

—¿Uno de ellos eres tú? —preguntó Morag con cuidado.