Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2) PRÓLOGO
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Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2)

Espinas en el corazón (Corazones oscuros 2)

Por Emma G. Fraser

© inepub.com

PRÓLOGO

Dicen que nuestro destino está escrito y que no podemos escapar de él, aunque queramos. Lo que no te dicen es que, para llegar a él, primero hay que atravesar un campo repleto de espinas.

Morag aún tenía una edad muy temprana para saber el significado real de eso, pero estaba a punto de comprobarlo.

Aquel último día de invierno estaba a punto de llegar a su fin.

Había sido una estación muy dura, en la que habían estado a punto de pedir un trozo de pan puerta por puerta de la aldea, puesto que no había dejado de nevar y apenas había animales para cazar en ese lugar cercano a la frontera con otros clanes.

Sus padres habían hecho todo lo posible para sobrevivir ese invierno, por lo que el hecho de que ese día fuera el último y pasaran a una esperanzadora primavera suponía un alivio para su pequeño corazón.

Morag acababa de cumplir diez años y a pesar de las estrecheces de la familia, sus padres habían logrado hacer que su día tan especial fuera inolvidable.

Incluso sus hermanos mayores habían participado de la sorpresa, como si todos supieran, internamente, que sería el último que iban a pasar juntos.

Morag era la última de cuatro hermanos, y también la única niña, pero Dean, Chris e Ian siempre la habían tenido en consideración y la amaban tanto como sus padres.

Daniel y Evelyn MacRae se habían casado años atrás después de vivir un intenso amor que había llevado a Daniel a secuestrar a Evelyn cuando la familia de esta no aceptó su compromiso.

Habían tenido a sus cuatro hijos amados y, a pesar de las dificultades, lograban vivir en paz y armonía en esa pequeña casa de la frontera.

Mientras Morag observaba el horizonte y veía caer el sol que había quedado tras la tormenta, pensaba en lo que sería su futuro.

Se preguntó a dónde la llevaría el destino y si, tal vez, se quedaría en una casa cercana a la de sus padres para evitar alejarse de ellos.

Todo eran cuestiones para ella, cuya mente era tan despierta e interesada en todo que se había ganado más de una regañina por parte de su familia.

La niña era muy avispada y solía aprender rápido, por lo que su madre había aprovechado eso para enseñarle a coser y cocinar con la intención de que fuera una mujer de provecho en el futuro.

Sin embargo, algo dentro de Morag la hacía desear otras cosas.

Escuchaba a sus hermanos hablar de guerreros con espadas que luchaban por un clan o por el rey, y eso siempre le había llamado la atención, aunque nunca llegara a conocer a alguno de ellos.

Incluso a veces creía que esos guerreros eran invenciones de sus hermanos para pasar el rato, pues por allí nunca habían visto semejantes hombres.

A pesar de eso, Morag era una niña feliz que solo deseaba poder vivir su vida de forma tranquila. Sin embargo, desconocía que el destino le tenía preparado algo muy diferente a aquello.

En el momento en el que el sol cayó y solo quedó un pequeño rastro de luz en el cielo, Morag volvió al interior de la casa dando pequeños saltitos.

Su madre ya estaba terminando de preparar la cena mientras que sus hermanos y su padre intentaban arreglar un par de sillas que se habían roto el día anterior.

Aquella estampa le hizo sonreír. Adoraba a su familia por encima de todo.

Y sabía que era un sentimiento recíproco.

Sin perder esa sonrisa, se acercó a la mesa, donde la esperaba su madre.

—Pensaba que te quedarías en la puerta hasta mañana —le dijo devolviéndole la sonrisa.

—Es que ha quedado un día espectacular después de la tormenta, madre. No podía perdérmelo —respondió la niña.

—No puedo entender cómo es posible que te guste tanto observar el cielo.

—El abuelo siempre decía que el firmamento era nuestro manto mientras estamos en este plano y que nos recoge y envuelve cuando dejamos de existir aquí.

Su madre rodó los ojos.

—Mi padre siempre decía muchas cosas…

—Pero eso era muy bonito, madre. A mí me gusta pensar que algo invisible me protege y me cuida y que, cuando muera, alguien vendrá a por mí. Es algo muy hermoso.

Dean, el mayor de los cuatro hermanos, se levantó del suelo y se acercó a ella para revolverle el pelo con una sonrisa.

—El abuelo te llenó la cabeza de pájaros, Morag.

La niña hizo un mohín y peinó con los dedos su cabellera castaña. Sus ojos verdes se dirigieron hacia su hermano y le sacó la lengua.

—Di lo que quieras, Dean, pero estoy segura de que, cuando muera, el espíritu del abuelo me recogerá porque yo sí creí en él.

—Dejemos el tema ya, por favor —pidió su padre cuando notó el tono enfadado de Morag, que auguraba una buena tormenta dentro de la casa.

—Cierto, es hora de cenar.

Los demás acudieron a la mesa y se sentaron en las sillas, prometiendo que al día siguiente arreglarían lo que quedaba de las otras que estaban rotas.

—Ahora que ya estamos todos sentados a la mesa, me gustaría contaros algo que aún no os he dicho.

La atención de toda la familia se dirigió a su padre, que sonrió enigmáticamente.

—He hablado con el dueño de una granja cercana y me ha dado trabajo para todo el año.

La alegría dentro de la pequeña casa fue enorme.

Su madre abrazó a su padre y sus hermanos se levantaron también para estrecharlo entre sus brazos.

Morag, en cambio, se quedó parada en la silla, con una sonrisa dulce en los labios y grabó en su mente aquella imagen de felicidad.

Hacía tanto tiempo que no escuchaba carcajadas en su hogar que había olvidado cómo sonaban.

Y eso le alegró la noche. Finalmente, cuando logró grabar en su mente aquella imagen, se levantó de la silla y se unió al abrazo; un abrazo familiar que muy pocas veces se había dado, pero que recordaría por siempre, pues sintió que le llenaba el alma.

Pocos minutos después, regresaron a sus sillas y comenzaron a cenar, llevando las conversaciones por otros derroteros mientras Morag se perdía en la inmensidad de sus propios pensamientos. No obstante, al cabo de un rato, su hermano Chris pronunció su nombre y el de un niño de la aldea.

—He visto a Stefan ir detrás de ti en más de una ocasión. ¿Algo que añadir a esa información?

Morag no pudo evitar sonrojarse y resoplar.

—Sí, que algún día le voy a tirar una piedra a la cabeza. No me deja en paz…

—Así que nuestra hermanita tiene un admirador.

Morag miró a Chris con mala cara.

—Si fueras un buen hermano, le partirías la cara en lugar de reírte por perseguirme.

—No hay que pelearse con nadie —respondió su madre mirándola fijamente.

—Es que no deja de molestarme. Me sigue a todas partes y no me deja jugar tranquila.

—Está enamorado, Morag —se burló Ian con una sonrisa—. Déjalo…

La niña gruñó algo que nadie pudo entender porque tenía la boca llena, por lo que siguieron conversando sobre otros temas que les parecieron interesantes, olvidando el sonrojo de Morag, cosa que ella agradeció.

Al cabo de una hora, cuando todo el mundo había terminado de cenar y habían recogido los platos, Evelyn instó a sus hijos a acostarse a pesar de las quejas de estos para seguir despiertos un rato más.

La única que no puso objeción alguna fue Morag, que bostezó mientras se encaminaba hacia su dormitorio sin apenas dirigirles la mirada a los demás para evitar más burlas sobre su persona.

Sin embargo, algo dentro de ella la obligó a pararse en la puerta de su dormitorio y la hizo mirar atrás.

Desde allí pudo ver de nuevo a sus padres y sus hermanos y sonrió una vez más sin saber exactamente por qué, pero sintió cómo su corazón se llenaba de amor por ellos.

Tras esa última mirada, la niña entró en su minúsculo dormitorio y se cambió de ropa, poniéndose el estrecho camisón que se le había quedado pequeño con el último estirón que había dado tras cumplir los diez años.

Morag peinó su cabello ondulado y vio los mechones marrones gracias a la luz de la luna que entraba por la estrecha ventana.

Sus ojos verdes parecieron refulgir en ese momento y se obligó a acostarse con la intención de hacer algo nuevo al día siguiente.

Sin embargo, el destino había preparado algo muy diferente tanto para ella como para su familia aquella fatídica noche.

No habían pasado más que unos minutos desde la medianoche cuando algo comenzó a moverse en los límites de la frontera.

Un numeroso grupo de guerreros se esparció entre las calles de la aldea en la que vivían y, puesto que la casa de Morag era una de las más cercanas, fue la primera a la que lograron llegar.

Una fuerte patada abrió la puerta de la casa, provocando que el caos se extendiera por cada rincón de ese lugar.

Morag abrió los ojos de golpe, asustada por aquel fuerte ruido, y rápidamente, la puerta de su habitación se abrió con el rostro asustado de su madre entrando en él.

La niña se sentó en la cama, pero su madre tiró de su brazo con fuerza y la empujó hacia un pequeño armario que había en la esquina del dormitorio.

—¿Qué pasa, madre? —preguntó cuando pudo recuperar la voz.

—Nos atacan, Morag.

A pesar de esas palabras, la niña no lograba entender realmente qué estaba pasando.

Había pasado de tener un plácido sueño a, de repente, despertarse de golpe y verse empujada contra el armario, cuya puerta abrió su madre sin perder tiempo.

Apenas tuvo unos instantes para asimilar lo que estaba pasando, por lo que la mente de Morag tuvo que ceñirse a la rapidez del momento.

—Métete en ese armario.

El grito de dolor de su padre, llamó poderosamente la atención de la niña, cuyos ojos se llenaron de lágrimas. Al instante, las voces de sus hermanos mayores rompieron también el silencio de la casa, mientras que el ruido de acero chocando entre sí le puso el vello de punta.

—Mírame, Morag.

Los ojos de su madre habían perdido el brillo que normalmente tenía. Incluso no parecía haber esperanza en ellos. Evelyn le tomó la cara a la niña e intentó sonreírle de alguna manera.