Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 22
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Capítulo 22

VEINTIDÓS

AIDEN

El recuerdo de hacía cinco años me golpeó como un tren de carga.

Acababa de enterrarla o lo que quedaba de ella.

Me había parado al borde de la tumba y había visto el ataúd descender a la tierra abierta, el sonido de cadenas tintineando y tierra removiéndose, resonando en mi cráneo.

La voz del sacerdote era un murmullo bajo y hueco, tragado por los lamentos y el ruido a mi alrededor.

No podía sentir nada.

De vuelta en el penthouse, el silencio me recibió, pesado e inmóvil. Me presionó contra el pecho, justo cuando el anillo de bodas de mi esposa se clavó en mi palma y la culpa se hundió en mi corazón.

La casa estaba quieta, demasiado quieta, como si contuviera la respiración.

Las cosas de Raven estaban por todas partes, intactas y casi congeladas en el tiempo.

Su suéter colgaba del respaldo de la silla, un pálido fantasma de su calidez.

Su taza favorita estaba junto al fregadero, con el leve anillo de café seco en el fondo.

Su perfume seguía impregnado en el aire, recorriendo la habitación como un recuerdo que se negaba a desvanecerse.

Verlo todo me revolvió el estómago. Me dolía tanto el pecho que sentía que las costillas se me iban a romper. Odiaba poder olerla aun cuando ya no estaba.

Dos cortas semanas.

Eso fue todo lo que necesitó para grabar su nombre en mis huesos. Dos semanas de risas, de sonrisas burlonas, de susurros nocturnos que de alguna manera importaban más que cualquier otra cosa.

Ahora, solo había ausencia.

¿Cómo podía alguien volverse tan esencial en tan poco tiempo? Quizás era culpa. Quizás era algo más profundo, algo que no estaba preparado para admitir. No lo sabía, y no podía soportar averiguarlo.

Giré hacia la ventana, hacia la ciudad que sangraba naranja y dorado bajo el sol moribundo. La luz golpeaba el cristal, nítida y cegadora, pintando la habitación de tonos fundidos. Casi parecía fuego.

Y entonces mi teléfono vibró.

Le eché un vistazo. Era tío Jack.

Por un momento, pensé en ignorarlo. No quería escuchar su voz. No quería que me arrastraran de nuevo al negocio y a la sangre. No este día.

No obstante, la costumbre ganó. Deslicé para contestar.

—Duncan jura que la explosión no tuvo nada que ver con él. —Fue su saludo. Su voz era áspera, tensa—. Dice que fue una fuga de gas.

—¿De qué demonios estás hablando? —Mi voz se quebró, fina y cortante.

—Nos culpa por la muerte de Raven —continuó Jack tras una pausa, el sonido de un encendedor parpadeando débilmente de fondo—. Y está amenazando con una guerra.

Agarré la encimera para estabilizarme.

—Aseguraste que esperarías antes de acercarte a él.

—Sé lo que dije —murmuró, con voz baja—. Pero no lo hice. Y ahora, me contó cosas. Sobre la madre de Raven.

Las palabras me golpearon como un mazo.

—¿Qué quieres decir?

—Esa mujer hizo un trato con la DEA. Ella es la razón por la que Duncan fue a prisión. No quería creerle, así que fui a verla esa mañana.

—Tú, ¿qué? —siseé, cada palabra raspando como cristal mientras el mundo se inclinaba.

—Tenía que estar seguro —pronunció en voz baja—. Y ella lo admitió. Lo traicionó. No podíamos arriesgarnos a que ella se volviera en contra nuestra después. Se lo dije la mañana de la explosión.

Las palabras calaron poco a poco, una a una, hasta que la habitación pareció cerrarse a mi alrededor.

Imágenes de Raven pasaron por mis ojos, su suave sonrisa, la forma en que cuidó de su madre el día que la visitamos juntos. La forma en que me miró la mañana que la vi por última vez. El día que supe que iría sola a visitar a su madre.

Si su madre había confesado… si ella se había puesto nerviosa… si Jack las había confrontado…

¿Raven se enteró? ¿Se había dado cuenta en esos últimos segundos de que fuimos nosotros (nuestra familia, nuestro mundo) quienes la habíamos condenado?

Mis rodillas se debilitaron al sentir que la culpa me invadía.

—Es tu culpa que mi esposa esté muerta —gruñí, las palabras apretadas entre los dientes—. Y no descansaré hasta que pagues por su muerte.

El teléfono se me resbaló de la mano, el estruendo resonando por el penthouse vacío mientras me hundía en la silla y presionaba las palmas de mis manos contra mi cara.

Después, me enteré de que tío Jack sufrió un infarto tras esa llamada, pero nada de eso hizo que Raven volviera.

Durante cinco años, luché contra fantasmas y contra el mafioso escocés. Cada noche, veía su rostro en mis sueños. A veces gritando, a veces sonriendo. A veces acusándome.

Y ahora, parada aquí, cinco años mayor, cinco años más fría, estaba viva.

Mi pecho ardía de rabia y traición.

Si ella estaba aquí… entonces, ¿a quién demonios le había estado llorando todo este tiempo?