Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Caminó con paso decidido hacia el despacho de Rowan con la esperanza de conseguir algo.

Sin embargo, tras llamar a la puerta y darle paso el laird, se topó directamente con la mirada de Sloan, que se encontraba en medio del despacho con gesto iracundo.

Sin embargo, el guerrero se mantuvo en silencio, aunque con la mirada puesta en ella.

Morag se quedó petrificada, incapaz de moverse y de encontrar su voz en su propia garganta. Los segundos pasaron y se obligó a reaccionar, por lo que elevó la mirada hacia Rowan, que se encontraba frente a su hermano y la observaba con atención.

—¿Ocurre algo? —preguntó este.

Morag carraspeó y se movió ligeramente.

—Solo quería hablar contigo de algo, pero veo que estás ocupado.

La joven se giró con intención de marcharse, pero la voz de Rowan la interrumpió.

—Imagino que vienes a pedirme lo mismo que Sloan —Morag lo miró arqueando una ceja—, que olvide el castigo que os impuse.

Morag habría dado uno de sus dedos tan solo para llevarle la contraria a Sloan, sin embargo, no podía negarse. Acabó asintiendo y se acercó a él.

—El hecho de que estéis limpiando esa zona del castillo no solo se debe al castigo, sino para que os conozcáis mejor.

Morag puso los ojos en blanco al tiempo que Sloan resoplaba, iracundo.

—En lo único en lo que los dos estamos de acuerdo es en que no queremos conocernos —comenzó diciendo la joven.

—Al menos estáis de acuerdo en algo —la cortó Rowan, provocando que ambos se enfurecieran—.

Te diré lo mismo que a Sloan. Vuestro matrimonio no se trata solo de una alianza entre nuestros clanes, sino en algo que va más allá: los Chattan y los MacBean queremos solucionar esto y debemos investigar sobre lo que está pasando.

Si entre nosotros no se curan las heridas del pasado, solo conseguiremos muerte.

Y si vosotros no sois capaces de dejar a un lado vuestra propia guerra, no solo fracasará vuestro matrimonio, sino también nuestros planes y puede que muramos alguno de nosotros.

Morag agachó la mirada, incapaz de seguir sosteniéndosela.

Por su parte, Sloan llevó las manos a la espalda y suspiró mirando a Rowan y a Morag alternativamente.

Se tomó unos instantes para observarla. No había podido dejar de hacerlo durante esos dos malditos días.

Ni siquiera había podido quitársela de la cabeza en ningún instante.

Morag se había metido en lo más profundo de su mente para castigarlo y recordarle que se había dejado llevar por el deseo y la había besado.

¿En qué momento perdió el juicio aquella noche?

Él jamás habría hecho algo así con nadie, y menos con ella. ¿Por qué había tenido que besarla?

—Tanto un clan como otro tenemos el mismo fin: descubrir quién nos ha hecho sufrir y quién va a por Cora.

La voz de Rowan sobresaltó a Sloan, que se había quedado embrujado por la presencia de Morag a su lado.

La joven evitaba mirarlo y la incomodidad en ella era más que evidente, pero él no podía hacer nada.

Deseó poder viajar al pasado para cambiar lo que había hecho, pero el recuerdo de ese maldito beso lo perseguiría por siempre.

—Por ello, os pido que cambiéis de una vez por el bien de nuestros planes.

Pero no solo por eso, sino también por vosotros.

Estáis incómodos todo el rato, no os miráis y parecéis a punto de iniciar una guerra entre vosotros en cualquier momento.

Y eso no acabará bien. Mi matrimonio con Gillian no empezó bien.

Nos odiábamos, pero logramos cambiar la visión que teníamos el uno del otro.

—Y ahora os amáis… —terminó Morag por él con tono irónico—. Ya me lo has contado.

Sloan la miró de reojo y no pudo evitar que asomara una sonrisa en sus labios, aunque apenas se vio gracias a la barba.

—Pues si no queréis que os lo cuente de nuevo, espero ver un acercamiento entre vosotros antes de que marchéis a las tierras de los Gunn o tendré que enviar a otros en vuestro puesto.

Morag alzó la mirada de nuevo hacia él y abrió mucho los ojos. Jamás permitiría que alguien que no fuera ella llevara a cabo el plan que había ideado. Ni tampoco podría soportar tener que quedarse en el castillo sin hacer nada.

—Conozco a Sloan y sé por qué es así. A ti no te conozco, pero supongo que te ha ocurrido algo en la vida para ser así.

—No sabes nada de mí —lo cortó rápidamente Morag.

Rowan la miró largamente.

—Y no intento saberlo —le aseguró—. Pero todo el mundo tenemos secretos que nos hacen ser así. Tan solo tenéis que cambiar para aceptaros el uno al otro.

Morag llevó su mirada hacia su derecha, donde se encontraba Sloan, y lo observó unos instantes. Sabía que Rowan tenía razón, pero su orgullo le impedía dársela. Por eso, acabó asintiendo, prometiendo con la mirada intentar cambiar para evitar que la misión entre los dos clanes fuera un desastre.

A su lado, Sloan hizo lo mismo a regañadientes. Ninguno realmente quería hacer eso, pues suponía volver a hablar entre ellos después del beso, pero debían aceptarlo por el bien de todos.

—Mañana pensaré en el último castigo para vosotros. Y espero, de verdad, que sea el último. Si las cosas no van bien entre vosotros después de eso, no iréis a tierras Gunn.

Morag apretó los puños y asintió levemente.

Tras eso, le dirigió una mirada a Sloan antes de dar media vuelta y regresar por donde había venido.

No estaba segura de que fuera a salir bien ese último intento, pero lo que sí tenía claro era que el destino se estaba riendo de ella una vez más. Y esta vez iba a quemarse con fuego…

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Morag se juró que no iba a empezar a cambiar hasta el día siguiente.

Por ello, la noche anterior había estado igualmente fría con Sloan.

Sin embargo, al amanecer, tenía un importante papel por delante: dejar a un lado el orgullo y volver a dirigirle la palabra a Sloan después de lo ocurrido en el lago.

¿Cómo iba a mirarlo a la cara después de haberse dejado llevar por sus caricias?

Seguramente, pensaba que ella era una libertina que se dejaba tocar por cualquiera, algo que no era cierto.

Pero se dijo que eso no debía importarle y que tenía que seguir adelante para ayudar a su laird.

Y mientras se vestía ese día al amanecer, Morag giró la cabeza hacia el lado contrario de la cama.

Sloan le estaba dando la espalda en ese momento, ya que se estaba calzando las botas.

Intentó verlo como un hombre cualquiera, nada que ver con el odio que se tenían, pues solo así podrían intentar mantener una relación cordial.

—¿Por qué me miras tanto? —la pregunta de Sloan la sobresaltó y giró la cabeza hacia el frente, evitando mirarlo. Sin embargo, ella no era una mujer cobarde, por lo que no admitió ese gesto.

Morag se levantó y se giró hacia él para encararlo.

—Te estás calzando las botas. ¿Cómo sabes que te estaba mirando?

Sloan suspiró y se levantó para coger el cinto, que reposaba sobre uno de los sillones frente a la chimenea.

—Siempre haces ruido mientras te vistes, y ahora estabas en silencio.

Morag frunció el ceño y se cruzó de brazos, incómoda.

—No sabía que eras tan observador.

Sloan clavó su mirada de acero en ella, provocando el mismo nerviosismo que aquella noche en el lago.

—Hay muchas cosas de mí que no sabes.

Morag tragó saliva. No sabía a qué se refería, pero una parte de ella, la más curiosa de todas, deseó saber más sobre él. Sin embargo, se mantuvo en silencio y lo imitó, colgando la espada de su cadera.

—¿Bajas a desayunar? —preguntó el guerrero acercándose a la puerta.

Morag lo miró, extrañada, y no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.

— ¿Me vas a esperar para bajar al salón?

Sloan se encogió de hombros.

—Supongo que esto forma parte del juramento que le hice ayer a Rowan. Ya me he hecho a la idea de que vamos a ir a tierras Gunn, así que prefiero que no me cambien los planes.

Morag se acercó a él y soltó una risotada.

—Está bien. A mí también me molesta que me los cambien.

Sloan asintió y le señaló la puerta para que saliera ella primero del dormitorio. Pero Morag le respondió con una ceja enarcada y una sonrisa ya más relajada.

—Te ha faltado abrirme la puerta para terminar de ser caballeroso del todo, pero te lo perdono porque supongo que no estás acostumbrado a ello.

Sloan resopló y, sin esperar a que ella diera un paso más hacia la puerta, se lanzó contra ella, la abrió y salió él primero, ganándose una carcajada de Morag mientras él apretaba los puños con fuerza al tiempo que caminaba hacia las escaleras. Rápidamente, la joven se puso a su altura y lo miró.

—Pero gracias de todas formas, Sloan.

Los pies del guerrero se quedaron pegado al suelo al escuchar su nombre en los labios de Morag. Esta lo miró de forma incómoda al ver su reacción y vio su arrepentimiento reflejado en los ojos.

—¿Por qué me has llamado así?

—Es tu nombre —respondió ella con simpleza—. Pero si quieres, puedo seguir llamándote por el apellido. No obstante, sois tantos Chattan que tal vez Kester se piense que lo llamo a él…

Sloan carraspeó y asintió.

—Está bien, Mo… Morag.

La joven sonrió, intentando contener la carcajada que tenía en la punta de la lengua, y le dio una palmada en la espalda.

—Te ha costado, ¿eh? Ahora que ya nos llamamos por el nombre, ¿podemos decir que esta amistad es para toda la vida?

—Más quisieras, MacBean.

Ella le respondió con una carcajada.

—No pasa nada por pronunciar mi nombre, Sloan. Es diferente al nombre del demonio.

El guerrero ladeó la cabeza y la miró de soslayo mientras seguían su camino hacia el salón para desayunar.

—Para mí tenéis la misma maldad. No, peor, tú eres un incordio al que tengo que aguantar durante un año.

—Este va a ser el mejor año de tu vida, Sloan Chattan.