CAPÍTULO 8 #2
Cuando llegó a la puerta de las cocinas, la abrió de golpe y entró casi sin mirar a ningún lugar.
No obstante, cuando esta se cerró tras ella fue consciente de que no había ningún sirviente y que las únicas personas que había allí eran Gillian y su querido y amado esposo.
Pero lo peor no era que Sloan estuviera allí, sino que se había quitado la camisa y se encontraba semidesnudo, mostrando la fortaleza de su pecho sin un ápice de vergüenza.
Morag resopló e intentó marcharse, pero la voz de la esposa del laird la detuvo.
—¿A ti también te ha tirado un caballo?
La joven la miró enarcando una ceja y sin saber qué responder. Durante un segundo, Morag miró a Sloan, que apartó la mirada hacia sus manos, interesado por el estado de sus uñas. Morag se dio cuenta de que el guerrero le había mentido a Gillian, por lo que no estaba dispuesta a darle la razón.
—¿Eso es lo que te ha contado mi querido esposo?
Sloan gruñó, mostrándole los dientes, y clavó su mirada en ella. Por su parte, Gillian dejó el trapo sobre la mesa y se levantó de la silla.
—Sí, me ha dicho que lo ha tirado un caballo justo cuando tenía la daga en la mano, y se ha cortado.
Morag miró a Sloan con gesto irónico.
—Vaya… una pena que ese caballo no te la haya clavado directamente.
Sloan apoyó las manos sobre las piernas.
—Una pena que a ti no te haya dejado sin dientes, esposa.
Morag sonrió como pudo.
—Incluso sin dientes seguiría teniendo mi increíble encanto…
Gillian se cruzó de brazos y los miró alternativamente.
—¿Rowan ha visto esto?
Sloan puso los ojos en blanco.
—Ya nos ha dado una charla, Comyn, así que haz el favor de dejarnos en paz.
Morag miró a la esposa del laird y le dijo:
—Exacto. Solo venía a preguntar dónde hay algo para curar mi herida.
Gillian sonrió y miró fugazmente a Sloan.
—En esta mesa hay lo que necesitas. Y te va a curar él.
Tanto Morag como Sloan la miraron como si, de repente, le hubieran salido dos cabezas. Y comenzaron a negar.
—No pienso dejar que me cure el labio la misma persona que me lo ha abierto.
—Pues lamento decepcionarte, pero, o lo hace Sloan o esconderé todo lo necesario para curar.
—Prefiero curarme sola.
Gillian negó con la cabeza.
—Os curaréis mutuamente y lo haréis con cuidado.
Con gesto enfadado, Gillian se marchó de allí, dejándolos con la palabra en la boca. En el momento en el que ambos se quedaron solos, intentaron no dirigirse la palabra, ni siquiera se miraban.
Morag estaba deseando que alguien más entrara en las cocinas para evitar esa incomodidad que había surgido cuando Gillian salió por la puerta.
Sin embargo, no escuchaba ni un solo paso en el pasillo que indicara que alguien se aproximaba a las cocinas.
Dejando escapar un largo suspiro, Morag caminó con paso cansado hacia la mesa y se dejó caer en la silla frente a Sloan, intentando ignorar el cuerpo semidesnudo de su esposo.
En ese momento, el guerrero levantó la mirada hacia ella y ambos la sostuvieron durante unos segundos, hasta que Morag se inclinó hacia adelante para tomar entre sus manos uno de los trapos limpios que había sobre la mesa.
Rápidamente, Sloan se lo quitó de las manos, provocando un gruñido de la joven.
—No es la primera herida que me curo. Déjame hacerlo.
—Gillian ha dicho que nos curemos las heridas.
Morag lo miró enarcando una ceja.
—¿Perdona? ¿Ahora quieres curarme? Te ha golpeado muy fuerte ese caballo imaginario…
Sloan intentó ocultar una sonrisa, pero Morag la vio a la perfección, aunque no dijo nada.
—Si lo hago es porque no deseo más problemas ni con Rowan ni con Gillian. Bastante tenemos ya con limpiar la zona de las mazmorras… No sabes cómo está…
—Podríamos negarnos y saltarnos el castigo… No somos niños.
Sloan la miró al tiempo que apoyaba el codo en la mesa y se inclinaba hacia ella.
—Ya has visto lo que ha pasado por saltarnos las normas, como dijiste. Si volvemos a hacerlo, Rowan es capaz de expulsarnos del clan durante un mes…
— ¿Nunca te has saltado una orden?
Sloan frunció el ceño.
—Nunca.
—¿Ni siquiera por alguna mujer del pueblo a la que quisieras ir a ver?
—Nunca he querido ir a ver una mujer del pueblo. Y no, tampoco me he saltado una orden para irme de putas.
Morag sonrió y bajó la cabeza.
—Yo no he dicho nada de eso.
—Pero lo has pensado…
—Tú no sabes lo que pienso…
—Lo intuyo…
Morag arqueó una ceja y resopló al tiempo que extendía la mano para pedirle el trapo.
—Yo me curo lo mío y tú lo tuyo, pero, si quieres, podemos decirle a Gillian que nos hemos curado con mimo y amor.
—No se lo va a creer.
Morag puso los ojos en blanco.
—¿Acaso te hace ilusión curarme?
Sloan se encogió de hombros.
—Tal vez deseo ver tus expresiones de dolor.
La joven lo miró en silencio durante unos segundos.
—Está bien, pero si no lo haces con cuidado, pienso abrir aún más tu herida del costado…
Sloan mojó el paño en el cuenco que había dejado Gillian en el centro de la mesa. No sabía qué contenía exactamente, pero le había explicado que era algo para limpiar la herida. Tenía la impresión de que olía ligeramente a lavanda, pero no lograba adivinar qué era.
El guerrero miró a Morag a los ojos cuando esta inclinó el cuerpo hacia adelante y le mostró el rostro.
Sus ojos grises recorrieron despacio sus facciones, hasta detenerse en la herida del labio.
Era demasiado profunda y tenía la impresión de que había estado a punto de rajarle por completo la boca.
Durante un segundo, sus ojos aprovecharon que Morag se encontraba esperando con la mirada puesta sobre la pared para observarla.
Vio que tenía una mano sobre la rodilla y apretaba con tanta fuerza los dedos que estos se le habían puesto blancos.
Por otro lado, la tensión que desprendía llegaba hasta él, pues Morag estaba tan cerca de él en ese momento que podía olerla.
Su ropa manchada de barro estuvo a punto de sacarle una sonrisa, pero logró esconderla a tiempo para no ser descubierto. Había luchado bien. Nunca lo reconocería, pero lo había hecho realmente bien. Y cuando sintió su cuerpo bajo el suyo y le levantó las manos por encima de la cabeza…
Sloan bajó la mirada y pasó la lengua por sus labios. Se movió ligeramente en la silla para acercarse más a ella y, durante un segundo, se golpeó mentalmente por no haberle hecho caso y que cada uno se curara sus propias heridas.
—¿Qué estás mirando?
La voz de Morag lo sobresaltó y dirigió el acero de sus ojos hacia ella. Descubrió que lo estaba observando, y estuvo a punto de gruñir entre dientes al ser consciente de que había sido sorprendido.
—La herida —dijo al cabo de unos segundos.
Morag entrecerró los ojos.
—La herida la tengo en la cara, no más abajo.
Sloan imitó su gesto.
—Solo miraba que no tuvieras alguna más —mintió, rezando para que sus palabras fueran aceptadas y sonaran creíbles.
Morag lo miró de arriba abajo, retirando al instante la mirada, pues había olvidado su pecho desnudo.
—Mentiroso… —murmuró—. Tú sabes las heridas que me has hecho.
Sloan apoyó el paño en el labio de la joven, que siseó ligeramente. Vio cómo apretaba los puños con fuerza y él mismo tragó saliva, incómodo.
—Solo comprobaba. Nada más. Es una pena no haberte logrado abrir alguna herida con la espada. Habría sido más divertido.
Morag lo miró de reojo con una ceja arqueada mientras el guerrero seguía curándole el labio. Sin embargo, la joven levantó una mano y le tomó la muñeca para apartarla ligeramente y así poder responderle con libertad.
—Si tu hermano no hubiera aparecido, te habría cortado las pelotas.
—Eso si hubieras podido escapar de mí, porque te tenía bien agarrada.
Morag resopló, sin soltarle la muñeca.
—¿A eso lo llamas agarrar bien? De no ser porque tu hermano ha interrumpido, te habría golpeado para liberarme.
Sloan frunció el ceño.
—¿Qué dices? Sabes que yo estaba ganando terreno. No podrías vencerme.
—Llevábamos la misma ventaja, Chattan.
Ambos se sostuvieron la mirada.
—Debe de ser muy duro haber encontrado alguien que por fin te gane en un combate, MacBean —se burló Sloan.
—¿Sí? No lo veo…
—Reconoce que te he golpeado bien.
Morag entornó los ojos con una sonrisa burlona en los labios.
—Soy la primera mujer en abrirte una herida, ¿eh? —le dijo ignorando sus palabras—. Eso debe de ser muy duro para ti.
—Al final te he golpeado en el trasero, MacBean —Sloan se acercó más a ella—. Y no sabes lo que he disfrutado.
—No tanto como yo viéndote gruñir de dolor. Deberíamos repetirlo, Chattan.
Sloan sonrió.
—Cuando quieras.
Morag le devolvió la sonrisa y, durante unos segundos, todo a su alrededor pareció desparecer para ellos.
No escuchaban el sonido de nada más fuera de allí, ni siquiera eran conscientes de que se habían acercado aún más entre ellos sin dejar de mirarse a los ojos.
Morag nunca había dejado que nadie se le acercara tanto, pero con él parecía no darse cuenta de ello.
A veces, sentía que la oscuridad que rezumaba Sloan, además de su fuerza y el acero de sus ojos, la atrapaban en una especie de red de la que no podía escapar.
Inconscientemente, Sloan miró a sus labios.
Aún podía sentir los dedos de la joven atrapando su muñeca y, en lugar de apartarlos de un tirón, sintió que no le molestaban.
Al contrario, ese momento le parecía uno de los más excitantes de su vida.
Sin embargo, rápidamente se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer y se apartó de ella con un carraspeo.
—Para ello debemos dejar pasar un tiempo o Rowan nos volverá a castigar como a niños pequeños.
Morag parpadeó varias veces hasta que fue consciente de que había estado a punto de besarse con Sloan.
Lo había sentido. Se habían quedado a escasos centímetros el uno del otro y había visto claramente las intenciones del guerrero.
Y cuando este se alejó de ella, notó la incomodidad cuando él mismo se dio cuenta de ello.