Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

—Deberías planteártelo tú, Chattan —comenzó diciendo—, porque no todo el mundo tiene los cojones que hay que tener para adentrarse en un castillo enemigo sin la protección de un ejército de hombres detrás.

Sloan rugió de rabia y la empujó lejos de él.

—¿Y tú sí los tienes?

—He pasado por cosas peores en mi vida. Fingir ser alguien para internarme entre enemigos es una de las cosas más fáciles que he hecho.

Sloan la miró de arriba abajo y la atacó de nuevo. Se lanzó contra ella con la espada en alto, y solo cuando la joven logró parar varias de sus estocadas, se atrevió a decir:

—Pareces muy segura de que será fácil.

—Prefiero pensar que será fácil antes que difícil. Si no, no lo haría.

Morag se lanzó contra él para evitar seguir hablando y cuando llegó frente a él y bajó la espada para atacarlo, el guerrero se movió rápido y no solo desvió la espada de la joven, sino que logró asestarle un fuerte puñetazo en la cara.

Morag se vio impulsada de nuevo hacia atrás, dejando escapar un gruñido de dolor. El labio comenzó a palpitarle con fuerza y rápidamente sintió la sangre deslizándose por su barbilla. Vio que Sloan sonreía y se golpeó mentalmente por no haber podido descubrir antes su siguiente movimiento.

—Vaya, parece que sangras, MacBean…

Morag se limpió la sangre del labio y volvió a la carga. Corrió hacia él de frente, pero cuando estaba a punto de llegar a él, dio una vuelta sobre sí misma, dejándose llevar hacia la izquierda del guerrero, hizo un arco perfecto con la espada y le abrió un tajo en el costado.

El gruñido de dolor de Sloan rompió el silencio a su alrededor. Morag dio un paso atrás y dejó que mirara la herida. Esta sonreía ampliamente a pesar del dolor de su labio, y le dijo:

—Vaya, parece que sangras, Chattan —le devolvió la joven sus mismas palabras.

Sloan miró la sangre de su mano tras tocar la herida, levantó la mirada hacia ella y, con un rugido de rabia, se lanzó hacia Morag, pero esta vez sin la espada en alto.

De hecho, cuando llegó junto a ella la tiró a un lado, se agachó ligeramente y la aferró con fuerza de la cintura, movimiento que Morag no esperaba en absoluto.

La joven abrió mucho los ojos al ver que Sloan la levantaba del suelo y la empujaba hacia atrás con fuerza. De su garganta se escapó una exclamación de dolor cuando sintió que su cuerpo chocaba irremediablemente contra el suelo y que toda la musculatura de Sloan la aplastaba con su peso.

El guerrero aprovechó el breve momento de confusión y dolor de Morag para aprisionar sus muñecas con fuerza y elevarlas por encima de su cabeza. R ápidamente, bajó la cabeza y le sonrió.

—Vaya, señora Chattan, está usted un poco atrapada.

Morag abrió los ojos y clavó toda su ira en él.

—Mi apellido es MacBean. Jamás seré una Chattan.

Sloan ladeó la cabeza y sonrió al tiempo que recorría su cuerpo con la mirada.

—Da igual cómo quieras apellidarte. Lo importante es que te he vencido en unos minutos.

Morag intentó soltar sus muñecas con todas sus fuerzas, provocando la risa de Sloan, que acercó aún más su rostro.

—No puedes contra mí.

—No estés tan seguro de ello, Chattan.

Lanzando un rugido de rabia, Morag movió con rapidez su cabeza para propinarle un cabezazo al guerrero.

Inmediatamente, de la nariz de este comenzó a salir sangre al tiempo que Sloan lanzaba improperios por el dolor.

Morag lo empujó hacia un lado, pero cuando intentó escapar, la férrea mano de Sloan le atrapó un pie y la arrastró hacia él.

Morag logró asestarle una patada, pero el guerrero no la soltó.

Por ello, la joven giró sobre sí misma y le lanzó un puñetazo.

Al lograr soltarse por fin, Morag rodó hacia un lado e intentó levantarse para correr hacia su espada de nuevo. Sin embargo, Sloan se movió rápido, ignorando el dolor de su nariz y se lanzó contra su espalda, desestabilizándola y haciéndola caer de nuevo contra el suelo.

Morag gruñó cuando su mejilla chocó contra una piedra, y cuando intentó quitarse el peso de Sloan, no pudo, pues este se encontraba sentado sobre su trasero y le había doblado el brazo derecho en un doloroso ángulo.

Al mismo tiempo, había pasado su propio brazo por el cuello de la joven para aferrarle la barbilla y elevarle la cabeza.

—A ver si así puedes volver a darme otro cabezazo, MacBean —le dijo junto al oído.

—Tal vez os apetecería dármelo a mí…

Tanto uno como otro abrió los ojos desmesuradamente.

Rápidamente, Sloan soltó a Morag y se puso en pie, ayudando incluso a la joven a que lo hiciera.

Sin embargo, esta enseguida le apartó las manos.

Se giraron hacia un lado, donde la voz de Rowan se había escuchado suavemente, pero con un tono peligroso que claramente mostraba su enfado, y lo vieron de brazos cruzados mirándolos con ojos acusadores.

—Rowan, esto no es lo que parece… —comenzó diciendo Sloan.

El aludido arqueó una ceja.

—¿Y qué es lo que parece?

—Que nos estábamos matando…

El laird se aproximó a ellos mientras Morag intentaba detener la sangre de su labio. Sloan hacía lo propio con su nariz y ambos se miraron entre ellos durante apenas un segundo, sabiendo que se habían metido en un buen lío.

—¿Y no es eso lo que estabais haciendo? Porque si no es así, voy a empezar a pensar que sois imbéciles.

Morag carraspeó y dio un paso al frente.

—Hemos hecho esto para conocernos.

Los pasos de Rowan se detuvieron de golpe y clavó su mirada en Morag, que se sintió incómoda.

—No estoy seguro de querer seguir escuchándoos, porque a cada palabra que sale de vuestra boca, más me reafirmo en que sois imbéciles. ¿Desde cuándo dos personas se pelean de esa manera para conocerse?

Sloan carraspeó y bajó la mano, pues la sangre de su nariz estaba comenzando a menguar.

—Tu esposa nos ha obligado a conocernos para que todo salga bien en tierras Gunn. Por ello, lo mejor para que dos guerreros se conozcan es luchar.

Rowan miró a un lado y a otro del lago y sintió un escalofrío. No le gustaba que nadie de su familia estuviera fuera de los muros sin protección alguna, y menos en ese estado.

—Este no es lugar para hablar. Vamos a mi despacho.

Morag intentó detenerlo.

—Solo ha sido una pelea sin importancia.

—¡A mi despacho, ya!