Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—A los muertos hay que respetarlos —respondió entre dientes, reprimiendo el deseo de clavarle la daga y acabar con ese matrimonio de una vez por todas—. Y no era mi prometido. Era mi hermano.

Morag tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para apartar la daga de su cuello y alejarse de él.

Había deseado clavársela con todas sus fuerzas, pero sabía que no tendría tiempo para salir viva de allí.

Eso sin contar con que llevaría la guerra a las puertas de su clan.

Sintiendo cómo las lágrimas subían a sus ojos, Morag se alejó de él y volvió a guardar la daga en su bota, intentando ignorar la expresión estupefacta de Sloan.

Este no había esperado aquella respuesta, sino una muy diferente.

Algo en su interior le había dicho que ese tal Dean era el prometido de la joven y, a pesar de que no había querido casarse con ella, ni pasar un año a su lado, no había podido evitar sentirse celoso de la vida que Morag pudiera haber llevado antes de casarse con él.

Sin embargo, cuando escuchó que era su hermano, se golpeó mentalmente por su lengua incisiva y, a veces, venenosa.

Por ello, se dijo que debía hacer algo para intentar arreglar aquello antes de que pudiera llevar a su clan a un problema aún mayor.

Pero cuando abrió la boca para pedirle disculpas, Morag ya estaba junto a la puerta y con el pomo en la mano.

La vio abrirla con gesto iracundo y cerró tras ella con un sonoro portazo.

En ese instante, Sloan dejó escapar un largo y profundo suspiro.

Se llevó una mano al rostro y se atusó las sienes.

Había comenzado a dolerle la cabeza, y sabía que no solo se debía a que se había despertado de golpe.

Había visto su dolor escondido tras el fuego de sus ojos; un profundo dolor que aún no había sabido manejar.

Dedujo que tal vez por eso llevaba semejante coraza en el pecho y que era imposible atravesar. Igual que él.

—Maldita sea… —murmuró Sloan dejándose caer sobre la cama y apoyando los codos en los muslos.

Era la primera vez en su vida que, de verdad, sentía arrepentimiento por hacer algo mal.

En los últimos meses, le había hablado realmente mal a su cuñada, había tratado con desprecio a mucha gente y nunca se había preocupado por los sentimientos de nadie.

Sin embargo, algo en su interior le dijo que esa muchacha guardaba un profundo dolor; el mismo dolor que él también sentía desde pequeño y que aún no había podido gestionar.

Y en ese instante se dijo que se encontraba entre el odio que le provocaba Morag por razones obvias desde que se conocían, pero también con culpa. Y eso sí que no sabía cómo gestionarlo.

De repente, la curiosidad que había sentido durante la noche hacia ella, comenzó a tomar forma.

Una parte de él deseaba conocerla, pero otra muy distinta no estaba dispuesta a preguntar ni una sola vez más.

Había visto la determinación en sus ojos.

Sabía que lo habría matado de no ser porque su laird le había pedido paciencia.

Y antes de que esa maraña de sentimientos lo envolviera y se hiciera con él, Sloan se obligó a reaccionar y a salir de allí con la intención de convocar a su familia.

Si habían aceptado su boda con esa joven para estrechar lazos no iba a dejar pasar el tiempo sin saber realmente a qué se enfrentaban.

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Amelia se encontraba observando con atención el rostro de su segundo hijo, provocando que Sloan se sintiera incómodo bajo su atenta mirada.

Toda la familia, incluida Morag, se encontraba en un salón del castillo para hablar de lo que los había llevado a estar todos allí reunidos: la guerra entre los clanes.

Sin embargo, la mirada de Amelia no estaba sobre Sloan únicamente para ver su reacción a la conversación, sino para intentar entender la expresión extraña de su rostro.

Nada más entrar en el salón lo había visto dirigirse a un punto alejado de todos para evitar rozarse con nadie, mientras que Morag se había dirigido al punto opuesto.

Apenas se habían mirado, ni mucho menos dirigido la palabra.

Pero era la primera vez en su vida que veía una expresión así en el rostro de Sloan.

Y era realmente raro, ya que él siempre se mantenía hierático ante cualquier situación.

En un momento dado, Sloan clavó también su mirada en ella y entrecerró los ojos:

—¿Necesita algo, madre? —le preguntó, cansado de sus miradas inquisidoras.

—No, nada, hijo. ¿Todo bien?

—Todo lo bien que se puede estar después de casarte con tu enemiga.

Ignoró el resoplo de Morag desde el otro extremo del salón.

Sin embargo, no pudo evitar mirarla cuando la joven se adelantó y posó sus ojos sobre Rowan, que se mantenía en un discreto segundo plano.

La joven se cruzó de brazos y abrió ligeramente las piernas, mostrando una pose entre orgullosa y curiosa.

La incomodidad estaba reflejada en su rostro, pero parecía ignorarla por completo.

Rowan le devolvió la mirada y carraspeó.

—Puedes sentarte en unos de los sillones…

—Prefiero estar de pie. Gracias. ¿Qué información tenemos sobre todo lo que está pasando?

Antes de que Rowan pudiera responder, Arran dejó escapar una risa.

—Vaya, eres directa, ¿eh?

Morag lo encaró.

—No he venido aquí a perder el tiempo y coser. Soy una guerrera y quiero saber qué está pasando en este clan para determinar si es lo mismo que ocurre en el mío. Y si todo esto lo descubrimos antes del año que me queda por vivir aquí, mucho mejor.

Su mirada la traicionó y, a medida que pronunciaba las últimas palabras, se dirigieron hacia Sloan, que no tardó en aceptar el reto y frunció el ceño.

—Cierto, ¿qué tal la noche de bodas?

Kester sabía que arriesgaba su propia vida al pronunciar aquella pregunta, sin embargo, la curiosidad pudo con él antes de que su propia madre le diera un manotazo en la pierna para llamar su atención.

Morag lo miró y rechinó los dientes.

—¿Nunca han intentado cortarte la lengua?

Kester sonrió y se encogió de hombros.

—Un marido intentó una vez cortarme las pelotas, pero no es algo para contar ahora mismo…

La propia Cora lanzó una exclamación de auténtico asco.

—Oh, por Dios. ¿Por qué demonios cuentas eso ahora?

—Me parecía un dato interesante sobre mi vida. Pero, tranquila, hermanita, ya me callo.

Rowan puso los ojos en blanco y se pasó una mano por el rostro, cansado.

—Respondiendo a tu pregunta, hay muchas cosas que sabemos y es el motivo por el que convocamos al resto de clanes.

—Si yo fuera tú, no le contaría toda la verdad —lo cortó Sloan.

Los ojos de Morag refulgieron de odio, pero se mantuvo callada y esperó a que Rowan continuara.

—Su laird nos ofreció su mano como muestra de su inocencia, al igual que los Ross con Alasdair.

Su hermano resopló, pero se mantuvo callado y con los brazos cruzados, como muestra de incomodidad ante la presencia de Morag entre su familia.

—Te haré un resumen —le dijo Rowan a la joven recién llegada—.

Desde que empezó la guerra siempre hemos pensado que todos los clanes estaban implicados en esta espiral de muerte y destrucción entre nosotros.

Sin embargo, muchos de vosotros nos culpabais de haberos atacado, algo que nosotros jamás hemos hecho.

—Nosotros tampoco hemos atacado a nadie.

Rowan asintió.

—Eso mismo es lo que el laird Comyn aseguraba una vez más en la última reunión.

Sin embargo, se nos ocurrió traer a Gillian aquí como muestra de su inocencia para evitar que nos siguieran atacando.

Sin embargo, todo siguió igual. Por ello, Comyn me cedió la mano de Gillian como muestra de su inocencia.

A partir de ahí, ambos clanes nos unimos para llegar al fondo de todo esto.

Desde entonces, tanto unos como otros pensamos que hay alguien detrás de los ataques que quiere llevarnos a la guerra de nuevo y que se esfuerza demasiado para que todos los clanes pensemos que los demás están implicados.

Gillian asintió y tomó la palabra:

—Incluso durante un tiempo llegamos a pensar que se trataba de un clan ajeno a la guerra que deseaba ver cómo nos matábamos los unos a los otros. Sin embargo, cuando mataron a mi padre, se dirigía aquí para confesarnos que había descubierto al culpable.

—¿Y quién es?

Rowan chasqueó la lengua.

—Las heridas que le provocaron le impidieron decírnoslo antes de morir. Sin embargo, sí confesó que se trataba de uno de los lairds implicados en la guerra.

—Somos siete clanes —dijo Morag con el rostro contraído por la concentración—. Vosotros dos no lo sois y os aseguro que los MacBean tampoco. Por lo tanto, tres menos en los que pensar.

—Y no olvidéis a los Ross, que enviarán a su hija para… casarnos —dijo Alasdair casi incapaz de pronunciar la última palabra.

Morag asintió, incómoda.

—Entonces, somos cuatro clanes que se han unido mostrando su inocencia. Por lo tanto, quedan otros tres que podrían ser los culpables de todo.

—Exacto.

—Los ataques que ha sufrido mi clan han sido bastante fuertes y salvajes. Mucha gente ha muerto y nunca nadie ha logrado verles la cara o los colores de sus ropas.

—Esos ataques los llevan a cabo mercenarios —dijo Sloan.

Morag no pudo evitar mirarlo a pesar de que se había prometido ignorarlo por completo. Tragó saliva al hacerlo y recordó de nuevo el episodio ocurrido en su dormitorio antes de salir de allí.

—El cerco que hay ahora entre nosotros es muy estrecho. No podemos ignorar a los Gunn, MacGillivray o Urqhart. No me fío de ninguno de ellos.

—Nosotros tampoco. Por lo que tenemos que hacer algo para intentar descubrirlos. Estoy seguro de que llegarán a hacer algo que los delate.

Morag suspiró y miró a Rowan largamente antes de responder:

—¿Y qué habéis pensado hacer?

—Si te digo la verdad, nuestro plan llegaba únicamente a la reunión. Esperábamos descubrir algo en ella.

Morag arqueó una ceja y caminó por el salón con gesto meditativo.

—Te hemos contado todo, pero tú apenas has dicho nada… —la acusó Sloan.