Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) PRÓLOGO #3
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PRÓLOGO #3

Los puños de la joven se apretaron inconscientemente, gesto que la mujer ignoró por completo con una sonrisa.

—Quieren probarte de nuevo. Al parecer, eres muy buena con ellos en la cama…

El mundo de Morag se desvaneció bajo sus pies. ¿El laird? Aquel miserable y desgraciado hombre que había matado a sus padres y sus hermanos. Aquel mismo que la había violado infinidad de veces y que la había llevado a vivir una vida asquerosa de la que solo deseaba escapar.

Sin embargo, Morag asintió, sin fuerzas. No quería pelear con ella y se dirigió de nuevo hacia las escaleras. Sus pies se arrastraban por ellas y cuando llegó a su dormitorio, se tumbó sobre la cama y, en apenas unos segundos, se durmió.

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El día llegó antes de lo que Morag hubiera deseado.

La puerta de su dormitorio se abrió de golpe y entraron un par de mujeres con una bañera y agua caliente.

Le ordenaron que se bañara y se quitara los restos de olor de otros hombres, puesto que tenía que estar limpia para la llegada del laird.

Con gesto cansado y el cuerpo dolorido por el día anterior, Morag se levantó de la cama y se arrastró hacia la bañera.

Sintió asco por la propia agua, pues tenerla frente a sí le indicaba la llegada del maldito laird que la había llevado allí.

Intentando mostrarse fría, a pesar de que ya estaba sola, la joven se desnudó y se metió en la bañera frotando su cuerpo poco a poco. Iba a ser uno de los peores días de su vida. Lo sabía. Cada vez que se presentaba allí su existencia se convertía en un infierno aún peor que el que ya vivía.

Terminó rápidamente de bañarse y se puso ropa limpia.

Intentó no gemir a cada paso que daba después de lo que había sufrido el día anterior.

Y cuando estuvo lista, bajó a la taberna.

Sabía que no podía demorarse, pues eso podría suponer un castigo, golpes o que su cuerpo fuera entregado a más hombres. Y sabía que no podría soportarlo.

—Cambia esa maldita cara, muchacha. El laird está a punto de llegar.

—No es mi laird. Es un asesino.

La dueña del burdel la agarró del brazo y tiró de ella para apartarla del resto de personas.

—Es tu laird desde hace dos años. Tu amo… y le debes sumisión.

Morag prefirió callar, pues estaba segura de que, si respondía, iban a golpearla.

Con gesto adusto y mirando a su alrededor para comprobar si alguien era consciente de su presencia, la joven se metió en las cocinas.

Fingió comer un trozo de pan mientras se llevaba una navaja a los pliegues de su falda.

Cuando la tuvo bien guardada, salió de nuevo para enfrentarse al mundo.

Estaba cansada de aquella vida. Prefería morir antes que seguir ofreciendo su cuerpo a unos y a otros.

Ese día iba a ser el último y rezó para que su familia la recogiera en el otro lado, tal y como su madre le había prometido.

—¡Están llegando! —exclamó una de las mujeres que trabajaban allí con ella.

Morag se quedó al otro lado de la barra y apretó los puños sobre esta. Respiró hondo y miró cómo los demás alzaban la voz en cánticos cuando el laird entró en el burdel junto a sus hombres.

La vanidad, el orgullo y la soberbia con la que caminaba el jefe del clan hacia adelante provocaba que el espacio en la taberna se llenara tan solo con su presencia. No hizo falta que hablara o que ordenara algo, pues todo el mundo lo idolatraba como si fuera la persona más importante del país.

Morag ni siquiera sintió el frío que penetraba en el lugar a medida que avanzaban los guerreros del laird, pues su mirada estaba fija sobre él.

Aún tenía un recuerdo muy fresco del momento en el que abrieron aquella puerta del armario y la encontraron.

Ese instante fue tan terrorífico para ella que había estado a punto de hacerse pis encima.

Y a pesar de que habían pasado dos años, Morag seguía teniendo esa misma sensación al tenerlo enfrente, aunque con la diferencia de que no se sentía capaz de sentir absolutamente nada.

—Gracias por vuestro recibimiento —dijo el hombre—. Siempre es un enorme placer volver aquí.

—El gusto es nuestro, laird. Hemos preparado a nuestras mejores mujeres para vosotros. Espero que las disfrutéis.

El hombre asintió y dirigió su mirada hacia Morag, que apretó las uñas contra la palma de su mano.

—Hay una que estoy deseando probar, pero le prometí a mi segundo al mando que esta vez sería él el primero en hacerlo…

Morag tragó saliva y dirigió su mirada más allá de los hombros del laird para posarla sobre el hombre del que hablaban.

Este, de estatura baja, con barriga prominente y casi sin dientes, la miraba con una sonrisa en los labios.

La joven sintió tanto asco que tuvo que tragar varias veces para evitar vomitar allí mismo.

—Y, de hecho, no voy a esperar mucho rato para tenerla —dijo relamiéndose y señalando hacia las escaleras.

Morag apenas fue consciente de lo que pasó a partir del momento en el que el hombre la agarró del brazo y la empujó hacia el piso superior.

Todo parecía quedarse en un segundo plano para ella.

Incluso las risas que había a su alrededor parecían demasiado lejanas.

Y cuando se vio obligada a entrar en una habitación, Morag solo pudo llevar la mano hacia los pliegues de su falda.

No supo en qué momento se armó de valor o cuándo sacó la navaja.

Lo que sí pudo ver al instante era el cuello rajado del segundo al mando cuando este se acercó a ella para desnudarla a la fuerza.

No lo había pensado, tan solo había actuado.

Al instante, la navaja se escurrió entre sus dedos, en el mismo momento en el que el cuerpo del hombre caía al suelo.

Morag se miró las manos y se preguntó cómo era posible que todo hubiera sucedido tan deprisa.

No había tenido tiempo para pensar, ni siquiera para llegar a la cama o para que el hombre dijera algo.

Simplemente, había entrado en el dormitorio y directamente lo había degollado.

De pie, Morag observó al hombre, que se aferraba el cuello sabiendo que la vida se le escapaba entre los dedos. Sus ojos estaban muy abiertos y, sin poder evitarlo, Morag se agachó junto a él.

—Espero que vayas al infierno por todo el daño que me habéis causado. Tus delitos se vengan hoy de ti. Y, tranquilo, el tiempo hará lo mismo con tu laird.

Y en ese instante, como si hubiera sido invocado, el jefe del clan apareció en la puerta.

La puerta se abrió de golpe, dejando entrar a un hombre que había acudido allí con la intención de unirse a la fiesta en esa habitación.

Sin embargo, la expresión de su rostro cambió enseguida cuando vio a su segundo al mando en un charco de sangre.

—Pero ¿qué…?

Morag se levantó rápidamente del suelo con la navaja de nuevo entre sus dedos y se lanzó contra él. Sin embargo, el hombre estaba preparado para detenerla. Puesto que era más alto que ella, le propinó una bofetada que logró desestabilizarla, provocando que la navaja escapara de su mano.

—¡Eres una maldita desagradecida! ¡Podría haberte matado aquel día!

—¡Habría preferido la muerte antes que vivir esta maldita vida! —vociferó la joven sin poder contenerse por más tiempo.

Morag sentía que había callado durante demasiado tiempo.

Había acatado órdenes una y otra vez, sin quejarse, sin rechistar, sin decir absolutamente nada.

Dejó a un lado su propia mente y su cuerpo para dejar que fueran otros quienes decidieran por ella.

Pero ya no más. Prefería morir luchando antes que seguir de rodillas mientras otros tocaban y mancillaban su cuerpo.

—Entonces, tranquila. Te voy a mandar rápidamente con tus malditos padres.

Morag estaba preparada para recibir golpes.

Los había aguantado durante esos dos años, pero para lo que no estaba preparada era para recibirlos de varias personas al mismo tiempo.

En cuestión de segundos, dos hombres más del laird entraron en el dormitorio y la luz en la estancia pareció descender, al igual que el calor de la misma.

Un poderoso frío se extendió por su cuerpo.

Sabía que la muerte estaba próxima. Había acudido a la habitación para llevarse el alma del segundo al mando del laird, pero también la suya.

Morag intentó protegerse de los puñetazos, patadas y demás golpes que recibía.

Todo su cuerpo le dolía terriblemente. Su labio estaba partido, algunos músculos se desgarraban a medida que la golpeaban, incluso temió que algún hueso se le hubiera desencajado, pero llegó un momento en el que Morag dejó de sentir dolor.

Tuvo la sensación de que flotaba y que ya ni siquiera los escuchaba.

Incluso todo se volvió negro a su alrededor.

Ya no había dolor ni malas palabras, tan solo una extraña sensación que no pudo descifrar.

Había muerto. Lo sabía. Y era tal la liberación que sentía que sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Los tres hombres se quedaron quietos cuando tuvieron la seguridad de que la joven había muerto.

Sus respiraciones aceleradas tardarían unos minutos en serenarse.

Incluso uno de ellos tuvo que limpiarse la boca, debido a la cantidad de saliva que había producido su boca con el placer que le produjo aquella paliza.

La observaron en silencio y Morag ya no se movía.

Ni siquiera podía escucharse su respiración.

De hecho, tampoco podían vislumbrar los rasgos de su rostro, que estaba ensangrentado.

Habían roto su nariz, sus labios, sus cejas, todo su cuerpo.

Parecía una muñeca de trapo rota que ya no iba a sobrevivir.

—Aunque no lo parezca, su pecho aún sube y baja.

—Pero con dificultad. No sobrevivirá a esta noche…

El laird sonrió y la movió ligeramente.

—Espero que se encuentre con su familia en el infierno, pues ahí es donde quería ir.

—¿Qué hacemos con ella?

—No la quiero enterrar en mis tierras. Es una maldita furcia. Dejadla en el límite con las tierras MacBean, que ellos la entierren cuando la encuentren.

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El día estaba a punto de llegar a su fin cuando el laird MacBean cabalgaba junto a su primogénito rumbo a su hogar. Lo había llevado consigo para enseñarle los pormenores del clan, pues ya tenía quince años y debía ponerlo al tanto de todo para cuando él ya no estuviera en este mundo.

Durante todo el camino, Nathan le había hablado de cómo iban sus clases con la espada y el arco. Incluso le contó todo lo que había ocurrido con sus hombres cuando habían salido a cazar. Y lo hacía con tanto entusiasmo que logró arrancarle una sonrisa a su padre.

Jacob observó el horizonte y respiró hondo. A pesar de que había hecho un buen día, el atardecer parecía prometer lluvia, pues traía ese olor peculiar a tierra mojada que tanto lo caracterizaba. Y lo agradeció inmensamente.

—¿Cree de verdad que yo podría llegar a ser tan buen laird como usted, padre?

Jacob giró la cabeza en la dirección de su hijo. Aún tenía en su rostro los estragos de su edad, pero los disimulaba con la barba que le había crecido un par de años atrás.

—Serás el mejor. Estoy haciendo todo lo posible para dedicarte la mejor educación posible. Te llevo conmigo para que la gente te conozca y vean el hombre en el que te has convertido, Nathan. Nunca dudes de ti mismo.

El joven sonrió y asintió.

—Gracias, padre.

Pero al instante, la sonrisa del joven desapareció y miró por encima del hombro de Jacob. Su ceño se frunció y entornó los ojos. Su padre, al verlo, se giró sobresaltado y también se sorprendió al ver lo que había causado esa expresión en su hijo.

—¿Ese es el cuerpo de una niña? —preguntó incrédulo.

Nathan carraspeó, incapaz de hablar.

—Parece tener casi mi edad. Por Dios, ¿qué le han hecho?

Ambos cabalgaron deprisa hacia los matorrales donde estaba semiescondido el cuerpo de la joven. Saltaron del caballo y se arrodillaron ante ella.

—Pero ¿qué clase de demonio ha sido capaz de hacerle esto?

Nathan llevó un dedo tembloroso hacia el cuello de la joven y comprobó que su corazón seguía latiendo.

—Creo que lo que más me sorprende es que siga con vida…

Jacob miró a su hijo y después a los caballos.

—Creo que, si llegamos a tiempo al castillo, la curandera podrá hacer algo con ella.

—No sobrevivirá al viaje, padre. Por Dios, parece que tiene todo el cuerpo roto…

—Nathan, si cabalgamos más despacio, podrá sobrevivir. Debemos salvarla. Si es una de los nuestros, no podemos dejarla aquí.

—Por supuesto, padre. La llevaré yo. Mi cuerpo pesa menos que el suyo y el caballo podrá con ambos.

Jacob asintió y Nathan corrió hacia el animal para que se acercara a la joven.

No pudo evitar santiguarse ante la imagen tan horrible de aquella muchacha.

Tenía el rostro tan ensangrentado que apenas se distinguían sus rasgos.

Incluso tenía el pelo pegado a la cabeza debido a la sangre.

Y la mala postura de algunas extremidades le indicó que le habían roto varios huesos.

—Con cuidado, hijo.

Nathan asintió, casi sin aliento.

—Quien haya hecho esto debería pagar con su vida.

Ambos subieron el cuerpo de Morag al caballo del joven con sumo cuidado. Y solo cuando por fin estuvo bien sujeta, Jacob tuvo aliento a responder:

—Lo importante es que la muchacha sane. La cuidaremos en el castillo el tiempo que haga falta.

Nathan asintió seriamente.

—¿Y qué haremos cuando sus heridas se hayan curado?

Jacob montó sobre su caballo y miró de reojo a su hijo.

—La convertiremos en una guerrera.