CAPÍTULO 7
Antes de que Sloan regresara al castillo después de terminar el entrenamiento ligero de esa noche, Morag se dirigió hacia el dormitorio.
Estaba realmente enfadada por el retraso en el viaje.
Tenía la esperanza de que cuanto antes se marchara y descubriera quién era el culpable, antes podría romper el matrimonio y regresar a su hogar.
Ni ella deseaba estar en ese castillo, ni Sloan la quería a su lado. Por eso, cuanto antes se fuera, mejor.
En el momento en el que llegó a la habitación, Morag dejó escapar un rugido contenido hasta entonces.
De la misma forma que Gillian la había tratado con respeto, Morag había decidido devolvérselo, pero no estaba de acuerdo con esa idea de esperar.
¿De verdad pensaban que durante esa semana Sloan y ella iban a enterrar el hacha de guerra?
Morag seguía pensando que, aunque no se conocieran, la misión podría salir igualmente bien.
Y lo peor de todo era que ahora le tocaba a ella mantener una conversación con el guerrero para comunicárselo.
La joven renegó entre dientes. No quería hablar con él, pues sabía que no era la mejor conversadora de ese momento.
Morag caminó de un lado a otro del dormitorio, pensando en las diferentes formas de comunicarle a Sloan la decisión de Gillian, pero ninguna le gustaba demasiado porque implicaba mantener una conversación con él.
La joven acabó gruñendo para sí y se quedó parada junto a la ventana, desde donde apenas podía ver los movimientos del patio debido a la oscuridad.
Su vista se alzó más allá y deseó ver de nuevo su castillo.
Se preguntó si Nathan ya sabría que ella se había casado con Sloan y quiso saber qué pensaba de eso.
Morag suspiró y se llevó las manos a las sienes.
Las masajeó lentamente e intentó no pensar en nada durante unos segundos.
Su vida había cambiado tanto en tan poco tiempo que no había tenido ni un solo instante en el que intentar comprender lo que había sucedido.
Sabía que su cuerpo había vuelto a entrar en modo supervivencia.
Ya no vivía tranquila en su hogar, rodeada de personas que la respetaban y la amaban.
Ahora estaba entre los que había considero enemigos desde hacía años.
Y aunque intentaran mostrarle amabilidad, sentía que no podía fiarse del todo.
La vida le había enseñado a base de golpes y siempre le costaba cambiar, a pesar de que Gillian le había pedido que dejara sus diferencias con Sloan a un lado para intentar que la convivencia fuera más tranquila.
Morag apretó los puños. Esos cambios nunca le habían gustado.
Le recordaban a lo que le sucedió con diez años y, por ello, siempre le costaba aceptarlos.
Pero sabía que tenía que cambiar y no mostrarse tan tensa.
Durante unos minutos, se repitió que debía relajarse y que tenía que cambiar su visión sobre los Chattan.
Si Gillian había podido hacerlo, ella también.
—No tengas miedo, Morag —dijo entre dientes para sí—. Entierra ese sentimiento de una maldita vez…
Pero no podía. Era el sentimiento más arraigado en su interior.
Desde que era pequeña y sus padres habían muerto, había sentido tal pavor en su vida que no era capaz de quitárselo a pesar del paso del tiempo y de la seguridad que le ofrecía el castillo MacBean.
De hecho, había sido el miedo quien la había obligado a seguir adelante, a dejar el juicio a un lado y mostrarse completamente enloquecida en algunas ocasiones.
Morag sabía que no tenía término medio, pero tenía que encontrarlo si quería seguir viviendo en un mundo de locos.
Morag se sobresaltó cuando la puerta se abrió.
Estaba tan metida en sus pensamientos que no había escuchado el golpeteo de las botas de Sloan dirigiéndose al dormitorio.
El guerrero le dedicó una simple mirada al entrar y después se dirigió hacia la chimenea, ignorándola por completo y sin dirigirle la palabra.
Morag apretó los labios y miró de nuevo por la ventana.
Recordó la conversación mantenida con Gillian y la petición de esta para que cediera.
Odiaba tener que ser ella la que diera el primer paso para un acercamiento, pero cuanto antes lo hiciera, tal vez antes podría volver a su vida.
Morag respiró hondo y se armó de valor para girarse hacia Sloan y carraspear antes de hablar.
El guerrero tan solo giró levemente la cabeza y la miró por encima de su hombro, gesto que enfureció a Morag y estuvo a punto de dar marcha atrás con su intención. Pero se obligó de nuevo:
—No nos marcharemos a tierras Gunn hasta dentro de una semana.
Entonces sí, Sloan se giró por completo hacia ella. En su rostro había una expresión de incredulidad y sorpresa, pero la joven se limitó a encogerse de hombros.
—¿Por qué?
—Gentileza de tu cuñada favorita…
Sloan gruñó y se dirigió hacia la jofaina para echar agua y lavarse.
—Esa Comyn me la tiene jurada.
—Y ahora también a mí porque me obliga a conocerte.
La mano de Sloan, que estaba llenando la palangana, se quedó completamente quieta y la miró por encima del hombro.
—¿A conocerme? ¿A qué te refieres? Ya nos conocemos.
Morag se cruzó de brazos y se adelantó para mirarlo a la cara.
Se apoyó contra la puerta de la habitación y observó cómo se quitaba la camisa para lavarse.
Rápidamente, Morag se obligó a mirar hacia otro lado, pero sus ojos la traicionaron cuando se elevaron hacia el amplio y musculoso pecho de Sloan.
Necesitó tragar saliva antes de responder:
—A que Gillian piensa que, si vamos a ir a una misión juntos, debemos prepararnos y conocernos, así sabremos los puntos fuertes y débiles de cada uno.
—Yo no tengo puntos débiles —respondió Sloan rápidamente mientras comenzaba a lavarse.
Morag arqueó una ceja y esbozó una sonrisa.
—Y, por lo que veo, ego tampoco… —dijo ella con tono irónico.
Sloan la miró de reojo con mala cara.
—Yo conozco un punto débil tuyo, y es que eres un maldito incordio —le respondió a su vez.
Morag se acercó a él lentamente, quedándose a escasos centímetros de la mesa donde el guerrero se estaba lavando.
—Y tú un gilipollas.
Sloan dejó el agua y se acercó a ella lentamente, ignorando las gotas que caían al suelo y lo mojaban.
Morag podría haberse alejado de él, pero su cuerpo se quedó quieto ante la visión del pecho desnudo.
Hasta entonces, cualquier cuerpo desnudo de un hombre le había provocado ansiedad y asco, pero, no sabía por qué el de Sloan llamaba poderosamente su atención.
Aunque era su enemigo, lo encontraba casi perfecto, muy protector…
un lugar donde sentirse segura. Y no le gustaba.
No quería depender de nadie para sentirse segura y, aun así, sabía que su niña herida necesitaba algo así.
Sloan apoyó una mano sobre la pared, justo al lado de la cabeza de Morag. Su cuerpo mojado rozó la ropa de la joven, pero esa no se inmutó, sino que mantuvo el mentón altivo y los ojos clavados en él.
—Voy a amargarte lo que queda de año.
Morag arqueó una ceja y dejó escapar una risa irónica.
—Tranquilo, ya estoy amargada. No creo que pueda estarlo más.
—No te soporto…
Sloan intentó marcharse para seguir lavándose, pero Morag se recordó de nuevo aquella conversación con Gillian y, chasqueando la lengua, alargó una mano para agarrar su brazo.
Al instante, sintió una corriente entre sus dedos, pero se obligó a dejar la mano donde estaba.
Sloan miró allá donde su piel podía sentir el calor de los dedos de Morag y, después, levantó la mirada hacia ella lentamente.
—Tu cuñada tal vez tenga razón y debemos conocernos.
Sloan frunció el ceño.
—A qué te refieres.
Morag tragó saliva.
—A que quiero saber si eres un buen guerrero con el que poder contar si la cosa se pone fea.
Sloan resopló y se soltó de su mano, indignado.
—Soy uno de los mejores del clan.
—Esas son tus palabras, Chattan, pero yo no te he visto luchar.
—¡Pero si estabas observando el entrenamiento de hace un rato!
Morag hizo un gesto gracioso al tiempo que resoplaba.
—Eso era una mierda, Chattan. Yo hablo de un combate de verdad, donde te golpeas y hieres de verdad.
—No tengo que demostrarte nada.
Morag suspiró y se alejó de él unos pasos.
—Está bien. Le pediré a Rowan que sea Kester quien me acompañe.
Sloan se acercó a ella nuevamente y la aferró del brazo para aproximarla a él.
—Ni se te ocurra. Soy yo quien irá contigo al castillo Gunn, aunque no me queráis contar aún cuál es el maldito plan.
—Pues entonces debemos conocernos un poco. ¿No crees?
Sloan la soltó y se cruzó de brazos. Su pecho brilló cuando la luz del fuego le dio de lleno en la piel y Morag tuvo que desviar la mirada.
—¿Qué propones, incordio?
—Un combate entre tú y yo. Sin piedad.
Sloan arqueó ambas cejas, sorprendido.
—Rowan lo va a parar antes de que podamos darnos el primer puñetazo. No consentirá que nos golpeemos. Ya le pasó a Cora y Alasdair, y su castigo fue más una humillación que un escarmiento.
—Pues lo haremos fuera del castillo…
—Van a sospechar si nos ven salir.
Morag puso los ojos en blanco y dio un paso atrás.
—No haces más que poner trabas a lo que te digo, Chattan. Saltémonos las normas por un día, por Dios, que no te vas a morir por hacerlo… Diremos que vamos a pasear.
Sloan resopló.
—Eso no es creíble con nosotros. No somos un matrimonio enamorado.
—Sí, teniendo en cuenta que necesito conocer estas tierras lo que queda de año. Y lo de que no estás enamorado de mí no lo digas tan alto. Podrías acabar rendido a mis pies…
Morag le guiñó un ojo y le sonrió al tiempo que el rostro de Sloan se enrojecía de rabia.
—Está bien —acabó diciendo el guerrero entre dientes—. Hay un lago cerca, así que iremos ahí.
—A primera hora —le indicó Morag con media sonrisa mirándolo de arriba abajo—. Es una hora perfecta para hacerte morder el polvo, querido esposo.