Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Sloan entrecerró los ojos y se acercó peligrosamente a ella. Sin embargo, Morag se mantuvo en el sitio y elevó el mentón con orgullo, retándolo a que le llevara la contraria, incluso para que se atreviera a comenzar la pelea en ese preciso momento.

El guerrero se quedó quieto a solo unos centímetros de ella.

La miró a los ojos y descubrió pequeñas motas marrones que salpicaban las esmeraldas de sus ojos.

Por otro lado, las pecas que surcaban su rostro también parecieron retarlo, provocando que algo extraño dentro de él despertara y, de repente, sintiera unas ansias incontrolables de besarla para borrar de su rostro esa expresión.

—No estés tan segura de ti misma, MacBean. Pienso aprovechar la oportunidad para azotar tu trasero tan fuerte que tendrás la marca lo que queda de año.

Morag sonrió de lado y, aunque su mente le gritaba una y otra vez que se apartara de él para evitar verse envuelta en su olor, siguió retándolo con la diversión dibujada en sus ojos.

Se dijo que, a pesar de que odiaba ese matrimonio, tal vez podría darse la oportunidad de disfrutar a costa de enfurecer al guerrero.

—No te vengas tan arriba, Chattan, porque golpearé tus pelotas tan fuerte que parecerán cascabeles.

Sloan resopló y dio un paso atrás.

—¿Nunca te han enseñado modales?

Morag se encogió de hombros, restándole importancia.

—Mi madre lo intentó, pero la vida me obligó a olvidarlos.

La joven lo rodeó para irse hacia la cama y acostarse de una vez por todas.

Tenía que descansar para estar totalmente despierta y atenta al día siguiente durante la pelea contra Sloan.

Este la recorrió con la mirada y Morag sintió sobre ella su mirada.

Por ello, sonrió ampliamente justo cuando llegó junto a la cama y cogió el camisón entre sus manos.

Mirándolo por encima de su hombro, le espetó:

—¡No me mires el culo, Chattan, que ya sé que lo tengo perfecto!

Sloan dio gracias por que la joven estuviera de espaldas y no viera su sobresalto.

¿Cómo era posible que se hubiera dado cuenta de que le estaba mirando el trasero?

Durante unos instantes, había perdido el juicio y se había dicho a sí mismo que nunca había visto un trasero tan bien formado como el suyo.

Por Dios bendito, ¿en qué momento pensó que su enemiga, aquella mujer a la que tanto odiaba, tenía un trasero perfecto?

Sloan resopló y negó repetidas veces con la cabeza.

Rodeó la cama sin mirarla y se dispuso a terminar de lavarse y acostarse.

No quería volver a cruzar ni una sola palabra con ella.

Odiaba su orgullo y su lengua malhablada y viperina, pero por Dios que no podía negar que esa muchacha había provocado que su vida tuviera algo de acción e interés, aunque prefería morir antes que reconocer eso.

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Al día siguiente, ambos se levantaron al amanecer con la intención de marchar cuanto antes al lago a pelear.

Aunque intentaba fingir lo contrario, Morag realmente se sentía ligeramente nerviosa.

Había deseado ese momento desde el primer instante en el que Sloan se cruzó en su camino durante la primera reunión a la que ella asistió y habían intercambiado algunas palabras.

En ese momento, le daba la espalda a Sloan, que resoplaba a ratos, provocándole una sonrisa de autosuficiencia.

Y mientras uno y otro se vestían, metidos en sus propios pensamientos, ninguno tenía el valor de dirigirle la palabra al otro. Cada uno pensaba en la forma más humillante de hacer morder el polvo al otro, pues ninguno estaba dispuesto a dejarse vencer.

Morag se levantó de la cama al mismo tiempo que lo hizo Sloan para colgarse la espada en la cadera. Y, sincronizándose, se dirigieron a la puerta al mismo tiempo. El guerrero resopló y renegó entre dientes, dejándola pasar primero, aunque Morag lo miró por encima de su hombro.

—Puedes estar tranquila, MacBean, aún no voy a darte con mi espada en el trasero —murmuró entre dientes.

Morag sonrió y dirigió su mirada hacia el frente mientras bajaba por las escaleras.

—Más quisieras tú tocar mi culo, aunque sea con una espada…

Sloan la paró en mitad de las escaleras y la aprisionó contra la balaustrada. La joven lo encaró con seriedad y esperó a que dijera algo:

—MacBean, si yo tocara tu querido trasero con mis expertas manos, ibas a acabar suplicando para que jamás dejara de hacerlo.

Morag arqueó una ceja y lo miró de arriba abajo.

Estaba tan cerca que podía ver con claridad el acero de sus ojos, lo podía oler y casi impregnarse de la oscuridad que rezumaba por cada poro de su piel.

Porque Sloan Chattan no solo era fachada que mostraba ante todos, era lo más parecido a un lobo con el que se había encontrado nunca.

No era un hombre como los que se habían cruzado en su camino cuando la apresaron con diez años.

Era muy diferente. A pesar de todo, la había tratado con respeto.

Con odio, sí, pero con sumo respeto. Y eso era algo que Morag había valorado desde que revivió en el clan MacBean.

Y ella siempre deseaba el peligro que trasmitía un lobo como él, pues lograba hacer que las partes muertas de su alma revivieran momentáneamente.

—Lo que suplicaría sería una palangana para vomitar, Chattan —le dijo acercando sus labios a los del guerrero.

Era la primera vez en su vida que se atrevía a acortar la distancia con un hombre.

Siempre los había rechazado y repudiado.

Ninguno, aunque le mostrara respeto, la habían logrado incitar a acercarse de semejante manera, pues era un simple gesto que siempre le había provocado asco y miedo.

Sin embargo, con él no le ocurría. Cuando él se acercaba no notaba ese asco que pensó en un primer momento, por lo que no le importaba ser ella quien acortara la distancia con él.

—Tal vez seas tú quien acabe suplicando por mí… —susurró tan cerca de sus labios que llegó a rozarlos sin querer.

En ese momento, un ruido procedente del pasillo, cerca de ellos, sobresaltó a Morag, que intentó apartarse, pero Sloan la retuvo unos segundos más a pesar de su negativa.

Acortando la distancia con ella, notó su tensión y sonrió contra su oreja.

Morag sintió el aliento del guerrero contra la piel de su cuello, y estuvo a punto de renegar cuando su cuerpo la traicionó y se erizó el vello de su piel.

—No estoy hecho para arrodillarme y suplicar. Estoy hecho para vencer.

—¿Todo bien?

La voz de Rowan los sobresaltó a los dos. Rápidamente, como movido por un resorte, Sloan se alejó de Morag y carraspeó, incómodo, al ver la mirada de curiosidad que mostraba su hermano tras haberlos visto demasiado unidos en mitad de las escaleras.

Morag necesitó respirar hondo para recomponer los nervios que se habían instalado en su estómago después de sentirlo tan cerca de ella. Había logrado exaltar cada centímetro de su piel y lo odiaba por ello.

Se limitó a asentir brevemente mientras Rowan los observaba. A su lado, Sloan llevó las manos a la espalda con tranquilidad y comenzó a descender nuevamente por las escaleras. Si el guerrero pretendía desestabilizarla antes de su pelea, lo había conseguido. Y maldito fuera por ello.

Morag se obligó a descender también las escaleras y miró a Rowan intentando aparentar normalidad.

—Claro que sí, hermano —dijo Sloan—. Todo bien. ¿Qué haces levantado tan temprano?

Rowan frunció el ceño ante la fugaz amabilidad y tranquilidad de Sloan. Sin embargo, se dijo que era mejor no intervenir.

—Tenía que hacer algo que no me dio tiempo anoche. ¿Venís a desayunar?

Sloan carraspeó, incómodo.

—No, mejor después.

Sin embargo, su hermano insistió.

—Venga. Por lo que me han dicho, los demás están también levantados ya.

Y aunque Morag miró a Sloan para que volviera a negarse, este acabó asintiendo y siguiendo a Rowan hacia el salón para desayunar. Finalmente, la joven rodó los ojos mientras los seguía también.

—Gillian me acaba de comentar que vais a esperar una semana para marchar hacia tierras Gunn —fue lo primero que dijo Amelia después de que todos estuvieran sentados.

—Tu nuera no me ha dado muchas opciones —fue la respuesta de Morag.

—Eres muy directa —respondió la aludida.

Morag miró a Gillian de reojo.

—De nada vale callarse lo que uno piensa…

La joven pensó que la respuesta vendría de la esposa del laird, pero fue del propio Sloan.

—A veces no pasa nada por hacerlo.

Morag clavó su mirada en él por encima de la cuchara que estaba a punto de llevar a su boca.

—De ahí las enfermedades… —respondió antes de degustar la avena.

Kester y Arran se miraron entre sí y sonrieron, aunque prefirieron callarse un comentario, pues la tensión entre Morag y Sloan era más que evidente.

—Pienso que de nada sirve esperar a marcharnos. El plan puede salir igual de bien o mal tanto si nos conocemos como si no.

—Así que el motivo por el que no os marcháis ya es porque tenéis que conoceros… —señaló Alasdair, sorprendido.

—Mi querida cuñada Gillian ha decidido que es mejor hacernos perder el tiempo —apuntó Sloan.

Amelia sonrió e intentó calmar los ánimos.

—Bueno, tal vez tenga razón. Si vais a ir a una misión juntos no podéis ir con ese odio entre vosotros porque acabaréis muertos; si no por el enemigo, por vosotros mismos. Debéis conoceros y calmar las aguas.

Arran lanzó una carcajada y miró a Morag y Sloan alternativamente.

—La mejor manera para conocerse es en el catre.

Sloan entornó los ojos.

—Da gracias a que está madre delante. Si no, te partiría la boca.

—Mira… en eso estamos de acuerdo —murmuró Morag dándole la razón a Sloan.

—Por algo se empieza —dijo Gillian con una sonrisa.

Morag intentó no dirigir los ojos hacia ella, pues la mirada que le habría dirigido no sería especialmente amigable. Por ello, llevó sus ojos hacia su plato y dejó que la conversación tomara otro camino.

—¿Alguien sabe algo de los Ross? —preguntó Amelia.