Capítulo 6
SEIS
RAVEN
Nunca imaginé que estaría casada a los diecinueve años. Desde luego, nunca me imaginé atada a un mafioso, y mucho menos ser besada por uno.
Y, sin embargo, aquí estaba.
Todavía estaba conmocionada por sus palabras cuando el coche se detuvo, y cuando entramos en el ascensor de cristal de su edificio, estaba enloqueciendo.
Dijo que no habría sexo en un futuro inmediato, y aun así, cuando me besó, lo habría dejado hacer lo que quisiera.
Y eso me aterrorizó más que cualquier otra cosa hasta el momento.
Levanté la cabeza y lo encontré mirándome con esos amplios charcos azules en los que temía perderme.
De alguna manera, no parecía una mala manera de irse.
—Respira, Raven.
Su voz me centró y respiré profundamente.
Las puertas del ascensor se deslizaron para revelar un vestíbulo muy impresionante, el mármol blanco del piso y los elegantes muebles ámbar me tranquilizaron al instante.
Incluso a simple vista, podía notar que una sola pieza valía más de lo que ganaría en un año en Velvet Desire, pero tenía un aire acogedor.
—Bienvenida a casa. —Su mano vino a la parte baja de mi espalda y me empujó hacia adelante—. Mañana te daré el tour, pero por ahora, directo a la cama.
Me guio por el pasillo, pasando por una magnífica cocina y una sala con ventanas de suelo a techo, tras las cuales las luces de la ciudad parpadeaban bajo la luna llena. Si entrecerraba los ojos, estaba segura de que podía distinguir el Empire State Building a lo lejos.
Abrió la puerta al fondo del pasillo.
—Este será tu dormitorio.
Entré, deteniéndome justo antes de la alfombra persa afelpada. Miré los cuadros y el tapiz costoso a mi alrededor y de repente me sentí fuera de lugar. Una cama California King estaba en el centro de la habitación, con un edredón impecable, almohadas esponjosas y sábanas suaves que me llamaban.
—Voy a ensuciar tu casa —murmuré, mirando hacia abajo en el estado en que me encontraba. Mis pies descalzos estaban sucios y mi vestido arrugado y hecho trizas más allá de toda esperanza de salvación.
Se acercó despacio. Un calor embriagador emanaba de él en oleadas, hundiéndose en mí.
—No te preocupes. La señora de la limpieza, Aela, viene tres veces por semana —informó.
Luego levantó la mano, dejándola a un centímetro de mi mejilla. Lo vi dudar antes de acortar la distancia y dejar que sus dedos recorrieran la línea de mi mandíbula.
—Lo siento —gruñó.
Incliné la cabeza y mi mejilla se fundió en su cálida palma.
—¿Por qué?
—Por obligarte a ponerte estas cadenas. —Su labio se curvó como si eso fuera divertido—. Estoy seguro de que lo último que querías era casarte con un viejo como yo.
Alcé una ceja, sorprendida por su disculpa y aún más porque parecía decirlo en serio.
—¿Así que admites que eres viejo?
Se burló.
—Comparado contigo… sí.
—Puede que haya exagerado un poco cuando te llamé viejo —respondí despacio.
Se echó hacia atrás ante eso, sus dedos temblando contra mi sien.
—Tengo casi el doble de tu edad.
Sonreí.
—La edad es solo un número.
Se le dilataron las fosas nasales.
—Un número enorme en nuestro caso, maldición. Probablemente estés acostumbrada a chicos, no a hombres a punto de entrar en la cuarta década de su vida.
—Sí, algo así.
Suspiró.
—Escucha, ninguno de los dos se apuntó a este acuerdo en realidad y nos lo impusieron en una sola noche.
Podemos tomarnos nuestro tiempo para conocernos.
Ir despacio. No quiero que me tengas miedo, y desde luego no pienso imponerme.
Algún día tendremos que consumar nuestro matrimonio, pero no será hoy.
Se me cerró la garganta y simplemente respondí.
—Bueno, qué alivio.
—¿Alivio de no forzarte? —preguntó.
—Sí, porque si esas eran tus intenciones, tendría que matarte. —Parecía divertido con mi réplica, pero fueron mis siguientes palabras las que impactaron—. Soy virgen, así que no tengo mucha experiencia.
Se quedó paralizado.
—¿Me estás tomando el pelo? —Negué con la cabeza—. ¿Virgen?
—Sí —repliqué con sinceridad.
Sus dedos bajaron por mi garganta con un toque ligero como una pluma, erizándome la piel a su paso y arrancando un suspiro nostálgico de mis labios.
—Casi desearía que no me gustaran… —Dudó—. Ciertas… cosas hechas de cierta manera.
—¿Qué cosas? ¿De qué manera? —pregunté.
—Eres demasiado joven para esta conversación —murmuró entre dientes, y se me ocurrió un pensamiento.
—Pero no demasiado joven para casarme, ¿eh? —Negó con la cabeza, mas no respondió, lo que solo despertó mi curiosidad, así que seguí preguntándole—. ¿Quieres decir… fetiches? —inquirí con curiosidad—. ¿O te gusta el BDSM?
Se tensó, y noté cómo sus pupilas se dilataron.
—¿Qué sabes tú de esas cosas?
Carraspeé.
—Dije que era virgen, no una santa.
Los hombros le empezaron a temblar. Por un segundo, me quedé allí mirándolo, preocupada de que estuviera teniendo un infarto, cuando echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír. No fue una risa ligera, sino una risa profunda y retumbante.
—Maldita sea, necesitaba eso —dijo suavemente, todavía riendo mientras sus ojos brillaban con una mezcla de calor y diversión. Hizo que mi corazón latiera con fuerza, lo que tenía que ser prueba de que había perdido la cabeza.
Tragué saliva, mi garganta moviéndose con el gesto. Cualquier resto de diversión desapareció de la mirada de Aiden, sustituida por un calor oscuro. Para mi horror, mi coño se apretó en respuesta.
—Duerme un poco, Raven. —Retiró su mano de mi garganta y yo solté un suspiro frustrado, echando de menos su tacto.
¿Qué demonios me estaba pasando? Fruncí los labios, a punto de protestar que me dijera qué hacer, pero sus siguientes palabras me detuvieron—: En cuanto a mí, creo que me daré una ducha fría.