Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Sloan Chattan parecía tener un palo metido en el culo —terció con voz fría—. Su presencia en la reunión no brilló precisamente por su educación.

—Así que yo tenía razón… Uno de ellos llamó tu atención —dijo con tono divertido.

—Sí, para alejarme de él.

Nathan rio y se levantó de la silla.

—Me encantaría seguir aquí para saber qué demonios hizo ese Chattan, pero tendrá que ser en otra ocasión.

—No habrá otra ocasión, Nathan… —le advirtió.

El guerrero le guiñó un ojo y la dejó sola en el pequeño salón.

En el instante en el que la puerta se cerró tras la salida de Nathan, Morag inspiró con fuerza y soltó el aire poco a poco.

Le había puesto realmente nerviosa aquella pregunta del hijo del laird.

¿En qué momento se le cruzó por la cabeza que ella había sentido algo por alguno de los Chattan?

Por Dios, ellos eran sus enemigos y había acudido a la reunión tan solo porque Nathan tenía que quedarse a defender el castillo tras los ataques sufridos últimamente en el clan.

Además, se había sentido tan nerviosa durante la reunión por la presencia especial de uno de los lairds que apenas tuvo un segundo de respiro como para fijarse en Rowan, Sloan o cualquiera de los Chattan.

Sin embargo, sí hubo algo que llamó su atención en la escasa conversación que tuvo con Sloan.

En los ojos del guerrero vio fuerza, seguridad y protección, algo que no había logrado ver con tanta claridad en otros hombres.

Desde que se encontraba en el clan MacBean y la habían instruido como guerrera, le habían enseñado a leer los ojos de la gente, pues le dijeron que estos no mentían.

Y aquel fuego de acero que la miró, cuando ella le espetó unas palabras, logró decir demasiado. Y eso la incomodó.

Morag se levantó y caminó lentamente hacia la ventana.

Desde ahí podía ver con claridad el patio, y cuando se apoyó en la jamba de la misma vio algo que llamó poderosamente su atención.

Su corazón se exaltó al instante y sus ojos recorrieron la anatomía del recién llegado.

Sin lugar a dudas, aquellos colores en su kilt indicaban a qué clan pertenecía, y no pudo evitar torcer la cabeza al ver que un Chattan acababa de atravesar el portón del castillo.

Sin perder tiempo, y como guerrera del clan, Morag dejó su posición y se dirigió hacia la salida del salón. Caminó deprisa por el pasillo, encontrándose en él a Rob, el hijo menor del laird.

—¿Tú también vas al patio a ver qué está pasando?

Morag asintió seriamente.

—No sé qué demonios hace de nuevo un Chattan aquí si apenas han pasado poco más de dos meses desde la última reunión.

—Me temo que lo vamos a descubrir en unos segundos…

Ambos salieron al patio, ignorando el frío del norte que ese día azotaba sus tierras.

Parecía que el frío no la atacaba a ella, pues la joven apenas sentía nada debido a la exaltación que había en su interior.

Quería conocer ya qué demonios estaba pasando para que un Chattan se presentara de nuevo en el castillo.

Y cuando Morag y Rob llegaron junto a Jacob y Nathan, que habían recibido al recién llegado, el laird los convocó a su despacho.

—¿Ocurre algo con los Chattan? —preguntó Morag mirando de arriba abajo al guerrero que había justo al lado de Jacob.

Este le devolvió la mirada. Sus ojos eran tan verdes como los de Morag, pero su pelo era tan rojo que parecía llamear como el corazón de la joven en ese instante.

Las pecas del rostro del guerrero se escondían bajo una prominente barba, y la tensión de sus hombros era tal que el guerrero caminaba de forma demasiado recta.

No obstante, no se achantó ante la mirada fría y casi mercenaria de Morag, que inició la marcha junto a Rob y Nathan, que le apretó la mano ligeramente para que se relajara.

Minutos después, los cinco se encontraban en el despacho de Jacob. Los cuatro MacBean miraban fijamente al recién llegado del clan Chattan, que cuadró los hombros y carraspeó brevemente.

El silencio en el despacho era demasiado abrumador.

Ninguno de ellos quería ser el primero en romper el hielo para evitar decir algo salido de tono que pudiera traer problemas a su clan, pero todos estaban deseosos de hablar, incluido el pelirrojo, que no podía dejar de mirar seriamente a Morag.

La guerrera acabó sonriendo de lado sin apartar su mirada de él.

Lo quería provocar, tal y como hacía con el resto de enemigos, quería que se pusiera nervioso y no pudiera leer su siguiente movimiento.

Y cuando el silencio de la estancia la incomodó, la boca de Morag se abrió para romperlo:

—Si sigues así, vas a cagarte encima —le espetó al ver la contención en su rostro.

Nathan y Rob tuvieron que esconder una sonrisa mientras el aludido apretaba los puños con fuerza y la miraba con odio.

—No es de mi agrado estar en tierras enemigas —le respondió.

—Tampoco nos gusta que nos miren como si fuéramos asesinos.

El pelirrojo arqueó una ceja.

—¿Y no lo sois?

Morag sonrió fríamente.

—Si vuelves a insinuarlo, podrás llamarme asesina cuando te envíe al infierno…

El aludido abrió la boca para responder, pero Jacob chasqueó la lengua, cortando de golpe la conversación.

—Morag… —le advirtió—. El hecho de ser un emisario le da protección.

La joven hizo un guiño, contrariado, para después volver a mirar al pelirrojo, que dirigió sus ojos verdes hacia Jacob, no sin antes devolverle el gesto a la joven, que le envió un beso desde su asiento.

—Mi nombre es Nicolas y vengo de parte de mi laird. Rowan convoca de nuevo a los clanes para hablar con ellos.

—¿Y por qué? La última reunión fue hace apenas un par de meses.

—La situación en nuestro clan es crítica, aunque no solo para los Chattan. Hace poco mataron al laird Comyn mientras cabalgaba hacia nuestras tierras.

—¿Es verdad lo que dicen? —preguntó Nathan—. Que sabía quién era el culpable…

Nic frunció el ceño.

—Habladurías —mintió descaradamente.

Desde su asiento, Morag entrecerró los ojos y lo observó con atención. El nerviosismo que había mostrado el guerrero para responder a esa cuestión de Nathan le hizo dudar de su respuesta, aunque no quiso decir nada al respecto, al menos de momento.

—Mi laird solo quiere volver a hablar con el resto de clanes para evitar otra guerra como la última.

—Nosotros tampoco queremos una nueva guerra, así que asistiremos prestos a su llamado.

Nic asintió y desvió la mirada hacia Morag, que en ese momento miraba con atención sus propias manos, intentando pasar desapercibida.

—Morag y yo volveremos a ir.

Al instante, tras escuchar aquellas palabras de Jacob, la aludida levantó la cabeza de golpe. Había agachado la mirada con toda la atención de pasar desapercibida para así evitar volver a tierras Chattan. Sin embargo, no le había servido de nada.

Intentó ignorar la sonrisa de satisfacción que se dibujó en el rostro de Nic en el instante en el que vio su sorpresa, pero eso provocó que su ira aumentara aún más.

—Esta vez, podría ir Nathan mientras Rob y yo vigilamos el castillo.

Jacob negó con la cabeza.

—Prefiero que vengas tú.

Morag rechinó los dientes y acabó asintiendo. Sin embargo, dirigió su ira hacia el pelirrojo.

—¿Se puede saber por qué me miras así?

Nic sonrió.

—¿Preferirías quedarte escondida aquí?

Morag dio un paso hacia él.

—¿Estás buscando problemas con una MacBean, polluelo?

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Dos días después, tras la marcha de Nicolas y la posterior puesta en orden del castillo para la marcha del laird, Morag y Jacob se encontraban colgando las alforjas en sus caballos para iniciar la marcha.

—Si hubiera algún tipo de problema mientras estamos fuera, enviad a alguien para avisarnos —le dijo Jacob a su primogénito.

—Puede ir tranquilo, padre. El castillo está seguro en nuestras manos.

El laird asintió y miró a Morag.

—¿Estás preparada?

—Qué remedio —murmuró, provocando una sonrisa en el que fue su mentor.

—¿Tanto odias a los Chattan?

—Usted sabe que no es con ellos con quien menos me gustaría volver a cruzarme.

—Tienes mi protección.

Morag lo miró y vio en él, una vez más, los ojos de un padre. Y acabó sonriendo.

—Lo sé. Gracias.

Jacob asintió y dejó que Nathan hablara con ella antes de marcharse.

—Ten mucho cuidado con ellos.

Morag le sonrió y le dio una palmara amistosa en el hombro.

—Tú también.

Nathan se encogió de hombros.

—Eres tú quien va a internarse entre enemigos.

—Estoy acostumbrada…

El primogénito del laird le dio otra palmada en el hombro.

—Te veo a la vuelta.

—Por supuesto.

Tanto la joven como el laird de los MacBean montaron sobre sus caballos y se dirigieron hacia el portón, que ya estaba abierto para dejarlos ir.

Ambos tomaron el camino que los llevaría a las tierras Chattan con los sentidos puestos a su alrededor.

Tal y como estaban las cosas, ni uno ni otro podían fiarse de viajar tranquilos en sus propias tierras, pues el ataque del laird Comyn, tal y como les habían contado, se había dado antes de cruzar la frontera.

Ambos sabían que los mercenarios cabalgaban de un lugar a otro, atacando a diestro y siniestro sin importar a quién mataban, por lo que las manos de Morag y Jacob estaban puestas sobre las empuñaduras de sus espadas.

Sin embargo, el laird no pudo evitar dirigirse a ella cuando por fin dejaron atrás el ruido del castillo y ya no era visible desde la distancia:

—Ya sé que no querías venir, Morag.

—Lo acompañaría a cualquier otro lugar con sumo gusto, incluso al centro de una batalla, pero ahí… no.

—Quiero que tengas cuidado no solo con… él, sino con todos.

Morag se mostró incómoda.

—Siempre lo tengo.

—Pero no solo me refiero a eso. Si los Comyn y los Chattan se han aliado, ahora son más fuertes.

Morag torció el gesto.

—Yo diría lo contrario, Jacob. El laird Comyn ha muerto, por lo tanto, están más débiles. Y no tengo miedo a los Chattan, no parecían tan fieros como quieren hacer creer a todo el mundo.

—Dejaste de piedra al segundo al mando cuando le hablaste…

Morag sonrió con autosuficiencia.

—Lo haría otra vez si fuera necesario para borrarle esa cara de amargado.

Jacob sonrió y asintió.

—Sé que eres totalmente capaz.

El laird la miró largamente mientras la joven seguía dirigiendo sus ojos a su alrededor en busca de alguien que quisiera atacarlos.

Los esperaba por delante un largo camino que acabaría en tierras enemigas, por lo que debían llegar con todas las fuerzas necesarias, y un ataque las mermaría sin remedio.

—Estoy muy orgulloso de ti, Morag. No eres la misma muchacha que llegó a nuestro clan hace más de diez años.

La joven giró la cabeza en su dirección y arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Por qué me dices eso ahora? —preguntó sin darse cuenta de que lo había tuteado.

Jacob le respondió primero con una amplia sonrisa.

—Porque no lo he hecho nunca, y creo que tu increíble trabajo merece unas palabras de reconocimiento. Eres muy especial.

El ceño de Morag se frunció ligeramente.

—Si lo que intentas es animarme, he de decir que tampoco temo enfrentarme a… él.

El rostro de Jacob se oscureció ligeramente.

—Fue él quien casi te mató.

Morag se encogió de hombros.

—Tú lo has dicho… casi.

—Y, sin embargo, nunca has intentado vengarte. Me parece realmente curioso.

La joven sonrió tristemente.

—Prefiero ver cómo se pudre él solo en su propio odio. A veces, el mejor ejemplo que puedes dar a tus enemigos es hacerles ver que tu vida sigue como si ellos nunca hubieran existido en ella.

—La vida te ha hecho una mujer sabia.

—A base de golpes, laird.

—Sabes que no hace falta que me trates con esa seriedad. No solo me considero tu laird. Para mí eres como una hija.

Morag tragó saliva cuando sintió un nudo en su garganta que le impidió respirar con normalidad.

—Tú también eres muy importante, Jacob.

El hombre sonrió ampliamente.

—No hace falta que te esfuerces, Morag. Ya sé que te cuesta mucho mostrar tus sentimientos. Es una pena que ese desgraciado te rompiera tanto que te obligara a encerrarte en ti misma.

—El tiempo y el destino harán que él pague por todo el daño que ha hecho.

—Yo lo que espero es que ese mismo tiempo y ese mismo destino te curen a ti.

Morag lo miró de nuevo con seriedad y, al cabo de unos segundos, acabó sonriendo con amabilidad.

—Creo que no tengo palabras para expresar el agradecimiento que siento por ti y por Nathan por haberme recogido aquel día.

Jacob se encogió de hombros, restándole importancia.

—Durante un instante, pensé en dejarte como comida para los cuervos —bromeó para hacerla reír—. Después, me dio pena y por eso te llevamos con nosotros.

Morag soltó una risotada y se volvió a mirar al camino. Hablar de aquella época y el motivo que la había llevado al clan MacBean la incomodaba. Sabía que en algún momento de su existencia debía abrirse y hablar de ello, pero aún no estaba preparada.