Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 8
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Capítulo 8

OCHO

RAVEN

Hice todo lo posible por apartar el voyerismo de la noche anterior de mi mente. Simplemente fue el resultado de un día largo y estresante. No había otra explicación.

Un destello llamó mi atención y mis pasos titubearon mientras miraba el anillo de diamantes en mi dedo.

Mi corazón latía de forma ominosa. Eternidad no era la palabra que prefería en este escenario. Me gustaría mucho olvidar los votos que hice y superar este acuerdo desastroso.

Ninguna chica soñaba con esto. Habría estado perfectamente bien si nunca hubiera amado ni me hubiera casado después de presenciar de primera mano el impacto que el “amor” había tenido en mi madre.

Y, sin embargo, aquí estaba, casada con un mafioso irlandés.

Tragué saliva, la realización se fue hundiendo poco a poco en mis huesos. «Madre mía, estoy casada con un mafioso».

Ya no era Raven Croft, sino Raven Callahan.

«Al menos mis iniciales no cambiarán», pensé sin motivo alguno, y quizás eso era prueba de que no había afrontado mi situación. Quizá podría encontrar una salida antes de que mamá o mis amigas se enteraran de esto.

Mi teléfono sonó, señalando un mensaje, y lo desbloqueé. Me quedé mirando los mensajes en nuestro chat grupal. Mis mejores amigas y yo lo habíamos mantenido durante todos nuestros años en el internado, y no creía estar siendo dramática cuando dije que me había salvado incontables veces.

El mensaje más reciente había venido de Athena, que en ese momento cuidaba a su propia madre.

Athena: ¿Ya terminó este verano? Estoy más que lista para París.

Me mordí el labio inferior. Yo también estaba más que lista para París, nada había cambiado en ese aspecto, pero ahora había aún más obstáculos en mi camino. Además de estar desempleada y recién casada, me vi enredada con criminales.

En lugar de escribir una novela y admitirles a las chicas cuánto se había descontrolado mi vida, me conformé con una respuesta vaga. Mi ego no aguantaba ni un golpe más.

Yo: Sí, yo también.

Reina: Creo que todas estamos listas para abrir nuestras alas.

Phoenix:

Fruncí el ceño ante la extraña respuesta de Phoenix, pero antes de que pudiera preguntar, mi teléfono volvió a sonar.

Isla: París no podrá con nosotras. Por cierto, mi hermano nos consiguió un trato muy bueno. Un apartamento en el distrito 5. Insiste en cubrirlo mientras estamos en la universidad para poder quedarnos con algo de dinero. Traducción… ¡Ir de compras!

Un suspiro se me escapó de los pulmones al escuchar la noticia. Ayer, ese pequeño detalle me habría emocionado, pero hoy me dejó un sabor amargo en la boca. Tenía problemas más grandes entre manos.

Concretamente, Aiden.

Al salir del chat, seguí mi camino para encontrar a mi marido.

Ya que sabía que él también se había visto obligado a este acuerdo, y que claramente no estaba entusiasmado con el matrimonio, quizá podría convencerlo de otras opciones.

Podríamos ponernos de acuerdo en separarnos y, finalmente, divorciarnos.

«Buen plan», pensé, y de repente, tenía un propósito. Ahora, si pudiera encontrar a mi nuevo y flamante esposo.

Fui de habitación en habitación, incluso descubrí un gimnasio, solo para darme cuenta que el penthouse estaba vacío. Cuando llegué a la cocina, vi una nota sobre la encimera.

No dudes en explorar el lugar. No tardaré. A.

—Adiós a hablar de divorcio tomando un café —murmuré, la decepción invadiéndome.

No me importaba que se hubiera ido antes de enseñarme el lugar, en realidad, pero me molestaba que ni siquiera se molestara en despedirse como era debido. Tal vez porque una vez más confirmó que la lección de mi madre tenía razón. No se podía confiar en los hombres para cumplir con algo.

Exhalé, poniendo los ojos en blanco ante lo ridículo de todo aquello, y luego crucé los brazos. Me convendría recordar que nada de esto era real. Y de todos modos, mi madre me enseñó bien: “Baja tus expectativas con los hombres y no te lastimarán”.

Me quedé descalza en medio de la cocina, debatiendo qué hacer. Podría ir a ver cómo estaba mi madre, si tan solo tuviera algo que ponerme. Seguía teniendo solo la camiseta y el bóxer de Aiden y, aunque New York era hogar de cosas muy raras, no pensaba que mi vestimenta pasara desapercibida.

—Quizá simplemente la llame —dije a la habitación vacía, y luego lo hice.

El timbre seguía y seguía, y justo cuando estaba a punto de colgar, la voz de mi madre sonó por la línea.

—Hola, cariño.

Sonreí a pesar de oír un leve arrastre en sus palabras.

Ya me había acostumbrado, y pese a que prefería que estuviera sobria, sabía qué hacía lo mejor que podía.

Mi madre era una alcohólica funcional que me quería y hacía todo lo posible por mantenerme.

A lo largo de los años trabajó en una serie de empleos humildes: limpiando, acomodando estanterías, siendo conserje, y nos mantenía a flote incluso cuando nos mudábamos de lugar en lugar mientras ella luchaba contra sus propios demonios.

—Hola, mamá.

—¿Dónde estás, Raven?

Me mordí el labio inferior. No quería alterarla, y estaba bastante segura de que soltarle lo que había pasado la haría perder el control. Así que me conformé con verdades a medias.

—Pasé la noche en… la casa de una amiga.

—No sabía que tus amigas vivieran cerca.

Puede que mamá pasara periodos largos borracha, y puede que haya pasado más tiempo en un internado que aquí en los últimos años, pero ella siempre estaba al tanto de todo en mi vida.

Sabía que Athena era mi amiga más antigua, que nos habíamos conocido en el colegio y que habíamos tenido una conexión instantánea.

Y que unos años después, Isla, Phoenix y Reina completaron nuestro pequeño círculo de amistad inquebrantable.

Cambié de tema rápidamente.

—¿Quieres que pase por la tienda?

Mamá soltó un suspiro cansado.

—A veces me pregunto cómo has acabado siendo tan considerada.

—Duh, lo saqué de ti —pronuncié—. Claramente.

—No estoy segura de eso —musitó, casi para sí misma—. Pero desde luego no lo heredaste de tu padre.

Me quedé en silencio, sorprendida de que lo mencionara.

—Entonces, él era egoísta —comenté suavemente, con cautela.

—Sí, entre muchas otras cosas.

—Rara vez hablas de él —señalé.

—No hay mucho que decir. —Aunque eso era quedarse corto, sí abrió la puerta. Y no tenía intención de perder la oportunidad de saber más.

—¿Alguna vez... eh, soy como él?

—Hmm, no. Eres más como yo. Mi gemela, en realidad.

—Había una razón por la que la gente a menudo la confundía con mi hermana mayor, y parecía que eso iba más allá de nuestro aspecto físico.

Cuando se cuidaba a sí misma, claro—. Aunque tienes un don para meterte en líos, que definitivamente heredaste de él.

—Hmmm.

—Cariño, nuestro tiempo en New York está llegando a su fin.

Me tensé.

—¿Ya?

—Sí, tenemos que seguir moviéndonos. Es la única forma de mantenernos a salvo.

Desde que tenía memoria, habíamos estado en movimiento. Nunca en un sitio más de dos años.

—¿No crees que ya es hora de que dejemos de correr? —Carraspeé.

—No, porque el momento en que bajamos la guardia y nos establecemos es el momento en que estamos muertas. —Suspiré, pero antes de que pudiera comentar, continuó—: Recuerdas lo que te dije cuando nos mudamos aquí, ¿verdad?

Fruncí el ceño.

—¿Me lo recuerdas?

—Si alguna vez pasa algo, encontrarás todo lo que necesitas en ese P.O. box que te enseñé en Brooklyn. No te habrás olvidado de eso, ¿verdad?

—No, no lo he olvidado.