CAPÍTULO 10
Cora acarició con cariño la cabeza de su caballo, al que aprovechó para cepillar y cuidar ahora que no había nadie más en las caballerizas.
Había aprovechado un instante de despiste de Alasdair para escapar de él y poder estar sola.
La joven sentía que estaba más aislada que nunca.
A pesar de la compañía de Alasdair y sus continuas peleas, pues pasaban todo el día juntos, tenía la impresión de que nadie la escuchaba, de que nadie se daba cuenta de que estaba mal…
Y Cora sentía que quería gritar, hablar con alguien que de verdad la escuchara, alguien que la abrazara, que la hiciera sentir viva.
Pero tenía la impresión de que estaba muerta, que nada tenía sentido en su vida y que, si ese enemigo oculto quería matarla, le haría un completo favor, pues no quería seguir luchando y viendo cómo todo el mundo a su alrededor seguía sufriendo.
Cora lanzó un suspiro y dejó que el animal pusiera su cabeza contra ella.
Si en ese instante no hubiera nadie en el portón, lo abriría y cabalgaría fuera de esos muros para no regresar jamás.
Su ansiedad no mejoraba y, de hecho, esa falta de aliento le ocurría con más asiduidad y no sabía qué hacer para sentirse mejor.
A veces, lo único que deseaba era dejarse atrapar y que todo acabara de una vez por todas.
Pero Rowan la perseguiría y no la dejaría hacer algo así, por lo que tenía las manos atadas.
Y para colmo, en unos días o un par de semanas llegaría la esposa de Alasdair.
¿Cómo iba a soportar su presencia si él tenía que estar junto a ella para protegerla?
Se negaba a aceptar ese cambio en su vida.
No quería verlo junto a ella, ni siquiera quería verlo a él, así que se dijo que lo mejor tal vez era abandonar el castillo para siempre.
—Sabía que eres escurridiza, pero no tanto…
Su voz… Aquella voz que llevaba años escuchando entre los muros de su hogar y que aún la sobresaltaba cada vez que la escuchaba, aunque no se dirigiera a ella. Lo odiaba por ello. Y se odiaba también a sí misma por lo ocurrido años atrás.
Cora cerró los ojos unos instantes y después giró la cabeza en su dirección.
Alasdair se acercaba a ella con las manos atrás y porte orgulloso.
Su rostro estaba serio y sus ojos parecían relampaguear de auténtica rabia.
Tenía la mirada fija sobre la joven y, a pesar de su silencio, sus ojos amenazaban con una nueva pelea, algo que Cora no deseaba en ese momento.
—Estoy en el castillo, así que no hace falta que pases tanto tiempo conmigo. Aquí no va a pasar nada.
La voz de Cora sonó ligeramente cansada.
Era la primera vez en su vida que se había saltado un entrenamiento y una comida, pero solo deseaba desaparecer y que nadie pusiera sus ojos sobre ella.
Tenía tanto peso sobre su espalda que estaba segura de que iba a caer en cualquier momento.
Y lo peor de todo eran sus sueños. Todas las noches soñaba que algo sucedía en el castillo y que, por su culpa, seguía muriendo gente.
Siempre había pensado que no había que hacer mucho caso a los sueños, pero no podía más.
Alasdair frunció el ceño al verla tan decaída.
La mano que acariciaba el caballo parecía cansada, derrotada, y Cora Chattan no se amilanaba nunca por nada.
Sin embargo, su orgullo le impidió preguntarle.
Sus pies lo llevaron hasta ella, quedándose parado a escasos centímetros de la joven para que sintiera su presencia y no lo ignorara.
Estaba tan cerca que Cora lo rozó cuando se movió ligeramente, pero no lo miró.
—Tu hermano me ha ordenado que esté siempre contigo.
Cora hizo un gesto, contrariada, y lo encaró por fin.
—Tú y yo sabemos que esto es una tontería.
Estamos en el interior del castillo y Rowan apenas me deja salir de él.
Aquí no hay peligro alguno, así que no hace falta que nos obligue a estar juntos a cada instante.
Además, sé defenderme. Te recuerdo lo que ocurrió el día en el que hirieron a Sloan cuando atacaron el castillo.
—Lo que tu hermano quiere es protegerte incluso de quien pueda entrar sin permiso. Aún no sabemos quién atacó a Gillian cerca de las mazmorras.
Cora resopló.
—Siempre llevo cuidado allá donde voy, y nunca estoy en lugares poco transitados.
—No me importa. Mi deber es protegerte.
La joven lo miró y acabó suspirando, girándose de nuevo hacia el caballo.
—Haz lo que quieras. Da igual.
Cora podía sentir la mirada de Alasdair en su espalda. Esta quemaba como el fuego, por lo que la joven estuvo a punto de sonreír con tristeza, ya que una mirada de Alasdair le hacía más daño que cualquier clan enemigo.
La joven siguió cepillando su caballo e intentó ignorar la presencia del guerrero, pero le resultaba imposible, pues este no dejaba de observarla. Cora lo miró por encima del hombro y descubrió su mirada azulada fija sobre ella, intentando adivinar qué le pasaba.
— ¿No tienes nada mejor que hacer que mirarme?
—Intentado adivinar qué te pasa —admitió.
Cora sonrió con tristeza y se encogió de hombros.
—¿Y eso qué más da? Nadie se da cuenta de lo que me pasa.
—Yo sí lo hago…
Cora tragó saliva y volvió a mirarlo.
—Creo que deberías ir pensando en cómo quieres que sea tu boda.
Alasdair apretó los puños.
—No quiero hablar de esa boda.
—No he dicho que hablemos de ella, sino que vayas pensando en los detalles de esta.
—Tampoco me importan los detalles.
—Entonces puedes seguir ahí parado mirándome —le espetó la joven con mala cara.
El caballo de Cora se movió, quejándose de la fuerza que empleaba la joven en el cepillado.
Esta paró unos segundos para respirar cuando su pecho comenzó a ahogarla.
Otra vez aquella maldita sensación, y no estaba dispuesta a mostrar debilidad ante Alasdair, no esa vez.
Sin embargo, aquella sensación no la dejaba tranquila.
Intentaba cepillar al animal aparentando calma, pero su pecho subía y bajaba cada vez con más rapidez.
Cora se obligó a rodear al caballo para que Alasdair no viera el estado en el que se encontraba.
Su mente la traicionaba una y otra vez, diciéndole que la boda de Alasdair, la de Sloan y la de Rowan se habían llevado a cabo por su maldita culpa.
Y, aunque intentaba encerrar ese pensamiento, no podía.
En un momento dado, Cora cerró los ojos y apretó los puños contra el animal. Desde su posición, el guerrero no la vería, por lo que tendría unos segundos para tranquilizarse. No podía caer en ese mismo pozo al que se veía arrastrada cada vez que se sentía mal. No obstante, no podía evitarlo.
— ¿Vas a tardar mucho en cepillar tu caballo? Me gustaría ir a hablar con Rowan.
La voz de Alasdair al otro lado del animal la sobresaltó. Cora abrió los ojos y levantó la cabeza. Intentó aparentar calma, pero no estaba segura de haberlo conseguido tras ver la expresión extraña en los ojos del guerrero, que la observaba con interés y curiosidad.
—Estoy terminando. Si quieres, puedes irte.
—No me iré sin ti, Cora.
Fueron solo unas palabras, pero sonaron tan poderosas que el cepillo escapó de entre los dedos de la joven y dio de bruces contra el suelo.
Rápidamente, se obligó a reaccionar. Se agachó a recogerlo y lo dejó donde lo había encontrado.
Tras esto, y con la respiración ligeramente más calmada, volvió a meter en la cuadra a su caballo y comenzó a caminar hacia la salida mostrando orgullo para evitar que el agujero de su pecho pudiera verse a simple vista.
—Vamos, no querrás hacer esperar a tu amigo…
Alasdair se quedó parado en el sitio durante unos segundos, hasta que acabó suspirando y la siguió hacia el exterior de las caballerizas.
Habría prefiero mil veces una batalla como la última entre los clanes o incluso un ataque al castillo, cualquier cosa para evitar tener que aguantar a Cora y estar obligado a seguirla a todas horas día tras día.
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Dos días después del beso que Sloan le había dado en el lago, el guerrero se había alejado por completo de ella.
La ignoraba a todas horas y apenas le dirigía la palabra, algo que Morag agradecía enormemente.
Sin embargo, y a pesar de todo, la joven no podía dejar de pensar en el beso del otro día.
Su cuerpo aún temblaba al pensar en las fuertes manos de Sloan recorriendo su cintura mientras la apretaba contra él, completamente desnudo, al igual que ella.
Sabía que debía olvidar esa imagen y ese beso para siempre, pero algo dentro de ella no podía hacerlo.
Desconocía por qué, pero parecía estar atrapada en ese pensamiento.
Y lo peor de todo eran las miradas de odio que le dedicaba Sloan desde entonces.
La escasa complicidad que habían logrado desapareció después de eso, regresando la guerra entre ellos que creyó haber derrocado tal y como le pidió Gillian.
Sin embargo, Morag sentía que no podía aguantar más.
A pesar de que creía que el castigo por la pelea del lago había llegado a su fin el primer día, todavía seguían limpiando habitaciones que parecían haber sido dormitorios de ratas durante años.
Pero Morag podía soportar el olor, la suciedad e incluso las ratas.
Lo que ya no podía aguantar era la incomodidad surgida entre Sloan y ella.
La joven no había hecho referencia al beso en ningún momento, pero la mirada del guerrero se lo recordaba a cada instante, como si la culpara de ello a pesar de que había sido él quien la había atrapado y besado.
Por ello, cuando salió de las cocinas tras beber agua, una vez acabó su trabajo cerca de las mazmorras, Morag se dijo que estaba cansada de aguantarlo y le pediría a Rowan que dejara de castigarlos más como a niños pequeños o enviaría una carta a su laird para que pusiera medios entre ellos.