Espinas de Traición (Espinas de Omertà nº 7) Capítulo 3
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Capítulo 3

TRES

RAVEN

Me quedé en la puerta de nuestro apartamento de mierda, con la mano en la manija y mi pecho retorciéndose de agonía.

Como si no estuviera ya bastante estresada intentando escapar de mi situación, ¿ahora literalmente tenía mafiosos tras de mí?

¿Cómo iba a conseguir el dinero ahora? Mi beca cubriría la matrícula en París, pero tenía que subirme a ese avión antes de morir.

Necesitaba dinero para el boleto de avión y dos meses de alquiler del apartamento que compartiría con mis amigas.

Mis opciones eran escasas o inexistentes.

¿Quizá podría hablar con mamá y ver si podía ayudarme?

Después de todo, había logrado huir de mi padre y mantenerse fuera de su radar durante todos estos años.

La desesperación estaba causando estragos en mi mente, haciendo imposible idear un plan factible y haciéndome perder toda esperanza.

Conteniendo las lágrimas, entré a nuestro apartamento. Pero en lugar de encontrarme con la oscuridad y con mi madre desmayada, me encontré cara a cara con algo peor.

Aiden Callahan.

Me quedé paralizada, mirando al hombre sentado en el sofá de segunda de mi sala diminuta.

—Señorita Croft. —Me saludó con un matiz de peligro en la voz—. Pasa. Y cierra la puerta detrás de ti. —Mi mirada se movía rápidamente, buscando a mi madre mientras el miedo me apretaba el pecho—. Tu madre está en la habitación —añadió.

—Más vale que esté viva —siseé con un valor tonto.

Los labios de Aiden se curvaron, pero su expresión permaneció fría. Sus manos descansaban sobre los reposabrazos, una pistola en la mano con los nudillos blancos.

—Será mejor que te preocupes por ti, chica. Ahora, cierra esa puerta.

Hice lo que me dijo, nuestras miradas chocaron mientras mi mente buscaba furiosamente salidas a esta situación y no encontraba ninguna.

—Siéntate.

—¿Cómo me encontraste? —susurré, negándome a parecer alterada, aunque mi respiración se volviera dificultosa. Le di al club un nombre y una dirección falsos.

—Eso es irrelevante. —Su murmullo me provocó una oleada de ansiedad—. Odio repetir lo que digo, Raven. Siéntate.

Cerré los ojos antes de caminar despacio hacia la silla vacía frente a él. Cuando por fin llegué, las piernas me temblaban tanto que prácticamente me desplomé.

—Yo…

—No hables.

—D-disculpa —balbuceé—. Estás en mi casa.

Su enorme cuerpo se enderezó, llenando el sillón desvencijado.

Solo entonces me di cuenta de que ya no tenía puestos jeans.

En su lugar, llevaba un traje de William Westmancott.

Jesucristo. ¿Ahora veía marcas de diseñador?

Recuérdenme darle las gracias a la obsesionada con la moda de Reina, por este talento inútil.

—No me jodas —advirtió—. Estoy demasiado furioso, maldición. Te sentarás y escucharás lo que voy a contarte.

—Bien.

Apreté los puños y me recosté en la silla, sosteniendo su mirada mientras esperaba a que me explicara para qué demonios estaba aquí.

—Tienes fuego en tu interior. —Una pequeña y cruel sonrisa se dibujó en sus labios mientras guardaba la pistola en la funda bajo la solapa—. Lo vas a necesitar.

—¿Por qué iba a necesitar fuego si vas a matarme?

Su respiración salió en una larga y constante exhalación antes de que el silencio se instalara en el apartamento, estirándose como una liga elástica a punto de romperse.

—¿Lo vamos a hacer o nos quedaremos aquí sentados? —solté, la anticipación me ponía nerviosa.

Me observaba con el ceño fruncido, sus manos apretando y relajándose a intervalos irregulares.

—Como presenciaste algo que no debías —empezó, con voz serena—, tienes dos opciones. —Cruzó un tobillo sobre una rodilla, pareciendo demasiado relajado para la tensión de su mandíbula y la agudeza de sus ojos—. Puedo matarte, o puedo casarme contigo.

Parpadeé, la adrenalina rugiendo fuerte en mis oídos.

—Tú… ¿Qué? —Mi voz me traicionó, temblando como el resto de mi cuerpo—. Esas no son opciones. —Carraspeé, luchando contra una risa histérica que burbujeaba en mi garganta—. Eso es como elegir entre una sentencia de muerte o cadena perpetua.

Su gesto permaneció inexpresivo mientras me observaba con una contención tensa.

—El matrimonio para mí difícilmente sería una prisión —dijo con frialdad—. Como futura madre de mi heredero y mi esposa, estarías protegida para siempre.

—¿También de ti y tu familia?

Se le contrajo la mandíbula.

—Mira, te metiste en un montón de mierda —señaló—. En el momento en que lo hiciste, tu vida dejó de ser tuya. Así que tienes dos opciones. Elige una.

—Solo tengo diecinueve años —pronuncié con voz ronca, con la boca de repente seca.

Soltó un suspiro sardónico.

—Exacto. Más de la edad legal para casarse.

No vi nada positivo en esa afirmación.

—N-no estoy preparada p-para casarme —balbuceé—. Además, ¿cuántos años tienes? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? ¡Eres prácticamente un viejo!

El tipo, aunque guapo, era un anciano, demonios. ¿No había una ley contra esto?

—Tengo treinta y uno —refunfuñó entre dientes con la mandíbula apretada, luego dudó antes de continuar—: Para nada soy viejo, aunque siento que soy un asaltacunas. —Suspiró—. Pero es mejor que matarte, ¿no crees?

—¿Lo es?

—Solo dilo, Raven Croft —expresó en voz baja—. Si prefieres morir, accederé.

Tragué saliva con fuerza. Ambas eran malas opciones. Por el amor de Dios, apenas había empezado a vivir. Me quedaban tantas malas decisiones por tomar. Ese era el punto de la vida… ¿No era así?

—¿Así que, si nos casamos, ya no estoy en peligro? —pregunté finalmente—. ¿Soy intocable?

Inclinó la cabeza, fijando su mirada en la mía.

—Exacto.

Mi corazón latía con fuerza contra mi caja torácica, amenazando con liberarse. O quizá me advertía sobre ese hombre y la jaula ligeramente diferente en la que entraría si aceptaba su ridícula propuesta.

—Bien.

Una simple palabra, y mi destino quedó sellado.

Aiden metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una pequeña caja de terciopelo negro. La lanzó sobre la mesa a nuestro lado con un golpe sordo.

—El sacerdote llegará en diez minutos —anunció.

—¿Un s-sacerdote?

Apretó la mandíbula mientras decía entre dientes.

—Sí. Una vez que mi anillo esté en tu dedo, no habrá salida. Después de todo, soy católico.

Lo dijo como si eso lo explicara todo, pero para mí no significó nada.