Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Y entonces, ese maldito calor volvió a rodearla de nuevo. Pero apenas tuvo tiempo para pensar en lo que estaba sucediendo. Rápidamente, Rowan levantó la cinta con la que ataría sus manos y los envolvió con ella.

—Hoy estamos aquí para ver vuestra unión en sagrado matrimonio celta, que durará un año y un día.

A partir de este momento, juraréis compartir las alegrías de la vida y las tristezas con la persona que tenéis enfrente.

Durante un año y un día, compartiréis las cargas del otro para que vuestros espíritus puedan sanar unidos y crecer en esta bonita unión.

Asimismo, a partir de este día adquirís el compromiso de compartir con vuestra pareja los anhelos y los sueños y si, en algún momento, el calor de la rabia se apodera de vosotros, tendréis el deber de templarlo con la fortaleza de esta unión para honrar el espíritu de vuestra pareja.

Rowan tragó saliva mientras miraba fijamente a su hermano, que estaba más tenso que nunca.

—¿Estáis ambos de acuerdo con este juramento?

Tanto Sloan como Morag lo miraron fijamente. ¿De acuerdo? ¡Jamás!, les habría gustado responder. Sin embargo, ambos sabían que no tenían otra opción.

—En las Highlands, el juramento de un guerrero se toma muy en serio —murmuró Rowan.

Ambos contrayentes chasquearon la lengua al mismo tiempo, sorprendiendo al otro por su sincronicidad de movimientos. Y a pesar de que lo único que deseaban era que aquella ceremonia terminara cuanto antes, acabaron asintiendo.

—Sí, aceptamos el juramento —respondieron al unísono, provocando la risa de Arran y Kester, a quienes miraron con ganas de arrancarles la cabeza.

—De la misma forma que vuestras manos están unidas en este instante, vuestra vida y vuestro espíritu queda unido durante un año y un día, pero, primero, cada uno de vosotros tiene que pronunciar los votos.

Sloan agachó la mirada fugazmente cuando sintió que la rabia volvía a formarse en el centro de su pecho.

Le había costado horrores darle la mano a la joven MacBean, especialmente al sentir en su propia piel el terciopelo de sus manos.

Había esperado unas manos callosas, típicas de un guerrero y, sin embargo, se había topado con algo tan suave que le provocó una inmensa sorpresa.

En el momento en el que el guerrero levantó de nuevo la mirada a esos ojos verdes, rechinó los dientes. Clavó su mirada en ella y, sin achantarse, comenzó a hablar con voz demasiado ronca:

—Morag MacBean… —se escuchó raro a sí mismo al pronunciar su nombre—, a partir de este momento, eres sangre de mi sangre y hueso de mi hueso.

Te… entregaré mi cuerpo para que ambos formemos una sola unidad de vida.

Te entregaré también mi espíritu para que nuestro ser esté completo.

No puedes poseerme porque soy dueño de mi esencia, pero mientras nuestros deseos ardan al unísono, te ofreceré todo lo que nazca de mí.

Tampoco puedes gobernarme porque mi espíritu carece de cadenas o juramentos impuestos, pero si caminas a mi lado, te demostraré mi inagotable fuente de lealtad.

A medida que hablaba, el tono de voz de Sloan se tornó más seguro, incluso adquirió cierto color oscuro que logró envolver a Morag, impidiéndole apartar la mirada, sobre todo, cuando sintió que todo el fuego de su interior se posaba en sus mejillas.

Habría dado uno de sus brazos para tener barba como Sloan y así esconder su sonrojo bajo ella.

Morag carraspeó y miró a Rowan en el momento en el que la voz de Sloan calló.

—Ahora los tuyos.

Y a pesar de que sentía que su garganta se había quedado atascada, Morag repitió las mismas palabras que el guerrero mientras lo miraba a los ojos, sintiendo que cada sílaba que pronunciaba era una sentencia no solo para su vida, sino también para su alma, que quedaba atada a Sloan durante un año.

—Y ahora que habéis pronunciado vuestros votos —siguió Rowan—, doy por finalizado este ritual en el que vuestra vida queda atada al otro durante un tiempo determinado. Ahora pertenecéis al otro. Debéis cuidarlo como si fuerais vosotros mismos. Bendita sea esta unión. Espero que seáis felices.

A medida que pronunciaba aquellas palabras, Rowan desató el nudo de la cinta y liberó las manos de ambos, que, a pesar de estar libres, se quedaron unidas unos segundos más mientras intentaban asimilar que ya eran marido y mujer.

Sloan fue el primero en apartarse y dar un paso atrás, gesto que rápidamente imitó Morag, que sentía la cabeza embotada.

A su alrededor, se desató la alegría a pesar de que era una simple boda de conveniencia.

Pero todos los demás intentaron aparentar calma y alegría para que no se sintieran tan mal.

Y ese mismo entusiasmo se dispersó por el salón más grande del castillo para la celebración de la unión.

Los guerreros de clan fueron invitados a la fiesta y todos bebieron y disfrutaron al ritmo de la música mientras Morag intentaba perderse en una de las esquinas rezando para ser invisible a los demás.

Se había alejado de Jacob, que había ido a hablar con Rowan sobre lo ocurrido en los últimos meses y, aunque Sloan estaba al lado de su hermano, no podía concentrarse bien en la conversación.

Desde su posición vio sola a Morag. La joven bebía lentamente de su copa mientras perdía la mirada entre los demás.

Se notaba a leguas que estaba realmente incómoda, pero no estaba dispuesto a acercarse a ella para intentar integrarla.

Ella misma se había refugiado en un lugar con cierta oscuridad y poco frecuentado, por lo que solo podía dejarla allí, pero sus ojos la buscaban continuamente.

La joven se apoyó contra la pared más cercana y se miró las manos con gesto aburrido.

Le habría gustado desaparecer de allí y no volver jamás, pero ahora ese castillo era su hogar…

Aquella gente era su familia y Sloan… era su esposo.

Maldito fuera. Qué mal sonaba en su mente, y mucho peor en sus labios.

Pero lo que menos le gustaba de todo lo que había ocurrido durante ese día fue el calor que sintió al tocarlo.

¿Desde cuándo una persona tan fría y antipática como él era capaz de poseer tanto calor en sus manos?

Nunca había conocido a una persona así, y jamás habría creído que Sloan Chattan tenía dentro de él semejante fuego.

Durante el resto de la tarde se dedicó a golpearse mentalmente por poseer la capacidad de leer el alma de las personas.

Había conocido a tanta gente en su niñez con almas tan negras que había aprendido a confiar en las personas correctas y, a pesar de todo, Sloan le había demostrado con ese simple gesto que no era un hombre cualquiera y que sus juramentos se los tomaba muy en serio.

Morag suspiró y se cruzó de brazos. Estaba deseando que la fiesta llegara a su fin.

¿Hasta cuándo pensaban estar bebiendo y comiendo?

Ella solo deseaba escuchar el silencio y descansar.

Dormir para siempre y no despertar jamás de esa pesadilla.

Bueno, sí, despertar cuando ya hubiera pasado el año y el día.

—No eres una mujer a la que le gusten las fiestas…

La voz de Gillian Comyn llegó hasta ella y giró la cabeza en su dirección.

La mujer le sonreía con amabilidad para intentar integrarla en la familia.

Lo sabía. Lo había leído en sus ojos desde que había preparado el bonito círculo de rosas para llevar a cabo la ceremonia.

La primera vez que la vio la juzgó mal por ser una enemiga más de su clan, pero la mujer le estaba demostrando que una parte de ella podía confiar y abrirse para conocerla más.

—La verdad es que ni me gustan las fiestas ni tener a tanta gente a mi alrededor —respondió—. Prefiero la soledad.

Gillian torció la cabeza.

—La soledad durante unos instantes está bien porque nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos, pero cuando pasas demasiado tiempo solo, acabas por perder la razón.

—Tal vez yo la perdí hace tiempo…

La esposa del laird se apoyó en la pared, imitando su gesto, algo que no pasó desapercibido a Morag.

—Aquella primera reunión a la que acudía con mi padre me llamaste la atención. Y debo reconocer que me sigues provocando el mismo sentimiento.

—No tengo mucho que ofrecer, más que mi brazo y mi espada.

—Creo que te equivocas. Todo el mundo tiene elementos que ofrecer. Otra cosa es que prefieras esconderlas.

Morag la miró a los ojos y se sintió incómoda, por lo que apartó la mirada rápidamente.

—No creo que podáis conocerme mucho durante un año.

—Insultas mi inteligencia, Morag MacBean —le dijo Gillian con una sonrisa—. Soy muy observadora.

— ¿Y qué puedes decir de mí hasta ahora? Apenas me conoces.

—Podría sorprenderte…

—Inténtalo.

Ambas mujeres se sostuvieron la mirada, hasta que Gillian la apartó con una sonrisa.

—Lo que pienso es que una mujer con el corazón tan duro como tú y una armadura invisible como la que llevas ha tenido que sufrir mucho como para soportar el peso de su propia vida. El sufrimiento es el único que nos dibuja esa coraza a nuestro alrededor.

—Yo no llevo coraza. Soy así —respondió Morag ligeramente nerviosa ante el acierto de la esposa del laird y su ya cuñada.

—Y ese sufrimiento ha debido de ser aún mayor si haces todo lo posible para convencer a una persona de que no es cierto que la llevas.

No voy a preguntarte sobre tu vida, Morag.

Eso te pertenece a ti. Incluso pienso lo mismo que tú de Sloan.

No es muy agradable que digamos y reconozco que yo tendría tu misma cara si me viera obligada a casarme con él.

Morag la observó antes de lanzar un resoplo y mirar hacia otro lado.

—Gracias por tus ánimos —dijo con tono irónico.

Gillian esbozó una sonrisa.

—He considerado que era peor mentirte.

Morag acabó sonriendo al tiempo que negaba con la cabeza y ponía los ojos en blanco. La joven dudó mucho sobre sus siguientes palabras, pero su boca habló antes de que pudiera pensárselo más.

—¿Cómo es estar casada con un Chattan?

—Supongo que depende del Chattan al que te refieras porque son muy diferentes entre sí. Pero sí puedo decirte que he cambiado la opinión que tenía de ellos cuando vivía en mi clan, excepto de Sloan, lo siento. Espero que le des caña…

Morag sonrió de lado y asintió.

—Eso no lo dudes. No será un año tranquilo para él.

Gillian rio por lo bajo.

—Auguro que seremos buenas amigas.

—Si odias a Sloan tanto como yo, seguramente lo seremos.

Ambas rieron y Morag no pudo evitar desviar su atención hacia el objeto de su ira, que las observaba con el ceño fruncido en ese instante.

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Sloan apretaba con tanta fuerza la copa que estaba a punto de romperla.

—Ya sé que no es tu mejor día, pero ¿qué te pasa ahora?

El aludido miró a Rowan y después señaló con la cabeza hacia Gillian y Morag.

—Míralas cómo ríen. Seguro que están planeando cómo matarme.

Rowan intentó no reír.

—Eres un malpensado. Gillian solo intenta ser amable con ella.

Sloan lo miró mal de soslayo.

—No tengas tanta buena fe con tu esposa. Me odia.

Rowan torció el gesto y chasqueó la lengua.

—Reconoce que no te has ganado el afecto de Gillian en ningún momento.

—¿En ningún momento? Te recuerdo que si sigue viva es gracias a mí.

—Se lo vas a recordar siempre, ¿verdad?

Sloan esbozó media sonrisa.

—Toda la vida.

Rowan rodó los ojos y suspiró, dándole una sonora palmada en la espalda.

—No te hagas mala sangre e intenta integrar en ti tu nuevo estatus de casado.

—Qué mal suena eso…

—Pues no te queda tan mal.

Sloan lo miró de reojo.

—Tú también me odias, ¿verdad?

Rowan se encogió de hombros.

—Te quiero como hermano que eres, Sloan, pero reconoce que eres un hombre muy difícil.

El aludido tragó saliva y sus hombros bajaron, derrotados, antes de añadir:

—Si hubieras vivido lo mismo que yo con seis años, también te habrías convertido en acero tan duro que ni el fuego podría remodelarte.

Rowan estuvo a punto de atragantarse con el vino. Miró a su hermano con los ojos muy abiertos. Era la primera vez en su vida que le nombraba lo sucedido, y le había sorprendido tanto que se había quedado sin habla.

—No fue tu culpa, Sloan.

—Esa es tu opinión. No la mía.