CAPÍTULO 10 #5
Sloan arqueó una ceja. Aquel vano intento por aparentar la frialdad de siempre estuvo a punto de hacerlo sonreír.
— ¿Miedo, tú? —preguntó fingiendo sorpresa para que la joven se sintiera relajada.
El propio Sloan se sorprendió de sí mismo.
Nunca se había atrevido a hacer algo así por nadie, ni siquiera por él mismo.
Quiso aparentar calma y le habló de esa manera para que Morag volviera a recuperar la confianza en sí misma.
Sin embargo, la joven no le respondió de inmediato, sino que se limitó a mirarlo largamente en silencio.
Sloan le sostuvo la mirada como siempre había hecho, pues sabía que, si la apartaba, Morag sentiría que tenía lástima por ella.
Al cabo de un rato, la joven suspiró y apartó la mirada, llevándola de nuevo hacia sus manos. Vio que la señal de sus uñas seguía en el mismo lugar y cerró los ojos antes de atreverse a confesar algo que sabía que no debía, pero que no quiso guardar para sí:
—Cuando tenía diez años, acabé en una celda como esta —su voz fue un susurro, como una confesión que no quería que fuera escuchada por nadie.
Sin embargo, Sloan la escuchó y dibujó una expresión de sorpresa.
—¿Con diez años? —Morag asintió—. ¿A quién mataste?
Morag tragó saliva y desvió ligeramente la mirada, incapaz de sostenerla. Sabía que había hablado demasiado y que vendrían preguntas, pero ya no había marcha atrás.
—A nadie —respondió.
Sloan frunció el ceño, sin comprender.
—¿Qué delito cometiste?
—Vivir en la frontera de mi clan.
Morag levantó la mirada hacia Sloan y lo vio callado, esperando que continuara. Y, por alguna extraña razón, algo dentro de ella comenzó a sentir paz cuando empezó a hablar.
—Yo no soy una MacBean de sangre. Lo soy por juramento.
Sloan asintió.
—Mi verdadero clan, el de mi sangre, es el MacRae, pero me arrancaron de los brazos de mi clan a los diez años cuando atacaron la frontera donde vivíamos y mataron a mis padres.
Morag tragó saliva y lo miró durante un segundo. Lo había hecho para comprobar si había diversión o burla en sus ojos, pero la miraba más serio que nunca, completamente atento a sus palabras. Y eso lo honró a pesar de haber sido enemigos acérrimos.
—Mi madre me pidió que me escondiera en un armario de mi habitación.
Escuché cómo los mataron y… el silencio que quedó después.
Luego escuché a los culpables pulular por mi casa, hasta que entraron a mi dormitorio.
Comprobaron que había alguien más en la casa y me encontraron en el armario…
Creía que me iban a matar como al resto de mi familia, pero los planes de ese hombre fueron otros.
Morag suspiró. Necesitó unos segundos para ordenar sus pensamientos e intentar no dejarse arrastrar al abismo por ellos.
—Ya has visto varias veces la cicatriz del quemado en mi hombro…
La joven lo miró y lo vio asentir. Apretó los dientes y no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas que se obligó a no derramar.
—Me marcaron como a un animal.
—¿Para qué? —preguntó el guerrero.
Morag resopló.
—¿Qué más da eso ahora?
La joven lo miró y no pudo evitar arrepentirse de sus palabras. Él tan solo le había preguntado para comprenderla y ella le había respondido de la peor manera posible para protegerse, pues era su parte más vulnerable.
Morag acabó suspirando y lo miró a los ojos.
—Lo siento. No he debido responderte así.
En los ojos de Sloan se dibujó una expresión de sorpresa. Era la primera vez que le pedía disculpas por hablarle mal, y no pudo evitar que se le reflejara en la cara.
—Era lo que hacían a las mujeres o niñas antes de venderlas.
Sloan frunció el ceño. No estaba seguro de querer conocer la respuesta. Sin embargo, su boca se adelantó a sus pensamientos.
— ¿Vender, a quién?
—A la dueña de un burdel —respondió Morag.
El guerrero se quedó petrificado. Durante un segundo, creyó haber escuchado mal, pero al mirarla a la cara y ver el dolor reflejado en sus ojos, supo que era totalmente cierto.
¿De verdad fue vendida a un burdel con tan solo diez años?
¿Qué clase de mente enferma haría eso con una niña?
Ahora entendía el motivo por el que lo rechazaba de esa manera.
Estaba seguro de que había acabado en manos de hombres enfermos que la habían usado como una muñeca, provocando que Morag sintiera rechazo por todos los hombres, incluido él.
Recordó las lágrimas de sus ojos cuando la besó en el lago y al comprender el motivo sintió que se le caía el alma a los pies.
Por fin descubría lo que había provocado que Morag fuera una guerrera fría, implacable y que siempre mostraba dureza ante todo. Ella no había nacido así. La habían obligado a convertirse en eso para sobrevivir.
—¿Vas a juzgarme? —preguntó Morag ante su silencio.
Sloan la miró de nuevo y rechinó los dientes.
¿Juzgarla por haber sido vendida? ¿Qué clase de hombre pensaba que era?
Él jamás haría algo así. Al contrario, admiraba su capacidad para sobrevivir y continuar con su vida, intentando seguir adelante, algo que él nunca había conseguido después de lo que le ocurrió a él.
—Jamás te juzgaría por algo así, Morag —dijo con voz firme.
La joven asintió, agradeciéndole el gesto, y sonrió de forma tímida. Era la primera vez que se abría ante alguien y contaba algo tan íntimo como aquello, por lo que no sabía qué hacer a continuación.
—Gracias.
Sloan se encogió de hombros.
—No tienes por qué dármelas.
Morag se quedó quieta, mirándolo, incapaz de creer su comportamiento ante algo así. Pensó que llegaría a burlarse o a pronunciar algún comentario hiriente para hacerle daño y, sin embargo, estaba aún por soltar algo que provocó que la dejar ía sin palabras:
—Siento mucho que hayas tenido que vivir eso.
Los ojos de Morag se abrieron desmesuradamente.
Se quedó quieta, observándolo, incapaz de creer que Sloan acabara de decir eso.
El guerrero le devolvió la mirada, que estaba cargada de preguntas, pero no de comentarios hirientes.
La joven tragó saliva ruidosamente, sentía que se le había secado la garganta. Y no sabía cómo continuar.
—Puedes preguntar lo que quieras. No me importa hablar de eso.
—No quiero que vuelvas a recordar algo que te sigue haciendo daño tan solo para saciar mi curiosidad.
—No me hace daño —mintió descaradamente.
Sloan arqueó una ceja.
—A mí no me engañas…
— ¿Qué opinas de ello? —acabó preguntándole.
—¿De verdad quieres saber mi opinión?
Morag asintió.
—No voy a dártela. Tan solo quiero que me digas quién coño es el hijo de la gran puta que te obligó a vender tu cuerpo.