CAPÍTULO 1
Morag no pudo reprimir una carcajada cuando Nathan le habló de una pequeña pelea que había tenido con su hermano pequeño, Rob.
Desde que ella recordaba, las peleas entre ambos hermanos estaban a la orden del día, por lo que escuchar esa nueva le arrancó una enorme carcajada.
Normalmente, los motivos por lo que los hijos de su laird discutían eran realmente graciosos, pues carecían de importancia, y más para dos jóvenes que ya estaban en edad casadera. Pero a Morag siempre la animaban.
La relación de la joven con ambos hijos del laird era realmente maravillosa. Desde que la habían llevado al clan, prácticamente moribunda, y había despertado, encontrándose con ambos hermanos, la amistad que surgió entre ellos había ido aumentando con el paso de los años.
La joven había perdido la cuenta de los años que llevaba entre los MacBean, pero la lealtad que les guardaba jamás podría olvidarla.
Habían pasado ya muchos inviernos desde que Nathan y Jacob la habían encontrado en la frontera, tirada sobre la hierba y casi tapada por unos matorrales.
La casualidad o el destino quiso que el propio laird la encontraran aún con un pequeño hilo de vida para llevarla al castillo.
Allí, la curandera del mismo tuvo que hacer un enorme trabajo para salvarle la vida, y, aunque su esperanza de vida era mínima, tras gran parte de sus huesos rotos, Morag se aferró a la vida y despertó semanas después.
Nadie lograba entender qué clase de muchacha era aquella que había sobrevivido a una paliza como la que había recibido, pero lo que sí tenía claro el laird del clan era que iba a hacer de ella una guerrera para que jamás nadie pudiera hacerle lo mismo.
Ni siquiera Morag lograba entender qué pasaba por la cabeza de Jacob MacBean para protegerla de aquella manera.
Pero desde aquel día, el laird pareció convertirla en la hija que nunca tuvo y la trató como a sus dos hijos de sangre.
En el momento en el que Morag se recuperó y pudo ponerse en pie, los guerreros del clan MacBean trabajaron duro con ella. Le enseñaron a usar la espada, el arco, una daga, incluso utensilios de cualquier índole que podría utilizar como armas si no tenía una espada consigo.
Desde ese momento, la vida de Morag cambió radicalmente. Había pasado de ser una prostituta a ser una de las mejores guerreras del clan MacBean, aunque las heridas internas que tenía debido a lo que había sufrido seguían latentes en su interior.
Años atrás, Jacob le había propuesto jurar lealtad al clan MacBean para llevar el mismo apellido que los demás, honor que Morag no podía rechazar.
Pasó de ser una MacRae a ser una MacBean.
Y, sin saberlo, o tal vez sí, Jacob le había dado la oportunidad de empezar de cero, olvidando su pasado atroz y cruel para convertirse en una nueva persona.
A pesar de que tanto Nathan como Rob, e incluso el laird, le habían preguntado qué le había sucedido para acabar casi muerta bajo unos matorrales, Morag no quiso hablar en un principio.
Era tanta la vergüenza y el miedo que aún tenía en su interior que no se sentía capaz de hablar de lo sucedido.
Sin embargo, con el paso del tiempo, y a medida que la confianza entre ellos fue aumentando, Morag se abrió en canal y, entre lágrimas, las últimas que derramó en su vida, contó todo lo que había pasado con sus padres y en aquel burdel.
Y en el momento en el que el nombre del culpable salió de sus labios, el propio Jacob lanzó una maldición.
—Ese hombre es la encarnación del mal… —sentenció.
Cuando Morag terminó de contarles lo sucedido, limpió sus lágrimas y, después de eso, jamás volvió a hablar de lo ocurrido, ni siquiera derramó una sola lágrima más.
Tal y como le había pedido su madre, se volvió fría.
Ella ahora era una guerrera y no podía permitirse esa clase de sentimientos dentro de su pecho, convirtiéndose en una mujer que, a veces, había dejado entrever la falta de juicio, pues había perdido el miedo a todo, incluso a la muerte.
Cuando Nathan volvió a escuchar esa carcajada de Morag, algo raro en ella, levantó su mirada azulada hacia ella.
Desde el momento en el que la joven abrió los ojos con tan solo doce años, mientras él tenía quince, Nathan se había enamorado perdidamente de ella.
La consideraba una superviviente, una mujer verdaderamente fuerte con la que poder compartir su vida.
Y, sin embargo, jamás se había atrevido a decirle nada, pues sabía que ella lo consideraba como un hermano, al igual que a Rob.
La joven, que había logrado llegar a su misma altura, poseía una anatomía que había ido moldeándose con el paso de los años.
Había pasado de ser una niña frágil, con muchos huesos rotos, a una mujer con curvas realmente espectacular y atractiva.
Su rostro ovalado le daba un aspecto casi angelical.
Su pelo castaño se había aclarado ligeramente con el paso de los años, además de que habían aparecido aún más hondas en sus mechones.
Sus ojos verdes habían pasado de no poseer vida a ser muy expresivos, excepto cuando se encontraba delante de una persona con la que no tenía confianza.
Aquellos labios prominentes que siempre tenían un precioso mohín de contrariedad llamaban la atención de Nathan, que había deseado besarlos en más de una ocasión.
Y aquellas mejillas rosadas en medio de su pálida piel le daban un aspecto inocente en medio de la fuerza y frialdad que mostraba como guerrera.
Nathan no pudo evitar sonreír al mirar la pequeña cicatriz de su barbilla, herida que él mismo le había hecho mientras practicaban con una daga y que siempre le recordaría lo mal que se sintió cuando la vio sangrar.
La vestimenta de Morag era muy parecida a la de los hombres del clan: pantalón de lana con los colores del clan MacBean, camisa blanca y, a veces, un chaleco con el que protegerse del frío.
No obstante, lo más llamativo de su vestimenta no eran los pantalones, sino la infinidad de dagas que guardaba entre su ropa.
En sus botas tenía cuatro, mientras que de su cadera pendía no solo la espada, sino un par de dagas más.
Su aspecto había cambiado con los años para convertirse en el de una auténtica mercenaria. Y eso le encantaba a Nathan.
—A veces os peleáis por tonterías —dijo la joven rompiendo el silencio que se había generado mientras el guerrero la observaba—. Si vuestro padre conociera la mitad de ellas…
—Nos echaría del clan seguramente.
Morag sonrió y negó con la cabeza.
—Os quiere demasiado como para hacer algo así.
—A ti también. Eres como su hija.
Morag se encogió de hombros, restándole importancia. Nunca había logrado aceptar los halagos.
—Yo soy una guerrera, al fin y al cabo. No llevo vuestra sangre.
—Pero te queremos igual.
Morag arqueó una ceja y lo miró fijamente.
—¿Desde cuándo eres tan zalamero?
—No lo he sido jamás.
—Ayer también me dijiste algo bonito. Voy a empezar a pensar que estás borracho.
Nathan le guiñó un ojo.
—O enamorado de ti —dijo a propósito para ver su reacción.
Morag abrió mucho los ojos y resopló.
—En ese caso, sería una pena porque yo no tengo la capacidad de amar, así que prefiero pensar que estás borracho.
Nathan sonrió y apartó la mirada para que la joven no viera sus verdaderos sentimientos. Le parecía una mujer tan extraordinaria que había logrado encandilar a gran parte de los guerreros del clan, pero era tan fría y calculadora que ninguno se había atrevido a contarle nada de ello.
—Por cierto, ¿tú qué opinas de lo que está pasando en los clanes de nuevo?
Nathan suspiró y se encogió de hombros.
—No estoy seguro de querer pensar en ello ahora, puesto que hace años generó demasiado dolor. Pero las cosas están como antes de la guerra, demasiado tensas. Y no estoy seguro de cuánto tiempo aguantarán los clanes antes de una nueva batalla.
—Pensamos lo mismo, especialmente después de haber estado en la última reunión.
Nathan asintió y se cruzó de hombros, mirándola con curiosidad.
—Cierto. No hemos hablado de tus impresiones. ¿Qué tal con los demás clanes?
Morag arrugó el rostro e intentó restarle importancia.
—Siguen acusando a los demás de los ataques que tienen. Es el pez que se muerde la cola. Pero sí me llamó la atención el clan Chattan.
—¿Alguno de los hermanos en concreto?
Morag arqueó una ceja.
—He dicho el clan Chattan, no uno de ellos.
—Lo han dicho tus ojos…
Morag gruñó entre dientes.
—A lo que me refería es a que parecían estar en tensión todo el rato, como si guardaran algo…
Nathan soltó una carcajada.
—¿Y cómo querías que estuvieran si tenían a sus enemigos entre sus paredes?
Morag lo miró largamente y acabó asintiendo.
—Supongo que tienes razón.
—¿En qué? ¿En qué tal vez alguno de ellos llamó tu atención?
—En que te voy a partir la cara como vuelvas a insinuar que me sentí atraída por alguno de ellos… Y sabes que no me importa que seas el hijo del laird.
Nathan le guiñó un ojo y abrió la boca para responder:
—De acuerdo. Ahora te hablaré en serio. Tengo la sensación de que se está estrechando el cerco sobre algo.
El laird Comyn ha sido asesinado, y dicen que se dirigía al castillo Chattan para hablar con Rowan porque había descubierto quién era el culpable de todo esto.
No sé si esta información es real, pero es lo que me ha llegado.
Por lo tanto, supongo que tal vez los Chattan y los Comyn son meras víctimas de alguien más fuerte.
Morag frunció el ceño.
—¿De verdad crees eso?
—¿Tú no? Sería algo realmente bueno, porque querría decir que, junto con nosotros, somos inocentes.
—Los Chattan reflejaban muy poca inocencia en sus miradas. Te lo aseguro.
—Bueno, reconozco que no son muy simpáticos, especialmente el segundo al mando, Sloan.
Morag levantó la mirada a él, aunque la apartó cuando el interés de Nathan volvió a fijarse sobre ella.