Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 40
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Capítulo 40

CUARENTA

RAVEN

Presente

Podría jurar que cocinar sería mi perdición algún día. Lo que ponía en la estufa siempre parecía empeñado en vengarse.

—¿Qué me llevó a intentarlo de nuevo? —murmuré, parpadeando contra el escozor del humo.

Se enroscaba desde la sartén en cintas grises fantasmales, lo suficientemente gruesas como para difuminar la luz de la tarde que entraba por la ventana de la cocina.

Me ardió la garganta y se me humedecieron los ojos hasta que el mundo brilló.

La mantequilla que había derretido hacía unos minutos se había ido y su promesa dorada se había reducido a una costra negra y pegajosa chamuscada.

Agarre una cuchara de madera, tocando el desastre como si pudiera resucitarse. Siseó en respuesta, un sonido rencoroso que me hizo estremecerme. Moví la mano frenéticamente bajo el detector de humo, rezando para que no…

—París o New York —dijo una voz familiar a mi espalda, calmada y divertida—. Hay cosas que nunca cambian.

Me giré y vi a Aiden apoyado en la columna que separaba la cocina de la sala, con sus mangas dobladas hasta los codos, brazos cruzados y una sonrisa ladeada asomando en su boca. La tenue luz azul de la televisión parpadeaba detrás de él, un contraste silencioso con el caos que se desarrollaba allí.

Como si se ofendiera por su indiferencia, el detector de humo se encendió con un chillido ensordecedor que hizo que me estremeciera.

—¡Oh, vamos! —vociferé por encima del ruido, arrebatando una toalla y agitándola salvajemente, como una bandera blanca de rendición—. Sabía que no debía intentarlo.

La sartén crujió de repente, la mantequilla explotando como fuegos artificiales en miniatura.

Una llama saltó, lamiendo el borde de la sartén.

Grité y me tambaleé hacia atrás, casi tropezando con una espátula que de alguna manera había caído al suelo.

El olor acre a grasa quemada llenaba el aire, pesado y punzante.

Aiden suspiró, luego se apartó de la pared y se acercó a mí con una calma irritante.

—Ayuda —dijo—, si primero apagas la estufa.

Le lancé una mirada fulminante.

—Ya iba a hacerlo.

No se molestó en responder. Con lo que pareció un movimiento rápido, apagó el fuego, tomó la sartén y tiró su contenido en el fregadero. El siseo que siguió al golpear el agua sobre el metal caliente llenó el aire, dejando salir una nube de vapor.

Me apoyé en la encimera, mi pecho agitado, mi cabello pegado a la frente, la cocina ahora oliendo a mantequilla quemada y humillación. La habitación brillaba con el calor residual.

—Evitamos el desastre —pronunció, enjuagando la sartén—. Pero por favor, por el amor de Dios, no cocines más, Raven.

—Con gusto. —Solté una risa temblorosa, deslizándome por el armario hasta sentarme en el frío piso de loseta—. Aunque, no sé cómo voy a alimentar a un bebé si no consigo hacer algo tan simple como derretir mantequilla.

Se agachó a mi lado, la diversión suavizándose en su expresión mientras me pasaba un brazo por los hombros. Su calor contrastaba con el frío del piso bajo nosotros.

—El bebé solo necesita leche durante los primeros seis meses —indicó con ligereza—. No hay que cocinar nada.

Le di un golpe en el brazo con la poca dignidad que me quedaba.

—Eso lo sé.

—Bien —murmuró, besando mi sien—. Y después de eso, cocinaré para los dos.

El detector de humo emitió un último chillido desafiante antes de quedarse en silencio misericordiosamente, y no pude evitar reírme. La cocina era un desastre, yo también, pero de alguna manera, con él allí, no se sentía tan mal.

Se dejó caer a mi lado por completo, apoyando la espalda en los armarios inferiores.

Sus brazos me rodeaban mientras ambos estábamos sentados en el suelo de la cocina con las piernas estiradas, la espalda apoyada en la madera, en tanto el olor a mantequilla quemada se desvanecía poco a poco en el aire.

Durante un largo momento, ninguno de los dos habló hasta que él me dio un golpecito en la rodilla con la suya.

—Sabes —habló con voz baja y casual—, me gusta mucho el seudónimo Cuishle que usas para tu arte.

Jadeé.

—¿Cómo te enteraste de eso?

Estudió mi rostro, con expresión suave.

—Ahora que te he encontrado, estoy decidido a descubrir todo lo que me he perdido en los últimos cinco años.

Tragué saliva.

—Puede que no te gusten algunas cosas.

Se encogió de hombros.

—Puede ser, pero no cambiará lo que siento por ti. —Dudé, luego me apoyé suavemente en su hombro y su brazo se apretó a mi alrededor—. Espero que no cambies tu seudónimo ahora que ya no te escondes.

—No lo haré.

Sonrió.

—¿Por qué elegiste ese?

Le lancé una sonrisa tímida.

—Me hacía pensar en ti. O quizá fue mi forma de devolver esa suma sustancial de dinero que retiré de tu cuenta antes de desaparecer.

—Mi dinero es tuyo. Ha sido tuyo desde el momento en que nos casamos.

Me reí.

—Las palabras que toda mujer adora escuchar.

—No me importan las demás mujeres ni lo que piensen —respondió con tono seco—. Solo tú.

Giré la cabeza para poder ver mejor su cara y expresión.

—¿Aiden?

—Hmmm.

—Siento no haber confiado en ti en aquel entonces —confesé—. Debería haber confiado en que nos protegerías a mamá y a mí en vez de desaparecer y dejar que creyeras que estaba muerta. Fue cruel, y te mereces algo mejor.

Negó con la cabeza, con la voz áspera al pronunciar sus siguientes palabras.

—No voy a mentir y decir que no me afectó, pero no estoy enfadado. Ya no. Entiendo por qué lo hiciste. —Mis hombros se hundieron de alivio—. Lo que no entiendo es cómo lograste permanecer invisible y seguir viviendo con normalidad.

Respiré profundamente y solté la respiración lentamente.

—Bueno, ya sabes que mi madre fue la razón por la que Duncan acabó tras las rejas durante una década.

—Él asintió, con la mirada fija en mí—. Increíblemente, tenía toda nuestra vida asegurada por si las cosas se complicaban —continué—.

Resulta que negoció algún tipo de acuerdo de contingencia con el programa de protección de la DEA.

Si Duncan alguna vez venía tras nosotras, activarían un protocolo para borrar nuestros datos, nuestra huella digital, todo. Como si nunca hubiéramos existido.

—¿Qué? —Parecía sorprendido, o quizás impresionado—. ¿Usaron el software de Nico Morrelli?

Me encogí de hombros.

—Realmente no conozco los detalles —admití—. Mamá me dejó instrucciones. Las seguí. Llamé a un número y después de eso, ellos se encargaron del resto.

—Vaya, estoy impresionado.

Mis labios se curvaron en una sonrisa.

—Mi madre se encargó de todo, así que se merece todo el crédito.

—Me sorprende —murmuró—. Pensé que te había fallado cuando, en realidad, se aseguró de protegerte desde el principio.

—Sí. Es increíble, pero Duncan la lastimó.

La peor parte era el miedo que me arañaba las costillas.

El pensar que él también le estaba haciendo daño en este momento.

Fue suficiente para vaciarme por dentro, desgarrándome viva.

Sin embargo, no podía caer en la desesperación.

Confiaba en que Aiden la recuperaría, y gracias a sus hermanos y a mis interminables preguntas, sabía que ya estaba tramando un plan.

—La recuperaremos, Raven —prometió Aiden, y le creí.

Tras un instante, se enderezó y se levantó, ofreciéndome su mano.

—Vamos, salgamos a comer algo.

—No voy a discutir contigo —repliqué, tomando su mano—. Nada de humo, nada de explosiones… Debería haberlo sugerido yo misma.

AIDEN

Afuera, el aire transportaba el leve zumbido de un acordeón que bajaba desde algún lugar de la calle. Dentro de Le Petit Chardon, conversaciones, risas y el suave tintinear de los cubiertos se entretejían en la cálida neblina de la luz de las velas.

El bistró olía a ajo asado y pan recién hecho, reconfortante, familiar y a calles de distancia del caos que habíamos dejado en la cocina del penthouse. Raven exhaló al entrar, sus hombros finalmente relajados, las luces doradas reflejándose en su cabello oscuro.

—Tal vez queme comida todos los días si eso significa que me llevarás a lugares como este —expresó, lanzándome una mirada de reojo—. ¿Cómo conseguiste una mesa aquí? Este lugar no tiene reservaciones en todo el año.

Sonreí y la conduje a nuestra mesa. Jalando su silla, le dije:

—El dueño es amigo mío.

—Gracias a Dios por eso —comentó, hundiéndose en el asiento—. Los restaurantes te dan comida sin quemarla. A diferencia de mí.

Extendí la mano sobre la mesa y aparté un mechón de cabello de su mejilla.

—Con gusto me comeré tu comida quemada —dije suavemente—, porque significa que estás aquí para prepararla.

Su sonrisa titubeó cuando una sombra cruzó su rostro, sus hombros volvieron a caer.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Tragó saliva con dificultad, su garganta se agitaba alrededor de las palabras.

—Empiezo a darme cuenta del dolor que causé por mi supuesta muerte.

Y en ese instante apareció el camarero, en el momento oportuno y con lino blanco impecable, dejando nuestras bebidas y tomando nuestra orden. Esperé a que se fuera antes de contestar.

—Ahora estás aquí —señalé—. Eso es lo que importa.

—¿Así como así? —susurró—. ¿Olvidamos el pasado?

Sacudí despacio mi cabeza.

—El pasado es parte de nosotros, pero no tiene por qué definirnos. Tú y yo… Nuestra historia empezó mal. Pero encontramos algo raro, algo invaluable. Llamas algo dentro de mí, Raven. Siempre lo has hecho. Porque tú me perteneces, y yo te pertenezco.

Frunció el ceño, la comisura de su boca se levantó incrédula.

—¿Así nada más?

—Así, nada más. —Me encogí de hombros levemente—. Mi padre solo amó a una mujer. Estoy seguro de que será igual para mí.

Sus ojos se abrieron de par en par, la incertidumbre brillando allí. Quizá no era fácil para un hombre, un criminal despiadado como yo, decir algo así. ¿Pero de qué servía fingir lo contrario?

—¿Tus padres estaban muy enamorados? —inquirió, con voz vacilante.

Apreté la mandíbula y mi expresión se endureció.

—Mi madre traicionó a mi padre —detallé en voz baja—, y eso le costó la vida.

Sus ojos se suavizaron.

—Lo siento.

Negué con la cabeza.

—Esa es su historia. No la nuestra.