Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Al día siguiente, justo después del desayuno, Sloan y Morag intentaron escapar del castigo que Rowan les había impuesto. Fueron los primeros en dejar sus asientos en el gran salón e intentaron marcharse cada uno por su lado, pero Rowan los detuvo justo en la puerta:

—Supongo que vais hacia el pasillo de las mazmorras.

Sloan apretó los puños y se giró lentamente hacia su hermano. Morag puso los ojos en blanco e imitó al guerrero. Todos fueron conscientes de la sincronicidad entre ellos, excepto ellos dos, cuya atención estaba puesta únicamente en escapar.

—¿No puedes simplemente olvidar eso, Rowan? —preguntó Sloan—. No volveremos a pelear entre nosotros. De hecho, incluso hemos mantenido una conversación normal.

—Y no nos hemos insultado —lo secundó Morag.

Rowan negó con la cabeza.

—Rara es la vez en la que doy una orden y después me arrepiento de ello. Y esta no es esa ocasión. Debéis limpiar toda esa zona, y no admito ni una sola queja. Así que, vamos. Ese es el único lugar donde quiero veros.

Sloan entornó los ojos.

—Disfrutas con esto, ¿verdad?

—A veces creo, Sloan, que piensas que te odio.

—¿Y no lo haces?

—Al contrario. Deseo que seas feliz de una vez por todas y que alguien pueda procurarte la felicidad que ninguno de esta familia hemos sabido darte.

Morag miró de reojo a su esposo. El rostro de este se había quedado blanco.

Por primera vez desde que lo conocía, lo vio quedarse sin palabras.

Incluso tuvo la impresión de que tragaba saliva con fuerza.

Se preguntó qué le había pasado en la vida para que Rowan le dijera aquellas palabras y no pudo evitar sorprenderse al ver que simplemente se limitaba a asentir y abandonaba el salón sin mirar atrás.

Sorprendida por ese gesto que rozaba la sumisión, Morag carraspeó y dejó también el salón tras despedirse de ellos.

En silencio, lo siguió por el pasillo y apretó el paso para ponerse a su lado, aunque lo hizo en silencio.

De reojo, a veces lo miraba sin dejar de preguntarse cosas sobre él.

Morag sabía que su propio carácter se había forjado a raíz de lo que había pasado con sus padres.

Sin embargo, desconocía qué había pasado con Sloan.

Las palabras de Rowan le habían abierto la mente respecto al guerrero y ahora no dejaba de hacerse preguntas sobre él.

Tras su extraña conversación del día anterior mientras la curaba, Morag había sentido infinidad de cosas muy diferentes a lo que había sentido por Sloan hasta ese momento.

Durante unos instantes, había llegado a verlo como un potencial amigo, un verdadero compañero con el que poder hablar y vivir una vida a su lado.

En pocos días, había conocido una parte desconocida de Sloan, y se preguntó si su propia familia lo había visto sonreír así alguna vez en su vida.

—No tengo ganas de hablar…

La voz del guerrero sonó con demasiada potencia en medio de ese silencioso pasillo que atravesaban. Y Morag iba tan metida en sus propios pensamientos que no pudo evitar sobresaltarse. Al verlo, Sloan la miró y ella simplemente se limitó a encogerse de hombros.

—Yo no he dicho nada.

—Piensas demasiado alto.

Morag arqueó una ceja.

—¿Tú qué sabrás lo que pienso?

—Cuando piensas demasiado te muerdes el labio inferior.

Morag se quedó parada en medio del pasillo e hizo un gracioso mohín con la boca.

—¿Cómo dices?

—Que te muerdes el labio cuando piensas —repitió el guerrero sin dejar de caminar.

Enseguida, Morag corrió hacia él y paró cuando se puso a su altura.

—¿Cómo sabes eso?

—Soy muy observador.

—Yo no hago eso.

Sloan sonrió.

—Lo haces de forma inconsciente. Si estás pensando algo, es normal que no te des cuenta de que lo haces.

—Pero si hace solo unos días que me conoces un poco más. ¿Cuándo te has dado cuenta de ello?

Sloan la miró de reojo y giró en la esquina que ya los llevaba hacia el pasillo de las mazmorras.

—En la reunión junto a los clanes. No dejabas de observar a todos y de morderte el labio mientras mirabas hacia la mesa. Después, levantabas la mirada, los observabas de nuevo y volvías a morderte el labio.

Morag lo agarró del brazo y lo obligó a parar.

—¿Tanto me miraste durante la reunión?

—Ya te he dicho que soy muy observador —dijo con incomodidad—. No me hace falta observar tanto a las personas.

La joven acabó esbozando una sonrisa pícara.

— ¿Y por qué querías observarme? No me digas que te gusté…

Sloan puso los ojos en blanco y comenzó a caminar de nuevo.

—Buscaba la forma de echarte del castillo cuanto antes.

Morag chasqueó la lengua y le dio un codazo en las costillas con una sonrisa burlona en los labios.

—Pues no te salió muy bien, Chattan. El destino está en tu contra…

—Eres un maldito incordio, MacBean.

—Sí, pero un incordio al que te gusta mirar…

Sloan resopló y se quedó callado. Paró frente a una puerta y Morag no pudo evitar chocarse contra él, pues se movió tan deprisa que no le dio tiempo a parar. La joven levantó las manos en señal de paz y esperó a que abriera.

—No esperes ver una simple habitación desordenada. Aquí hay mucha suciedad…

Morag sonrió y se cruzó de brazos.

—Te sorprendería ver mi habitación cuando tenía doce años… —respondió la joven sin poder evitar acordarse del burdel en el que la obligaron a trabajar.

Sloan abrió y dejó que el aire viciado de dentro saliera unos instantes. Morag arrugó el rostro y miró con curiosidad hacia el interior de la estancia que debían limpiar durante ese día. Después, enarcó una ceja y miró a Sloan.

—Sois unos guarros, Chattan. ¿Cómo dejáis esto así?

Su esposo la miró durante unos segundos, pero no le respondió. Él también sintió el mismo asco. Después de eso, le pediría a Rowan que alguien fuera a esa zona del castillo y acondicionara todo para evitar que la enfermedad pululara por el castillo.

La primera en entrar fue Morag, que se cruzó de brazos y miró a su alrededor. Después, quitó el cinto de su cadera y dio una palmada.

—Bueno… cuanto antes empecemos, antes terminaremos…

Sloan suspiró y la imitó, dejando su espada al lado de la de la joven. Se remangó y comenzó a recoger mientras murmuraba maldiciones para sí por ese trabajo.

Morag hizo lo mismo en el otro extremo de la sala. Ambos se mantenían en completo silencio, sin hablar entre ellos y sin intención de mantener una conversación amigable. Estaban iracundos por tener que realizar ese trabajo, por lo que cada uno de adentró en sus propios pensamientos.

En un momento dado, Morag lanzó una exclamación de dolor que llamó la atención de Sloan. Este, rápidamente, se puso en pie y se acercó a ella.

—¡Ah, maldita sea!

—¿Qué pasa?

—Me he cortado con esto…

Morag levantó un escudo roto y arqueó una ceja.

—¿A quién se le ocurrió la genial idea de guardar esto?

—Son los escudos de los muertos en la última batalla.

Morag resopló y lo tiró a un lado para después mirar el corte en su antebrazo. Sloan le agarró la mano y miró el corte.

—Parece superficial.

—Entonces muy bien, ¿no? Podré seguir alegrando tu existencia.

Sloan levantó la mirada y puso los ojos en blanco. La soltó y regresó donde se encontraba, provocando la risa de la joven, que siguió con su trabajo. Ambos sabían que iba a ser un día largo, muy largo. Y también que iban a pasar demasiado tiempo juntos.

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Estaba anocheciendo cuando Sloan y Morag habían terminado de limpiar una de las estancias que había en el pasillo de las mazmorras y tanto uno como otro se había pasado el día rezando para que el castigo de Rowan llegara hasta el final de ese día y no continuara por más tiempo.

Se habían separado en cuanto habían terminado el trabajo.

Apenas habían salido de allí más que para tomar algo al mediodía y el resto de la tarde habían estado juntos de nuevo.

Y a pesar de que habían mantenido alguna que otra conversación sin importancia, apenas se dirigieron la palabra durante el resto de la tarde, por lo que, si los demás pretendían que se conocieran, ellos nos estaban por la labor en ese momento.

Morag recorrió a solas los pasillos del castillo.

Necesitaba un momento para ella después de pasarse todo el día junto a Sloan.

No estaba acostumbrada a estar en compañía durante tanto tiempo.

Desde que sus padres fueron asesinados y ella fue llevada al burdel, siempre había estado vigilada, por lo que desde que se encontraba en el clan MacBean había hecho todo lo posible por pasar tiempo sola.

Nathan no lo entendía por completo, pero ella no podía soportar estar en compañía durante tantas horas.

Por ello, después de dejar a Sloan en uno de los pasillos, se dirigió hacia la puerta de salida.

Estar encerrada en una habitación durante horas, limpiándola y sin apenas ver el cielo le parecía abrumador. Necesitaba sentir el viento en la cara, moverse, ver cosas nuevas… Lo que fuera para intentar olvidar ese maldito y agotador día.

En el momento en el que el viento del anochecer le dio en el rostro, Morag esbozó una sonrisa.

A su alrededor, los guerreros y sirvientes llevaban a cabo sus quehaceres antes de acabar el día, pero había demasiada gente para su gusto.

Por ello, la joven se dirigió hacia el portón de salida.

Recordó el lago en el que se había peleado con Sloan y quería darse un baño para quitarse el polvo del cuerpo e intentar enfriar su mente después de pasarse todo el día junto a Sloan, pensando cosas sobre él.

La joven suspiró largamente a medida que se aproximaba al portón y Kester le sonrió de forma irónica.

—¿Qué tal el día, cuñada? ¿Habéis dejado limpia esa habitación?

Morag clavó su mirada en él y paró junto al guerrero mientras otro, cuyo nombre desconocía, también la observaba.

—Muy bien, por supuesto. ¿Y tú qué tal, cuñado? Me sorprende que aún no te hayan dejado sin dientes por gracioso.

Kester lanzó una carcajada y se encogió de hombros.

—Bueno, perdería mi encanto.