Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Durante todos esos días había sido realmente insoportable tener que estar a su lado, aguantarlo en todo momento y no poder ir a donde ella deseara.

Y desde que se había enterado de que Alasdair iba a casarse, mucho peor.

Quería que se marchara del castillo y se fuera a la casa que el antiguo laird Chattan, es decir, su padre, le había regalado a Alasdair para su cumpleaños.

Siempre había dicho que el guerrero era como un hijo más, por lo que en esas celebraciones también lo incluía en sus regalos, algo que ella odiaba.

En realidad, lo odiaba todo de él. Y cada vez lo soportaba menos.

Era realmente un incordio tenerlo cerca de ella, aguantar sus resoplos, sus gruñidos, sus malos gestos, pero, sobre todo, los recuerdos que acudían a su mente.

Por eso, ese día se dijo que iba a engañarlo para intentar estar unos momentos a solas, sin su presencia y poder hablar tranquilamente con un amigo de verdad, alguien que sí la escuchaba cuando hablaba y que se había mantenido fiel a su amistad desde hacía muchos años: Nic.

Tras salir a hurtadillas del castillo y rezando mentalmente para que ninguno de sus hermanos los vieran atravesar la muralla, Nic y ella se alejaron hasta el lago cercano al castillo.

Estaban realmente cerca de allí, por lo que, si alguien los atacaba, podrían pedir ayuda fácilmente, así que no se estaba arriesgando demasiado.

—Como el laird nos descubra aquí, me van a cortar las pelotas, Cora —le dijo Nic al tiempo que miraba de un lado a otro para comprobar que estaban solos y no corrían peligro.

—Hemos tomado muchas precauciones para salir, Nic —respondió la joven—. Ni Alasdair ni nadie sabe que estamos aquí.

—¿Y si tu guardaespaldas se da cuenta de que no estás en tu dormitorio cuando vaya a buscarte?

—Pues que pierda el tiempo buscándome por todo el castillo.

Nic se carcajeó.

—De verdad que no entiendo qué demonios te pasa con Mackay. Salvo por su gesto serio, es un buen guerrero que siempre está dispuesto a ayudar a tu familia.

—No lo soporto. Ya está. Todos lo tratan como un hermano, pero no lleva mi sangre para tratarlo como tal. Ni siquiera es de nuestro clan. Es un Mackay, no un Chattan.

—Entre las filas de tu hermano los hay que pertenecieron a otro clan y fueron aceptados por tu padre.

—Sí, pero mi padre no le dedicó un hueco en su mesa como si fuera un hijo.

El tono cada vez más alto de la joven provocó que Nic levantara las manos en señal de paz, y solo en ese instante Cora se dio cuenta de que estaba dejándose llevar por el odio.

—Creo que es mejor dejar ese tema a un lado, Nic. No quiero hablar de Alasdair ahora que puedo estar unos minutos sin él.

Nic sonrió y se acercó a ella. El día había amanecido ligeramente lluvioso.

Sobre ellos, el cielo gris había amenazado con descargar su ira y solo comenzó a llover cuando salieron por el portón.

A pesar del tiempo, el viento del norte les había dado una tregua y podían disfrutar de un día tranquilo en ese sentido, pero Nic estaba seguro de que podría cambiar en cualquier momento.

Limpiándose una gota del rostro, miró a Cora.

Llevaba enamorado de ella desde que era tan solo un niño y la veía correr de un lado a otro con una espada de madera entre sus manos.

Y logró conquistarlo por completo cuando lo defendió de unos niños que eran mayores que él y que querían pegarle.

Se enfrentó a ellos y, aunque acabó dando con sus huesos sobre el barro, aquella salvaje pelirroja se levantó con la ropa manchada y siguió vociferando que, si volvían a meterse con él, se enfrentarían al clan entero.

Nic levantó una mano y acarició la mejilla de Cora.

La joven se dejó querer por él. Lo quería muchísimo desde que tenía uso de razón.

Habían sido muy amigos desde entonces y apenas se habían separado, pero desde que su madre había contado lo de su profecía y le habían impuesto la compañía de Alasdair, apenas había podido hablar con él.

—Hay algo que te ocurre desde hace tiempo, pero no sé qué es… —le dijo el guerrero.

Cora suspiró y lo abrazó, apoyando la cabeza en su hombro.

Nadie más que ella sabía el peso que llevaba sobre sus hombros.

Desde que había descubierto lo de la profecía sentía que aquella guerra, y todas sus muertes, eran culpa suya.

Pensaba que nadie debía haber muerto por una nimiedad como aquella.

Y lo peor de todo era que no podía hacer nada, pero tampoco contarlo.

Deseaba poder decirle a Nic lo que pasaba por su mente, pero era algo familiar y nadie más podía saberlo, al menos de momento.

—Aún me duele la muerte de mi padre —le dijo una media verdad—. No puedo dejar de pensar en que estaría vivo de no ser por esta maldita guerra entre clanes.

Nic la rodeó con los brazos y apoyó la barbilla en su cabeza mientras miraba hacia el horizonte.

—Supongo que es un dolor que tarda mucho en desaparecer, pero debes centrarte en lo que te hace feliz.

—¿Consideras que estar todo el día acompañada me hace feliz? Creo que estoy perdiendo el juicio, Nic. Si digo tonterías sin sentido, quiero que me lo digas.

El guerrero rio y se apartó de ella.

—Eres una exagerada. Sigues siendo la misma.

Cora suspiró y levantó una mano para acariciar con cariño el brazo de Nic, sin embargo, una voz cercana la sobresaltó:

—Si lo deseáis, puedo traeros unas velas y unos trozos de pan para que paséis el día en completa felicidad.

Nic dio un paso atrás para alejarse de Cora y cerró los ojos un instante. Lo sabía. Sabía que iban a descubrirlos y rechinó los dientes. Estaba metido en problemas.

—Pues sí, podrías dejarnos solos, Mackay… —dijo Cora con gesto iracundo al ver que Alasdair se acercaba lentamente a ellos sin apartar la mirada enrabietada de Nic.

—O bien puedo partirte la cara, Nicolas, por haber sacado del castillo a mi protegida.

—Hablas de Cora como si fuera una niña, Mackay —respondió el aludido—, pero olvidas que es una gran guerrera y que puede defenderse ella misma si así lo desea.

—¿Te atreves a responderme?

Nic dio un paso hacia él, dispuesto a pelear si así lo deseaba.

—Me atrevo a lo que haga falta, Mackay, para defender a mi amiga. Ella no desea estar contigo.

—Son órdenes de su hermano. Yo tampoco deseo estar con ella.

—¡Pues lárgate! —exclamó la joven—. Ninguno de nosotros quiere respirar el aire del otro. Déjame en paz.

Solo entonces, la atención de Alasdair se dirigió completamente hacia ella. Sus ojos azules relampaguearon de nuevo tras haberlos visto abrazados, y no pudo evitar rechinar los dientes y apretar los puños.

—¿Eres consciente de que te estás jugando la vida aquí fuera por un par de arrumacos con Nicolas?

Cora se acercó a él con el rostro rojizo por la vergüenza.

—Debería darte igual con quién me abrazo. No tengo que darte explicaciones.

Alasdair se acercó más a ella, quedándose a solo un metro de distancia.

—Soy tu protector desde que tu hermano así lo decidió, así que sí me importa dónde te encuentras en cada momento. Mi deber es seguirte allá donde vayas.

—Si estás cerca, no puedo hablar tranquilamente con Nic.

Alasdair miró al guerrero de reojo.

—Tampoco te pierdes tanto…

Nic se adelantó para responderle, pero Alasdair clavó su mirada azul en él y le dijo:

—Déjame a solas con ella ahora mismo o acabaré por contarle a Rowan que has sacado a su hermana del castillo.

—¡No me ha sacado nadie! —exclamó Cora, pero Alasdair la ignoró.

—Vete ahora o tendrás muchos problemas…

Nic dudó un instante, pero a una mirada de Cora, acabó asintiendo y se marchó de allí rápidamente, dejándolos solos. En el momento en el que Nic se perdió y Alasdair supo que no los escucharía, se giró hacia Cora y clavó su mirada en ella. La joven elevó el mentón con orgullo y se cruzó de brazos.

—No sé cómo pretendes que no te trate como una niña si te comportas como tal.

Aquel golpe bajo para Cora provocó que diera un paso hacia atrás. Rápidamente, sintió que se le hacía un nudo en la garganta y que las lágrimas amenazaban con acudir a sus ojos, pero logró contenerse y mantener la compostura.

—No me comporto como una niña. Estoy harta de que sigáis pensando que no soy capaz de protegerme a mí misma. Mi padre me entrenó hace años y he demostrado que soy buena luchadora. Eres tú quien sigue pensando que aún tengo doce años.

Alasdair apretó los puños, gesto que no pasó desapercibido a Cora, que resopló.

—Pero, claro, tú siempre me verás como una niña pequeña. Ni enfrentándome yo sola a mil ejércitos lograrías verme como la mujer que soy. Tal vez es más mujer esa Ross con la que te vas a casar. Deberías estar preparando tu boda…

Alasdair arqueó una ceja.

—Así que es eso lo que te pasa… Te molesta que me case…

Cora resopló.

—Tu vida me importa bastante poco.

—Pues a mí la tuya sí me importa porque si mueres bajo mi protección, tu hermano podría expulsarme del castillo.

—Tal vez es lo que busco.

Alasdair se acercó a ella rápidamente y clavó sus ojos azules en sus esmeraldas.

—Tal vez es lo que jamás vas a conseguir. No pienso despegarme de ti, ni pienso perderte de vista. Voy a ser tu maldita sombra mientras dure esta guerra. Y, te guste o no, tendrás que soportarme.

A medida que hablaba, el propio Alasdair no se había dado cuenta de que se había acercado demasiado a Cora.

Tanto que su nariz rozó la de la joven. Estaban a solo unos centímetros de distancia y ni uno ni otro quiso moverse.

Los ojos del guerrero lo traicionaron y se dirigieron hacia la boca de Cora, que mostraba un gracioso mohín enfadado.

Y cuando fue consciente de que había perdido el juicio, se alejó de ella y, sin mirarla, le ordenó:

—Vuelve ahora mismo al castillo o tendré que pedirle a Rowan que no te deje salir ni al patio a entrenar…

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Justo antes del anochecer de ese mismo día, Gillian buscó a Morag por todo el castillo. Apenas la había visto durante el día y las dos veces que habían estado juntas comiendo no había podido hablar con ella sobre su marcha del castillo.

Por ello, cuando por fin el día estaba a punto de finalizar y sabía que Morag había estado preparando alforjas para su marcha, Gillian se dijo que debía frenarla en seco durante unos días mientras Sloan y ella se conocían algo más.

La encontró en la salida del castillo, viendo cómo los guerreros hacían un pequeño entrenamiento antes de marcharse a dormir.

—Estos días has estado ocupada y apenas hemos podido hablar… —comenzó Gillian cuando la vio apoyada en la jamba de la ventana.

Morag se giró hacia ella. Había esperado que nadie la molestara, pues se había pasado todo el día rodeada de gente y aún no se sentía realmente cómoda entre ellos.

—He estado muy ocupada pensando en lo que tengo que hacer en el castillo Gunn.

—No voy a preguntarte sobre eso porque ya me dijo Rowan que no queréis que sepamos nada, pero voy a serte clara y directa sobre algo que sí sé.

Morag arqueó una ceja. Aunque Gillian siempre se mostraba atenta y respetuosa con ella, a la joven le estaba costando mucho no verla como una enemiga. Sin embargo, esperó a que hablara nuevamente.

—Le he pedido a Rowan una semana para que os marchéis.

La expresión de Morag cambió radicalmente, pasando de curiosa a iracunda en un par de segundos.

—¿Perdona? ¿Por qué? No hay motivo alguno para esperar tanto.

—De hecho, hay dos motivos, Morag. Uno de ellos es que aún no tienes todas tus cosas en el castillo y, si te vas ya, llegarán cuando tú no estés.

—No es un motivo de peso.

Gillian se cruzó de brazos y elevó el mentón.

—El segundo motivo sí lo tiene… Sloan y tú acabáis de casaros y apenas os conocéis.

Morag entornó los ojos y se cruzó de brazos.

—No entiendo a dónde quieres llegar exactamente.

—A que para que una misión como esa funcione, los dos guerreros que vayan a ella deben conocerse para saber sus puntos débiles y fuertes, así como intentar adivinar cuál va a ser el siguiente movimiento sin que ni uno ni otro diga nada.

—¿Me estás pidiendo que pase más tiempo con Sloan del que soy capaz de soportar?

—Es que es algo que tenéis que hacer, Morag. ¿De verdad crees que la misión va a salir bien si entre los dos os seguís considerando enemigos?

Morag prefirió no responder a esa cuestión.

—Pienso que dos personas que se conocen bien sabrán proteger al otro y luchar junto a él. Si os odiáis, al final uno de vosotros dejará atrás al otro. Y no queremos que nadie muera.

—Me pides un imposible.

—Yo lo hice con Rowan. Ya te conté que cambié mi forma de pensar respecto a él. Si yo lo hice, tú también puedes.

—Lo veo imposible.

—No lo es —insistió Gillian—. Yo tampoco querría estar con Sloan más tiempo del necesario, pero si la misión lo requiere, lo haría. De hecho, le debo mi vida y aún no se la he pagado…

La esposa del laird sonrió.

—Solo una semana, Morag. Tan solo debéis esperar una semana y podréis marchar. Conoceos bien y deja de verlo como a un enemigo. Ya no lo es…

Morag tragó saliva y miró de nuevo hacia el patio sembrado de guerreros en sus últimos momentos de entreno.

Entre ellos se encontraba Sloan, acompañado del resto de sus hermanos, incluida Cora.

Suspiró e intentó verlo en ese momento como un guerrero más que jamás había sido su enemigo. Y no lo logró.

Suspiró y volvió a mirar a Gillian.

—Solo una semana. Si en una semana no hemos conseguido vernos como compañeros y no como enemigos, me marcharé yo sola.

Gillian tragó saliva y asintió. Sabía que si respondía afirmativamente a ese ruego iba a meterse en un problema, pues debía hablarlo primero con Rowan. No obstante, acabó asintiendo y le dijo:

—Trato hecho.

Morag sonrió de lado.

—Jamás imaginé que haría un trato con una Comyn.

Gillian le devolvió el gesto.

—Yo tampoco pensé que podría considerar a una MacBean como amiga.

Sus palabras la dejaron asombrada y Morag no supo qué responder.

La vio marcharse y desvió la mirada. No estaba acostumbrada a ese trato tan…

cercano de personas ajenas a su familia, por lo que le costaba mucho gestionarlo.

La joven se apoyó de nuevo contra la jamba de la ventana y miró directamente a Sloan desde la distancia, enfadada:

—Quieren que nos conozcamos, ¿no? Te vas a cagar…