Capítulo 2
DOS
AIDEN
En cuanto la mujer salió corriendo, supe que sería un problema. Pero ¿quién podría culparla después de lo que había presenciado?
Mis hermanos y yo volvimos al club, donde ahora nos amontonábamos alrededor del cadáver del alcalde, con el hedor a fluidos corporales impregnando el aire.
—Supongo que no encontraron a la chica —siseó mi tío, visiblemente irritado mientras paseaba por el pasillo.
—No.
—Ella trabaja aquí —gruñó—. Revisa los registros de empleados, encuéntrala y luego mátala.
Apreté la mandíbula.
—¿Tan rápido la sumas al número de muertos, tío?
—Es una testigo. —Estiró un brazo—. ¿Sabes qué le ofrecería el fiscal del estado para llegar hasta nosotros?
—Claro, porque matarla no levantaría ninguna sospecha. —Kyran se rio mientras Tyran reventaba una burbuja con su chicle, rematando la declaración de nuestro hermano.
—O Aiden puede casarse con la chica —añadió Kyran—. Privilegio conyugal y todo eso.
Me burlé.
—¿Por qué no te casas tú con ella? —Mis hermanos siempre tenían las peores ideas—. La chica parecía ser más joven que Margaret.
—Oh, definitivamente es más joven que nuestra hermanita —intervino Tyran—. Quien la contrató debería ser despedido, porque no hay manera de que esa chica sea mayor de edad.
—¿Qué? —exclamó Tío—. ¿Ni siquiera tiene veintiún años?
—No te preocupes, tío Jack —dijo Kyran con tono arrastrado—. Aiden se va a casar con ella y todo habrá terminado. No está obligada a testificar contra su marido. Investígalo.
Negué con la cabeza.
—¿Ustedes idiotas quieren que me encierren? Acabas de decir que es menor de edad.
—No lo es —replicó Tyran con tono seco—. Al menos no en papel. Esa será tu defensa. No es culpa nuestra que haya falsificado un documento legal.
No podía creer que estuviéramos teniendo esta conversación. Ni siquiera sabíamos si era una amenaza real. Tenía que haber otra opción, más realista.
—Demonios —murmuré, y luego me giré hacia Kyran—. Dijiste que el club estaba vacío. Como fuiste tú quien la cagó, tú cásate con ella.
—El personal no llegaría hasta dentro de una hora —soltó con dureza—. Soy demasiado joven para estar atado. Tienes treinta y un años, joder, y si me preguntas ya es tiempo de que te cases.
—Nadie preguntó —señalé—. Y yo soy demasiado mayor para ella. Acabas de decir que es menor de edad.
—¡Me importa un carajo lo que le pase a la chica! —rugió tío—. Alguien se casará con ella, o la mataremos. De cualquier manera, encárguense de eso, carajo.
—No te preocupes —dijo Tyran con calma—. Mañana por la mañana tendrá un anillo en su dedo.
Kyran tosió, escupiendo mi nombre, y le lancé una mirada fulminante.
—Quiero una investigación exhaustiva de antecedentes y una decisión sobre quién se casa con la chica para mañana por la mañana. O espero que me avisen de que ya se encargaron de ella —escupió mi tío, y luego se marchó enfadado, murmurando para sí mismo sobre infartos.
En cuanto desapareció de la vista, encaré a mis hermanos.
—De todas las sugerencias torpes e idiotas, ¿se te ocurre esta? —rugí, tentado de estrellarles la cara contra la pared.
—Quizá no sabe lo que vio —sugirió Kyran, aunque por su expresión, no creyó sus propias palabras.
Mi mirada se fijó en los tacones abandonados.
—Oh, ella lo sabía —siseé.
—Vamos, hermano, no tienes que casarte con ella. —Ofreció Tyran, haciendo todo lo posible por calmarme—. Simplemente mátala.
Ya estaba caminando, pasando junto a los tacones que ella había dejado atrás.
—Probablemente esté aterrada —añadió Kyran, siguiéndome—. No hablará.
—¿Estás seguro de eso? —Me giré para mirarlo con los ojos entrecerrados—. ¿Crees que mañana se despertará y olvidará que nos vio torturando a un político? ¿Alguien que probablemente será reportado como desaparecido en los próximos días?
Kyran guardó silencio.
Tyran se tronó el cuello y luego cruzó los brazos.
—Si ella habla, lo solucionamos.
Pero todos sabíamos que sería demasiado tarde para entonces. Teníamos que movernos ya.
—Consígueme su nombre y dirección —ordené con voz calmada, ignorando la sugerencia de mi hermano—. Llamaré a mi contacto y conseguiré todo lo que pueda sobre ella. Y tú, Kyran, limpia este puto desastre. Es lo mínimo que puedes hacer.
—Vamos, joder —siseó Kyran—. Tenemos hombres para eso. Además, la sangre me hace sentir…
Le lancé una mirada fulminante esperando que eso lo callara, pero no tuve suerte.
—Mareado.
—¿Quieres que la traiga? —preguntó Tyran.
—No —repliqué—. Solo quiero su nombre y dirección. Yo me encargo. Ustedes dos ya han hecho suficiente.
Después del desastre en el club, llegué directamente a casa y me duché.
Mi teléfono vibró en cuanto salí del torrente caliente, y me envolví una toalla alrededor de la cintura y contesté.
—Tío, aún no es mañana por la mañana. —Fue mi saludo.
—No la mates, joder —habló, sonando sin aliento—. Es la hija de Duncan Lyons.
Me pellizqué el puente de la nariz, arrepintiéndome de cada decisión que había tomado en mi vida y que me había traído hasta aquí. Debería haberme quedado con mi propia agenda y dejar que mi tío y sus secuaces se encargaran del alcalde.
—L-la testigo —balbuceó cuando yo permanecí en silencio—. Tienes que casarte con ella.
—¿Y por qué? —pregunté, entrando a mi armario donde me esperaban filas de trajes a un lado, y mi atuendo preferido, jeans y camisetas, al otro.
Saqué un traje azul marino y empecé a vestirme.
—¿No estabas escuchando? —siseó, y podía imaginarlo paseando por su oficina, pasándose una mano por su cabello cada vez más escaso—. Tu contacto nos envió a los dos la verificación de antecedentes. ¿No leíste el correo? Es el destino, Aiden. Es nuestro boleto para hacer un trato con Lyons.
—Aún no lo he leído, pero sí te escuché. —Me puse los pantalones con una mano y me pasé el cinturón por la cintura—. ¿No crees que se enfurecería si se entera de esto? ¿Por qué no aprovechar el hecho de que la chica estaba en nuestro club, posiblemente espiando para él, y…?
—¡No! —gritó—. Eso no bastará. Él es conocido por su confrontación.
—Tío no se equivocaba. Duncan no era del tipo razonable y gobernaba su imperio criminal infundiendo miedo en hombres y mujeres a su alrededor.
Se rumoraba que torturaba a sus amantes porque no podía encontrar a su esposa ni hacerla pagar por sus transgresiones.
Cualquier cosa que significara eso en su mente.
—Ese bastardo solo respeta las alianzas matrimoniales —continuó mi tío—. Fue la única razón por la que no mató al hombre de su hermana hace una década. Se casaron antes de que Duncan tuviera oportunidad de acabar con ese cabrón.
Coloqué la llamada en altavoz y me puse la camisa, abrochándola a la par que él seguía con su desahogo.
Me informó lo de Lyons, contándome cómo, mientras Duncan cumplía una condena, su hermana había tenido una aventura con su guardaespaldas.
Cuando lo liberaron, perdió la cabeza, alegando que el guardaespaldas no aportaba nada al negocio: ni territorio, ni drogas, ni alianzas.
Pero su hermana era igual de terca y se casó con el pobre desgraciado a sus espaldas. El resto fue historia.
Hice un sonido evasivo y me ajusté las mancuernillas mientras me dirigía a mi oficina. Encendí mi laptop y me senté en mi escritorio, el horizonte de Manhattan brillando a través de la pared de ventanas, y luego abrí el correo.
—¿Por qué se hace llamar “Croft”? —inquirí, fijándome en los puntos clave del expediente, aunque parecía escaso—. Su certificado de nacimiento no indica a Duncan como padre. ¿Qué me estoy perdiendo aquí?
—¡No tenemos tiempo para preocuparnos, carajo! —vociferó—. Es su única hija y te casarás con ella. ¡Esta noche! Ya llamé al padre Hubbart, y los gemelos van de camino a recogerlo.
Y así fue como mi noche pasó de ser un desastre a una catástrofe total.