CAPÍTULO 8
Rowan no dejaba de mirarlos alternativamente desde que los tres entraron en el despacho de este para hablar sobre lo que había sucedido junto al lago.
Pero lo peor no había sido esa mirada, sino las del resto del clan cuando cruzaron el portón y los vieron sangrar, la ropa manchada de barro y la expresión de sus rostros, sabedores de que Rowan les iba a dar la charla de su vida.
—La verdad es que estoy dudando ahora mismo sobre si de verdad merecéis esa espada que cuelga de vuestra cadera. Sinceramente, creo que merecéis más el juguete de un niño recién nacido.
Tanto Sloan como Morag se miraron de reojo y fruncieron el ceño. Ninguno fue capaz de rebatir las palabras del laird, pues ambos sabían que, dijeran lo que dijeran en ese momento, Rowan los iba a amonestar.
El guerrero se apoyó contra la mesa de su despacho y cruzó los brazos a la altura de su pecho.
Por primera vez desde que lo conocía, Morag vio cómo la oscuridad se cernía no solo sobre él, sino también alrededor de ellos e intentaba hacer una lucha contra la que ya desprendía Sloan con su fiero carácter.
Este miraba a su hermano mayor con firmeza, mostrándole que no estaba arrepentido de lo que había hecho.
Por eso, la propia Morag también mostró un rostro orgulloso que hizo arquear una ceja al propio Rowan.
—Tan solo unos días después de vuestra boda y ya habéis intentado mataros en medio del bosque… —comenzó diciendo con un tono que intentó ser calmado.
Morag abrió la boca para replicar, pero el propio Rowan levantó una mano para callarla, provocando una sonrisa en Sloan, que se borró cuando su hermano lo miró de reojo.
—Ha sido culpa de ella —murmuró el segundo al mando del clan.
Morag abrió la boca, atónita ante su acusación.
—¿Qué dices? ¡Estabas de acuerdo con esa pelea!
Sloan se giró hacia ella y la miró con gesto adusto.
—Fue idea tuya ir al lago a luchar para conocernos.
—Esa maldita idea fue de la esposa de tu hermano. Y somos guerreros, por eso debemos conocernos en la lucha.
—Te dije que nos iban a descubrir.
—¡Cobarde!
Rowan los miraba alternativamente en silencio, dejando que contendieran lo que tenían que batallar, pues no iba a dejar que ese comportamiento siguiera entre esas cuatro paredes.
—Una persona que dice la verdad no es un cobarde. Fue tu maldita idea.
—Podrías al menos reconocer que te gustó y que estabas de acuerdo con golpearnos sin piedad. Estabas deseando luchar contra mí.
—Oh, por favor, tú también querías golpearme, MacBean.
—¡Desde el primer día que te conocí! —admitió la joven—. Pero al menos yo no señalo a otros. Admito mis culpas.
Sloan abrió la boca para responder, pero Rowan se puso en pie y gritó:
—¡Ya está bien! Me habéis cansado con vuestra pelea de niños. ¿Os habéis escuchado? Es lo que parecéis: niños peleando por un maldito dulce.
Tanto Morag como Sloan volvieron a girarse hacia el laird y, sincronizadamente, llevaron las manos a la espalda al tiempo que cuadraban sus hombros. Ese gesto no pasó desapercibido a Rowan, que estuvo a punto de esbozar una sonrisa tras comprobar que eran exactamente iguales.
—Me parece que no sois conscientes de lo que habéis hecho.
Estáis casados, por Dios. ¿De verdad pensabais que era una buena idea hacer algo así?
Y después de haberlo comprobado con mis propios ojos, sí, estoy muy de acuerdo con mi esposa en su decisión.
Claro que tenéis que conoceros, pero no en la lucha, sino como personas y como marido y mujer, que es lo que sois, aunque os pese.
Rowan se acercó a ellos y los miró alternativamente.
—Espero que este disparate no vuelva a producirse o tendré que tomar otras medidas y apartaros directamente de los planes del clan.
Sloan abrió los ojos desmesuradamente, mientras que Morag desvió la cabeza hacia otro lado para que Rowan no viera su expresión.
—A partir de este momento, la tregua entre vosotros es inmediata. No volveréis a pelear y os vais a respetar. Por ello, pasaréis tiempo juntos en la zona de las mazmorras para ordenar lo que hay en las diferentes estancias de ese pasillo.
Tanto uno como otro frunció el ceño y rechinó los dientes.
—Preferiría no tener que hacer eso —dijo Sloan en apenas un murmullo iracundo.
—Eso es trabajo de sirvientes —apostilló Morag.
Rowan se encogió de hombros.
—Ahora será el vuestro.
Morag abrió la boca para decir algo más, pero Sloan lanzó un gruñido de rabia y se giró para marcharse, dejándolos solos.
Rowan suspiró y se paró una mano por el rostro, cansado.
—Ya sé que estar casado con alguien a quien consideras un enemigo es lo peor del mundo. A mí me pasó con Gillian, y acabé enamorándome.
Morag dio un paso atrás, como si la hubiera golpeado con sus palabras.
—Hablas de un sentimiento que no está dentro de mí. No voy a enamorarme de tu hermano.
Rowan dejó escapar un suspiro.
—Yo no he dicho eso.
—Lo ibas a acabar insinuando. Y no te lo permitiré.
Rowan arqueó una ceja. Era la primera persona, desde que era laird, que le hablaba de esa manera.
Eso sin contar con Gillian, que se había enfrentado a él desde el primer momento.
Sin embargo, a ella le perdonó cualquier palabra más alta de lo normal porque estaba obsesionado con ella desde el primer momento.
Por ello, podía considerar a Morag la única persona que había tenido el coraje o la sinrazón suficiente como para enfrentarse a él de esa manera.
—Únicamente estoy aquí como muestra de inocencia de los MacBean en la guerra, no es un matrimonio para estrechar lazos ni para hacer amistades. Y mucho menos para enamorarse. Mi misión es descubrir qué está pasando en los clanes. El amor no forma ni ha formado parte de mi vida.
La seguridad con la que la joven pronunció aquellas palabras sorprendió a Rowan.
En sus ojos verdes vio algo extraño, una especie de dolor tatuado en el alma, como si nada ni nadie pudiera curarlo y hacerlo desaparecer.
Esa joven parecía haber pasado un infierno en su vida, pues ella misma consideraba que no tenía la capacidad de amar, y le sorprendió que fuera tan firme en eso.
Y, durante un instante, se vio reflejado en esos mismos ojos.
—Eso pensaba yo antes de conocer a Gillian. El amor es un sentimiento que no podemos manejar a nuestro antojo. Llega cuando menos lo esperas y te enamoras de quien crees que debes odiar.
Morag tragó saliva cuando sintió que una sensación extraña se posaba en su garganta, impidiéndole respirar con normalidad.
—Esa es tu experiencia y tu percepción, pero yo no soy tú, Rowan Chattan. No has estado jamás en mis zapatos ni tienes idea alguna de lo que he vivido.
—En eso tienes razón, Morag. Pero eres demasiado fría y pareces haber sufrido tanto que no puedo evitar asemejarte a Sloan. Todo puede pasar.
—No lo creo —aseguró con firmeza la joven.
Rowan suspiró y dio un paso más hacia ella.
—Poseéis el mismo fuego.
Morag volvió a negar con la cabeza.
—En esto te equivocas. Yo no soy fuego, soy hielo…
Rowan sonrió de lado.
—Todo el mundo tiene un corazón.
Morag sonrió amargamente.
—Sí, pero el mío está lleno de espinas.
El guerrero la miró fijamente antes de añadir:
—Sloan tiene arrestos suficientes como para clavarse todas en las manos para llegar a ti.
Morag apretó los puños. No deseaba tener esa conversación con él. Ni con él ni con nadie. Ella era incapaz de amar, y menos a un Chattan.
—Mis espinas tienen veneno —sentenció antes de girarse y dejarlo solo de nuevo.
Cuando Morag cerró la puerta del despacho tras de sí, se encontraba temblando incontrolablemente.
No le importaba que la reprendieran por lo que había hecho en el lago o por cualquier otro motivo, pero no podía soportar que le hablaran de amor.
Ella no tenía de eso ni en su corazón ni en ninguna otra parte de su cuerpo.
El amor hacía demasiado tiempo que había muerto en su pecho.
Lo había quemado el fuego de otras personas, dejándola con el frío más abrumador que había sentido jamás.
Sabía que nunca más volvería a sentir el calor de un abrazo o un beso.
Nunca volvería a sentirse plenamente segura.
Nunca volvería a dormir tranquila… No obstante, podía lidiar con todo eso.
Sin embargo, con lo que no podía lidiar ni gestionar era con lo que había sentido en el lago.
Durante la pelea, cuando Sloan la había tirado al suelo y le había aprisionado las manos había vuelto a sentir el fuego y el calor que corrían por la sangre del guerrero.
Sloan le había demostrado que tenía algo en su interior que era más que la frialdad o crueldad que podía demostrar.
Y a pesar de los golpes y las malas palabras que se habían dedicado, Morag había logrado sentir algo diferente, algo que no podía explicar, algo que era realmente peligroso y no desearía jamás.
La joven suspiró en mitad del pasillo. Sus pasos resonaban en la soledad de este mientras caminaba sin un rumbo fijo.
No sabía a dónde dirigirse, pero necesitaba ir a algún lugar donde pudiera curarse la herida que le había hecho Sloan en el labio, con la esperanza de que el dolor de la cura lograra hacerle olvidar la conversación que había mantenido con el laird hacía unos segundos.
Por ello, con paso firme, se dirigió hacia las cocinas.
Estaba segura de que allí podrían indicarle dónde tenían paños limpios con los que curar su herida.
En el camino, se encontró con varios sirvientes que la saludaron con respeto, hasta que vieron su rostro y la miraron con los ojos muy abiertos, sorprendidos de su estado.
Sin embargo, Morag siguió caminando hacia el frente, intentando ignorar sus miradas curiosas.