PRÓLOGO #2
—Pase lo que pase y oigas lo que oigas, que no se te ocurra salir de este armario.
No hagas ruido ni nada que llame su atención.
Y, si en algún momento te descubren, no llores, no tiembles de miedo, no supliques por tu vida y, ni mucho menos, muestres algún tipo de emoción.
Sé fría, Morag, que nadie jamás logre adivinar tus verdaderos sentimientos.
—Pero, madre…
—No olvides que te quiero. Y tampoco olvides lo que te enseñó tu abuelo. Te recogeremos cuando pases al otro plano…
Sin perder más tiempo, Evelyn la empujó dentro del armario y cerró la puerta dando un sonoro portazo.
Tras eso, Morag escuchó correr a su madre hacia el epicentro de la pelea, que era en el salón.
Desde donde se encontraba, la niña escuchó las voces de su familia, especialmente el grito de impotencia y desesperación cuando vio que mataban a sus hijos frente a ella sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
Morag intentó no llorar, pero las lágrimas salían de sus ojos sin parar, totalmente asustada.
Jamás en su corta existencia se había sentido así.
Siempre había vivido con tranquilidad y nunca había escuchado pelear así, ni mucho menos había visto matar a alguien.
Pero saber lo que estaba ocurriendo en el salón de su casa y no poder hacer nada la rompió por dentro en mil pedazos.
La niña se tapó la boca con la mano cuando escuchó el grito agónico de su madre cuando la atravesaron con la espada.
Y, en cuestión de segundos, el silencio fue sepulcral en la casa.
Morag sabía que toda su familia había muerto y que la siguiente en hacerlo sería ella.
Estaba segura de que iban a encontrarla allí metida y que iba a desangrarse como un cerdo en unos minutos.
La niña se arrebujó contra su ropa en el armario y cerró los ojos mientras intentaba adivinar los próximos movimientos de los atacantes.
Escuchó los pasos de los guerreros de un lado a otro de la casa mientras desmantelaban todo a su paso.
Su cuerpo comenzó a temblar, pero recordó las palabras de su madre y se obligó a serenarse.
No podía mostrar miedo o sería peor. Su madre había acudido presta a ayudar a su marido y sus hijos y había muerto en el intento, por lo que ella no podía ser menos.
Sería igual de valiente que ella para que se sintiera orgullosa.
Morag abrió los ojos y, desde una rendija, logró ver luz de una antorcha en el pasillo.
Sin moverse, escuchó la conversación y aquella voz del líder atravesó cada uno de los poros de su piel, hundiéndose en su corazón como un clavo ardiente.
A medida que se acercaba a su posición, Morag supo que jamás olvidaría aquella voz, pero en ese instante no podía permitirse dejar su mente dispersa en algo tan simple como eso.
Poco a poco, los pasos se fueron reduciendo, confirmándole que los hombres dentro de su casa eran menos, por lo que un rayo de esperanza surgió a través de su herido corazón. Sin embargo, los pasos del líder sí que fueron hacia su dormitorio mientras daba órdenes a diestro y siniestro a los demás.
Morag tragó saliva al escucharlo dentro de su dormitorio.
—Aquí había una persona más que no hemos visto en el salón.
—Tal vez alguno de los muchachos muertos dormía aquí.
—No lo creo. Había más camas en otra estancia y todas las sábanas estaban revueltas, como estas. Hay alguien más que no hemos visto.
Morag sintió que se le secaba la boca y apretaba los puños contra su cuerpo, como si solo con ese gesto pudiera defenderse.
Y cuando el hombre se acercó al armario, Morag pudo ver por la rendija el broche que pendía de su hombro. Supo que jamás lo olvidaría. Lo grabó a fuego en su mente y estaba segura de que cada detalle del mismo sería recordado hasta el día de su muerte, si no la mataban en ese preciso instante.
—¿Dónde puede estar? —preguntó el otro guerrero.
Con una sonrisa sádica, el líder abrió la puerta del armario y la observó sin moverse. Morag sintió que se hacía más pequeña en ese instante en el que vio la muerte en aquellos ojos. El hombre alargó una mano y la sacudió para empujarla hacia el otro guerrero.
—¿Qué tenemos aquí? Una linda conejita…
Morag no podía hablar. Estaba tan asustada que toda su atención se centraba en no hacerse aguas menores encima. Su mirada aterrada estaba puesta sobre el guerrero, que le sonreía.
—Así que tú eres la pequeña de la casa… Una lástima que todos hayan muerto. Porque lo has escuchado, ¿verdad? Has escuchado cómo morían mientras tú te escondías sin hacer nada…
Morag no respondió. Tenía la impresión de que se había quedado sin habla, pues ni siquiera era capaz de carraspear. Le dolía terriblemente todo, aunque no sabía por qué. Y lo dejó seguir hablando. El hombre se agachó junto a ella y sonrió.
—Pero puedes estar tranquila, conejita. Tú no vas a morir.
Algo debió de ver en los ojos de Morag cuando su sonrisa se ensanchó y negó con la cabeza de nuevo.
—No… Tú vendrás con nosotros.
Y cuando sintió de nuevo la voz en su cuerpo, Morag abrió la boca para preguntar.
—¿A dónde?
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Apretó las sábanas con tanto ahínco que estaba segura de que sus uñas atravesarían la tela y se clavarían en la palma de su mano. Pero no le importaría. Dos años habían pasado desde que Morag había sido llevada a ese maldito lugar y usada como un trapo viejo sin derecho a nada.
La joven, ya adolescente, intentó moverse en la cama, pero le dolía tanto todo su cuerpo que apenas pudo arrastrarse unos centímetros por ella.
Estaba boca abajo y aún sentía el lacerante dolor entre sus piernas.
Había llegado la noche y ya había perdido la cuenta de cuántos hombres habían pasado por ese maldito dormitorio del burdel para hacerla suya una y otra vez.
El sonido que hicieron las dos monedas al caer al suelo la estremeció. Odiaba ese maldito sonido, odiaba el dinero, a los hombres y a ella misma por seguir viva.
—Ahí tienes tu recompensa. Espero que la próxima vez estés más simpática y receptiva.
El hombre terminó de vestirse y se marchó, dejándola completamente sola.
Y únicamente en ese instante, Morag logró recuperar algo de sus fuerzas para mover las piernas.
Le temblaban tanto que sabía que no podría sostenerse sobre ellas.
La habían arañado, mordido y usado su cuerpo de forma tan cruel que hasta el vientre le dolía después de tantas acometidas.
Ya había perdido la cuenta de las veces que había rezado para que jamás la dejaran en cinta, pero estaba segura de que con las palizas que recibía sería realmente imposible.
Doce años. Tenía tan solo doce malditos años y seguía viva.
Morag no comprendía por qué demonios la habían llevado allí.
La dueña del burdel le había dicho que su pelo castaño y sus ojos verdes serían muy llamativos, y el hombre que la había llevado allí tras el asesinato de sus padres así lo había afirmado.
Esos dos años que llevaba en el burdel no había hecho más que recordar las palabras de su madre.
Parecía que esta supiera a dónde la iban a llevar aquel fatídico día, pues sus palabras fueron directas a su corazón.
Morag no había llorado, no había mostrado miedo ni había dejado un solo resquicio a la súplica.
Había aceptado su destino, convirtiéndose en una prostituta a tan temprana edad, y ya parecía haber olvidado lo que era un abrazo con amor verdadero.
Se incorporó en la cama soltando un gemido de dolor.
Entre sus piernas aún quedaban restos de lo que acababa de acontecer y sintió que una arcada subía desde su estómago.
Logró contenerse a tiempo. Sentía asco por los hombres que la usaban, pero también por ella misma.
Su cuerpo ya no le pertenecía, y le parecía tan triste que había estado a punto de quitarse la vida en más de una ocasión, pero una voz interna le había pedido que esperase…
Esperar, ¿a qué? ¿A que la mataran finalmente o la dejaran preñada con tan solo doce años?
¿Cómo iba a cuidar de un bebé si ni siquiera podía cuidar de sí misma? Simplemente, no podía.
Sintiendo las protestas de todo su cuerpo, Morag se levantó y se vistió.
Peinó su cabello y rezó para que ningún hombre más requiriera de sus servicios.
Ni siquiera se molestó en mirarse al espejo, pues la imagen que este le devolvía no era la suya.
Ella no era esa adolescente de ojos sin vida, pelo castaño ondulado, alta y delgada, con labios prominentes que llamaban la atención de los hombres que la visitaban, mejillas rosadas y pecosa.
No. Esa no era ella. Era un muerto que parecía tener vida propia y se movía por el mundo sin alma.
Morag salió de allí para escapar del apestoso olor y bajó al piso inferior para llevarle las monedas a la dueña del burdel. Su entrepierna protestó, pero Morag aguantó el dolor y apretó los puños.
Intentó recordar en ese momento dónde se encontraba, y al acordarse de que su casa estaba realmente cerca, al otro lado de la frontera, todo su mundo se vino abajo.
Apenas había tenido unos segundos para despedirse de su familia muerta.
El hombre la había arrojado a los brazos de uno de sus hombres y habían atravesado de nuevo la frontera hacia su clan.
Maldito fuera el clan… Morag barrió con la mirada a toda esa gente.
No eran MacRae, pero ni siquiera se atrevía a pronunciar el apellido de ese maldito clan.
—Eh, muchacha. Parece que tienes la mente en el cielo. ¿Acaso te has quedado con ganas de más?
La voz aflautada de la dueña del burdel llegó a ella y la sacó de sus pensamientos. La miró con ceño fruncido y caminó hacia ella, dejándole sobre la barra las monedas que le habían dado por sus servicios.
—¿Puedo irme ya a descansar?
Morag rezó para que así fuera, y casi sonrió cuando la mujer asintió.
—Tienes que recabar fuerzas para mañana.
La joven frunció el ceño.
—¿Qué pasa mañana?
—Viene el laird con sus hombres.