CAPÍTULO 11 #2
A pesar de lo que había sucedido entre ellos en los días anteriores, Morag no pudo evitar lanzar una última mirada hacia Sloan.
Lo descubrió observándola mientras también se alejaba.
Aquella mirada fue fugaz, pero fue suficiente para ver el respeto y la admiración que había despertado en el guerrero con su historia.
Morag tuvo que apartar la mirada, ya que sintió que se sonrojaba bajo los ojos de Sloan.
Subió las escaleras que la llevaban hacia su dormitorio sin poder dejar de pensar en lo que había pasado ese día.
Sin lugar a dudas, había sido el más extraño de toda su vida, pero también el más liberador.
Había contado su historia, todo lo que había sufrido y vivido y no había encontrado juicio por parte del guerrero. Al contrario, halló comprensión.
A pesar de que le había pedido el nombre de la persona que le había hecho eso, no quiso decirle nada, ya que temía que las reuniones entre clanes a partir de ese momento se hicieran aún más peligrosas.
Cuando Morag entró en el dormitorio, se apoyó contra la puerta y suspiró.
Siempre le había gustado tener un momento de soledad para ella, y después de pasar todo el día junto a Sloan, trabajando y después hablando, sentía que necesitaba ese momento para ella.
Aún le temblaban las manos y las piernas.
Su cuerpo estaba asolado por los nervios y el miedo, pero también por la vulnerabilidad que despertó en ella al contar su verdad ante Sloan.
Ahora el guerrero tenía en sus manos el arma definitiva para acabar con ella, tan solo le quedaba rezar para que no se atreviera a usarla.
En la última mirada que le había dedicado al despedirse, vio el alma real de Sloan.
Algo en su interior le dijo que él tenía su propia guerra interna que no se atrevía a contar y que, por ello, lograba comprender la suya.
Pero ella nunca se atrevería a preguntarle qué le había ocurrido para convertirse en ese hombre frío y cruel, pues debía ser él quien tomara la iniciativa.
Arrastrando los pies por el cansancio, Morag se acercó a la palangana y la jofaina para lavarse.
Quería meterse cuanto antes en la cama y descansar de una vez por todas después de un día realmente complicado y difícil.
Tardó unos minutos en hacerlo, se desvistió y se tumbó sobre la cama unos segundos totalmente desnuda para disfrutar de la suavidad de las sábanas contra su piel.
Cerró los ojos unos instantes con la promesa de levantarse de nuevo para ponerse el camisón. Sin embargo, el cansancio pudo con ella antes de que pudiera hacerlo y se quedó completamente dormida con las sábanas arropando su cuerpo desnudo.
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Sloan le pidió a Rowan hablar con él después de llegar al salón, donde estaban terminando de cenar y tras ver que Kester y Arran habían abandonado la estancia para evitar una pelea con él.
Ni siquiera tenía hambre. Tan solo quería hablar con él, pedirle que dejara de una vez los castigos y poder salir cuanto antes a tierras Gunn. Y a pesar de que esperaba que fueran al despacho de este a hablar, el propio Rowan le pidió hacerlo en el salón, obligando a Sloan a comer algo.
—¿Has comido mucho al mediodía?
Su hermano gruñó entre dientes y negó en voz baja.
—Pues cena. Diría que estás más delgado.
Sloan se sentó a su lado y gruñó.
—Eso es por los disgustos que me dais.
Rowan le dio una palmada en la espalda y sonrió.
—De eso quería hablarte ahora que todos se han marchado.
—Tenías que haber obligado a Kester a quedarse aquí. Le debo un puñetazo.
—Siento mucho lo que tanto Kester como Arran os han hecho. No deberían haberos encerrado.
Sloan gruñó mientras se llenaba el plato de comida.
—No eres tú quien tiene que dar la cara.
Rowan ladeó la cabeza.
—Ya, pero no quiero que te ensañes con él. Morag y tú no volveréis a trabajar así. Parte de la culpa es mía.
Sloan se quedó quieto, con la cuchara a medio camino de su boca, y levantó la mirada a él. El recuerdo de todo lo que había pasado a lo largo del día acudió a su mente y supo que se había reflejado en su rostro cuando Rowan entornó los ojos, interesado en él.
Sloan miró su cuchara y se la llevó a la boca, disimulando, pero ya era tarde.
—¿Ha pasado algo entre Morag y tú?
Su hermano carraspeó y negó con la cabeza.
—Nada —respondió, nervioso—. ¿Qué iba a pasar?
Pero Rowan lo conocía a la perfección y lo observó intentando adivinar sus pensamientos. Sin embargo, Sloan había sido siempre tan hermético que nunca había logrado adivinar nada sobre él.
—¿Os habéis peleado de nuevo?
Sloan lo miró.
—¡No! Hemos hablado, nada más. Queríais que nos conociéramos, ¿no? Eso hemos hecho.
—¿Y por qué te pones tan nervioso?
Sloan apretó la cuchara entre sus dedos.
—Yo no estoy nervioso.
Rowan arqueó una ceja y acabó suspirando. Sabía que insistirle a Sloan era una misión imposible, por lo que intentó cambiar de tema.
—Bueno, me alegra ver que habéis empezado a entenderos.
Su hermano se encogió de hombros.
—Espero que las cosas de Morag lleguen en los próximos días y por fin podáis marcharos. No quiero perder más tiempo.
—Yo tampoco. Es una sensación horrible estar en manos de alguien que desconocemos.
Rowan asintió y se levantó de su asiento.
—Gillian me está esperando. Nos vemos mañana.
Sloan asintió y se quedó solo en el gran salón.
Esa sala tan grande y vacía le produjo algo extraño en su pecho.
Haber hablado con Morag sobre la vida de esta le hizo recordar la suya propia y al encontrarse allí solo, todo lo que había sentido a lo largo de sus años de vida cayó sobre él como una losa.
Sloan sintió un nudo en la garganta. La soledad que había sentido desde aquel fatídico día se hizo más visible, pero lo peor de todo llegó cuando estaba a punto de terminar su cena, cuando un relámpago iluminó el salón, seguido de un poderoso trueno que lo sobresaltó.
Las manos comenzaron a temblarle y un nudo se instaló en su garganta, cerrándosela por completo, amenazando con ahogarle.
El guerrero esperó a que el sonido, que aún retumbaba entre las cuatro paredes, desapareciera, pero a ese trueno le siguieron varios más, por lo que dejó caer la cuchara sobre el plato y salió del salón rumbo a su dormitorio.
Por el pasillo vacío, sus pasos resonaban con fuerza, pero lo hicieron mucho más los sonidos que traían la tormenta que se había desatado fuera de allí.
Sloan se sobresaltó cuando un trueno retumbó por el pasillo, y sus pies se quedaron quietos en medio del pasillo.
Su cuerpo temblaba y los recuerdos se acumulaban en su mente, impidiéndole seguir adelante.
La respiración se le aceleró y apretó los puños en el momento en el que un relámpago iluminó el pasillo.
La culpa lo asoló de nuevo, ahogándolo, y se obligó a seguir adelante intentando ignorar ese maldito recuerdo de su vida que lo acompañaría por siempre.
Sloan subió hasta su dormitorio y cuando llegó a él, se apoyó contra la puerta cerrada.
Pensaba que encontraría a Morag aún despierta, pero el bulto en la cama y la suave respiración le indicaron que la joven se encontraba dormida, algo que agradeció, ya que no soportaría que lo viera en ese estado.
El guerrero apoyó la cabeza contra la puerta y respiró hondo.
Agradeció la compañía de Morag en ese momento, aunque ella no fuera consciente de ello.
Después se acercó hasta la chimenea y se obligó a pensar en otra cosa, en otros momentos de la vida, pero no encontró ningún recuerdo feliz al que agarrarse.
Para su sorpresa, y colmo de todos los colmos, Sloan se descubrió recordando la pelea con Morag junto al lago.
Por primera vez en su vida, había disfrutado de verdad de algo tan cotidiano como un entrenamiento.
Se había divertido, aunque se hubiera ganado después una herida y un castigo.
No le importó. Y ese simple recuerdo, logró calmar sus nervios.
Tras eso, su mente lo llevó de nuevo al lago, casi de noche, donde descubrió a Morag bañándose desnuda.
Lo que había sentido allí lo había descolocado por completo.
Verla bajo la luz de la luna, canturreando, desnuda y tranquila fue lo más erótico que había experimentado nunca.
Y bañarse junto a ella, a pesar de la rabia de la joven, había sido espectacular.
Pero lo mejor fue besarla. Sentir la piel de la joven contra la suya, erizada, temblorosa…
le había despertado algo que nadie más había conseguido.
Y eso, junto con la tormenta del exterior, lo paralizaba.
Haber descubierto la historia de su vida lo había enfurecido.
¿Qué clase de desgraciado se atrevía a hacerle eso a una niña?
Desde la chimenea, Sloan giró la cabeza hacia la cama.
Las sábanas cubrían el cuerpo de Morag y apenas le veía la cabeza.
Y la descubrió teniendo una pesadilla. La joven tenía el ceño fruncido y se movía de un lado a otro.
Y no le extrañó que tuviera esas pesadillas.
Cualquier persona que hubiera vivido lo mismo que ella no solo habría tenido pesadillas, sino que habría optado por abandonar este mundo, tal y como él había pensado en más de una ocasión.
Pero allí estaba ella, fuerte, sobreviviendo a una vida que tal vez no le correspondía.
El destino la había obligado a dar tumbos de un clan a otro, para toparse finalmente con él y verse obligada a casarse.
Jamás se le habría pasado por la cabeza forzarla a cumplir con sus obligaciones maritales, y menos después de lo que había descubierto.
Sloan chasqueó la lengua cuando Morag comenzó a gemir en sueños. Sin lugar a dudas, estaba teniendo una pesadilla. En ella llamaba a su madre y a su padre, y Sloan no podía aguantar por más tiempo.
Se acercó a la cama y la observó desde los pies de esta.
Una parte de él le pedía que la despertara y así poner fin a su sufrimiento en sueños.
Sin embargo, la había visto realmente cansada y no quería molestarla.
Casi podía sentir el miedo que irradiaba Morag desde su sueño.
Su rostro se arrugó, horrorizado. Le habría gustado saber qué estaba viendo para llegar a ese estado de nerviosismo.
El guerrero apretó los puños y, lentamente, se acercó al lado libre de la cama.
No perdía de vista a Morag, que se movía de un lado a otro, logrando apartar ligeramente las sábanas.
En ese instante, Sloan se quedó petrificado.
Su esposa no se había puesto el camisón, por lo que, al retirar las sábanas, parte de su cuerpo desnudo quedó al descubierto.
El corazón de Sloan se sobresaltó al ver sus pechos.
Rápidamente, se obligó a mirar hacia otro lado, pero ya era tarde.
Había grabado en su mente la belleza de estos y sabía que tardaría mucho en olvidarlos.
Sloan tragó saliva y se sentó en el lado contrario a donde estaba Morag.
Se desnudó y se metió en la cama. No solo se arropó él, sino que también hizo lo mismo con la joven para evitar seguir viendo su preciosa piel desnuda.
Y al comprobar que seguía quejándose en medio de una pesadilla, Sloan hizo lo único que se le ocurrió.
Cuando él era pequeño y tenía miedo, su madre le solía cantar una nana para tranquilizarlo.
Nadie se había enterado nunca de esos miedos, pues su madre le juró que no se lo diría a nadie, por lo que no sabía si sus hermanos conocían esa nana.
Enseguida, el guerrero comenzó a tararear esa misma canción que su madre le cantaba.
Comenzó con voz muy baja, temiendo despertarla y sentirse humillado, pero poco a poco ganó confianza y la cantó en voz más alta.
No supo si era por la canción o por su voz, pero Morag comenzó a tranquilizarse en sueños.
Sloan se sentía ridículo cantando. Era la primera vez que lo hacía y ver que estaba consiguiendo el mismo efecto que solía tener con él, lo tranquilizó también.
Este se llevó las manos a la nuca y siguió tarareando.
Se acomodó mirando hacia arriba y dejó que la canción continuara sosegando el sueño de Morag.
Sin embargo, en un momento dado, la joven se giró hacia él y lo abrazó, poniendo su cabeza en su amplio pecho desnudo.
Sloan abrió los ojos desmesuradamente, horrorizado.
No podía creer lo que Morag acababa de hacer, pero lo más sorprendente no fue eso, sino que se tranquilizó totalmente y dejó de gemir en sueños.
Esta se acomodó y lo estrechó contra ella, provocando que los ojos de Sloan se abrieran aún más.
Se preguntó qué debía hacer en ese instante.
Se dijo que tal vez debía moverse para despertarla y que se alejara de él, sin embargo, en el centro de su pecho sintió algo extraño.
Una sensación de calma despertó en él, tranquilizando también su cuerpo, por lo que se quedó completamente quieto, esperando a que Morag se moviera y dejara de tocarlo.
No obstante, el tiempo fue pasando y la joven no se movía.
Sloan bajó la mirada hacia su pecho y la vio descansar sosegadamente.
Este chasqueó la lengua, contrariado, pero una idea cruzó por su mente en ese instante.
Dejó de aprisionar sus manos bajo su nuca y lentamente, sin movimientos bruscos, las llevó hacia Morag.
El guerrero la estrechó entre sus brazos.
Era la primera vez que abrazaba así a una mujer, ya que nunca había tenido la necesidad de hacerlo y poder sentirla apoyada en su pecho mientras él la rodeaba era una extraña sensación que le agradó.
Respiró hondo y dejó pasar el tiempo. Se dijo que serían solo unos segundos, pero el cansancio también pudo con él y se quedó completamente dormido con la barbilla apoyada en la cabeza de Morag.