CAPÍTULO 8 #3
La joven lo miró unos segundos antes de darse cuenta de que Sloan había retomado la conversación como si nada hubiera pasado. Por ello, se obligó a hacer lo mismo.
—Supongo que debo darte la razón.
Morag soltó la muñeca del guerrero, que siguió haciendo el trabajo que Gillian les había encargado.
La joven intentó que no se reflejasen en su rostro o en su cuerpo las sensaciones que Sloan le provocaba ahora que la tocaba.
Y a pesar de que lo hacía con ese trapo, no era inmune a sus dedos.
Le sorprendió descubrir el tacto con el que el guerrero la curaba.
No lo hacía de forma salvaje o sin cuidado.
Al contrario, lo hacía con prudencia y consideración, y eso la ponía nerviosa, pues casi prefería al guerrero salvaje que no tenía piedad de ella, ya que de ese hombre podía esperar cualquier cosa.
De esa versión de Sloan no sabía realmente qué esperar.
Por su parte, el guerrero no hacía más que reprenderse a sí mismo mentalmente por haber estado a punto de besarla.
No se había dado ni cuenta de que se había ido acercando a ella mientras se miraban.
Tan solo había sido consciente cuando vio demasiado cerca de él las motas de otro color en el verde de sus ojos.
Y, de no haberse dado cuenta a tiempo de que se había acercado a ella, la habría besado.
¡Besado, por Dios! ¡A ese maldito incordio!
Continuó limpiando la herida, haciéndolo con cuidado, más del que su mente le gritaba que tuviera.
Y cuando su mirada se posó sobre la pequeña cicatriz de su barbilla, la cual había visto ya en otras ocasiones, no pudo callar por más tiempo:
—¿Cómo te hiciste esa marca?
Los ojos de Morag se dirigieron directamente a él y Sloan se arrepintió de esa pregunta instantáneamente. La conocía y sabía que le iba a responder con alguna expresión malhumorada para que no volviera a preguntar nada más. Sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando la joven sonrió y le dijo:
—Una pelea con Nathan.
—¿El primogénito de MacBean? —preguntó Sloan.
Morag asintió sin perder la sonrisa y, durante un instante, Sloan deseó que alguien más sonriera al acordarse de él.
—Sí, me lo hizo poco después de llegar al clan MacBean.
Morag se dio cuenta de que había hablado de más cuando ya era tarde. En el rostro de Sloan se dibujó una expresión de sorpresa. La miró durante unos segundos, intentando comprender lo que había dicho, pero acabó preguntando:
—¿No eras una MacBean?
—Yo no he dicho esas palabras.
—Las has insinuado.
Morag tragó saliva y se encogió de hombros, dejándose caer contra el respaldo de la silla, pues Sloan ya había terminado de limpiar su herida. Le sostuvo la mirada durante unos segundos más hasta que acabó dibujando una sonrisa amarga.
—¿Eso qué más da ahora?
—Solo me interesaba por ti —admitió Sloan—. Tal vez Gillian se ha empeñado tanto en que nos conozcamos que puede que haya sentido curiosidad momentáneamente.
Morag sonrió de lado.
—La curiosidad puede ser peligrosa.
—Ya te conozco luchando. No temo por mi vida…
La joven dejó escapar una carcajada y lo miró con la sonrisa aún en los labios, sin saber que ese simple gesto provocó que Sloan se perdiera en la belleza que su rostro mostraba en ese instante.
No estaba seguro de que Morag fuera consciente de su belleza, pero el guerrero acababa de darse cuenta de que, cuando la joven sonreía y se mostraba tal y como era, sin protección ante ella, brillaba demasiado.
—Entonces, según tú, ¿ el siguiente paso es mantener una conversación sobre lo que ha sucedido en nuestra vida? Al final, le vas a hacer caso a Gillian…
Sloan parpadeó varias veces para apartar sus ojos de ella. Dejó el trapo sobre la mesa y carraspeó antes de responder:
—Te lo he dicho, solo era curiosidad.
—Pues yo te he contado algo sobre mí y tú no has contado nada.
—Pregunta cuando quieras…
Morag arqueó una ceja y lo miró como si, de repente, le hubieran salido dos cabezas.
—¿Eres consciente de lo que acabas de decir?
La joven se inclinó de nuevo hacia adelante y, sin pensar, lo tomó de la barbilla y fingió buscar heridas en su cabeza.
—¿Te he golpeado muy fuerte?
Sloan dejó que lo tocara y la miró a los ojos.
El brillo divertido que mostraba Morag en ese momento era realmente llamativo.
Nada tenía que ver con la fachada fría y salvaje que solía dejar ver, y lo estaba atrapando por completo, ya que, junto a esa belleza, hacían de la joven una mujer realmente hermosa.
—Tal vez ha sido eso.
Morag le siguió la broma.
—Pues deberías mirártelo.
Morag lo soltó y volvió a dejarse caer contra la silla. De repente, entre ellos parecía haber una especie de extraña amistad, como si la guerra anterior entre ellos no existiera. Y, aunque no pretendía reconocerlo jamás, le agradaba esa sensación.
Sloan desvió la mirada, incómodo, y señaló hacia el resto de trapos limpios.
—Vete, si quieres, ya termino yo de curarme.
Morag intentó negarse.
—Gillian ha dicho…
—Si viene y me descubre solo le diré que te encontrabas mal por un golpe en la cabeza.
Morag frunció el ceño.
— ¿Estás seguro? No me importa hacerlo.
Sloan arqueó una ceja.
— ¿Acaso estás deseando tocar mi increíble pecho?
La joven rodó los ojos y se levantó casi de un salto, provocando que Sloan sonriera ligeramente.
—No quiero tener pesadillas… Hazlo tú.
El guerrero asintió y la observó hasta que la joven desapareció por la puerta.
Aquella conversación le había dejado una sensación demasiado extraña.
Era la primera vez que hablaban entre sí con bromas y con el hacha de guerra enterrado.
Se habían respetado y había dejado caer ligeramente las barreras entre ellos.
Reconoció que nunca había mantenido una conversación con una mujer.
Jamás se había peleado ni bromeado con una en tan corto espacio de tiempo.
Y, para su sorpresa, le estaba gustando demasiado.
Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordarla y acabó negando con la cabeza al tiempo que cogía un trapo limpio para comenzar a curar su herida.
Hasta entonces, había pensado que Morag era un problema porque no quería una mujer a su lado.
Pero después de conocerla durante varios días estaba comenzando a disfrutarlo. Y eso no podía ser bueno. Nada bueno.