Capítulo 7
SIETE
RAVEN
Salí de la ducha lujosa de cristal y me envolví con la gran toalla afelpada, posando la mirada en una camiseta doblada con cuidado y un bóxer.
—¿Pero qué demonios? —musité. Aiden debió de entrar aquí mientras yo me duchaba—. Eso sí que es una violación a la privacidad.
Me sequé rápidamente y me puse la ropa, luego empecé a pasear de un lado a otro. Debería estar muerta de cansancio, pero en cambio, estaba inquieta y me sentía incómoda. La adrenalina seguía corriendo por mis venas y no tenía muchas esperanzas de calmarme.
¿Quizá podría encontrar a Aiden?
No sabía de qué podría hablar con él, especialmente después de aquel momento tenso que tuvimos antes, pero ya estaba caminando por la habitación, mis pies descalzos silenciosos sobre las suaves alfombras. Abriendo la puerta, salí sigilosamente y me escabullí por el pasillo.
Si bien el penthouse estaba cubierto de oscuridad, la suave luz de la luna que entraba por las ventanas ahuyentaba algunas sombras. Me sentía como una ladrona en la noche, aunque técnicamente no lo era. ¿Cierto? Al menos, era una invitada aquí.
Dios, ¿cómo fue posible que la vida cambiara tanto en una noche?
Mirando a mi alrededor, estuve atenta a cualquier sonido, pero no escuché nada. Estaba a punto de rendirme cuando vi una franja de luz asomándose por debajo de la puerta al final del pasillo.
Cuando llegué, me apoyé en ella, aunque seguía sin oír nada. Asomando la cabeza por la rendija, encontré la habitación vacía, lámparas vintage parpadeando a ambos lados de la mesa.
Avancé de puntitas y fue entonces cuando se hizo notar el sonido de la ducha. Me quedé paralizada, girando la cabeza hacia la derecha. La puerta del baño apenas estaba entreabierta, pero el sonido del agua era inconfundible.
«Si buscas, encontrarás», se burló mi mente.
Tragué saliva con fuerza a la par que mi pulso se aceleraba. Sabía que debía irme, pero el pequeño diablo en mi hombro me animaba. Aiden había entrado a mi baño mientras me duchaba, así que era justo.
«Hazlo. Solo un vistazo», susurró el diablo.
Me quedé con los ojos pegados a la puerta del baño, deseando a la vez que se volviera opaca y rezando para que nunca supiera que estaba allí.
—Carajo…
El gemido de Aiden resonó y me quedé paralizada un instante antes de que mis piernas se movieran por sí solas.
Y ahí estaba.
Mi esposo completamente desnudo, sus músculos voluminosos y marcados, iluminados por las suaves luces del techo. Y diablos, mira ese trasero. Era el más bonito que había visto en mi vida. No es que hubiera visto muchos, pero me estaba desviando del tema.
El antebrazo de Aiden estaba apoyado contra la pared de la ducha, la otra mano apretada alrededor de su gruesa y dura erección.
El agua caía por su cuerpo enorme, corriendo en arroyos por las curvas y hundimientos de su espalda.
Parecía un dios salvaje, listo para ofrecerme, a mí, una simple mortal, todo el placer del mundo.
Un infierno estalló en mí mientras imaginaba que nos duchábamos juntos. Sentí un apretón por dentro y el fuego ardía en el fondo de mi estómago.
Me incliné hacia adelante y la puerta se abrió aún más, dándome una vista completa. Se me cortó la respiración.
Jesucristo, tanto atractivo debería ser ilegal.
Diablos, nunca había visto algo tan hermoso. Tan erótico.
Se me hizo agua la boca viéndolo masturbarse.
Una parte de mí quería quitarse la ropa y unirse a él. Pero ¿luego qué? No tenía idea de qué hacer con todo eso.
«Pero él sabría qué hacer contigo», se burló ese maldito diablo otra vez.
Ignorando el pensamiento inapropiado, me dediqué a admirar su piel resbaladiza y reluciente.
Su bíceps se flexionaba con cada bombeo de su polla, sus movimientos eran bruscos.
De un lado a otro, arriba y abajo. Apoyado contra la pared, sus músculos se tensaron mientras sus caderas empujaban hacia adelante, más rápido y con más fuerza.
En mi mente, ya podía imaginar cómo sería que me penetrara. Sin piedad. Rápido. Duro. En celo como una bestia.
Apreté los muslos, mi centro palpitando con la necesidad de aceptar lo que ese hombre ofrecía. Mi respiración se volvió errática, igualando la de Aiden desde el otro lado del baño.
—Joder…sí.
No respiraba. No parpadeé. Me quedé allí mirando, hipnotizada, cómo se corría con un gemido gutural que me encendió.
Jadeé. Su cabeza se giró hacia mí y nuestras miradas se cruzaron, la suya hambrienta y la mía abierta de curiosidad.
El tiempo se detuvo.
Me planteé salir corriendo, pero ya era demasiado tarde. Me habían atrapado con las manos en la masa y no tenía sentido fingir lo contrario. Así que me quedé.
—¿Disfrutando del espectáculo, mo cuishle?
Fruncí el ceño. ¿Al imbécil ya se le había olvidado mi nombre?
—Soy Raven —refunfuñé, la furia creciendo dentro de mí.
Se rio, apartando su cabello mojado de su frente en un gesto tan masculino que casi babeé un poco.
—Sé cómo te llamas. Mo cuishle significa mi vida. O “mi pulso”, si quieres la traducción literal.
—Oh.
Cerró la ducha y luego se giró para verme. Me obligué a mantener la mirada por encima de su cuello mientras él agarraba una toalla y se la envolvía por la cintura.
—Así que, no respondiste a mi pregunta.
—¿Cuál era? —indagué, dejando que mis ojos finalmente se posaran en las profundas líneas de su cintura, el rastro de vello bajo su abdomen. Claramente había perdido toda mi vergüenza esta noche.
—¿Disfrutaste del espectáculo? —Se me sonrojaron las mejillas al responder—. Bien, quizás aún haya esperanza para nosotros.
Puse los ojos en blanco.
—No estoy segura de a qué te refieres con eso.
—Claro que lo sabes. —Se acercó a mí con paso firme, dejando un rastro de gotas de agua tras de sí—. Entonces dime, ¿qué haces aquí?
Suspiré. No deseaba nada más que decirle la verdad, que no quería dormir sola, pero ya había renunciado a tanto poder esa noche. Así que, en vez de eso, solté:
—Quería un vaso de agua. Me perdí de camino a mi dormitorio.
La diversión brilló en los ojos de Aiden y supe que se dio cuenta de lo que realmente me pasaba.
No hacía falta decir que dormí sola esa noche.