CAPÍTULO 11
Mientras Sloan y Morag seguían encerrados en las mazmorras, tras horas allí, la familia Chattan se reunió para cenar.
Todas las sillas estaban ocupadas, excepto la del recién estrenado matrimonio.
No obstante, en los últimos días habían llegado tarde a todas las comidas, por lo que Rowan no los echó de menos en un principio.
Los sirvientes se encontraban dejando la comida en el centro de la mesa para que ellos comenzaran a llenar sus platos, pero Amelia se quedó mirando fijamente las sillas vacías.
—¿Dónde se encuentran Sloan y Morag?
Todas las miradas se dirigieron hacia donde debían estar sentados, pero ninguno se sorprendió al no verlos allí, excepto Arran y Kester, que se miraron entre ellos más serios de lo normal.
—Tal vez se les ha hecho tarde con la limpieza de las mazmorras —sugirió Cora.
Sin embargo, los gemelos sabían que no era así. Kester entornó los ojos, escudriñando a Arran.
—Los has sacado, ¿no? —acabó preguntándole.
—¿De dónde? —preguntó Gillian, interesada.
Tanto Arran como Kester la miraron de reojo. Sin embargo, no querían meter a más gente en aquella conversación sin saber exactamente qué había pasado.
—Eras tú quien debías sacarlos —dijo Arran.
Kester lanzó un resoplo.
—¿Qué? —preguntó a su gemelo, enfadado—. ¡Quedamos en que lo harías tú!
Arran puso los ojos en blanco.
—Yo te di la idea. Eras tú quien la llevaría a cabo.
—¡Claro! Yo me ocupaba de dejarlos allí —dijo Kester—. Y tú los sacarías.
—Venga ya, hermano. ¿De verdad no los has sacado?
Kester frunció el ceño y abrió la boca para responder, pero el fuerte manotazo de Rowan sobre la mesa lo cortó de golpe. Los gemelos miraron a su hermano mayor con gesto ligeramente arrepentido, sabiendo que se iban a ganar la peor de las reprimendas de toda su vida.
—¿Podemos saber el resto de la familia qué está pasando? ¿Y dónde están Sloan y Morag?
Arran carraspeó y comenzó a hablar.
—Se nos ocurrió una idea para que se conocieran mejor. Era lo que queríais, ¿no?
El guerrero esbozó una sonrisa incómoda, que borró cuando vio palpitar la vena del cuello de Rowan.
—Bueno… qué mejor que encerrarlos para que se conocieran mejor… Así hablarían entre ellos.
Gillian dejó escapar una exclamación de sorpresa, al igual que Amelia, que estaba estupefacta. Cora miró a sus hermanos con una ceja enarcada, incrédula. Alasdair se llevó una mano a las sienes mientras que Rowan lanzaba miradas a ambos hermanos, incapaz de creer lo que acababa de confesar.
—¿Me estás diciendo que los habéis encerrado en las mazmorras para que hablen entre ellos?
Kester y Arran se miraron de soslayo antes de asentir.
—Pero ¿en qué maldito momento pensasteis que era una genialidad ese absurdo plan?
—Es que estos días no parecía mejorar su relación —intentó explicar Kester con gesto arrepentido, pero sin borrar el brillo de sus ojos.
Rowan gruñó y los miró.
—Debería encerraros durante un mes por vuestra genial idea. —Miró a su amigo y le dijo—: Alasdair, ve a sacarlos de allí, si es que no se han matado ya.
Cuando el guerrero se levantó y salió del salón, Cora miró a los gemelos alternativamente.
—Sloan os va a romper todos los huesos.
Arran la miró de reojo.
—Gracias por los ánimos, hermana —le dijo con ironía.
Cora se encogió de hombros y llenó su cuchara de comida.
—De nada.
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Sloan y Morag se habían pasado gran parte de la tarde hablando sobre lo que la joven le había contado.
El guerrero aún seguía estupefacto por todo lo que le había contado Morag sobre su vida.
Descubrió que había sido una existencia realmente dura y le había hecho entender, con sus palabras, el porqué de su carácter tan frío y calculador.
Sin embargo, aún no había querido contarle quién le había hecho todo eso.
—Supongo que jamás pensaste que ibas a casarte con una puta —La voz de la joven rompió el silencio en el que se había sumido para meterse en sus propios pensamientos.
Sloan levantó la mirada y frunció el ceño.
—¿Cómo dices? —preguntó, sorprendido.
Morag se encogió de hombros.
—Los que son como tú siempre aspiran a casarse con alguien de más categoría.
Sloan dejó escapar un gruñido.
—A lo que yo aspiraba era a no casarse, simplemente, ni contigo ni con nadie.
Y un sentimiento de rabia aumentó en su pecho ante sus palabras.
—Además, ¿por qué dices eso de más categoría?
Morag sonrió con tristeza.
—Una prostituta es lo más bajo de la sociedad.
Sloan la miró apretando los puños con fuerza.
—No eres una puta. Te obligaron a serlo, es muy diferente.
—Te equivocas. Fue mi cuerpo el que usaron.
Sloan se inclinó hacia adelante, enfadado, para intentar que sus palabras adquirieran un tono más agresivo.
—Te usaron, Morag. Te marcaron como un puto ganado y te obligaron a ello siendo una niña.
La mirada de acero de Sloan se clavó en ella con tanta fuerza que la propia joven sintió una punzada en el pecho.
—Y, aun así, sacaste fuerzas para seguir adelante. No me extraña que te convirtieras en una guerrera. Eres admirable.
Desde el otro lado de la celda, Morag se quedó estupefacta por sus palabras.
¿El que le había hablado era Sloan? ¿De verdad era el mismo guerrero con el que se había peleado y arrastrado por el suelo como auténticos enemigos?
¿Era el mismo hombre a quien había insultado y de quien también había recibido insultos?
No podía creerlo. Nunca se había atrevido a contar lo que le había pasado por miedo al juicio.
Y, sin saber por qué, lo había hecho con Sloan, su enemigo, su marido, su incordio, como él la llamaba.
Pero, a pesar de lo que esperaba en un principio, se mostraba iracundo ante lo que le había sucedido, la defendía e incluso se había atrevido a decirle que la admiraba.
Durante unos segundos de silencio, en los que ambos se miraron, Morag se preguntó si tal vez Sloan tenía fiebre y por eso había dicho aquellas palabras que jamás habría esperado de él. Sin embargo, se veía sano y bien, totalmente cuerdo.
La joven desconocía que sus ojos lo observaban de forma extraña, por lo que Sloan arqueó una ceja y acabó preguntándole:
— ¿Por qué me miras así?
—Porque eres la primera persona que me ha dicho que soy admirable —respondió ella sin parpadear.
Desde su posición, Sloan se incomodó y volvió a apoyar la espalda contra la pared, como si así pudiera refugiarse y no mostrar de sí más de lo que debía.
Se dijo que se había dejado llevar por la rabia y sus pensamientos y tal vez no había actuado como se esperaba de él: con frialdad.
Sin embargo, no había podido aguantar lo que le produjo la historia de Morag.
Desde ese momento, la veía desde una perspectiva diferente.
Para él, era una mujer distinta; sí, admirable; una mujer que había logrado hacerse a sí misma sin ayuda de nadie y que había logrado vivir sobrellevando la carga de su espalda, algo que él jamás había logrado.
—Pues no te acostumbres, MacBean —le dijo entre dientes volviendo a llamarla por su apellido.
Morag sonrió ampliamente. En sus ojos se vio reflejado un brillo especial que estuvo a punto de cautivar a Sloan, dejándolo completamente embobado. Y necesitó toda su fuerza de voluntad para no embrujarse por ella.
—Así que Sloan Chattan tiene un corazoncito…
Sloan entornó los ojos y apretó los labios, formando una fina línea con ellos.
—Si te burlas, te arrancaré el tuyo para dárselo a los cerdos…
Morag lanzó una carcajada que llenó el espacio de toda la mazmorra, hasta que calló y lo miró de nuevo.
—Gracias.
Sloan se incomodó ante esa simple palabra. No estaba acostumbrado a que nadie le agradeciera nada, por lo que no sabía cómo encajarlo. Se encogió de hombros, restándole importancia y apartó ligeramente la mirada. Y al ver su incomodidad, Morag no pudo evitar añadir:
—Nunca imaginé que alguien como tú aceptaría mi historia.
Sloan se retorció las manos.
—¿Podemos hablar de otra cosa? —preguntó el guerrero, incapaz de soportar por más tiempo la perturbación que sentía en ese instante.
Morag sonrió de nuevo.
—¿Para conocernos más? Es lo que quiere Kester…
Sloan gruñó.
—Le voy a arrancar los ojos en cuanto lo vea…
—Yo me pido el corazón.
La joven le guiñó un ojo cuando Sloan la miró, y este no pudo evitar esbozar una sonrisa.
En ese momento, los goznes de la puerta de las mazmorras chirriaron, indicando que alguien se acercaba para liberarlos. Al pensar que se trataba de Kester, ambos se pusieron en pie para recibirlo con insultos, pero fue la mirada azul de Alasdair la que apareció con gesto ligeramente preocupado.
Al instante, este los miró, sorprendido.
El guerrero se apoyó en los barrotes e intentó adivinar qué había pasado allí para que estuvieran tan tranquilos en lugar de haberse peleado.
Incluso los observó de arriba abajo, esperando ver una herida.
Y tan solo descubrió la camisa rota de Morag, aunque parecía haberse roto de forma fortuita, no en una pelea.
Alasdair arqueó una ceja y sonrió ligeramente.
—De camino hacia aquí, pensaba que iba a encontrarme con una carnicería y os veo hablar tranquilamente, y lo peor de todo es que he visto la sombra de una sonrisa en vuestro rostro.
Sloan lo miró desde el otro lado de la reja mientras Alasdair cogía la llave para abrir el candado.
—Estamos guardando las fuerzas para matar a Kester.
Alasdair sonrió ampliamente.
—Pues está cenando con los demás… por si queréis ir.
Morag se acercó a él y lo miró con una expresión divertida en el rostro.
—Buscas sangre, ¿verdad?
Alasdair se encogió de hombros.
—Si es la de Kester, siempre.
Los tres salieron de las mazmorras. Morag se sentía tan cansada que ni siquiera tenía hambre.
A pesar de la insistencia de Sloan y Alasdair para que comiera algo, Morag se negó y les comunicó que prefería marcharse a descansar.
Por ello, tomó otro camino diferente al suyo después de despedirse de ellos.