CAPÍTULO 10 #4
Morag abrió la boca para responder, pero el sonido de la puerta de las mazmorras al abrirse llamó la atención de ambos.
No esperaban que alguien se presentara allí mientras estaban ellos, ya que los habían dejado en paz los días anteriores y no los habían molestado.
Pero cuando el rostro de Kester apareció en el pasillo, fuera de la celda, con una sonrisa en los labios y un gesto de diversión dibujado en el rostro, tanto Morag como Sloan lanzaron un resoplo al mismo tiempo.
Kester rio por lo bajo y se apoyó en los barrotes de la celda mientras los miraba fuera de ella.
—¿Os lo estáis pasando bien?
—Kester, ¿por qué no te vas y nos dejas en paz?
El aludido se encogió de hombros y se posicionó justo a la salida de la celda para evitar que estos salieran de ella. Se apoyó de nuevo en los barrotes y se cruzó de brazos.
—Me parece más divertido ver cómo trabajáis.
—Pues podrías remangarte y ayudar —intervino Morag señalando a su alrededor.
Kester miró la celda y puso una mueca de asco.
—Te agradezco la invitación, cuñada, pero prefiero vigilar en la muralla.
Sloan frunció el ceño.
—Entonces, vete. Llegas tarde.
Kester sonrió y los miró alternativamente.
—Se os ve demasiado incómodos. ¿Todo bien entre vosotros?
—Estoy entre seguir limpiando y sacarte las entrañas —dijo Morag.
—Sigue limpiando entonces… —apostilló Kester sin perder la sonrisa.
El guerrero se apartó de los barrotes y, con un movimiento rápido, cerró la puerta de la celda, dejándolos encerrados.
Puso un candado a la misma justo cuando Sloan se lanzó contra la puerta para intentar abrirla.
Pero Kester dio un paso atrás antes de que la garra de su hermano pudiera aferrar su camisa.
—¿Se puede saber qué demonios haces, Kester? Abre la puta puerta.
Su hermano y se encogió de hombros.
—Primero tendría que saber dónde está la llave…
Morag se quedó paralizada en el sitio tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse y dejarla encerrada. Vio que Sloan intentaba arrancar literalmente los barrotes con sus manos para poder salir de allí mientras Kester los miraba con una sonrisa de autosuficiencia.
—Abre ahora mismo o el menor de tus problemas será esa maldita llave…
—Venga, es para que os conozcáis mejor… Palabras de Rowan.
Morag frunció el ceño y, lentamente, incapaz de contener lo que sentía en ese momento, con los recuerdos instalados en su mente, le preguntó:
— ¿Rowan ha ordenado esto?
La joven se dijo que, si era así, le enviaría una carta a su laird para declararles la guerra a los Chattan por dejarla encerrada en una mazmorra.
—No, pero yo creo que es la mejor forma de conocer a una persona cuando no quieres hacerlo en una cama.
Morag resopló e intentó abrir los barrotes. Se obligó a reaccionar en lugar de quedarse parada, asustada, asolada por pensamientos que no había vuelto a tener hacía más de diez años.
Intentó que su rostro no mostrara el pánico que sentía en su pecho, pero, por la mirada de Sloan, sabía que estaba errando completamente.
—Abre la maldita celda, Kester Chattan —ordenó la joven con manos temblorosas.
Sloan miró a su hermano, pero lo vio negar con la cabeza y una sonrisa en los labios.
—Espero que os conozcáis ya de una vez… —les dijo antes de correr hacia las escaleras y dejarlos encerrados en la celda.
En ese instante, de la garganta de Morag escapó una exclamación horrorizada. La joven intentó abrir por todos los medios, usando sus propias manos y el peso de su cuerpo para abrir los barrotes, pero estaban en perfecto estado y no se movieron ni un solo milímetro.
Morag lanzó un rugido y apoyó la cabeza entre los barrotes mientras su respiración se aceleraba con rapidez.
Los recuerdos se apiñaban en su mente y comenzó a agobiarse.
Aún recordaba sus propios gritos, su pánico, su pesar y su incertidumbre por el futuro.
Y todos ellos se agolparon en su mente, asfixiándola.
—El muy cabrón no nos va a sacar pronto… —murmuró Sloan cerca de ella.
El guerrero giró la cabeza hacia la joven cuando no obtuvo respuesta alguna por su parte. La vio completamente pálida, con los ojos desorbitados y la respiración tan acelerada que parecía estar a punto de desmayarse.
Con el ceño fruncido, Sloan se acercó a ella despacio, incapaz de ignorar también su cicatriz del hombro.
Era la primera vez que la veía perder la compostura y olvidar la calma.
Por ello, no podía apartarse de ella sin intentar ayudarla.
Algo en su pecho despertó ternura hacia ella y, para su sorpresa, deseó abrazarla, aportarle algo de paz para que aquella extraña expresión desapareciera de su rostro.
Sloan levantó una mano y la posó sobre su brazo con cuidado.
Sin embargo, Morag, que se encontraba tan absorta en sus pensamientos que apenas podía salir de ellos, lo interpretó como algo malo, igual que cuando la tocaban años atrás.
Se apartó de él soltando un grito y lo miró con los ojos aún muy abiertos.
—¡No me toques! —chilló, desesperada.
Al instante, Sloan dio un paso atrás y levantó las manos en señal de paz.
Él mismo se sorprendió de la calma que logró tener en ese instante, ya que, en otra ocasión le habría respondido con malas palabras y gestos.
Sin embargo, algo en su interior le dijo que Morag necesitaba calma en ese instante, no guerra.
Una extraña sensación de protección despertó dentro de él, deseando acunarla en ese instante, pues no era una guerrera allí encerrada, sino una mujer que había sufrido mucho antes de llegar allí.
—Tranquila, Morag, no voy a hacerte daño —le dijo con suavidad—. Solo intentaba calmarte.
En el rostro ovalado de la joven se dibujó una expresión que no había visto jamás.
Vio claramente el trauma de Morag en él.
Había algo que le había dolido terriblemente y que le había causado un daño irreparable que había surgido al verse encerrada en la mazmorra.
Más preguntas sobre ella aparecieron en su mente, pero no se atrevió a formular ninguna en ese momento.
Desde el otro lado de la celda, donde había intentado refugiarse, Morag observó a Sloan y la tranquilidad en su rostro.
Todo su cuerpo temblaba de auténtico terror al estar encerrada allí, pero se obligó a calmarse.
Había perdido por completo la calma y seguridad en sí misma que solía mostrar siempre, y su esposo la miraba con curiosidad incapaz de contener.
—¿Por qué demonios ha hecho esto? —preguntó intentando ocultar el temblor de su voz.
Sloan siguió mirándola, sin parpadear.
—No lo sé, pero, conociéndolo, nos dejará aquí un buen rato.
—Lo pienso rajar de arriba abajo en cuanto lo vea…
Sloan arqueó una ceja. Esa Morag se parecía más a la que él conocía. Sin embargo, había algo en ella que le impedía verla del todo.
—Ponte en la fila… —le dijo el guerrero entre dientes.
Morag no respondió, sino que necesitó apoyarse contra la pared y se dejó caer lentamente hasta el suelo con la mirada perdida.
Desde su posición, Sloan no dejaba de observarla y también se deslizó hasta el suelo intentando comprender qué le había pasado para comportarse así y perder la compostura por primera vez desde que la conocía.
Había tantas preguntas sobre ella en su mente que era incapaz de contenerse, pero sabía que no podía formularlas mientras siguieran atrapados en la celda.
Sí se detuvo a observarla. Sloan no perdió detalle de cada movimiento que Morag hacía desde el otro lado de la celda.
La dejó pensar en silencio, no quiso agobiarla con palabras, pero, desde donde se encontraba, tenía la imperiosa necesidad de acunarla entre sus brazos.
Vio su vulnerabilidad, y no le gustó. Tal vez en otro momento desde que la conocía se habría burlado de ella, pero no ahora, pues había despertado en él sentimientos que no creía que existían, ya que nunca los había experimentado. Y eso lo enfurecía.
Morag, por su parte, se retorcía las manos con tanta fuerza que le dolían los dedos, pero no podía parar. Tenía la sensación de que ese simple movimiento era lo único que la calmaba en parte, y que, si no lo hacía, acabaría ahogándose en su propio nerviosismo.
Los gritos de las que habían sido sus compañeras aún resonaban en su mente.
Las escuchaba pedir clemencia, pan, agua, un lugar donde hacer sus necesidades sin que nadie las viera…
Y solo recibían silencio. Poco a poco, las sacaron de las celdas y la fueron dejando sola.
Desde allí había escuchado sus gritos fuera de las mazmorras y, después, un fuerte olor a carne quemada llegaba hasta ella.
Había visto eso infinidad de veces y, cuando le tocó a ella, Morag se hizo aguas menores encima.
Aún recordaba esa sensación del líquido caliente recorriendo sus piernas, su propio olor a carne quemada, sus gritos y las risas de los guerreros de ese maldito clan.
Morag no pudo evitar cerrar los ojos y clavarse las uñas en las manos.
Quería sentir dolor físico para ignorar el dolor del alma.
Nunca había logrado superarlo y sabía que no podría.
La joven sintió un ligero alivio cuando las uñas estuvieron a punto de atravesarle la piel, pero no pudo evitar sobresaltarse en el momento en el que la voz de Sloan llegó a ella.
—Si sigues así, vas a acabar sangrando…
Fue una voz suave, nada que ver con lo que ella estaba acostumbrada, pero al desconocer que el guerrero la estaba observando, se asustó.
Morag abrió los ojos y los clavó en Sloan.
Este se encontraba en el otro extremo de la celda y la miraba con gesto sereno, calmado, algo extraño en él, pues ni siquiera tenía el ceño fruncido.
Morag se obligó a tragar saliva y a dejar de clavarse las uñas para aparentar una calma que estaba muy lejos de conseguir.
—Espero que no se te ocurra pensar que he tenido miedo al quedarnos encerrados…