CAPÍTULO 5
Al despertar, Morag tenía la impresión de que estaba siendo aplastada por algo que desconocía.
No era la primera vez que le ocurría, ya que el perro de Nathan solía encontrar la manera de entrar en su dormitorio y acostarse junto a ella.
En muchas ocasiones, sobre ella. Y antes de que su mente pudiera pensar en otra posibilidad, Morag dedujo que, de nuevo, había penetrado en su habitación y se había acostado sobre su cuerpo, aplastándola ligeramente.
Morag respiró hondo y apenas pudo lograr llenar su pecho de aire. Por ello, se obligó a despertar completamente y expulsar al perro de Nathan de allí antes de que este le arrebatara el aliento.
La joven abrió los ojos lentamente y se dijo que estos le estaban jugando una mala pasada cuando no logró reconocer absolutamente nada de lo que había en el techo.
Aquella lámpara de hierro con velas no estaba en su dormitorio mientras que la chimenea se encontraba en el lado opuesto a donde ella la recordaba.
Y, de repente, su mente le trajo los últimos recuerdos del día anterior.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ser consciente de que no estaba en su dormitorio y que no podía ser el perro de Nathan el que la estaba aplastando en ese instante.
Con los ojos muy abiertos, Morag giró la cabeza hacia un lado y se quedó petrificada.
De su boca escapó una expresión de sorpresa que apenas logró escucharse, mientras que seguía observando el rostro dormido de Sloan a solo unos milímetros de ella.
De hecho, cuando se giró, su nariz rozó la del guerrero, que no se había percatado de lo cerca que se encontraba.
Su mente le gritaba a Morag que debía apartarlo de un empujón, pero su cuerpo no respondía a sus ruegos.
Tenía el corazón tan acelerado que incluso su respiración también se intensificó.
Durante trece años, no había dejado que un solo hombre volviera a acercarse a ella a esa escasa distancia.
Desde entonces había logrado sentir auténtico asco y, si alguno osaba a propasarse con ella, le propinaba un puñetazo para que se alejara inmediatamente.
Y, sin embargo, en ese instante no era capaz.
No por el miedo que le habían generado sus vivencias, sino por algo muy diferente que no lograba entender.
Se obligó a apartar la mirada del guerrero y la bajó hacia su cuerpo.
Apartó ligeramente las sábanas para comprobar que el peso que sentía desde que había despertado era el del cuerpo de Sloan, que estaba casi encima de ella.
El guerrero pasaba una pierna sobre las suyas, impidiéndole moverlas.
Por otro lado, uno de sus brazos la estrechaba contra sí, tocando su cintura con suavidad.
Morag sintió un nudo en su garganta frente a lo que sintió en ese instante.
Desvió su mirada de nuevo hacia Sloan y lo vio descansar tranquilo.
Su respiración era suave y la expresión de su rostro era claramente dulce.
Demasiado dulce. Por primera vez en su vida no lo veía con el ceño fruncido, ni siquiera con el cuerpo contraído y tenso que solía mostrar a cada momento.
Era una persona más que no tenía que fingir ser otra cosa en ese instante.
Y de no ser porque se trataba de un enemigo para ella Morag habría esbozado una sonrisa ante el cambio que mostraba el guerrero.
Con ese gesto suave, parecía haber rejuvenecido diez años, incluso pudo verlo casi como un niño.
Pero su orgullo la enfureció al ver que estaba comenzando a tener ternura por esa visión.
Por ese motivo, Morag se movió con rapidez para apartarse.
¿En qué momento de su existencia se había atrevido a sentir un poco de ternura por ese hombre?
Había perdido el juicio completamente. Debía seguir viéndolo como lo que era, un enemigo.
Morag se golpeó mentalmente. Por Dios, llevaba casada un solo día con él y lo había visto con otros ojos.
La joven fingió una arcada de asco mientras se sentaba en la cama con gesto enfurecido y movimientos tan fuertes que logró despertar de golpe a Sloan.
—¿Qué demonios haces? —preguntó el guerrero con voz aún ronca por el sueño.
Morag hizo todo lo posible para darle la espalda, pero su propio cuerpo la traicionó y giró la cabeza en su dirección, gesto del que se arrepentiría toda su vida.
La imagen imponente de Sloan, ahora sí, con el ceño fruncido, el pelo revuelto y los ojos aún somnolientos no podría olvidarla jamás.
Eso sin contar con que se había incorporado en la cama y la sábana ya no le cubría el pecho desnudo.
La noche anterior apenas reparó en su cuerpo cuando se metió en la cama, pero ahora no podía ignorarlo.
Por desgracia, había visto el cuerpo desnudo de muchos hombres, pero, sin lugar a dudas, ninguno poseía la fuerza e imponencia que Sloan mostraba ahora.
—¿Qué haces tú, maldita sea? —se obligó a responder con la boca seca, volviendo a mirar hacia adelante para evitar seguir viendo su cuerpo desnudo—. Me estabas abrazando y te dije que no me tocaras. Tienes suerte de que no te clave mi daga.
Sloan frunció el ceño y vio que la joven comenzaba a vestirse, dándole la espalda.
—¿Yo? —preguntó, indignado—. Mentira. Jamás haría tal cosa.
Morag resopló cuando se levantó ligeramente para ponerse el pantalón.
—Pues apenas podía respirar, así que no vuelvas a hacerlo.
Sloan gruñó y apartó las sábanas de su cuerpo para comenzar a vestirse él también.
De repente, el ambiente en el dormitorio se había vuelto irrespirable.
Solo recordaba que estaba teniendo el primer sueño agradable de toda su vida y que se había despertado de golpe, provocando que su corazón se exaltara y regresara a la realidad para volver a ser el hombre frío que siempre era.
—Más quisieras que te tocase.
La joven dejó escapar una exclamación de indignación y lo miró, pero este ya le daba la espalda mientras se vestía.
—Más quisieras tú tocar a alguien como yo.
El guerrero gruñó algo ininteligible, pero su orgullo le impidió preguntarle para que lo repitiera. En su lugar, lo insultó en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que pudiera escucharla.
—A lo mejor es que deseas que te toque y lo escondes tras esas palabras de odio fingido.
—Te aseguro que mi odio no es fingido, Chattan. Y claro que sí. Desearía que me tocaras únicamente para tener un motivo con el que cortarte la mano después de que lo hicieras.
Sloan se levantó, enfadado, tan solo con la camisa puesta, que apenas tapaba sus piernas. Sin embargo, Morag se obligó a mantener la mirada sobre sus ojos, orgullosa y retadora. Lo vio arrugar la frente y apretar los labios, haciendo que estos dibujaran una fina línea.
—Yo lo que deseo es que no hagas tanto ruido al dormir.
Morag frunció el ceño al escuchar esas palabras.
Lo vio preparar el kilt en el suelo para ponérselo y, a pesar de que ese movimiento hizo que partes de su cuerpo quedaran expuestas, la joven no desvió la mirada.
No estaba segura de si esas palabras se trataban de una pura y simple mentira o si tenían algo de razón.
—Yo no hago ruido —dijo con tono calmado.
Sloan levantó ligeramente la mirada y torció la cabeza.
—No has dejado de gemir durante gran parte de la noche. Y también has hablado.
Morag apretó los puños y resopló. Sin embargo, algo dentro de ella se removió y dio un paso atrás, como si, poniendo algo más de distancia entre ellos, pudiera protegerse.
—Mentira.
—¿Quién es Dean? —preguntó Sloan mientras terminaba de ponerse el kilt y lo abrochaba a su cadera.
Para él había sido una simple cuestión que intentó poner por delante de la curiosidad que surgió la noche anterior sobre ella.
Sin embargo, para Morag había sido un golpe demasiado bajo.
No podía ser verdad. Sloan no podía saber quién era ella, su familia o lo que había sido de su vida antes de pertenecer a los MacBean.
Muy pocas personas lo sabían a su alrededor y estaba segura de que jamás la traicionarían al ir contándolo.
Su corazón se exaltó y su rostro se quedó pálido, gesto que no pasó desapercibido para Sloan, que comenzó a colgarse el cinto de la cadera mientras no perdía movimiento alguno de la joven.
Vio su palidez y casi el temblor que surgió en sus manos.
La vio construir de nuevo una fachada delante de ella, un poderoso muro que sería muy complicado escalar en algún momento de su existencia.
Pero Sloan se recordó que debía darle exactamente igual.
No obstante, su orgullo y la inquina que le tenía a la joven desde el primer momento en que la vio lo obligaron a seguir preguntando:
—¿Era tu prometido?
Morag apretó los puños y se colgó la espada a la cadera con la intención de acabar la conversación en ese preciso instante. El recuerdo de su familia la volvía débil, y eso era algo que no le gustaba. Por eso, le respondió:
—No era nadie.
A pesar de que Morag pensaba que Sloan iba a olvidar ese nombre y se marcharía, dejándola sola, estaba muy equivocada, pues siguió hablando incisivamente:
—Seguro que se quedará triste al saber que no volverás hasta dentro de un año.
Morag resopló y no pudo evitar alzar la voz.
—¡Ya está bien! —exclamó con fuego reflejado en sus ojos—. No vuelvas a nombrarlo.
Sloan dejó escapar una risa lacerante.
—¿Tanto te molesta no casarte con él?
Morag lanzó un rugido de rabia y tomó entre sus manos una de sus dagas.
Corrió hacia él y lo empujó contra la pared más cercana.
Llevaba el odio impreso en sus ojos y su rostro.
La joven apoyó el filo de la daga en el cuello de Sloan, que mantuvo una expresión serena, aunque retadora al mismo tiempo.
—Te he dicho que no volvieras a nombrarlo.
—¿Qué hay de malo en ello? —preguntó el guerrero, ganándose un pequeño corte cuando Morag apretó aún más la punta contra su cuello.