Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 4 #2
18%

CAPÍTULO 4 #2

Al cabo de media hora, Morag se encontraba dándose un baño en el dormitorio que le habían asignado.

Apenas había dirigido una mirada rápida a su alrededor cuando entró en el cuarto, pues se encontraba tan cansada y con los nervios aún a flor de piel que no logró reparar en que había ya un baúl con ropa a los pies de la cama y que el olor de la estancia indicaba que, claramente, ya estaba siendo ocupada con anterioridad.

Sin embargo, Morag esperó sentada a los pies de la cama a que llevaran la bañera y el agua.

Y en el momento en el que por fin tuvo todo en su haber, se desnudó por completo y dejó su ropa sucia tirada a un lado de la bañera.

El agua caliente parecía llamarla con intensidad y se metió rápidamente, disfrutando del calor mientras dejaba que este penetrara en su piel y relajara los músculos de su cuerpo.

Inconscientemente, dejó escapar un gemido de placer cuando el agua cubrió su cuerpo y apoyó la cabeza sobre el borde para dejar pasar el tiempo. Era el único momento del día que pasaría sola después de todo lo ocurrido, y necesitaba asimilar todo ese día, aunque sabía que iba a costarle mucho.

Mientras había esperado la bañera con el agua, le habían llevado ropa limpia de Cora, como pantalones, camisas y un par de camisones para dormir.

Todo bien guardado en un pequeño baúl, así que deseó que Jacob le enviara cuanto antes su propia ropa para poder devolverle la suya a Cora.

Apenas la conocía y no quería que pensara que había llegado al castillo para quedarse con su ropa.

La había observado en la distancia. Durante la ceremonia y la fiesta se había mantenido cerca de su madre, con la cual ella apenas había hablado, y muy cerca de ellas se encontraba siempre uno de los guerreros del clan, como si se tratara de una especie de protector.

Había logrado atisbar miradas de odio y decepción entre ellos, por lo que necesitaba saber qué relación los unía.

Se había propuesto conocer todo de esa familia y así descartarlos finalmente como enemigos.

Y a partir de ese momento, podría investigar junto a ellos a los demás clanes.

Morag tenía la determinación de llegar al fondo de todo y encontrar al culpable. Y, por Dios, que le haría pagar por todas las muertes injustas de los MacBean durante la guerra y también en los ataques que claramente sufrían en los límites con otros clanes.

Aunque le había costado mucho aceptar su nueva situación, y aún no lo había hecho del todo, Morag sabía que era la mejor indicada para estar allí y luchar codo con codo con los Chattan, pues su escasa paciencia no le habría dejado descansar en paz desde su clan sin estar al frente en la batalla.

Al cabo de unos minutos, mientras frotaba su cuerpo, la joven suspiró.

Si en algún momento de la noche alguien le preguntaba cómo se sentía, no estaba segura de poder responder con claridad.

Por un lado, sentía rabia. Habría dado uno de sus brazos para estar casada con otro de los Chattan que no fuera Sloan.

Por otro, sentía que este necesitaba a alguien como ella para hacer desaparecer su maldito orgullo.

Pero también había incomodidad en su interior.

Nunca se había separado de los MacBean, por lo que comunicarse con personas diferentes a los que le inspiraban confianza era algo que le hacía dudar de sí misma.

Pero el peor de todos esos sentimientos no era ni más ni menos que el miedo.

Le había costado admitirlo, y jamás lo diría en alto, pero sentía verdadero terror después de más de trece años sin volver a sentirlo.

Desde que se había convertido en una guerrera de los MacBean no había tenido miedo a la muerte, pero en el momento en el que supo que iba a pasar un año en ese lugar el miedo le atenazó la garganta.

No estaba segura de ser capaz de demostrar su valía entre toda esa gente que se iba a dedicar a observarla y, tal vez, criticarla.

En su clan nunca habían dudado de su lealtad ni de su valía, pero los Chattan no la conocían.

Y el hecho de temer fallarse a sí misma la hacía temblar de miedo.

A pesar de esto, Morag se repitió que ella podía con eso y que ayudaría a los Chattan a descubrir la verdad, aunque perdiera su vida en el intento.

No se quedaría de brazos cruzados viendo cómo otros se arriesgaban y ella se quedaba tras las puertas.

No. Ella era una guerrera y estaba dispuesta a lo que fuera para llegar al final.

Cuando por fin su cuerpo quedó limpio del polvo del camino, Morag se levantó de la bañera y envolvió su cuerpo con una toalla.

Se dirigió a un pequeño tocador con un espejo y comenzó a desenredar su cabello.

Sonrió con tristeza al recordar la infinidad de veces que su madre la peinaba y le recordaba que una señorita siempre debía llevar el pelo recogido en una trenza o coleta, pues ella siempre había deseado llevarlo suelto.

Sin embargo, cuando fue secuestrada y obligada a prostituirse, siempre le recogían el pelo para que los hombres que yacían con ella pudieran ver con claridad su rostro.

Aquel peinado era algo que había odiado hasta la saciedad, por lo que, tras sobrevivir, decidió que no iba a recogérselo nunca más.

Además, los mechones de pelo nunca la habían molestado mientras entrenaba o luchaba.

En el momento en el que terminó de peinarse, se detuvo un instante a mirarse en el espejo.

Se veía extraña ante este. Casada. No podía creer que estuviera casada.

Era una palabra que había odiado desde hacía tiempo y que siempre pensó que nunca estaría ligada a ella.

Pero el destino parecía tener otros planes.

Morag suspiró largamente. Se sintió rara, diferente, como si el hecho de haberse casado la hubiera cambiado de alguna manera.

Pero sabía que no era así. La joven negó repetidas veces con la cabeza.

Se dijo que eran imaginaciones suyas y que seguía igual que siempre.

Morag giró ligeramente su cuerpo y miró su hombro en el espejo.

Allí la marca que le habían hecho nada más llegar al burdel.

Sabía que nunca se borraría y que seguiría allí como un recordatorio de esa infame etapa de su vida.

Aquella marca siempre le recordaría que, durante dos años, no fue dueña ni de su destino ni de su cuerpo.

Había sido marcada como ganado y, a pesar del paso de los años, Morag aún recordaba el olor a carne quemada y el dolor que le produjo aquel hierro ardiente contra su piel.

Aún se sorprendía al ver la serenidad que ella misma había mostrado en las últimas reuniones al enfrentarse cara a cara con el hombre que le había hecho aquello.

Sabía que no mucha gente podría aguantar una sola mirada de alguien como él y que lo enfrentaría en el primer encuentro.

No obstante, Morag había logrado actuar con frialdad, algo que aún le impresionaba.

Y mientras la joven miraba la cicatriz de su hombro y recordaba al hombre que se la hizo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe, sobresaltándola.

Morag se giró rápidamente para dirigirse hacia su espada, temerosa de ser el centro de un ataque.

Sin embargo, se quedó de piedra al ver que la persona que cerraba la puerta tras él en ese instante no era otro más que su marido.

Y el terror dio paso a la ira.

Olvidando que estaba desnuda y tan solo cubierta con una toalla, Morag dio un paso hacia Sloan, que la miraba con el ceño fruncido.

—¿Qué demonios haces aquí? ¡Fuera!

El guerrero torció el gesto y chasqueó la lengua.

—Este es mi dormitorio.

La sorpresa de Morag fue mayúscula.

—¿Qué? Pensaba que me habían dado uno diferente.

Dio un paso hacia atrás, incapaz de creerlo.

—¿Vamos a dormir juntos?

Sloan arqueó una ceja al tiempo que se dirigía hacia la cama para sentarse en el borde del colchón.

—No sé si recuerdas que nos hemos casado hace unas horas… —dijo con tono irónico.

Morag resopló y apretó la toalla contra su cuerpo, temerosa de que se escurriera y la dejara completamente desnuda ante él.

—Claro que lo recuerdo, por desgracia…

Se mostraba tan sorprendida que no estaba segura de que las palabras salieran de su boca formando frases con sentido.

—Quiero otro dormitorio donde no tenga que aguantarte —exigió.

Sloan fingió pensarlo.

—Lamento decepcionarte, pero dormiremos juntos.

Morag rugió de rabia.

—No pienso yacer contigo.

—He dicho dormir —la corrigió con tono hiriente—, no yacer.

Morag se acercó a él y clavó su mirada en sus ojos. Durante unos segundos, ambos se mantuvieron en silencio y se retaron con la mirada, jurando sin palabras que ninguno iba a ceder.

—Eres un maleducado.

Sloan gruñó.

—Y tú un incordio.

Morag apretó los puños con fuerza y rechinó los dientes. De haber tenido algo duro cerca de ella se lo habría tirado a la cabeza para hacerlo entrar en razón.

—Vete hasta que al menos me ponga el camisón.

Sloan negó con la cabeza. En ningún momento del día había pensado que estar casado con ella le iba a causar tanta gracia, especialmente al ver la rojez de sus mejillas por la vergüenza.

—No pienso irme de mi dormitorio. Vete tú.

—¡Estoy desnuda!

Sloan se encogió de hombros.

—No es mi problema. De todas formas, una MacBean no es el objeto de deseo de un Chattan, por lo que no pasa nada si alguien del clan te ve desnuda por los pasillos.

Morag dejó escapar una expresión de incredulidad. Lo miró largamente y deseó tener el coraje suficiente para, efectivamente, salir desnuda de ese dormitorio, pero nadie más había vuelto a verla sin ropa en trece años. Y no iba a comenzar ese día.

—Eres un maldito ser despreciable al que, seguramente, nadie de por aquí le tenga demasiada estima…

Sloan alzó los ojos hacia ella y, sin dejar de mirarla, comenzó a quitarse las botas.

—Por mucho que me insultes, no voy a marcharme.