Capítulo 9
NUEVE
AIDEN
La puerta del ascensor se deslizó y me giré hacia mis hermanos.
—Dejen las bolsas aquí —ordené.
—¿Por qué no podemos entrar? —Kyran se quejó—. No puedes usarnos para cargar tus bolsas y ya.
Puse los ojos en blanco.
—Pueden venir en otro momento.
—Vámonos, Kyran. Está intentando impresionar a su mujer —refunfuñó mi hermano—. Además, ¿qué vamos a hacer? No tengo ningún deseo de ver a Raven abrir esta mierda. Ya fue bastante duro tener que aguantar esta salida de compras con ustedes dos.
—Quiero saber si esto hace que él le guste —protestó Kyran—. Las mujeres son raras. Pero prefiero aprender de él antes de cometer los mismos errores estúpidos.
—Estoy encantado de ser tu conejillo de indias, imbécil —respondí con ironía—. Les avisaré si está contenta con mis decisiones. Ahora lárguense de aquí.
—Bien, nos vamos. —Dejaron caer las bolsas en un golpe sordo y volvieron al ascensor que esperaba.
En cuanto se fueron, Raven apareció en el vestíbulo, aún con mi camiseta y bóxer puestos.
—Ah, bien, regresaste. —Llevó las manos a sus caderas mientras miraba los numerosos bolsos de Cartier, Jimmy Choo y algunas tiendas departamentales de alta gama que mi hermana, Margaret, me recomendó—. Necesito hablar contigo.
—Entonces hablemos. —Metí las manos en los bolsillos de mis jeans—. ¿Quieres hacerlo mientras abres estos o…?
Sus labios se entreabrieron.
—¿Son para mí? —Asentí—. ¿Todo?
—Sí —confirmé, dejando que mi mirada recorriera su rostro—. Estoy totalmente a favor de que uses mi ropa, pero te cansarás de eso rápidamente y no puedes andar así.
Ni siquiera terminé la declaración antes de que Raven estuviera de rodillas, mirando dentro de las envolturas como una niña de cinco años en la mañana de Navidad.
—Te emociona más la ropa que el diamante en tu dedo. —No pude evitar sonreír—. Pensé que a las mujeres les gustaban las joyas. Especialmente los diamantes.
Pausó su búsqueda, levantando la cabeza de la bolsa Cartier.
—Me gustan las joyas, pero prefiero que no sean de esas con un simbolismo tan pesado.
—No te culpo —concordé despacio—. Pero como bien sabes, los matrimonios en nuestro mundo son para toda la vida. Así que quizá deberías hacerte a la idea.
Llegué a la conclusión de que la información que obtuve de su verificación de antecedentes no me había preparado para esta mujer en absoluto.
—No sé qué mundo es el tuyo, pero el divorcio hoy en día es normal en el mío —pronunció mientras una sombra cruzaba su expresión.
Luego volvió a inspeccionar las bolsas mientras yo meditaba sus palabras.
Algo seguía sin convencerme con toda la información que me habían conseguido, por eso me puse en contacto tarde anoche con esa persona y le exigí que fuera un paso más allá. Necesitaba descubrirlo todo, empezando con el porqué ella y su madre parecían estar en constante movimiento.
El informe inicial indicaba que habían vivido en Estados Unidos desde el nacimiento de Raven y que nunca habían puesto un pie en Escocia, lo cual no podía ser correcto.
Aunque Duncan Lyons era un bastardo despiadado y loco, parecía poco probable que permitiera que su esposa lo dejara y criara a su hija tan lejos de él.
Sí, algo definitivamente no estaba bien, pero antes de acercarnos al mafioso escocés, necesitábamos saberlo todo.
Mientras ella cubría el vestíbulo con papel de regalo, etiquetas y recibos, distraída con su nuevo guardarropa, empecé a recogerlos y los llevé a su dormitorio.
Después de que se pusiera unos shorts de Victoria’s Secret y una camiseta que decía ‘Bite me’, que tuvo que ser cortesía de Kyran, nos acomodamos en el sofá de lino.
Estaba hecha bolita al otro extremo del sofá, aparentemente agotada por toda la emoción. Había suficiente espacio entre nosotros para diez personas, casi como si no pudiera soportar mi cercanía, y por alguna razón, eso me molestaba.
No tenía ningún puto sentido, porque tampoco quería que estuviera cerca. Este matrimonio me había sido impuesto tanto como a ella y, aunque admitía que el beso de la noche anterior fue más agradable de lo que debería, no cambió el hecho de que no iba a follármela.
Sin embargo, si repetía su rutina de acosarme mientras estaba en la ducha, fácilmente podría sucumbir a ignorar mi resolución.
Me recosté contra los cojines, estudiándola.
—Raven, deberíamos establecer algunas reglas.
Levantó la cabeza, con curiosidad en su expresión.
—¿No crees que ya es un poco tarde para eso?
—Nunca es tarde para las reglas, esposa.
—Si tú lo dices —se burló, mirándome a los ojos—. Bien, escuchémoslas.
—No más andar de fisgona. —Empecé—. Si no, no me haré responsable de lo que ocurra.
Se le pusieron las mejillas rojas, pero a su favor, no apartó la mirada.
—Quizás el voyerismo sea mi fetiche —comentó con naturalidad, con los ojos brillando de picardía—. ¿Sueles ducharte a la misma hora todos los días?
No pude evitar sonreír. Claramente estaba buscando problemas, sin darse cuenta de que iba a conseguir más de lo que esperaba conmigo.
—Raven, ya hablamos de cómo será este matrimonio. No hay razón para apresurarse, y tú espiando…
—Pensé que te casaste conmigo para mantenerme callada y para darte un heredero.
Solté una risa baja.
—Todo a su debido tiempo, pero toma esto como una advertencia. Tu curiosidad podría costarte.
—Bueno, si sabías que te estaba espiando, ¿por qué no detuviste tu… actividad? —Ella levantó la barbilla en señal de desafío, con la mirada firme—. No debió importarte mi curiosidad, si no, habrías parado.
—Oh, me importó. —Me importo mucho no poder arrastrarla conmigo a la ducha, mas no lo admitiría. Por el momento, habíamos acordado conocernos. Y luego estaba el hecho de que era virgen.
Sonrió con arrogancia, pero sus mejillas se sonrojaron aún más.
—Tal vez estaba tomando notas sobre cómo complacer a un hombre.
—Deja eso para dentro de otro año o dos —ordené, y desde luego esperaba que hiciera caso a la advertencia. Por el bien de ambos—. Esto te queda grande, Raven.
—Qué curioso, pensé lo mismo cuando me exigiste que me casara contigo.
Negué con la cabeza.
—Tu lengua salvaje será mi perdición.
—Una puede desear. —Me dedicó una sonrisa inocente—. Aunque pensaría que te encantaría una mujer con lengua salvaje.
Dios me ayudara. La traviesa sería mi perdición antes incluso de acostarme con ella.
—No quiero desanimar tu interés en mí —dije despacio, apenas sin poder mantener la cabeza fría—, pero jugar con fuego no será bueno para ninguno de los dos.
Se encogió de hombros y luego soltó un suspiro exasperado.
—Bien, no te veré más masturbándote.
Mi idiota polla se engrosó con imágenes que rápidamente apartaba de mi mente.
Mi joven esposa virgen no podía soportar el tipo de sexo que me gustaba, y si se diera cuenta de lo que me gustaba, probablemente saltaría por alguna ventana de nuestro penthouse.
Nuestro, no mío. Mierda, eso estaba mal, ¿verdad?
Raven miraba la ciudad abajo, ajena a mis pensamientos intrusivos. Era casi como si se estuviera separando de este mundo. Quería saber cómo se sentía, qué pensaba, y carajo, eso me estaba afectando.
Nunca quise casarme, especialmente con alguien que, hasta donde habíamos podido averiguar, vivía su vida fuera de cualquier negocio criminal.
Crecer como heredero de la Mafia Callahan me volvió cínico.
Había visto y hecho muchas cosas cuestionables.
La tortura al alcalde fue una de las cosas más normales de las que fui culpable.
De hecho, no recordaba un momento en el que la vida no estuviera llena de sangre y muerte.
Entonces, ¿qué carajos se suponía que debía hacer con mi joven esposa ahora? Mi polla tomó el control mientras mi mente mostraba imágenes de ella en mi cama, boca abajo y con el culo levantado, a la par que ella apretaba las sábanas y me suplicaba que la follara.
Maldita sea, estas ideas estúpidas y esta necesidad visceral y extraña de follármela harían que vivir con Raven fuera difícil, sino imposible.
—Estás mirando.
Su voz me sacó de mis pensamientos y noté que me estaba observando. Maravilloso. A este ritmo podría matarme y yo ni siquiera lo vería venir, porque estaba demasiado ocupado imaginándome su culo en mi cama.
—Quizá no puedo evitarlo porque eres tan hermosa.
Puso los ojos en blanco.
—Más bien quieres algo. Solo pregunta, Aiden.
Me gustaba su franqueza. Me gustó aún más cómo dijo mi nombre. Joder, esto sería mucho más fácil si no me gustara para nada.
—¿Por qué crees que no sé ya todo lo que hay que saber? —repliqué.
—¿Entonces por qué me miras como si quisieras algo?
Me incorporé, el sofá arrugándose bajo mi trasero mientras me giraba para mirarla. Aunque estábamos lejos, era suficiente para que se sonrojara, y a una parte enferma de mí le encantaba. Disfruté cómo respondió y estaba desesperado por romper sus muros.
—¿Dónde está tu padre? —pregunté.
Hizo una mueca, pero rápidamente controló su expresión, poniendo sus rasgos como una muñeca otra vez.
—No está presente. Probablemente esté muerto.
Fruncí el ceño, confundido.
—¿Probablemente?
Se encogió de hombros.
—Sí, probablemente.
Esperé a que me explicara y, cuando no lo hizo, seguí insistiendo.
—¿Por qué crees que está muerto?
—Tal vez es lo que deseo. —Sus ojos se cruzaron con los míos, y me inmovilizó con una expresión de desafío que me hizo moverme de nuevo, la tensión tirando de mi entrepierna.
¿Qué le pasaba a esta mujer que me hizo comportarme totalmente fuera de lo normal?
—. Destruyó a mi madre, así que espero que haya muerto de la forma más dolorosa.
Encogió los hombros como si se arrepintiera de haber dicho todo eso, pero no iba a regañarla por ser sincera. Al fin y al cabo, a veces deseaba lo mismo para mi propia madre, que tendía a hacer miserables a todos los que la rodeaban.
—Parece que se lo merece —opiné, usando a propósito el tiempo presente, aunque por su expresión vacía, no lo captó. Mis instintos se encendieron aún más. ¿Cuál era la historia de esta princesa de la Mafia Escocesa?
—Debería ser devuelto a la vida y luego morir dolorosamente cada día.
Como el Titán Prometeo. —Levanté una ceja sorprendida mientras ella continuaba—: En la mitología griega, fue castigado por Zeus y encadenado a una roca, donde un águila se comía su hígado cada día.
Como era inmortal, su hígado se regeneraba de la noche a la mañana, solo para ser devorado al día siguiente en un ciclo interminable.
—Si mal no recuerdo, finalmente fue liberado por Heracles.
Se encogió de hombros.
—En mi versión, no habría Heracles para el hombre que resultara ser mi padre biológico.
—Eres sedienta de sangre, ¿verdad?
Parpadeó y luego respondió despacio.
—No especialmente, pero creo en el karma.
—Entonces hagamos un trato. —Sus cejas se alzaron con interés—. A quien te haga daño, le entregaré tu karma.
Eso hizo que abriera mucho los ojos.
—¿De verdad?
—Lo juro por mi vida y todo eso. —Mierda, ¿su generación todavía decía cosas así?
—¿Y si ese alguien eres tú? —preguntó, entrecerrando los ojos hacia mí.
—Entonces dímelo y me aseguraré de rectificarme —repliqué—. Como te dije, Raven, nuestro matrimonio es para toda la vida, y quiero sacar lo mejor de esto. Por el bien de los dos.
—¿De verdad crees que existen buenos matrimonios?
Jesucristo, ella estaba peor que yo. Me preguntaba si Raven alguna vez había tenido alguna oportunidad de tener una relación sana o si estaba condenada desde el principio.
—Sí. El nuestro lo será.
Me lanzó una media sonrisa.
—¿Lo prometes? —indagó tímidamente.
Carraspeé.
—Sí, aunque tenga que dejarte viuda.
Curiosamente, lo decía en serio.